martes, 28 de abril de 2009

Sigan soñando




Una de las cosas interesantes de volver al hogar es que uno convive con personas que encuentran que muchas de las cosas modernas están mal y añoran los tiempos cuando la vida era más simple, honesta y decente... como los padres.

Tomo once con ellos todos los días y tenemos la costumbre de poner la tele. A las 7 no dan nada bueno, salvo Los Simpson, pero no permiten conversar porque son tan buenos que uno los ve, así que mi vieja deja puesto el TVN esperando que empiece su teleserie. A esa hora dan Calle 7, otro bodrio juvenil de potos, tetas, capillas y eliminaciones, lo que hace que mi papá exclame:

¿Cómo no serán capaces los de TVN de poner algo menos ordinario y que les sirva a los cabros que salen del colegio? No habrían ni pokemones ni pelolais si, por ejemplo, pasaran obras de teatro clásico español o dieran monitos como "Érase una vez el hombre".

Esta reacción estilo Julio Martínez (que en paz descanse) de mi padre es bastante común en la mayoría de los críticos de la programación televisiva, sobre todo de TVN, por ser del Estado. Cada cierto tiempo tenemos a nuestros amigos los políticos debatiendo en el Congreso sobre el rol de la televisión pública, casualmente cuando hay que votar un nuevo consejero para el directorio del canal de todos, donde se critica la escasa programación cultural, la que además va en franjas tan populares como a las 12 de la noche un sábado (como en Cultura para todos de Les Luthiers).

Pero es una reacción ilusa...

Nuestros canales, incluido TVN, viven gracias a los comerciales, por lo que el rating es vital. Lo que es bueno que exista en televisión, pero que no da rating, hay que programarlo en horarios como las tardes de los fines de semana. Más claro, echarle agua.

¿Cómo hacemos que programas culturales tengan rating y así se cumpla el anhelado sueño de mi padre de una televisión abierta educativa?

1. Deben hablar en el lenguaje de la gente que da rating. Ese es el problema de los documentales, que son lentísimos, y del programa de turno de Cristián Warnken, que requiere un elevado coeficiente intelectual (confieso que no los entiendo).

2. El programa debe tener alguna relación con la cultura pop chilena. Si es una representación, que sea de algo de lo que tengamos noción y que tenga alguien famoso y querido por la gente (Ej.: Héroes de Canal 13). Si es un documental, tratar de hacerlo sobre temas contemporáneos y que le lleguen al corazón de la persona (enfermedades de difícil cura, una historia de superación, etc.). Si es un programa histórico, que se prefiera el testimonio de la gente común y sobre un hecho de gran importancia social.

3. TRANSMITIR EN VIVO. Si hay una buena ópera o el estreno de una buena obra, la gente aprecia más el verlo en la tele simultáneamente con quienes lo ven en el teatro, pues se aprovecha la propaganda de ambas.

Por todo esto, no extraña que los programas culturales que tienen mayor rating son los históricos. Son lo más parecido a una película: se maneja el timing de alegría y dolor mediante el testimonio de quienes protagonizaron o vivieron hechos que nos son cercanos. Los viejos siempre se acuerdan dónde estuvieron para el golpe, los no tan viejos cuentan sus peripecias callejeras en las protestas del 83' y nosotros también nos sentimos tocados con recordar el instante cuando un compañero en el colegio corría la voz de que dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas.

Ahora bien, ¿la gente se educa con una televisión cultural formato pop? Tengo mis dudas. Vuelvo al ejemplo de Héroes: a los más chicos les alimentó el mito sobre los personajes representados y a los más grandes les sirvió para imaginarse el contexto físico de ellos, pero no creo que haya incentivado a los televidentes a averiguar más sobre la vida de O'Higgins, Portales o Balmaceda. Lo que sí, la gente se entretiene de manera más sana, lo que siempre es bueno.

¿Entonces cómo podemos ayudar a que mi viejo y sus nietos vean La vida es sueño en TVN tomando chocolate caliente y comiendo marraqueta con palta? Soy de la idea que la televisión abierta cultural es un término contradictorio en sí. Y lo ha sido desde siempre, ya que el discurso sobre la televisión en Estados Unidos en 1961 era el siguiente:

Cuando la televisión es buena, nada - ni el cine, ni las revistas, ni los diarios - nada es mejor.

