sábado, 28 de marzo de 2009

Won't get fooled again




Durante la última semana se ha hecho habitual para el léxico promedio del chileno la palabra colusión. De acuerdo al diccionario, se trata de un "pacto ilícito en daño de tercero." Vemos que no sólo las turbas que asaltan las farmacias, con una frustración comprensible en varios casos, hablan de colusión (cuando gritan “ahí están, ellos son, los que hacen colusión”), sino que (¿quiénes más?) también los señores políticos: algunos ya han interpuesto demandas contra los dueños de las cadenas farmacéuticas coludidas, otros quieren eliminar posibles colusiones con una mayor participación del Estado en el mercado y un político con futuro resultó ser accionista minoritario de una de las cadenas.

Lo lamentable (y vergonzoso) es que quienes hoy aparecen como paladines antimonopolios son quienes participan de la colusión mas flagrante de todas: la del poder político.

Sin ánimo de irme en picada contra la clase política chilena, existe una clara colusión del poder ya cuando uno habla de una clase política: se trata de personas de orígenes homogéneos, generalmente de la clase alta santiaguina, que ha estudiado en los mejores colegios privados y en su mayoría confesionales, que vive en las 6 comunas con mayor Índice de Desarrollo Humano de Chile (Vitacura, Las Condes, Lo Barnechea, Providencia, La Reina y Ñuñoa), que se auxilian mutuamente para acceder a cargos públicos y que por la poca democracia interna de los partidos, la reelección ilimitada de parlamentarios y (es necesario decirlo) el sistema binominal, se perpetúan en su posición privilegiada.

Todo lo anterior no tendría problema si no fuera por los resultados negativos que trae: políticas públicas hechas a medida de sus intereses económicos directos (varios son o eran empresarios) e indirectos (varios tienen relaciones estrechas con empresas), acuerdos políticos para aferrarse en el poder (la LGE es el mejor ejemplo), una postergación del desarrollo integral del país (porque Santiago es lo que interesa, cosa de ver el financiamiento del Transantiago) y poca sensibilidad con los problemas del país, porque además muchos no visitan sus distritos. ¡Para qué decir que los únicos que se fijan su propio sueldo son los parlamentarios! (acuérdense del rollo de la bencina).

Aparte de eso, quisiera señalar que se ha perdido osadía legislativa. Cuando se llega a una homogeneidad política como la que tenemos hoy, se pierde la posibilidad de hacer leyes que van en beneficio de grupos postergados y que suelen causar roces en el corto plazo, pero a la larga son positivas. Leyes como la de Impuesto a la Renta, la de Educación Básica Obligatoria, la Reforma Agraria o la Nacionalización del Cobre, no podrían hacerse porque todos tienen altas rentas, nadie quiere que la gente tome decisiones, no es del todo positivo que la tierra sea del que la trabaje y probablemente habría senadores y diputados con intereses en las empresas mineras.

Vistas así las cosas, el escenario de este año es complejo: tenemos dos candidatos con reales opciones que no se diferencian mucho en la realidad. Pueden plantear una nueva Constitución o pueden encarnar una alternancia política, pero no nos harán tontos de nuevo porque de nada sirve plantear eso si no hay un cambio en los equipos de trabajo (siguen los Coloma por un lado y los Belisario Velasco por otro). Si las cosas no se hacen de manera distinta, eliminando trabas para los independientes, mejorando el contacto de los partidos con las bases, renovando generaciones de líderes y descentralizando la política, la cosa va a ser tal y como termina Won’t get fooled again: Meet the new boss, same as the old boss.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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