sábado, 11 de abril de 2009

Una experiencia religiosa




Cuando me fui de intercambio a Estados Unidos, una de las cosas que me pareció muy interesante, por no decir ejemplar, es la fórmula que como nación se han dado para que haya una convivencia armónica entre personas de distintos credos. Lo más interesante es que no dejan de reconocer histórica y numéricamente su carácter protestante, que se afirma de diversas maneras, pero reconocen que el ser un melting pot (crisol) es una realidad también histórica y que ha hecho grande al país, por lo que existe un respeto sagrado a las festividades religiosas de quienes no son cristianos: al judío se le respeta el Yom Kipur, al musulmán no se le pone trabas para cumplir con los ritos de Ramadán, al ateo no se le hace rezar en el sistema escolar público y el Día de Acción de Gracias se entiende como un día en el que todos pueden agradecer por lo que se tiene.

Ayer era Viernes Santo y observé varias cosas: que en mi familia, que es una rareza religiosa católico-judeo-atea, el Viernes Santo se traduzca en no comer carnes rojas (o una excusa para comer productos del mar, a los que somos bastante adictos); que varios amigos estuvieran chatos de la programación televisiva en Semana Santa (algunos echando de menos a Los Simpson en el canal 13); que otros expresaran su recogimiento ante la fecha porque profesan de verdad el credo cristiano (no hay cosa más valorable que un credo practicado conscientemente), mientras había muchos turistas en La Serena en la playa, con cero recogimiento y aprovechando que el fin de semana largo corre para todos (parecía el día peak del verano); y que este año me coincidía Pésaj (pascua judía) con la Semana Santa.

Todo esto lleva a plantearme un tema que pareciera estar zanjado, pero que los tiempos exigen un análisis y ulterior revisión: la separación de Iglesia y Estado en Chile.

En 1925, tal separación significaba, primeramente, terminar con la intervención recíproca entre ambas entidades, pero además establecer que no existiría creencia privilegiada para el Estado, existiendo igualdad entre religiones y entre quienes profesan una religión y quienes no lo hacen. Evidentemente nunca se dio un óptimo semejante, por el fuerte arraigo del Catolicismo en el país que culturalmente justificaba algunas situaciones como la indisolubilidad del matrimonio, celebraciones de liturgias en actos públicos, etc.

Hoy vivimos una realidad distinta: de acuerdo al Censo de 2002, hay un 70% de católicos (de los cuales, según varias encuestas, menos de la mitad practica), un 15% de protestantes, un 8% de no-religiosos y un 4% de personas que profesan otra religión. No se trata de un dato menor, por cuanto existe una minoría considerable a la cual el Estado no le garantiza un mismo trato que a una mayoría cada vez más difusa, aunque se debe reconocer que ha habido esfuerzos dirigidos a la población evangélica. Si lo pensamos en términos de democracia, no se cumple una de las concepciones más conocidas que habla de ella como la regla de las mayorías con derechos para las minorías.

¿Es la laïcité de los franceses, que actualmente prohíbe portar símbolos religiosos en los colegios, la solución? Ese es un extremo en el cual no debemos caer en el debate, pues así como se luchó por la libertad de conciencia, se luchó por la profesión pública de dicha conciencia, sea en un hermoso baile como los de La Tirana, sea negando la existencia de D’s en un libro.

Creo que la solución va en un Estado que reconoce una tradición, pero que acepta una realidad, por lo que su esfuerzo debe ir dirigido a la coexistencia equilibrada de ambas. Se le debe garantizar a quien profesa su fe como corresponde que pueda cumplir con sus festividades, muchas de las cuales son centenarias e, incluso, autóctonas, por lo que el Estado no es quien para interrumpir dichas tradiciones. Se debe procurar que las ceremonias consagradas por el Estado y la educación que éste provee gocen del mayor ecumenismo posible, de manera de incorporar a todas las personas, pues somos todos, sin distinción, quienes contribuimos al país. Además, como esta coexistencia es un valor, debe ser protegida de flagelos como la discriminación y el fanatismo.

Se me viene al recuerdo una escena. Los estudiantes de intercambio debíamos, valga la redundancia, intercambiar regalos para fin de año. Una de las coordinadoras, que era luterana, empieza deseándonos Merry Christmas, a lo que la otra coordinadora, que era judía, le corrigió un tanto molesta, deseándonos Happy Holidays. Acá en Chile no se me ocurriría cambiar mi sonrisa cuando me desean Feliz Navidad…

Te lo dice,

R.F.S.K.

P.D.: No encontré una canción más ad-hoc que God, de John Lennon. Pensé en Losing my religion, de R.E.M., pero no es lo mismo.
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