Pero cuando la televisión es mala, nada es peor.
Los invito a sentarse frente a su televisor cuando su canal está en el aire y quédense ahí, por un día, sin un libro, sin una revista, sin un diario, sin un balance de utilidades o pérdidas o un libro de contabilidad que los distraiga. Mantengan sus ojos pegados al aparato hasta que el canal termine sus transmisiones. Puedo asegurarles que lo que ustedes observarán es un vasto páramo.

Verán una procesión de programas de concursos, fórmulas cómicas sobre familias totalmente increíbles, sangre y trueno, caos, violencia, sadismo, asesinato, los buenos y malos del Oeste, sabuesos, gángsters, más violencia y dibujos animados. Y comerciales sin fin - muchos que gritan, engatusan y ofenden. Y sobre todo, aburrimiento. Verdad, ustedes verán unas pocas cosas que disfrutarán, pero serán muy, pero muy pocas. Y si ustedes creen que exagero, sólo les pido que hagan la prueba.

Así que amigos televidentes de la vida, si no les gusta la cajita tonta, apáguenla o vayan a llorarle a la FIFA...

Te lo dice,

R.F.S.K.

domingo, 26 de abril de 2009

Tribulaciones, lamento y (difícil) ocaso de una tonta paranoia imaginaria




Cada vez que un grupo de personas postula que la solución a los problemas de la sociedad está en la intervención del Estado, la derecha política chilena pone el grito en el cielo y acusa que su libertad está siendo coartada. Lo anterior es alimentado con flashbacks violentos de una época en la cual habrían sido efectivamente privados de su libre iniciativa y con ejemplos comparativos con países como la Unión Soviética, Cuba y, actualmente, Venezuela, lo que lleva a caricaturizar la acción de los reformadores, acusándolos de lavado de cerebro, de aprovechamiento político y, aún más grave, de querer destruir una tradición de la cual la derecha se siente dueña y única defensora.

Últimamente esto se está viendo en lo relativo a la reforma de la educación superior, en que la derecha, mediante sus juventudes y organizaciones estudiantiles (demasiado) afines, ha basado su crítica irrestricta a la propuesta de la CONFECH en varios puntos, sobre todo en el de la libertad de enseñanza. Esto no es nuevo, dado que se ha hecho la misma crítica a todas las movilizaciones estudiantiles que exigen un cambio en el sistema educativo.

¿Se trata de una defensa de una causa justa, como la de la existencia de diversos proyectos educativos, o se trata más bien de la paranoia de un sector político?

Desde mediados del siglo XIX, cuando los intelectuales de la época postulaban que al Estado le correspondía un rol en la educación porque servía como herramienta de integración social de la nación, los conservadores se oponían a reformas que buscaran establecer y ampliar el Estado docente. ¿Las razones? El poder creciente de los liberales y radicales, quienes propugnaban reformas tendientes a un Estado secular. Nada terrible, a menos que consideráramos que el lenguaje de estos sectores era virulento, al punto de querer extirpar la presencia de la Iglesia Católica en ámbitos ajenos a la conciencia de las personas. Quizás Tribulaciones, lamento y ocaso de un tonto rey imaginario o no, de Sui Generis, refleja la posición del pobre conservador ante el vil liberal:

Yo era el rey
De este lugar
Hasta que un día
Llegaron ellos

Gente brutal
Sin corazón
Que destruyó
El mundo nuestro


Esta visión quedó instalada en la memoria conservadora, pues desde entonces los sectores conservadores se han opuesto una y otra vez a los proyectos de reforma educacional: se opusieron a la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria (la que, a mi gusto, es la ley más importante que se ha dictado en Chile), que buscaba gratuidad, obligatoriedad, movilidad social, igualdad de género y Estado docente; se opusieron a la reforma educacional de 1968, que buscaba fortalecer el acceso, la formación pedagógica y la funcionalidad de los tres niveles educativos al desarrollo del país; y, ahora último, se han opuesto a todas las reformas estructurales de la educación que le permitan al Estado velar por la calidad y la equidad de la educación, generando una ley cuyos principios son brillantes pero cuya puesta en práctica es un chiste. Por otro lado, las reformas que ellos elaboraron, además de favorecer el libre emprendimiento en la materia, redujeron al Estado docente a su expresión mínima, entregándole a las municipalidades el mantenimiento de un sistema escolar (bastante) básico.

¿Alguna de las reformas convirtió a los colegios públicos en cantones de reclutamiento de jóvenes para el Ejército Rojo? Nadie cuerdo podría sostener algo así. Por el contrario, se redujo el analfabetismo de un 50% en 1920 a un 25% en 1930 (y a un 5% actual), se aumentó la cobertura educacional de un 10% en 1920 a un 80% en 1968 (y a casi el 100% actualmente), se abrió el acceso a la educación superior a la clase media y baja, los índices de pobreza han disminuido y gozamos de un desarrollo económico envidiable en Latinoamérica. Gracias a la acción del Estado en educación, somos un mejor país.

