lunes, 7 de septiembre de 2015

Los migrantes en serio

Cuando se trata del sufrimiento humano, no existe patria que nos distinga entre las personas. Cuando ocurren muertes como las del pequeño Aylan Kurdi, hemos fracasado como humanidad. Cuando vemos miles de personas cruzando el Mediterráneo con cualquier objeto flotante para llegar a Lampedusa y otros miles mueren ahogados en el camino, hemos fracasado como humanidad. Cuando personas buscan ser transportadas como carne en camiones frigoríficos y mueren en el intento, hemos fracasado como humanidad. Cuando ponemos como excusa la protección de los nuestros por sobre los otros para poner vallas y dejar a miles a su suerte, hemos fracasado como humanidad.

Pero también hay triunfos. Que Alemania y el pueblo alemán, responsables de atrocidades étnicas y políticas en el pasado, se abra a recibir sin condiciones a miles de refugiados africanos y asiáticos es un triunfo de la humanidad. Que los reciban allá y en otros países europeos como héroes de una lucha pírrica contra la miseria y la misma muerte es una muestra inédita de fraternidad humana; y aunque aún no sepamos si este gesto se traducirá en una inserción responsable de los refugiados en la cada vez más multicultural República Federal de Alemania, alienta ver que dentro de la mierda humana, hay quienes son capaces de poner su corazón y darlo todo por quien no tiene nada.

Vamos a nuestra larga y angosta faja de tierra...

Chile es un país que en su propio himno se declara asilo contra la opresión. Si bien en el pasado esto fue una realidad y una política de Estado –desde la inmigración alemana en el sur y los perseguidos por las guerras civiles latinoamericanas, hasta los emigrantes del antiguo Imperio Otomano y los perseguidos por la Guerra Civil Española-, hoy estamos muy lejos de una verdadera solidaridad internacional con los que sufren. No sólo no existen políticas de Estado a favor de quienes han logrado llegar a nuestro país buscando una nueva oportunidad en la vida, sino que tampoco existe una cultura de parte nuestra que sea receptiva del inmigrante, cayendo en la discriminación o en la negación. No somos respetuosos ni agradecidos del humilde aporte que los inmigrantes colombianos, cubanos, haitianos y peruanos han hecho a nuestro país, los que realizan actividades que nosotros mismos hemos dejado de hacer por una oculta superioridad cultural.

Hoy, el amor por el migrante la lleva. Hoy, es bacán mostrar pena por las víctimas e interés por el tema. Hoy, nos consideramos un país la raja para recibir gente de Siria, Libia o Eritrea –porque acá hay palestinos, sirios y de tantos otros países que hoy sufren-. En otro momento, me habría puesto crítico por esta reacción de redes sociales, pero hoy creo que estas manifestaciones reflejan corazón y no siempre tenemos corazón por el que sufre. No lo hemos tenido frente a los pueblos indígenas, las personas sin hogar ni por quienes tienen algún tipo de enfermedad mental y dependen de la salud pública. Que lo tengamos hoy frente a los refugiados afro-asiáticos es un paso adelante.

Me gustaría que el corazón nos aliente como seres humanos a tomarnos en serio el problema de la migración, partiendo por lo siguiente:

1. Asumir, de una vez por todas, que Chile es un producto del encuentro entre diferentes. Tenemos un problema patológico con la diferencia, negando que hayan distintos poderes, distintas culturas, distintas personas dentro de un país. Nos aterra la diferencia, porque vemos caos en ella, cuando en realidad del encuentro de diferentes hemos logrado generar una sociedad nueva y distinta de todas las demás llamada Chile. Esta sociedad no es blanca y cristiana, sino también indígena, europea, árabe, negra, asiática y sobre todo latinoamericana. Tomemos todo esto, difundámoslo, celebrémoslo y elaboremos normas sociales considerando esta hermosa realidad, desde el reconocimiento de los pueblos indígenas, pasando por derechos especiales de los inmigrantes, hasta políticas públicas tendientes a un sistema social que promueva el encuentro armónico entre diferentes.

