domingo, 26 de abril de 2009

Tribulaciones, lamento y (difícil) ocaso de una tonta paranoia imaginaria




Cada vez que un grupo de personas postula que la solución a los problemas de la sociedad está en la intervención del Estado, la derecha política chilena pone el grito en el cielo y acusa que su libertad está siendo coartada. Lo anterior es alimentado con flashbacks violentos de una época en la cual habrían sido efectivamente privados de su libre iniciativa y con ejemplos comparativos con países como la Unión Soviética, Cuba y, actualmente, Venezuela, lo que lleva a caricaturizar la acción de los reformadores, acusándolos de lavado de cerebro, de aprovechamiento político y, aún más grave, de querer destruir una tradición de la cual la derecha se siente dueña y única defensora.

Últimamente esto se está viendo en lo relativo a la reforma de la educación superior, en que la derecha, mediante sus juventudes y organizaciones estudiantiles (demasiado) afines, ha basado su crítica irrestricta a la propuesta de la CONFECH en varios puntos, sobre todo en el de la libertad de enseñanza. Esto no es nuevo, dado que se ha hecho la misma crítica a todas las movilizaciones estudiantiles que exigen un cambio en el sistema educativo.

¿Se trata de una defensa de una causa justa, como la de la existencia de diversos proyectos educativos, o se trata más bien de la paranoia de un sector político?

Desde mediados del siglo XIX, cuando los intelectuales de la época postulaban que al Estado le correspondía un rol en la educación porque servía como herramienta de integración social de la nación, los conservadores se oponían a reformas que buscaran establecer y ampliar el Estado docente. ¿Las razones? El poder creciente de los liberales y radicales, quienes propugnaban reformas tendientes a un Estado secular. Nada terrible, a menos que consideráramos que el lenguaje de estos sectores era virulento, al punto de querer extirpar la presencia de la Iglesia Católica en ámbitos ajenos a la conciencia de las personas. Quizás Tribulaciones, lamento y ocaso de un tonto rey imaginario o no, de Sui Generis, refleja la posición del pobre conservador ante el vil liberal:

Yo era el rey
De este lugar
Hasta que un día
Llegaron ellos

Gente brutal
Sin corazón
Que destruyó
El mundo nuestro


Esta visión quedó instalada en la memoria conservadora, pues desde entonces los sectores conservadores se han opuesto una y otra vez a los proyectos de reforma educacional: se opusieron a la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria (la que, a mi gusto, es la ley más importante que se ha dictado en Chile), que buscaba gratuidad, obligatoriedad, movilidad social, igualdad de género y Estado docente; se opusieron a la reforma educacional de 1968, que buscaba fortalecer el acceso, la formación pedagógica y la funcionalidad de los tres niveles educativos al desarrollo del país; y, ahora último, se han opuesto a todas las reformas estructurales de la educación que le permitan al Estado velar por la calidad y la equidad de la educación, generando una ley cuyos principios son brillantes pero cuya puesta en práctica es un chiste. Por otro lado, las reformas que ellos elaboraron, además de favorecer el libre emprendimiento en la materia, redujeron al Estado docente a su expresión mínima, entregándole a las municipalidades el mantenimiento de un sistema escolar (bastante) básico.

¿Alguna de las reformas convirtió a los colegios públicos en cantones de reclutamiento de jóvenes para el Ejército Rojo? Nadie cuerdo podría sostener algo así. Por el contrario, se redujo el analfabetismo de un 50% en 1920 a un 25% en 1930 (y a un 5% actual), se aumentó la cobertura educacional de un 10% en 1920 a un 80% en 1968 (y a casi el 100% actualmente), se abrió el acceso a la educación superior a la clase media y baja, los índices de pobreza han disminuido y gozamos de un desarrollo económico envidiable en Latinoamérica. Gracias a la acción del Estado en educación, somos un mejor país.

Podría sostenerse (hay gente medianamente seria que lo cree así), mediante argumentos basados en visiones distorsionadas de nuestra realidad política, que la izquierda marxista camuflada en el gobierno podría revivir proyectos pasados (la Escuela Nacional Unificada, que es uno de los ejemplos de buenas ideas formuladas en el peor de los momentos) o replicar su experiencia aprendida durante su exilio en Europa del Este mediante reformas educacionales. Creo que el tiempo ha pasado, la lección se ha aprendido y que es parte de un consenso amplísimo que debe existir libre iniciativa en materia educacional.

Sin embargo, la protección de la libre iniciativa educacional no es sinónimo de laissez-faire o libertinaje educacional. Suele verse el derecho a abrir, organizar y mantener establecimientos educacionales como un derecho absoluto, cuando el bien común exige que en éstos exista un ambiente óptimo para la formación de un niño o un joven y que se le brinden conocimientos mínimos y fundamentales de la vida en sociedad, no importando si usted es garrero o bullanguero.

No creo que las limitaciones a la libertad de enseñanza mediante la acreditación y la fiscalización impliquen determinar contenidos obligatorios y uniformes que deba impartir un colegio o una universidad. Las reformas que se han planteado buscan velar por la calidad y la equidad de aquellas instituciones que emplean fondos del Estado y corregir el mercado de la educación superior, que pareciera no funcionar en forma óptima y que se dedica a vender diplomas más que formar profesionales.

No veo por dónde pueda violentarse el derecho preferente de los padres a educar a sus hijos y la libertad de enseñanza con ideas como la que propone la Nueva Reforma Universitaria. No veo que haya un partido político o una cosmovisión atea que, basándose en el pensamiento de Antonio Gramsci, busque acabar con la posición hegemónica de un grupo privilegiado y con valores. Por lo tanto, la crítica que formula el Movimiento Gremial es más bien una reminiscencia del paroxismo político de la Guerra Fría (que, como muchos sabrán, en Cuba y en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica aún no ha terminado) que aún permanece en nuestro conservadurismo nacional y que, lamentablemente, se transmitió a la juventud.

La reacción se respeta cuando es justificable, pero cuando se basa en la paranoia, revela segundas intenciones que no contribuyen en nada a hacer un Chile mejor.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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