Podría sostenerse (hay gente medianamente seria que lo cree así), mediante argumentos basados en visiones distorsionadas de nuestra realidad política, que la izquierda marxista camuflada en el gobierno podría revivir proyectos pasados (la Escuela Nacional Unificada, que es uno de los ejemplos de buenas ideas formuladas en el peor de los momentos) o replicar su experiencia aprendida durante su exilio en Europa del Este mediante reformas educacionales. Creo que el tiempo ha pasado, la lección se ha aprendido y que es parte de un consenso amplísimo que debe existir libre iniciativa en materia educacional.

Sin embargo, la protección de la libre iniciativa educacional no es sinónimo de laissez-faire o libertinaje educacional. Suele verse el derecho a abrir, organizar y mantener establecimientos educacionales como un derecho absoluto, cuando el bien común exige que en éstos exista un ambiente óptimo para la formación de un niño o un joven y que se le brinden conocimientos mínimos y fundamentales de la vida en sociedad, no importando si usted es garrero o bullanguero.

No creo que las limitaciones a la libertad de enseñanza mediante la acreditación y la fiscalización impliquen determinar contenidos obligatorios y uniformes que deba impartir un colegio o una universidad. Las reformas que se han planteado buscan velar por la calidad y la equidad de aquellas instituciones que emplean fondos del Estado y corregir el mercado de la educación superior, que pareciera no funcionar en forma óptima y que se dedica a vender diplomas más que formar profesionales.

No veo por dónde pueda violentarse el derecho preferente de los padres a educar a sus hijos y la libertad de enseñanza con ideas como la que propone la Nueva Reforma Universitaria. No veo que haya un partido político o una cosmovisión atea que, basándose en el pensamiento de Antonio Gramsci, busque acabar con la posición hegemónica de un grupo privilegiado y con valores. Por lo tanto, la crítica que formula el Movimiento Gremial es más bien una reminiscencia del paroxismo político de la Guerra Fría (que, como muchos sabrán, en Cuba y en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica aún no ha terminado) que aún permanece en nuestro conservadurismo nacional y que, lamentablemente, se transmitió a la juventud.

La reacción se respeta cuando es justificable, pero cuando se basa en la paranoia, revela segundas intenciones que no contribuyen en nada a hacer un Chile mejor.

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 23 de abril de 2009

No es sólo Rock N' Roll




Necesito escuchar rock en español para estudiar...

Hasta hace un año, era un vendido a Babylon que escuchaba exclusivamente rock anglo, con algunas excepciones como Soda Stereo, Los Tres y los Cadillacs. La necesidad me forzó a buscar otros grupos. Así empecé a familiarizarme con Serú Girán, que no me explico cómo en Chile nadie sabe nada de esta genialidad pseudoprogresiva integrada por Charly García y Pedro Aznar. Así acepté al resto de la vida y obra de Charly García, escuchando a Sui Generis como un grupo rupturista y no como el clásico de fogatas, y a su época solista como algo más allá que un fenómeno ochentero. Así me acerqué a Sumo, entendiendo por qué en Argentina se resisten a aceptar la muerte de Luca Prodan. Así volví a escuchar a La Renga, recordando mis años rebeldes de la media. Y así llegué a Los Redonditos de Ricota, del que sabía porque en sus conciertos quedaba siempre la cagá, pero que escuchándolos me di cuenta de por qué las letras y voz inconfundible del Indio Solari y la guitarra potente de Skay Beilinson desatan pasión y caos sólo comparables a un Boca/River.

Escuchando estas perlas musicales, uno puede percatar que en Argentina tienen una cultura rock muy diversa, ininterrumpida en el tiempo y reconocida como integrante del patrimonio cultural nacional. Hay mucho de idiosincrasia argentina para que esto se dé (la cultura futbolera, la esperanza y respeto irracionales en ídolos populares ante la desconfianza de un inestable poder político, las grandes concentraciones populares, etc.), pero también hay factores bien especiales:

- El rock en Argentina partió como una subcultura marginal, de supervivencia en medio de la dictadura de fines de los 60', cuyas letras hablaban de sueños, frustraciones y realidades de una juventud pateando piedras.