2. Preocuparnos de nuestros actuales inmigrantes. Que esta conmoción del corazón no sea un producto de la sociedad de la información, sino que sea realmente una toma de conciencia sobre la realidad de quien debe dejar su tierra para llegar a otra. Hoy, la misma empatía e interés que nos surge con los migrantes de Europa debemos tenerla con los miles de ciudadanos peruanos, colombianos y de otros países de América que quieren reconstruir sus vidas en Chile. Lamentablemente, por el racismo y clasismo imperantes, los tratamos de cholos comepalomas o de negros delincuentes, marginándolos en guetos urbanos y cerrándole las puertas en su propia cara, dentro de nuestro país. ¿Cómo vamos a ser capaces de recibir a árabes y africanos, mucho más distintos de nosotros que nuestros hermanos latinoamericanos?

3. Trabajar por una verdadera inserción de refugiados e inmigrantes. En el pasado, frente a guerras como las ocurridas en la ex-Yugoslavia, Irak y Afganistán, hemos recibido a personas y familias desplazadas. Sin embargo, se les ha dejado a su propia suerte luego de un breve período de asistencia, prolongando la miseria de quien busca una oportunidad. Si Chile decide abrir sus puertas, que sea teniendo claro que debe realizarse de manera responsable, brindando trabajo, educación y un clima social de aceptación.

4. Hacer que Chile sea DE VERDAD un asilo contra la opresión. ¿Por qué no consagrar constitucionalmente y obligar al Estado chileno a realizar políticas activas de recepción de refugiados? ¿Por qué no establecer por ley que Chile debe suspender o romper relaciones con Estados que persiguen a su gente o que dan un tratamiento vejatorio a quienes llegan a sus países? ¿Por qué no promover que Chile sea un país que evite o busque paliar las crisis humanitarias derivadas de la migración masiva? La supuesta falta de recursos económicos o la distancia geográfica de la crisis no son excusas para lo que en realidad es una falta de voluntad y fraternidad humana.

Eso. Menos me gusta en Facebook y más acción política. Me incluyo en el palo.

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Salud presidencial y machismo

Acabo de enterarme por la prensa -felizmente en un ciudadano común y corriente eso no está mal- que El Mostrador publicó un artículo sobre la existencia de un vacío de poder político en La Moneda, relacionado con la Presidenta Michelle Bachelet; artículo que causó escozor en la Nueva Mayoría, al haber sostenido lo siguiente:

No hay parlamentario, dirigente y asesor gubernamental que en los últimos quince días no reconozca que ha escuchado la versión de que la Presidenta está tomando más alcohol de la cuenta y que, en paralelo, está bajo el efecto de varios medicamentos –como analgésicos para una dolencia que tiene en la rodilla por un problema a los meniscos–, antidepresivos y los recetados para su hipertensión. A tal punto se ha esparcido el rumor como reguero de pólvora en estas dos semanas, que varias figuras del oficialismo confiesan en privado que incluso han sondeado en La Moneda, han preguntado y han chequeado si la información que circula sin control tiene sustento.

http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2015/08/27/el-estado-mayor-del-oficialismo-o-la-estrategia-para-contrarrestar-el-vacio-de-poder/

Sobre el comidillo en el que dramáticamente caen los políticos, no hay por qué andar haciéndose cargo de la falta de comprensión lectora que es una verdadera epidemia en este país. Si uno lee el artículo, la periodista se hace cargo de un rumor existente, su origen y cómo se descarta dentro de los problemas que existen hoy en la coordinación política de La Moneda.

Lo que me llama la atención son 2 cosas:

1. ¿Es importante que los ciudadanos sepamos de los problemas de salud de un gobernante?

No es menor la pregunta si tradicionalmente se ha procurado con celo proteger a más no poder los problemas de salud que tenga una autoridad, ya sea negándolos u ocultándolos. Nos gusta que la persona a cargo del país sea alguien fuerte, todopoderoso, intransigente con los malos y conmovedor con los buenos. Si esa persona tiene problemas de salud, empezamos a creer que la persona no está capacitada para el cargo o que enemigos internos o externos pueden aprovecharse de esa circunstancia para debilitar el poder. Por eso a Franklin Delano Roosevelt no se le podía grabar o fotografiar con fierros o en silla de ruedas, en circunstancias que, como víctima de poliomielitis, sufría de una parálisis. Por eso aún no se logra saber si Ronald Reagan tenía algún grado de Alzheimer durante su gobierno, considerando que dejó el poder en 1989 y le fue diagnosticada la enfermedad en 1994. Por eso nunca hubo partes sobre el verdadero estado de salud de Hugo Chávez en sus últimos días de vida, en que su cáncer era terminal pero debía jurar como presidente luego de una elección reñida y cuestionada.

