martes, 28 de abril de 2009

Sigan soñando




Una de las cosas interesantes de volver al hogar es que uno convive con personas que encuentran que muchas de las cosas modernas están mal y añoran los tiempos cuando la vida era más simple, honesta y decente... como los padres.

Tomo once con ellos todos los días y tenemos la costumbre de poner la tele. A las 7 no dan nada bueno, salvo Los Simpson, pero no permiten conversar porque son tan buenos que uno los ve, así que mi vieja deja puesto el TVN esperando que empiece su teleserie. A esa hora dan Calle 7, otro bodrio juvenil de potos, tetas, capillas y eliminaciones, lo que hace que mi papá exclame:

¿Cómo no serán capaces los de TVN de poner algo menos ordinario y que les sirva a los cabros que salen del colegio? No habrían ni pokemones ni pelolais si, por ejemplo, pasaran obras de teatro clásico español o dieran monitos como "Érase una vez el hombre".

Esta reacción estilo Julio Martínez (que en paz descanse) de mi padre es bastante común en la mayoría de los críticos de la programación televisiva, sobre todo de TVN, por ser del Estado. Cada cierto tiempo tenemos a nuestros amigos los políticos debatiendo en el Congreso sobre el rol de la televisión pública, casualmente cuando hay que votar un nuevo consejero para el directorio del canal de todos, donde se critica la escasa programación cultural, la que además va en franjas tan populares como a las 12 de la noche un sábado (como en Cultura para todos de Les Luthiers).

Pero es una reacción ilusa...

Nuestros canales, incluido TVN, viven gracias a los comerciales, por lo que el rating es vital. Lo que es bueno que exista en televisión, pero que no da rating, hay que programarlo en horarios como las tardes de los fines de semana. Más claro, echarle agua.

¿Cómo hacemos que programas culturales tengan rating y así se cumpla el anhelado sueño de mi padre de una televisión abierta educativa?

1. Deben hablar en el lenguaje de la gente que da rating. Ese es el problema de los documentales, que son lentísimos, y del programa de turno de Cristián Warnken, que requiere un elevado coeficiente intelectual (confieso que no los entiendo).

2. El programa debe tener alguna relación con la cultura pop chilena. Si es una representación, que sea de algo de lo que tengamos noción y que tenga alguien famoso y querido por la gente (Ej.: Héroes de Canal 13). Si es un documental, tratar de hacerlo sobre temas contemporáneos y que le lleguen al corazón de la persona (enfermedades de difícil cura, una historia de superación, etc.). Si es un programa histórico, que se prefiera el testimonio de la gente común y sobre un hecho de gran importancia social.

3. TRANSMITIR EN VIVO. Si hay una buena ópera o el estreno de una buena obra, la gente aprecia más el verlo en la tele simultáneamente con quienes lo ven en el teatro, pues se aprovecha la propaganda de ambas.

Por todo esto, no extraña que los programas culturales que tienen mayor rating son los históricos. Son lo más parecido a una película: se maneja el timing de alegría y dolor mediante el testimonio de quienes protagonizaron o vivieron hechos que nos son cercanos. Los viejos siempre se acuerdan dónde estuvieron para el golpe, los no tan viejos cuentan sus peripecias callejeras en las protestas del 83' y nosotros también nos sentimos tocados con recordar el instante cuando un compañero en el colegio corría la voz de que dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas.

Ahora bien, ¿la gente se educa con una televisión cultural formato pop? Tengo mis dudas. Vuelvo al ejemplo de Héroes: a los más chicos les alimentó el mito sobre los personajes representados y a los más grandes les sirvió para imaginarse el contexto físico de ellos, pero no creo que haya incentivado a los televidentes a averiguar más sobre la vida de O'Higgins, Portales o Balmaceda. Lo que sí, la gente se entretiene de manera más sana, lo que siempre es bueno.

¿Entonces cómo podemos ayudar a que mi viejo y sus nietos vean La vida es sueño en TVN tomando chocolate caliente y comiendo marraqueta con palta? Soy de la idea que la televisión abierta cultural es un término contradictorio en sí. Y lo ha sido desde siempre, ya que el discurso sobre la televisión en Estados Unidos en 1961 era el siguiente:

Cuando la televisión es buena, nada - ni el cine, ni las revistas, ni los diarios - nada es mejor.

Pero cuando la televisión es mala, nada es peor.
Los invito a sentarse frente a su televisor cuando su canal está en el aire y quédense ahí, por un día, sin un libro, sin una revista, sin un diario, sin un balance de utilidades o pérdidas o un libro de contabilidad que los distraiga. Mantengan sus ojos pegados al aparato hasta que el canal termine sus transmisiones. Puedo asegurarles que lo que ustedes observarán es un vasto páramo.

Verán una procesión de programas de concursos, fórmulas cómicas sobre familias totalmente increíbles, sangre y trueno, caos, violencia, sadismo, asesinato, los buenos y malos del Oeste, sabuesos, gángsters, más violencia y dibujos animados. Y comerciales sin fin - muchos que gritan, engatusan y ofenden. Y sobre todo, aburrimiento. Verdad, ustedes verán unas pocas cosas que disfrutarán, pero serán muy, pero muy pocas. Y si ustedes creen que exagero, sólo les pido que hagan la prueba.

Así que amigos televidentes de la vida, si no les gusta la cajita tonta, apáguenla o vayan a llorarle a la FIFA...

Te lo dice,

R.F.S.K.
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