- Hubo una real competencia entre el Pop (encarnado por Palito Ortega) y el Rock (entonces encarnado por el más grande, SAAAAANDRO), existiendo programas musicales para uno y otro género.

- La dictadura militar prefirió favorecer la industria musical nacional (mientras no fuese subversiva) sobre productos extranjerizantes, lo que permitió que existiera rock pese a las circunstancias expresivas adversas.

¿Y que pasó en Chile que nos pasmamos?

- El rock nació como un fenómeno de élites (los Vidrios Quebrados, los Mac's y los Jockers eran todos paltones), basado en cóvers de grupos en inglés y cuyos temas originales hablaban poco de la realidad chilena de los 60'.

- El rock chileno nunca fue real competencia para la Nueva Ola, ni para la Nueva Canción Chilena y menos para el Neo-folklore (la historia dice que "Los viejos estandartes" de los Cuatro Cuartos superó en los ránkings radiales a "Let it be" de los Beatles... insólito).

- Nuestra dictadura militar favoreció la apertura comercial inclusive en lo musical, no pudiendo competir el rock chilensis con grupos extranjeros.

Los Prisioneros son la única banda masiva de rock chileno de la dictadura (hubo intentos muy underground que son materia de investigación arqueológica), que por lo demás resultó un éxito en todo Latinoamérica, pero eran tan sólo una isla en medio de un mar de mierda llamado rock latino. Recién con el regreso a la democracia se configura el actual escenario del rock chileno, pero que está a años luz de tener la incidencia que tiene este género sagrado en la cultura nacional de otros países. Salvo Los Tres y el recuerdo perpetuo de González, Tapia y un guitarrista que se vendió al sistema, ninguna banda que se reconozca chilena (quedan excluidos La Ley y Lucybell, por tener de chilenos lo que yo tengo de chino) ha tenido influencia determinante en las demás bandas, ha revolucionado el mercado nacional (menos el internacional) y SÓLO LOS PRISIONEROS HAN LLENADO EL NACIONAL SOLOS Y DOS VECES SEGUIDAS.

¿Dónde está el problema?

- Miramos a México como la Meca del rock en español, cuando México tampoco tiene una cultura de rock y más encima son unos mamones superficiales (salvo Café Tacuba y esa banda que aún no conozco, porque siempre hay una segunda excepción). Hay que mirar al otro lado de la cordillera y no extender esa mala vecindad en el aspecto musical, porque realmente allá saben.

- Murphy nos cagó: nos hizo país de poetas, pero no sobró alguno para el rock, salvo Álvaro Henríquez.

- Se aplica lo mismo que dijo Rafael Gumucio en relación a la literatura chilena: El deporte favorito de los pocos chilenos que escuchan rock es descubrir un cantante o grupo que nadie más que ellos conocen. Privilegiamos la exclusividad y la vanguardia incomprensible; castigamos la masividad y la popularidad instantánea. Consideramos que el mejor rock es un grupo que editó un disco y cuyos solistas, si es que los hay, se dedican al jazz o tocan para los ilustres vecinos del Parque Forestal. En pocas palabras, vivimos una dimensión individualista del rock, arte que es esencialmente comunitario.

- Los que se reconocen rockeros no atraen al chileno apático a la causa, sino que son absorbidos por otros géneros para poder alcanzar un cierto grado de popularidad, fenómeno que ocurre con la fusión de rock y música bailable. Quizás los casos más rescatables son Los Jaivas (Acid Rock, después Progresivo + Nueva Canción Chilena), Los Tres (Rock variopinto + Cueca chora o Jazz Huachaca) y esta nueva camada de seres humanos comandada por Gepe y Leo Quinteros, a los que les deseo buena suerte.

Mención especial para Los Jaivas: han sabido traducir en lenguaje de rock lo más profundo de la cultura musical latinoamericana; llevaron esta fórmula a ser aceptada en países musicalmente disímiles como Argentina y Francia; combinaron destreza instrumental con poesía (son unos ídolos los Parra); han sobrevivido al exilio, a la muerte de integrantes esenciales y al paso del tiempo; y nos han dejado clásicos como Todos juntos, Pregón para iluminarse, Sube a nacer conmigo, hermano, y otros que, indiscutiblemente, son parte del cancionero popular chileno.

Mick Jagger no tenía razón cuando decía que It's only Rock N' Roll. No es sólo Rock N' Roll, es una manifestación de nuestra idiosincrasia.

Te lo dice,

R.F.S.K.