Discrepo de esta visión tan tradicional de los gobernantes. Creo que un presidente puede enfermarse, tener movilidad reducida e incluso estar pasando por una crisis personal, porque todos podemos estar en esas condiciones temporales o permanentes y hacer nuestras vidas con relativa normalidad. Lamentablemente la lucha política se aprovecha de estas circunstancias y comienzan a circular comentarios malintencionados y bajos, que no serían capaces de hacerlos frente a ciudadanos comunes y corrientes que tenemos enfermedades físicas o mentales. Considerando que, incluso en hiperpresidencialismos como el nuestro, hay equipos de gobierno, que un presidente deba ausentarse o no pueda cumplir del todo físicamente no es un problema de seguridad nacional. Si la voluntad y lucidez del gobernante se encuentra en juego, en un país con autoridades serias como Chile, un presidente sabrá dar un paso al costado, como lo hicieron Pedro Montt, Pedro Aguirre Cerda y Juan Antonio Ríos.

Ahora, si un presidente no desea informar su condición, ¿podrán hacerlo los medios? Mientras se mantengan los límites del respeto a la intimidad y solamente se busque informar de una situación real que puede afectar el ejercicio del poder, no veo por qué no se pueda saber que Michelle Bachelet deba tomar analgésicos o incluso antidepresivos -dos de los más grandes líderes de Occidente, Abraham Lincoln y Winston Churchill, sufrían de depresión-.

¿Lo del alcoholismo? Puede ser una situación límite por el estigma negativo de la enfermedad, pero de ser informada, que sea bajo circunstancias objetivas y no la información de un rumor de pasillo. Pueden haber estado muy de buena fe los periodistas de El Mostrador -yo lo pienso así-, pero sin un hecho evidente en que Bachelet haya perdido el control, hablar de supuestos lamentablemente contribuye al deporte nacional de moda: el chaqueteo.

2. ¿Por qué un mal comentario hacia una autoridad, por el hecho de ser mujer, se vuelve machismo?

Esto es lo que derechamente me emputece, me empelota y me enchucha. Desde que Michelle Bachelet asumió por primera vez que cada crítica que se le haga en términos de conducción personal ha sido tildado por sus séquitos como un ataque machista. Que la crítica a su forma de gobernar es machismo. Que hablar de su falta de estatura como estadista es machismo. Que criticar sus políticas de género es machismo. Machismo, machismo, machismo. Además, la hizo de oro cuando se declaró víctima de femicidio político...

No me parece adecuado que una persona que ejerce la Presidencia de la República saque el comodín de la discriminación sexual cada vez que se le critica, sobre todo en tiempos en que la crítica a su gestión personal es justificada. Tampoco me parece decente que se victimice o la victimicen, porque busca cambiar el plano de la crítica con el único objeto de alimentar el principal capital político que Bachelet tiene: su simpatía.

Pero ya... ¿es machista decir que una autoridad mujer sufre de alcoholismo o depresión? Es tan machista como decir que una autoridad hombre sufre de ambas condiciones. El ministro Marcelo Díaz dijo que si el Presidente fuera un hombre, nadie se atrevería a hablar de este tipo de cosas, pero hay que recordar que en materia de rumorología malintencionada, la ciudadanía ha sido drástica con todos, sean hombres o mujeres y de derecha o de izquierda: a Jorge Alessandri le decían La Señora, en razón de su supuesta homosexualidad; mientras que a Salvador Allende lo siguen tratando de borracho.

En honor a las verdaderas víctimas de machismo, las mujeres que son acosadas, agredidas y discriminadas, parafraseando a la Presidenta, paren la lesera.


Te lo dice,

R.F.S.K.

viernes, 28 de agosto de 2015

Macedonia multicultural (o El conflicto chileno-mapuche con peras y manzanas)

Podríamos decir que en Chile tienen vigencia dos grandes conflictos: el conflicto post-golpe de Estado y el conflicto mapuche. En ambos casos existe un quiebre en la amistad cívica y se manifiesta con odio parido entre las partes. En ambos casos, se tolera la violencia y la persecución que nuestra parte haga, pero se condena la que hace el otro. Sin embargo, en el primer caso, quienes alaban la vida y obra del Libertador Capitán General Presidente Augusto Pinochet Ugarte y los nostálgicos de los cordones industriales y los comandos comunales están de acuerdo con un mínimo: estamos en democracia, ambas partes pueden participar sin recurrir a las armas, se acata a regañadientes las decisiones de la autoridad y se recurre a los tribunales si existe razón para ello.

