miércoles, 15 de abril de 2009

Despiértenme cuando termine Noviembre




Quiero detenerme un rato con esto del columnista independiente que no le publican en El Mercurio por tener una agenda libertaria y escribir un poco sobre esta suerte de pausa mentirosa más conocida como examen de grado.

Decidí venirme a Serena (si sé que es LA Serena, pero no es mi culpa que no digan Dehesa o Florida) a estudiar por varias razones: (1) porque soy terriblemente pajarón y necesito distraerme lo menos posible; (2) porque le prometí a mis viejos darles más tiempo, sobre todo ahora que siento que nos estamos llevando mejor; (3) porque después de 5 años me di cuenta que odio a los santiaguinos (no a la ciudad, la que no tiene la culpa que sus habitantes sean unos individualistas de mierda); y (4) porque me rebajaron la mesada. Pensé en quedarme quizás por los amigos, pero esta pausa mentirosa te deja en un limbo: ya no sigues siendo parte de la universidad, no estás aún en el mundo real y quienes están en la misma situación que ti están enfocados, al igual que uno, en su grado.

Yo, ni hueón, me vine...

Pero no ha sido fácil volver al hogar familiar por más de 5 días que no sean verano...

Cuando se vuelve, uno suele despojarse de la mentalidad adquirida en Santiago y recupera esa mentalidad que uno tenía antes de irse a estudiar. Un ejemplo es la movilización: en Santiago aperro adonde sea, incluso a esas partes donde piden carnet de sanidad y salvoconducto; acá en Serena, en cambio, como dependía de mis viejos y no llegaban las micros donde vivía (ahora sí), me da lata salir al Mall por más que sea.

Cuando se vuelve, uno observa que la vida continuó en cinco años (un serenense me lee esto y se caga de la risa, porque con cuea el Mall tiene más tiendas, el centro tiene menos, hay un puente más en las Compañías y hay Casino nuevo). Lo noto en mis amigos de colegio: algunos tienen hijos, otros están trabajando, varios aún no terminan, pero todos tienen nichos nuevos y distintos al que nos juntó por los 4 años de la media. Juntarse con uno de ellos es difícil, con 2 es una hazaña, pero con 5 o hacer una reunión de curso es imposible. Debo reconocer que hay cosas que no han cambiado eso sí: los que se pelearon en la media no se arreglaron nunca.

Si pudiera resumir la sensación que tengo con este regreso, es como bajarse de un Ferrari y correr la misma carrera con un Fiat 600...

Pero ir lento en un Fiat 600 permite disfrutar del camino...

El ritmo a 10 km/hr. me ha permitido pensar mucho sobre mis años de universidad y los años de vida real que me esperan el próximo año. Todas esas preguntas filosóficas se acumulan en la cabeza en aquellas pausas mientras hago esos Top 5 en Facebook (tienen que reconocer que ya no los hago tanto), mientras converso con mis viejos tomando té y marraqueta con palta, mientras voy al aeropuerto en bicicleta y mientras trato de sacar algunas canciones de Serú Girán en piano. Creo ir encontrando respuestas, al menos sobre lo hecho y deshecho en la Gran Familia Derecho UC, y hay una frase de Ray Davies (de quien otro día escribiré) que me identifica:


Si tuviera que empezar de nuevo, cambiaría cada una de las cosas que he hecho y no me siento mal por ello.

El ritmo a 10 km/hr. me ha permitido desarrollar una buena relación con mis padres. Si antes los hacía bolsa en cada momento que me preguntaran de ellos, hoy día los siento mis amigos: vamos al Casino juntos, le enseño a tocar piano a mi mamá, vemos fútbol con mi papá con su buena chela, conversamos de cosas más interesantes que el "toma bien el tenedor, hijo" o el "deja de bostezar de una vez por todas, cabro de mierda" y vemos la teleserie juntos. Hemos aprendido a escucharnos y a entender las etapas de vida que cada uno vive.

Cuando terminé todo en la universidad, me acordé de una escena de Casi famosos: la hermana de William Miller le dice a su madre que le cuente la verdad sobre su edad, la que cede contándole que tiene un año menos y está adelantado un curso, lo que deja un tanto descolocado al futuro columnista de la Rolling Stone. Mi caso es parecido, pues entré con 5 al colegio y con 17 a la universidad y siempre he tenido compañeros mayores que yo, pero amigos menores. En el caso de William, la madre le compensa ofreciéndole un año sabático cuando termine el colegio. En mi caso, no es un año sabático, pero sí nueve meses para quedar bien al momento de salir a la vida real. Como pueden ver, no es mucho tiempo, así que por favor les pido que no me saquen de este limbo y sólo despiértenme cuando termine Noviembre.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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