P.D.: Les dejo la que, en mi opinión, es la mejor canción de rock de la historia de Chile. No habrá tenido una trascendencia discográfica por tratarse de una canción en el exilio, pero es instrumentalmente maravillosa y líricamente emocionante, ya que es la única canción del género que trata del golpe de Estado de 1973.

miércoles, 15 de abril de 2009

Despiértenme cuando termine Noviembre




Quiero detenerme un rato con esto del columnista independiente que no le publican en El Mercurio por tener una agenda libertaria y escribir un poco sobre esta suerte de pausa mentirosa más conocida como examen de grado.

Decidí venirme a Serena (si sé que es LA Serena, pero no es mi culpa que no digan Dehesa o Florida) a estudiar por varias razones: (1) porque soy terriblemente pajarón y necesito distraerme lo menos posible; (2) porque le prometí a mis viejos darles más tiempo, sobre todo ahora que siento que nos estamos llevando mejor; (3) porque después de 5 años me di cuenta que odio a los santiaguinos (no a la ciudad, la que no tiene la culpa que sus habitantes sean unos individualistas de mierda); y (4) porque me rebajaron la mesada. Pensé en quedarme quizás por los amigos, pero esta pausa mentirosa te deja en un limbo: ya no sigues siendo parte de la universidad, no estás aún en el mundo real y quienes están en la misma situación que ti están enfocados, al igual que uno, en su grado.

Yo, ni hueón, me vine...

Pero no ha sido fácil volver al hogar familiar por más de 5 días que no sean verano...

Cuando se vuelve, uno suele despojarse de la mentalidad adquirida en Santiago y recupera esa mentalidad que uno tenía antes de irse a estudiar. Un ejemplo es la movilización: en Santiago aperro adonde sea, incluso a esas partes donde piden carnet de sanidad y salvoconducto; acá en Serena, en cambio, como dependía de mis viejos y no llegaban las micros donde vivía (ahora sí), me da lata salir al Mall por más que sea.

Cuando se vuelve, uno observa que la vida continuó en cinco años (un serenense me lee esto y se caga de la risa, porque con cuea el Mall tiene más tiendas, el centro tiene menos, hay un puente más en las Compañías y hay Casino nuevo). Lo noto en mis amigos de colegio: algunos tienen hijos, otros están trabajando, varios aún no terminan, pero todos tienen nichos nuevos y distintos al que nos juntó por los 4 años de la media. Juntarse con uno de ellos es difícil, con 2 es una hazaña, pero con 5 o hacer una reunión de curso es imposible. Debo reconocer que hay cosas que no han cambiado eso sí: los que se pelearon en la media no se arreglaron nunca.

Si pudiera resumir la sensación que tengo con este regreso, es como bajarse de un Ferrari y correr la misma carrera con un Fiat 600...

Pero ir lento en un Fiat 600 permite disfrutar del camino...

El ritmo a 10 km/hr. me ha permitido pensar mucho sobre mis años de universidad y los años de vida real que me esperan el próximo año. Todas esas preguntas filosóficas se acumulan en la cabeza en aquellas pausas mientras hago esos Top 5 en Facebook (tienen que reconocer que ya no los hago tanto), mientras converso con mis viejos tomando té y marraqueta con palta, mientras voy al aeropuerto en bicicleta y mientras trato de sacar algunas canciones de Serú Girán en piano. Creo ir encontrando respuestas, al menos sobre lo hecho y deshecho en la Gran Familia Derecho UC, y hay una frase de Ray Davies (de quien otro día escribiré) que me identifica:


Si tuviera que empezar de nuevo, cambiaría cada una de las cosas que he hecho y no me siento mal por ello.

El ritmo a 10 km/hr. me ha permitido desarrollar una buena relación con mis padres. Si antes los hacía bolsa en cada momento que me preguntaran de ellos, hoy día los siento mis amigos: vamos al Casino juntos, le enseño a tocar piano a mi mamá, vemos fútbol con mi papá con su buena chela, conversamos de cosas más interesantes que el "toma bien el tenedor, hijo" o el "deja de bostezar de una vez por todas, cabro de mierda" y vemos la teleserie juntos. Hemos aprendido a escucharnos y a entender las etapas de vida que cada uno vive.