En el conflicto mapuche -que a mí modo de ver, debería denominarse conflicto chileno-mapuche, por estar en pugna el Estado como representante de la mayoría etnocultural de Chile y las organizaciones y comunidades mapuche como representantes de la pertenencia a dicho pueblo-, no existe un acuerdo mínimo. Peor aún, ni siquiera se reconocen las partes ni establecen un espacio de encuentro para poder dialogar y buscar dicho acuerdo.

¿Ayudemos a la paz en la Araucanía?

Si yo quiero tener buenas relaciones con Fulano, debo llamarlo por su nombre, hablar con él en un idioma común, tratarlo como lo que es -un ser humano de sexo masculino- y no como lo que yo quiero que sea, presumir su buena fe y con mi propia buena fe, intentar conocerlo para ver si se puede construir una amistad. Si no se puede, lo sigo respetando en aspectos básicos, como el trato humano y el lenguaje común.

Haciendo la comparación con mi ejemplo...

a) El Estado chileno y un sector importante de la sociedad chilena no llama al pueblo mapuche por su nombre. Esto va más allá de si los trato de mapuche, mapuches o araucanos. Tiene que ver con la negación de la contraparte en el conflicto. Muchos caen en la lógica de minimizar la relación entre las comunidades y organizaciones mapuche, al punto de decir que esto es un problema de un puñado de terroristas ideologizados frente al Estado de Derecho chileno. Otros tantos niegan la importancia que tiene para cada persona su pertenencia a un grupo cultural, manteniendo el mantra de "somos todos chilenos". Si bien la pertenencia a un pueblo indígena tiene relevancia jurídica ¡DESDE 1993!, seguimos en la lógica de considerar a los pueblos indígenas como personas jurídicas sin fines de lucro, cuando son un pueblo, es decir, una comunidad política.

b) Chile no habla con el pueblo mapuche en un idioma común. También va más allá del uso del mapudungún por parte de las autoridades políticas y el aparato estatal. No existe en términos históricos, culturales, jurídicos ni políticos una construcción común en sociedad. Por más de un siglo Chile le ha impuesto su relato, sistema educacional, normas jurídicas y formas de organización a los pueblos indígenas, y si bien con la Ley Indígena y el Convenio 169 de la OIT se ha avanzado en un mejor trato, seguimos partiendo desde la base de la imposición y la concesión graciosa. Así, por más becas indígenas, compras de tierras y áreas de desarrollo indígena que se creen, los pueblos indígenas siguen siendo tratados en la parte baja de una jerarquía social que no le es propia y que no considera su sistema de valores al momento de hacer normas o impartir educación.

c) Chile no trata al pueblo mapuche como lo que es, sino como lo que quiere que sea. No sólo el pueblo mapuche es tratado como una manifestación de la libertad de conciencia y asociación. También se le exige, para dialogar, que se organice en los términos establecidos por el Estado chileno, en circunstancias que el pueblo mapuche jamás se organizó bajo una única autoridad ni tuvo instancias de representación común, lo que legítimamente tampoco desea tener hoy. Se espera que las comunidades rurales mapuches sean parte del desarrollo agrícola de la Araucanía, cuando muchas discrepan de dicha idea y defienden una idea de protección del medio ambiente distinta de las empresas forestales. Lo que es más grave, se trata un conflicto cultural, histórico y eminentemente político como un tema de derecho penal, lo cual evidencia que el Estado chileno representa a la mayoría étnica frente a las actitudes "delictuales y terroristas" de comunidades y organizaciones que buscan una mejor situación en la nación chilena, haciéndolo fuera de la ley porque ésta misma no les permite hacerlo de modo institucionalizado.

d) Chile no presume la buena fe del pueblo mapuche. Además de criminalizar el conflicto, colocando a comunidades y organizaciones mapuche en el banquillo de los delincuentes y terroristas, se considera en sí que distintas reivindicaciones representativas del pueblo mapuche son perjudiciales para el país. Una mayor autonomía de las comunidades es visto como intentos de secesión e independencia. La recuperación de tierras es visto como la proliferación de tierras ociosas en un país que desea ser potencia agroalimentaria. El reconocimiento constitucional es visto como un revisionismo de la cultura chilena que tanto nos ha costado construir. La verdad es que los huincas no vemos nada bueno en ellos, más allá de decir que nos gusta su cultura.

