miércoles, 3 de noviembre de 2010

Cosas que se me quedan fuera de la tesis: El ejemplo de las iglesias evangélicas

Chile es un país que ofrece al espectador una imagen de homogeneidad cultural perpetua. Llevamos 200 años siendo un país mestizo-con-cara-de-blanco, católico, que baila cueca y que come marraqueta con palta. Si usted no se siente identificado con esta descripción, calleuque el loro o váyase de Chile, mire que la puerta es ancha…

… pero de los grupos minoritarios que queda fuera de tal descripción, sólo uno se ha organizado exitosamente para ganarse un espacio de reconocimiento y aceptación: los evangélicos.

En más de 150 años de presencia, las distintas denominaciones evangélicas han pasado de vivir en un país que prohibía todo otro culto que no fuera el católico (el libro “The protection of minorities” de J. A. Laponce considera este régimen el más prohibitivo en su época), a ser aceptados como parte importante de la religiosidad en Chile. Su unidad en la perseverancia por llevar su fe, en especial entre los más postergados, los ha llevado de ser discriminados a ser celebrados con un día nacional. Logros importantes también han sido el tener capellanías en distintas reparticiones públicas, el tener un Tedéum propio, el poder enseñar su religión en establecimientos de educación pública y la Ley de Culto, entre otros.

¿Cómo han pasado del rechazo a la aceptación, manteniendo firme su identidad? Actuando como grupo de presión política.

Como todo grupo minoritario, la población de fe evangélica tiene un fin trascendente. Sin embargo, a diferencia del resto de las minorías, ellos lo tienen muy presente porque define fuertemente su identidad personal (¡qué más radical en uno que su cosmovisión!) y actúan organizadamente en torno a dicho fin. Esto ha permitido, a diferencia de otras minorías, que no sean víctimas de la asimilación y que, por el contrario, realicen su labor evangélica que ha permitido el crecimiento del grupo.

La minoría evangélica no es indiferente al debate público: por un lado, han reconocido una situación de injusticia en cuanto al trato del Estado a las religiones; por otro, quieren hacerse presente en las discusiones morales con un punto de vista alternativo al de la Iglesia Católica (divorcio) o fortaleciendo una visión compartida por el Catolicismo (negativa al matrimonio homosexual). Si a eso le sumamos que los protestantes están conscientes de su relevancia demográfica (15% según el censo de 2002), podemos decir que pueden ofrecer un apoyo clave a cualquier candidato que incorpore dentro de su programa de gobierno sus reivindicaciones... y lo hacen. Esto ha permitido que durante los últimos 20 años la situación de las iglesias evangélicas haya mejorado considerablemente en términos de aceptación.

Es imposible considerar que ese 15%, o que al menos sus pastores, actúen y prediquen en forma disciplinada, pero la clase política ha actuado creyendo que sí lo hacen. Dos ejemplos de ello son la creación del Tedéum Evangélico, el que fue instituido en 1975 por Augusto Pinochet para aumentar su base de apoyo; y la actual negativa de la Concertación en apoyar un proyecto de matrimonio homosexual, por temor a perder el voto que abiertamente le da la Mesa Ampliada de Iglesias Evangélicas.

Como los evangélicos, existen varias minorías que exigen un trato justo de la sociedad y un espacio de aceptación. Como los evangélicos, existen grupos que tienen un fin trascendente a sus miembros y que quieren hacerlo realidad en este mundo (ES-TU-DIAN-TES, ¡ya pues!). Falta adquirir conciencia de grupo y reconocer que el espacio para hacer presente lo que consideramos justo es la política.

Te lo dice,

R.F.S.K.

sábado, 30 de octubre de 2010

La patria pop



2010 ha sido el año de la unidad nacional. En enero, ganó el candidato presidencial que autoencarnaba la unidad nacional. En febrero y meses posteriores, el terremoto y su simbología diversa (bandera, Chile ayuda a Chile, el Zafrada, etc.). A mediados de año, la posta pasó a la selección chilena, tradicional estandarte de la unidad nacional. En agosto, cuando parecía que entrábamos en razón, ocurrió el accidente de la mina San José, con su prostituido final feliz en octubre. En septiembre, el país celebró como nunca el cambio de folio. Ahora en noviembre, se viene otro tradicional símbolo de unidad, la Teletón, el cual será la síntesis de todas las anteriores expresiones, pues estará Su Condorísima Excelencia, testimonios de las víctimas del terremoto, algún seleccionado de fútbol, Mario Sepúlveda en los teléfonos y seguramente harán alusiones al Bicentenario.