Cuando terminé todo en la universidad, me acordé de una escena de Casi famosos: la hermana de William Miller le dice a su madre que le cuente la verdad sobre su edad, la que cede contándole que tiene un año menos y está adelantado un curso, lo que deja un tanto descolocado al futuro columnista de la Rolling Stone. Mi caso es parecido, pues entré con 5 al colegio y con 17 a la universidad y siempre he tenido compañeros mayores que yo, pero amigos menores. En el caso de William, la madre le compensa ofreciéndole un año sabático cuando termine el colegio. En mi caso, no es un año sabático, pero sí nueve meses para quedar bien al momento de salir a la vida real. Como pueden ver, no es mucho tiempo, así que por favor les pido que no me saquen de este limbo y sólo despiértenme cuando termine Noviembre.

Te lo dice,

R.F.S.K.

sábado, 11 de abril de 2009

Una experiencia religiosa




Cuando me fui de intercambio a Estados Unidos, una de las cosas que me pareció muy interesante, por no decir ejemplar, es la fórmula que como nación se han dado para que haya una convivencia armónica entre personas de distintos credos. Lo más interesante es que no dejan de reconocer histórica y numéricamente su carácter protestante, que se afirma de diversas maneras, pero reconocen que el ser un melting pot (crisol) es una realidad también histórica y que ha hecho grande al país, por lo que existe un respeto sagrado a las festividades religiosas de quienes no son cristianos: al judío se le respeta el Yom Kipur, al musulmán no se le pone trabas para cumplir con los ritos de Ramadán, al ateo no se le hace rezar en el sistema escolar público y el Día de Acción de Gracias se entiende como un día en el que todos pueden agradecer por lo que se tiene.

Ayer era Viernes Santo y observé varias cosas: que en mi familia, que es una rareza religiosa católico-judeo-atea, el Viernes Santo se traduzca en no comer carnes rojas (o una excusa para comer productos del mar, a los que somos bastante adictos); que varios amigos estuvieran chatos de la programación televisiva en Semana Santa (algunos echando de menos a Los Simpson en el canal 13); que otros expresaran su recogimiento ante la fecha porque profesan de verdad el credo cristiano (no hay cosa más valorable que un credo practicado conscientemente), mientras había muchos turistas en La Serena en la playa, con cero recogimiento y aprovechando que el fin de semana largo corre para todos (parecía el día peak del verano); y que este año me coincidía Pésaj (pascua judía) con la Semana Santa.

Todo esto lleva a plantearme un tema que pareciera estar zanjado, pero que los tiempos exigen un análisis y ulterior revisión: la separación de Iglesia y Estado en Chile.

En 1925, tal separación significaba, primeramente, terminar con la intervención recíproca entre ambas entidades, pero además establecer que no existiría creencia privilegiada para el Estado, existiendo igualdad entre religiones y entre quienes profesan una religión y quienes no lo hacen. Evidentemente nunca se dio un óptimo semejante, por el fuerte arraigo del Catolicismo en el país que culturalmente justificaba algunas situaciones como la indisolubilidad del matrimonio, celebraciones de liturgias en actos públicos, etc.

Hoy vivimos una realidad distinta: de acuerdo al Censo de 2002, hay un 70% de católicos (de los cuales, según varias encuestas, menos de la mitad practica), un 15% de protestantes, un 8% de no-religiosos y un 4% de personas que profesan otra religión. No se trata de un dato menor, por cuanto existe una minoría considerable a la cual el Estado no le garantiza un mismo trato que a una mayoría cada vez más difusa, aunque se debe reconocer que ha habido esfuerzos dirigidos a la población evangélica. Si lo pensamos en términos de democracia, no se cumple una de las concepciones más conocidas que habla de ella como la regla de las mayorías con derechos para las minorías.

¿Es la laïcité de los franceses, que actualmente prohíbe portar símbolos religiosos en los colegios, la solución? Ese es un extremo en el cual no debemos caer en el debate, pues así como se luchó por la libertad de conciencia, se luchó por la profesión pública de dicha conciencia, sea en un hermoso baile como los de La Tirana, sea negando la existencia de D’s en un libro.

Creo que la solución va en un Estado que reconoce una tradición, pero que acepta una realidad, por lo que su esfuerzo debe ir dirigido a la coexistencia equilibrada de ambas. Se le debe garantizar a quien profesa su fe como corresponde que pueda cumplir con sus festividades, muchas de las cuales son centenarias e, incluso, autóctonas, por lo que el Estado no es quien para interrumpir dichas tradiciones. Se debe procurar que las ceremonias consagradas por el Estado y la educación que éste provee gocen del mayor ecumenismo posible, de manera de incorporar a todas las personas, pues somos todos, sin distinción, quienes contribuimos al país. Además, como esta coexistencia es un valor, debe ser protegida de flagelos como la discriminación y el fanatismo.