e) Chile no hace intentos de buena fe de conocer al pueblo mapuche para generar una amistad cívica. Esto es lo más grave, porque significa que poco y nada hacemos para entender qué hay detrás de actitudes de las comunidades mapuche que como país no aceptamos. Creemos que a estos delincuentes les gusta quemar camiones, matar patrones de fundo y tirarle sillas por la cabeza a los fiscales. Aún mantenemos una visión racista frente a ellos, la que disfrazamos para no sentirnos racistas. Seguimos creyendo que son unos subdesarrollados, no siendo siquiera capaces de concederle el alto grado de comunión con la naturaleza que nosotros huincas no podemos lograr. Lo que resulta más triste es que no tenemos muchas ganas de luchar contra esta ignorancia supina, no existiendo políticas que favorezcan la empatía hacia los pueblos indígenas de cada región.


Ya, lindo el análisis... ¿Y el pueblo mapuche? ¿Reconoce al Estado chileno? ¿Trata a los agricultores y camioneros como lo que son? Por razones de extensión y respeto a su tiempo, no me extenderé mucho, pero lo resumiré de la siguiente manera: al pueblo mapuche, en su condición de minoría etnocultural cuya supervivencia se encuentra permanentemente en peligro, NO LE QUEDA OTRA que reconocer al Estado chileno, dependiendo de éste en términos de reconocimiento y protección. No se trata de un diálogo entre partes con la misma capacidad de negociación y propuesta, sino de uno muy desigual. Por esto es que la condición de diálogo se basa en la obligación del Estado de escuchar y asegurar un espacio de coexistencia entre los pueblos indígenas y la nación chilena, siendo ésta una comunidad que comprende a los primeros sin anularlos.

¿Paz en la Araucanía? Partamos reconociendo a nuestros pueblos indígenas.


Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 20 de agosto de 2015

Descontaminación política

¿Se han detenido alguna vez a leer los comentarios en las noticias de cualquier medio electrónico? Si no lo han hecho, no lo hagan por sanidad mental. Si lo han hecho, seguramente compartirán conmigo en que se trata de un flujo constante de odio de un lado hacia el otro y del otro hacia un lado, como si la existencia del otro que no piensa como yo fuera un cáncer que hay que extirpar. Por eso, hay que dar gracias que en Chile no tenemos un discurso a favor de la tenencia de armas... aún.

Lo peor de este flujo constante de odio son dos cosas. Por un lado, que por lo general la gente que está cargada de odio es la gente más motivada en participar en política, por lo que los pocos espacios ciudadanos, los pocos encuentros entre políticos y ciudadanos y las campañas electorales se encuentran cargadas de mucha negatividad y confrontación exacerbada. Por otro, que muchos políticos saben que la negatividad es un discurso que vende muy bien y lo explotan a más no poder, siendo Camilo Escalona y Osvaldo Andrade los adalides de "X cosa o persona es mala porque es de dereshhha", evitándose cualquier elaboración mental sobre su apoyo o crítica.

Hoy, en tiempos en que sectores importantes de la sociedad quieren mayores espacios para debatir y mejores espacios para decidir, puede darse que, con un proceso constituyente, con una asamblea o con distintos métodos de participación ciudadana, terminemos destapando una gran olla a presión de sentimientos negativos hacia el que no piensa como uno. No creo que lleguemos al extremo de proscribir ideas o personas como en el pasado, pero sí que a partir de una visión negativa de la sociedad, en donde todos los empresarios son avaros, todos los curas son pedófilos y todos los jóvenes de polerón y zapatillas son terroristas, terminemos legislando muy alejados de la realidad, con menos soluciones y más fuentes viscerales de división.

Por esto es que, quienes tienen responsabilidades y quienes creemos en lo noble de la política como actividad que nos atañe a todos como ciudadanos, debemos ayudar a descontaminarla.

Ya, shuper hippie y zoofílico, pero hablemos en concreto.

Descontaminar la política implica criticar y proponer con fundamento, deslegitimando las críticas y propuestas -no a las personas que las hacen- que no tienen intención de aportar en la búsqueda de una mejor sociedad. Si apoyo la despenalización del aborto en público, debo tener la responsabilidad de explicar por qué, aunque sea con el mantra básico del derecho de las mujeres sobre su propio cuerpo. Si no estoy de acuerdo con quien postula la prohibición absoluta del aborto y el derecho a la vida desde la concepción, debo criticar la idea y no a la persona que la sostiene, procurando defender, aunque sea de una manera básica, que mi idea le hace bien a la sociedad o a una parte de ella.