La unidad nacional versión 2010 es un fenómeno pop. Sube como espuma por obra y gracia de nuestra prensa, que a falta de temas debe darle por semanas a los temas e infla a sus personajes, llevándonos innecesariamente al ámbito del cahuín. Se refleja en estallidos instantáneos y rabiosos que se expresan con bandera chilena e himno nacional, pero que se disipa rápidamente y no se traduce en nada (la reconstrucción sigue varada, no hay un legado del Bicentenario, etc). Nos sentimos chilenos de pura boca, sin mayor compromiso (hay excepciones como quienes hicieron voluntariado en la zona del terremoto) y sin tomar conciencia de los momentos más allá de lo que queda en la retina.

Lo que digo no me preocuparía tanto si no fuera porque el gobierno invoca esta versión del concepto a diestra y siniestra, desconociendo que el debate, incluso en asuntos que requieren esfuerzo conjunto de los partidos políticos, es necesario y enriquecedor. Cada vez que la Concertación, legítimamente, ha manifestado oponerse a una idea oficialista (royalty minero) o fiscaliza como oposición los actos de gobierno (interpelación a la Ministra de Vivienda), sale el gobierno diciendo que éstos no son los tiempos de peleas chicas, sino de unidad nacional. Esto es peligroso porque pareciera mostrarnos, entre líneas, que la Alianza, tras 20 años de democracia, sigue sin reconocer abiertamente nuestra forma de gobierno, escudándose en las imágenes de prensa y en los símbolos patrios que cautivan a la población para minimizar los problemas existentes y aplacar, por no decir atontar, a la ciudadanía. Al final llega a ser contradictorio, pues considero que una base mínima de la unidad nacional es estar de acuerdo en cómo vamos a darle cauce al debate ciudadano.

Tampoco me preocuparía si no fuera porque el discurso facilista en torno a la unidad nacional oculta y no resuelve los problemas que de verdad nos desunen como país. Considero esencial para la unidad nacional que exista una verdadera reconciliación sobre nuestro pasado doloroso, que reconozcamos la diversidad de identidades que son parte de Chile, que acabemos con la cultura de discriminación y segregación y la sustituyamos por una de igualdad de oportunidades, entre otros temas. Podrá discutirse o no sobre la existencia de un cerco comunicacional en relación al conflicto del Estado con los comuneros mapuches, pero no veo que se considere la reconstrucción de las VII y VIII regiones como la oportunidad para impulsar el desarrollo económico y educacional en dos de las regiones más pobres de Chile y espero que el discurso de seguridad en las faenas mineras no sea tan voluble como el fenómeno mediático en torno a los mineros de Copiapó.

Para terminar, me (y les) pregunto, como persona para quien la unidad nacional se traduce en la Roja, la Teletón y las onces de marraqueta con palta... ¿somos un país unido de verdad o para la tele?

Te lo dice,

R.F.S.K.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Esos locos mapuches

La opinología profesional y aficionada de este país se ha manifestado en relación a la huelga de hambre de 34 comuneros mapuche (salvo una que se hace la lesa). Que son terroristas, que son delincuentes comunes, que son héroes de su pueblo; que quieren quebrar la Patria, que son un puñado de pinganillas, que luchan por la autodeterminación; que son chilenos y que no lo son; que hay que meterlos presos 50 o 100 años; que tiene que estar Fulano, Zutano y Mengano en la mesa de diálogo; etcétera al cubo. Esta multiplicidad de opiniones sólo permite concluir que ni siquiera existe un consenso de cuál es el problema existente en torno a la acción de los comuneros.

Hay opinantes respetados que van más allá e inscriben el problema coyuntural a un dilema histórico que no va a tener solución mientras nosotros estemos vivos: la cuestión entre el Estado chileno y el pueblo mapuche. Detrás de ello, veo intereses ideológicos, loables pero escapados de la realidad, porque tras más de un siglo de políticas de asimilación, de imposición de una visión de progreso en una región donde la tierra es parte de la religión y no de la economía, de defensa de un Chile unicultural y (casi) unirracial, el problema no es tan grande como algunos lo quieren ver, ya que no involucra a las más de 600.000 personas que se consideran parte de la etnia mapuche.

¿Cuál es el problema entonces? Yo creo que hay que responder a 2 preguntas…

1. ¿A quiénes representan efectivamente los comuneros? ¿Representan a la etnia mapuche, a secas? ¿Representan a quienes han optado por conservar su forma de vida? ¿Representan a quienes desean autonomía respecto de la autoridad central? ¿Representan a quienes no quieren que su amada tierra sea invadida por las forestales?