Se me viene al recuerdo una escena. Los estudiantes de intercambio debíamos, valga la redundancia, intercambiar regalos para fin de año. Una de las coordinadoras, que era luterana, empieza deseándonos Merry Christmas, a lo que la otra coordinadora, que era judía, le corrigió un tanto molesta, deseándonos Happy Holidays. Acá en Chile no se me ocurriría cambiar mi sonrisa cuando me desean Feliz Navidad…

Te lo dice,

R.F.S.K.

P.D.: No encontré una canción más ad-hoc que God, de John Lennon. Pensé en Losing my religion, de R.E.M., pero no es lo mismo.

martes, 7 de abril de 2009

Todo cambia... menos las movilizaciones estudiantiles




El fin de semana me había enterado, por distintas fuentes, que comenzaban las movilizaciones estudiantiles nuevamente. ¿La causa? La crisis circunscrita a la educación superior. ¿La forma de reaccionar? Paros y concentraciones. Cuando supe, me vino una sensación especial porque es la primera movilización en la que no voy a estar presente (asistencia 100% a las movilizaciones entre 2004 y 2008), pero también me vino una sensación de... no sé como describirla... llámenle lata, pena, frustración o quizás me estaré poniendo fascista... no lo sé...

Lo que sí se es que el ser humano es un ser capaz de cambiar la estrategia en la vida cuando se tropieza en el camino... salvo, parece, los estudiantes universitarios chilenos.

¿Cuántas veces la fórmula de paros reflexivos, marchas, concentraciones y tomas ha tenido éxito en Chile? Hice memoria histórica y ha sido en 3 ocasiones bien puntuales:

1. La caída de Carlos Ibáñez del Campo (1931): Fue la FECH, en conjunto con las asociaciones gremiales y los sindicatos, quienes canalizaron el descontento generado por 4 años de tiranía e ineptitud para manejar la crisis económica que venía de Estados Unidos. ¿Cómo lo hicieron? Supieron actuar en el momento preciso, porque pese a haber sufrido la represión desde antes por sus ideales liberales y republicanos que se contraponían a la censura y persecución del régimen, los estudiantes decidieron convocar a un paro cuando la situación se hizo insostenible, causando la adhesión de la totalidad de la sociedad civil (incluso, según investigué, paró la Católica, aunque no existía la FEUC). Los hechos que se irían sucediendo a partir de este paro motivarían la renuncia del dictador.

2. La Reforma Universitaria (1967): Los cambios sociales de los 60' tuvieron su repercusión en la educación superior. La universidad para todos y el cogobierno eran las consignas de los estudiantes que se movilizaron, primero en Valparaíso y luego en Santiago, siendo la UC la única que logró realizar ambos planteamientos. ¿Qué pasó con la Ponticato? Se supo reflejar los cambios que estaba teniendo la Iglesia Católica a través de un estudiantado proactivo, sectores socialcristianos del profesorado y un Gran Canciller excepcional que entendía y compartía la visión de los estudiantes, sumado a la mediatización del conflicto que permitió generar sensibilidad hacia la causa. Lo lamentable es que, como surgió en un contexto, acabó en otro contexto... seis años después.

3. El retorno a la democracia (1983 - 1990): Con la reactivación de la sociedad civil, se reactivaron las organizaciones estudiantiles, las cuales primero buscaron legitimar su existencia a través de las elecciones de Federaciones. Luego, había que resolver la intromisión del aparato dictatorial en las universidades, consiguiendo un nuevo triunfo: los rectores eran civiles y docentes, no políticos o militares. Finalmente, el proceso culminó con la participación de las federaciones estudiantiles en el ámbito político, haciéndose presente en las organizaciones que buscaban el retorno a la democracia. Nuevamente es el contexto de represión de las personas y las ideas el que motiva que el estudiantado salga con sus mejores energías y convoque a su entorno.

Es este último modelo el que se sigue replicando hoy, pero llevamos más de 25 años y los progresos han sido pocos (los cupos supernumerarios son uno... ¿otro más?). Creo que la educación superior, en la forma global que se está abordando como causa, merece una acción distinta a la que se empleó en los 80', 90' y... (¿cómo se le llama a esta década? ¿Los 00'?) ahora. 