Descontaminar la política implica dejar abierta la puerta a que puedo estar de acuerdo EN ALGO con el que piensa diferente, incluso ideológicamente. Sí, no porque alguien sea de izquierda o de derecha -o de centro, con quienes yo tengo verdaderos problemas- significa que sea nefasto, incluso teniendo una forma de ver la sociedad diametralmente opuesta a la mía. Quizá no estaremos de acuerdo en los grandes temas como la moral, la economía y el rol del Estado, pero podremos estar de acuerdo que las instituciones públicas tienen trámites innecesarios o que hay aspectos de la vida chilena que son un patrimonio digno de protección. No lo sé, hay casos y casos, pero no podemos cerrarnos de antemano a la etiqueta que le colocamos a una persona porque piensa diferente y tenemos que indagar, por el amor a la humanidad y al hogar común, en qué podemos coincidir. Ese esfuerzo vale la pena.

Descontaminar la política requiere que la entendamos como un juego, y como en todo juego, a veces se gana y a veces se pierde, pero siempre con la posibilidad que en alguna partida yo pueda ganar mientras no busque eliminar a nadie de la participación del juego. No es posible que los grupos que detentan el poder sean soberbios en el ejercicio y sientan que pueden hacer lo que quieran -incluso ser corruptos- en base a discursos tan básicos como "los otros estuvieron con Pinochet". Tampoco es posible que el empresariado sea propenso a pataletas porque le varían reglas muy favorables y se le adaptan a estándares socialmente recomendables, como en materia tributaria o laboral. Por otro lado, no es posible que hayan amplios sectores de la sociedad que en cada juego de la política deban perder, como ocurre con los jubilados, los inmigrantes y las personas con discapacidad. Ayudando a entender que se gana y se pierde, pero que siempre se puede ganar, podemos descomprimir las grandes frustraciones sociales que estallan en manifestaciones de violencia y odio.

Todo muy bonito hasta ahora, pero no por bonito vamos a caer en una política teletubbie. No.

Como premisa a la descontaminación, es necesario que todos podamos expresarnos libremente, que digamos lo que nos gusta y no nos gusta, que existan los espacios para manifestarlo, que podamos interpelar a la autoridad y que ésta se encuentre obligada a responder, que podamos disentir de nuestra facción y tengamos la libertad de votar contra ella,que quienes entregan la información sean objetivos pero transparentes en su pensamiento, etc. En definitiva, que exista plena libertad de ser lo que somos y no nos sintamos restringidos por el miedo a la diferencia o a la posibilidad de confrontación, porque de la diferencia armónica y la confrontación pacífica se dan los frutos de la buena política, mientras que de la violencia de lo políticamente correcto y del consenso permanente logramos una sociedad estática, falsa y reprimida.

Descontaminación política. Me gustó el concepto... ¿y a ustedes?

Te lo dice,

R.F.S.K.

lunes, 10 de agosto de 2015

Tocopilla y la desigualdad regional

Tocopilla debe ser una de las ciudades chilenas más dejadas a su suerte. Puerto salitrero que vivió su auge a fines del siglo XIX, con la crisis del nitrato ha padecido una permanente decadencia económica, la que no ha sido posible de paliar con la actividad pesquera o con la existencia de termoeléctricas que abastecen a Chuquicamata; peor aún, la han dejado con una situación de contaminación ambiental deplorable. Sin mayor actividad que la propia subsistencia, la ciudad del norte ha sido doblemente golpeada por los desastres naturales: con el terremoto de 2007, gran parte de sus construcciones quedó dañada o destruida, existiendo a la fecha hogares y colegios que no han sido reconstruidos; con el temporal del fin de semana, tanto las marejadas como los aluviones han sepultado a la localidad en un lodazal.

Como Tocopilla, existen muchas ciudades que el discurso del desarrollo o de la mal entendida soberanía nacional han dejado de lado y que reflejan la desigualdad regional existente en Chile. Como se trata de un pequeño puerto de aproximadamente 20.000 habitantes, en un sector geopolítico que no reviste mayor importancia, sin actividades relevantes para la economía nacional ni propiedades de gente influyente, lo que le pase a Tocopilla nos da lo mismo -a menos que Alexis Sánchez deje de ir las navidades, cosa que nos puede dar un poquito de pena-. Son el esfuerzo de su gente y su amor por el terruño los que mantienen vivo a un pueblo que, para la esfera pública mayoritaria y las prioridades del Estado, no existe.