2. ¿Qué piden los comuneros? ¿Quieren que se le aplique la ley penal común en lugar de la antiterrorista? ¿Quieren libertad para ellos o también la de sus semejantes? ¿Quieren ayuda económica del Estado para acabar con su condición de pobreza? ¿Quieren tierras para ellos y no para las forestales? ¿Quieren que el Estado proteja su cultura o, más aún, que la incentive y la reconozca constitucionalmente? ¿Quieren una disculpa formal del Estado chileno por la destrucción continua de su cultura e identidad? ¿Quieren autonomía territorial? ¿Quieren independencia respecto de Chile?

Por la falta de organización de los activistas mapuche, es difícil conocer una respuesta clara por parte de ellos, pero no corresponde exigirles organización y claridad bajo un estándar impuesto por el Estado chileno, porque implica una total incomprensión de la cultura mapuche y, por ende, se perpetúa la altanería que ha tenido siempre el gobierno.

Por la falta de altura de miras existente en las distintas administraciones chilenas, que analizan el problema en el corto plazo sin dimensionar sus implicancias históricas y sus consecuencias futuras, y por el carácter sagrado que tiene la propiedad en Chile (tanto o más que la vida humana), también es difícil que el gobierno chileno pueda dar una respuesta correcta a esas preguntas. Ni siquiera podría argumentar una falta de consenso por parte de la clase política, porque todos los gobiernos han sido ejecutantes de una misma política, con matices, frente a estallidos aislados de violencia en la Araucanía.

¿En qué quedamos entonces? Para responder a estas preguntas, tanto unos como otros deberán rasgar vestiduras con sus valores culturales o políticos y asumir que el perder terreno, adeptos, inversión o poder es poca cosa al lado de asegurar la paz social en la Araucanía. Lamentablemente, el tiempo juega en contra...

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Una mujer bien respetable



Una mala costumbre que han ido adquiriendo nuestros ex-presidentes democráticos ha sido la de endiosarse al dejar el poder. Entregada la banda tricolor y habiéndose retirado con vítores ciudadanos del Congreso, los ex-presidentes actúan en la vida política como seres intocables a los que no se les puede cuestionar por sus actos de gobierno, ya que dicho cuestionamiento implicaría un daño irreparable a la dignidad de una persona notable que dirigió los destinos del país y de la que hay que estar eternamente agradecidos por su servicio, el cual fue hecho con desinterés.

Ricardo Lagos fue quien revivió el concepto de deidad presidencial (que lo vivimos con otro caballero que al dejar el poder, sólo cruzó la calle), al minimizar las investigaciones de casos de corrupción en su gobierno (son unos casos puntuales de dos pesos aquí, cuatro pesos allá), al no responder ninguna clase de cuestionamiento político (sí a los judiciales, eso sí) y al erigirse como superhombre al considerar que un ex-presidente no estaba para primarias. Mucha de esa soberbia política terminó sacándolo de una carrera presidencial que parecía segura en 2006, cuando su gobierno tenía sobre el 70% de aprobación...

Michelle Bachelet, a 6 meses de haber dejado el trono (porque es lo más cercano a una monarca que hemos tenido), ha continuado dicha actitud. Primero, no aceptando que se le cuestionara por la lenta respuesta gubernamental al terremoto de febrero (y aferrándose a la aceptación de la Armada respecto a los errores del SHOA). Segundo, no haciéndose cargo de manera humilde del aumento de la indigencia durante su gobierno, del que se aprovechó el gobierno de Piñera de manera insidiosa, pero que es un hecho cierto y que contravino a lo hecho por los gobiernos anteriores...

... y tercero, no asumiendo su responsabilidad en el conflicto mapuche.

El día de hoy, la Ex-Presidenta hizo las declaraciones más desafortunadas que le he escuchado desde que dejó de ser mandataria. En relación a la discusión entre Edmundo Pérez Yoma y Carolina Tohá, sobre si el gobierno de Bachelet estuvo de acuerdo o no en aplicar la Ley Antiterrorista, ella señaló:
"No voy a entrar en una polémica donde hay dos miembros del comité político que están opinando a este respecto. Y no voy a entrar, entre otras cosas, porque más allá de que cuando yo escriba el libro de las memorias será un tema al que podré referirme en detalle, creo que no tiene ningún sentido, porque no va en la dirección de lo que hoy día hay que hacer.”
http://www.emol.com/noticias/nacional/detalle/detallenoticias.asp?idnoticia=436491

Desgranemos el racimo...