No soy un Sun Tzu para enseñar estrategias de guerra, pero creo que la cosa va por influir en quienes tienen la última palabra en el tema: los señores políticos (lo sé, es lamentable, pero hasta la realización de plebiscitos depende de ellos). Se debe actuar en la arena política de manera tal que todos tengan pan y pedazo en este asunto, la situación debe mediatizarse de manera tal de tener el respaldo ciudadano (algo más potente que un El Mercurio miente), hay que conseguir el patrocinio de los catedráticos más influyentes, se debe incluso llegar al punto de señalar que vamos a hacerle campaña al candidato presidencial que incluya nuestras ideas en su programa y jugar en la cancha del otro equipo...

El camino para lograr los cambios que la educación superior requiere es difícil y exige de la mayor inteligencia posible, como la tuvieron Julio Barrenechea en 1931 y Miguel Ángel Solar en 1967. No se puede caer una causa tan noble por enfrascarse en peleas contra las fuerzas especiales de Carabineros, cuando las peleas que valen la pena son contra los ideólogos y perpetuadores del actual sistema educacional; por creer que la solución está en la Alameda, cuando se encuentra dentro de La Moneda o en aquel mall babilónico llamado Congreso Nacional; por dedicarse exclusivamente a aunar a los estudiantes, siendo que la historia nos dice que nunca hemos logrado nada solos; y por, en definitiva, deslegitimarnos ante la sociedad, siendo que se trabaja por ella y su futuro.

Si esta causa se cae porque se habla de destrucción, como dice Revolution de los Beatles, cuéntenme afuera.

Te lo dice,

R.F.S.K.

lunes, 6 de abril de 2009

No vamos a televisar nuestro dolor




En este último tiempo, en el cual hemos visto el fallecimiento de personas que han despertado la sensibilidad de la mayoría del país, se me vino al recuerdo una frase…

Hace 18 años, en un concierto de Los Redonditos de Ricota, grupo cuyos conciertos se caracterizaban por un público desbordante y porque siempre había detenidos y heridos, un joven ricotero murió víctima, se decía, de la represión policial (finalmente se comprobó que era así). La familia del joven se movilizó y centró la atención de los medios para pedir castigo a los responsables, estando acompañados en ese clamor por muchos músicos del rock argentino, afectados porque el hecho sentaba un negro precedente para los conciertos de rock. Hubo marchas, conciertos, surgieron canciones dedicadas al joven… y Los Redondos no decían nada. Se les tildó de insensibles, de no preocuparse por sus bandas (así se les llama a la fanaticada ricotera), hasta de cómplices de la muerte de Walter…

Entonces, en un acto que rompía con los esquemas antisistémicos de Los Redondos, el Indio Solari, vocalista de la banda, decide dar declaraciones a la prensa. La frase quedaría como una de las más importantes del rock argentino: “No vamos a televisar nuestro dolor”.

¿Qué quería decir con esto? Simplemente el sentido común que se debe emplear ante la muerte y su probable (o inminente) llegada. Se trata de una situación muy difícil en la vida de las personas, más aún cuando fallece alguien en circunstancias trágicas, cuando queda toda una vida por delante o cuando se trata de una persona con la que toda una sociedad ha crecido. El sentimiento ante la muerte es la antípoda de esa alegría chispeante y que dan ganas de gritarlas a los cuatro vientos, porque se trata de la pérdida de un pedazo común con el fallecido y que sólo lo conocen el deudo y el difunto en una intimidad que merece todo nuestro respeto.

¿Le hemos perdido respeto a la muerte, como ya se lo hemos perdido frente a varias cosas? ¿Sube el rating si televisamos un cortejo fúnebre o una capilla ardiente? ¿La culpa es del chancho o del que le da el afrecho? ¿Cuál es el afán de transformar a los noticiarios en listas de espera in extremis para transplante de órganos? No puede ser que se mediatice la muerte de un niño inocente que espera un órgano para concientizar a la sociedad de lo importante que es ser donante. Menos aún podemos esperar que fallezca alguien para sensibilizarnos respecto del tema, como lo han hecho muchos personajes públicos que cada vez más me dan vergüenza.

Si queremos resolver el problema de la donación de órganos, demos el ejemplo y declarémonos donantes, toquemos las puertas de las casas, peguemos carteles, enseñémosle a la gente que donar órganos es dar vida y no es contradecir la palabra de un D’s (sólo el sintoísmo y algunas creencias gitanas prohíben la donación, mientras que los Testigos de Jehová la aceptan mientras se le vacíe la sangre), pero no seamos parte del morbo y respetemos el dolor ajeno, siempre.

Te lo dice,

R.F.S.K.

P.D.: La canción del post se llama "Juguetes Perdidos" y está dedicada a la memoria de Walter Bulacio, el joven que murió en aquel concierto de Los Redondos.
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