Una persona que puede rascarse con sus propias uñas -dicen que Axel Kaiser no se las corta- dirá que exagero, pues, ¿por qué hay que siempre pedirle al Estado? Tocopilla no es una ciudad distinta de otras, su gente es tan capaz como la de cualquier ciudad -incluso sacan buenos futbolistas y al mayor psicomago de la actualidad- y en cada lugar hay recursos naturales y humanos para poder desarrollarse.

En ciudades como Tocopilla -pienso también en otras como Arica, Linares, Lota, casi todo Aysén-, no existe en la actualidad la explotación de recursos naturales o la elaboración de productos que pueda levantar económicamente a una comunidad. Tampoco existen personas dispuestas a invertir en dichas ciudades y arriesgarse por esas cosas que sólo el amor a la tierra explica. Por lo general, estas ciudades no ofrecen oportunidades de educación superior, por lo que muchos jóvenes migran y muy pocos de ellos regresan. Aunque en las regiones extremas existan las asignaciones de zona, éstas cubren el alza del costo de la vida y no constituyen incentivo para que profesionales y trabajadores capacitados se dirijan a trabajar en dichas regiones. En general, se trata de ciudades de servicios que son muy vulnerables a las crisis económicas, donde el desempleo es mayor al promedio nacional y que, de ser azotadas por un desastre natural, requieren de un esfuerzo mayor al que en conjunto pueden hacer sus habitantes para poder reconstruirse.

Aún así, ¿por qué el Estado debe preocuparse por estas ciudades más que de localidades rurales, de zonas aisladas o de comunas con altos índices de pobreza?

No se trata de un tema de mayor o menor preocupación, sino de mejor preocupación. Las localidades rurales, por su naturaleza, reciben las ayudas que generalmente recibe la actividad silvoagropecuaria, estando por lo general su actividad principal protegida. Las zonas aisladas y extremas requieren generalmente de políticas públicas especiales, pero en su caso pueden invocar el discurso de la soberanía nacional que en ocasiones permite que nos acordemos de Arica, Aysén o Magallanes. El énfasis en la pobreza es habitual y parece ser el más justificado a la hora de políticas públicas, pero aunque suene majadero, no es la misma ayuda o no existe el mismo sentido de urgencia entre una persona de Bajos de Mena y otra de Tocopilla, pues les aseguro que en el primer caso nunca habrían permitido que un colegio siguiera sin ser reconstruido en 8 años... y todo porque es pobreza metropolitana.

Es hora que, en lugar de alimentarnos del morbo televisivo en épocas de catástrofe y aliviar la crisis con la ayuda material que nos caracteriza, empecemos a tomar conciencia de lo importante que es el regionalismo para resolver esta desigualdad territorial. Se puede elaborar bastante en esto -y ojalá apuntáramos hacia un Estado regional o un federalismo gradual-, pero pensemos solamente en estas 3 ideas:

a) Que cada región tenga un mayor presupuesto, basado no sólo en criterios de población, sino además en el nivel de desarrollo y en las necesidades de cada una, de modo de generar regiones económicamente autosuficientes. En esto, puede ser interesante el establecimiento de un impuesto regional, deducido de los nacionales.

b) Que cada región tenga capacidad de decidir sobre su propio presupuesto. De este modo, los proyectos se generan en las propias regiones y se implementan conforme a las necesidades y realidades de cada zona, procurando que todo habitante tenga acceso a los programas y beneficios, no sólo los de la capital regional. El Fisco sólo aporta el dinero y los ministerios sectoriales apoyan con especialistas.

c) Que algunas materias sean de exclusiva competencia de las regiones. Acá podemos discutir muchísimo, pero el ejemplo de Tocopilla me hace presente que 2 materias son serias candidatas: prevención de desastres naturales e inversión social. Así, quienes sufren se encuentran más cerca de quienes deciden, existiendo empatía y responsabilidad directa.


Es muy raro lo del regionalismo. Es una causa que todos miramos con simpatía, pero en la cual nunca existen definiciones serias ni esfuerzos reales. Ojalá podamos verlo como un tema de justicia.


Te lo dice,

R,F.S.K.
Si te gustó, gracias por compartir. Si no te gustó, gracias por comentar.