- Por más lealtad que le tenga a sus colaboradores, ésta no es una discusión sobre lo que hicieron ellos sino que es sobre una decisión presidencial, a menos que acepte que el Ministro del Interior se mandara solo durante su gobierno (yo creo que era así).

- Una tradición en Chile ha sido la de cargarle el muerto al mando bajo. La culpa es del suche, nunca de alguien que ejerza un cargo de confianza, menos ministerial y JAMÁS el Presidente tendrá algo que ver con eso. Acá, el problema es ministerial parece, pero probablemente la Ley Antiterrorista haya sido una volada del Cabo 1º de Ercilla.

- Un ex-presidente está llamado, por un asunto de decencia y de respeto a la ciudadanía que lo eligió, a explicar las medidas que tomó en su gestión (yo estoy seguro que la decisión no fue de ella, pero shhhht). Hay lugares y momentos más adecuados para dar explicaciones… ¡y qué más adecuado y necesario que cuando se requiere la reforma para salvar la vida de comuneros mapuches! Pero la reina dijo que no, porque sabe que por la boca muere el pez, y por Televisión Nacional, su candidatura presidencial. ¿Lo de las memorias? Algo digno de república bananera...

- Lo que en este momento se requiere, además de una mesa de diálogo que resuelva el problema en concreto de la Ley Antiterrorista, es una declaración de perdón hacia el pueblo mapuche, tanto por el exceso de violencia que han sido víctimas como por la eterna política de asimilación que ha llevado a cabo el Estado chileno. Michelle Bachelet fue responsable política de esa violencia y, al pedir perdón por los actos de su gobierno, podría ayudar a mediar en el conflicto.

Un Presidente es una persona como usted y como yo: tiene sueño y hambre, baila cueca a su pinta, puede estar en todos los estados de ánimo y puede tener aciertos y desaciertos. Por más que tenga un 80% de aprobación, por más que en encuestas lo consideren el mejor presidente de Chile y por más milagros que se le atribuyan, es una persona y las personas debemos asumir nuestros errores con honestidad, con valentía, como sea y aunque duela, más aún cuando tienen consecuencias en la vida o muerte de terceras personas.

Te lo dice,

R.F.S.K.

P.D.: Pueden llamarme femicida político si quieren...

viernes, 10 de septiembre de 2010

Oar: Un regalo de vida




Uno de los personajes más extraños del rock es Alexander “Skip" Spence. Inicialmente, el baterista de Jefferson Airplane (banda hippie presente en Woodstock, conocida por canciones como Somebody to Love y Volunteers); luego, toma la guitarra en Moby Grape (banda menos conocida que la anterior, pero que a juicio de la Rolling Stone, sacó el mejor disco del Verano del Amor del '67); para terminar sacando un único disco solista. Hasta ahora, nada raro... si no fuera porque su debut en solitario es producto de su esquizofrenia y porque su despedida prematura de la música fue causada por el exceso de tranquilizantes que lo inhabilitaron por el resto de su vida...

Oar es la lucha personal de Spence en su estado esquizofrénico, pero en su hora clave. Por momentos, muy lúcido; por momentos, angustiado; por momentos, delirante. Su voz es protagónica para entender el disco, pues cuando se escucha más fantasmal es cuando su yo-sano saca fuerzas de flaqueza e intenta sobreponerse a la confusión clínica, develando una sensibilidad creativa como la que no tenía en sus canciones previas, como en War in Peace; mientras que una voz menos forzada saca a luz al Skip enfermo e incoherente, de canciones sin sentido aparente ni oculto, como Margaret – Tiger Rug.

La lucha interior de Spence es real en el tiempo del disco, como si el estudio de grabación fuera un ring de box. Parte siendo cuerdo en Little Hands, una bella y simple alegoría de la paz vista en las manos de niños. La confusa muerte se aparece en Cripple Creek. El amor ausente es una estocada dura en Diana, pues comienza la demencia en Margaret – Tiger Rug. Skip se levanta con angustia por su cautiverio en el psiquiátrico con Weighted Down (The Prison Song) y vuelve a la metáfora con War in Peace, pero vuelve el dolor y la resignación con Broken Heart. Un mensaje de esperanza colectivo y hippie aflora con All Come To Meet Her, incluso siendo capaz de dar un salto místico con Books of Moses. Sin embargo, Skip sufre una suerte de mareo, quedando inmerso en una locura lírica con Dixie Peach Promenade y Lawrence of Euphoria (ésta me recuerda a otro famoso esquizofrénico: Syd Barrett)...

Grey / Afro, la última canción, representa una suerte de pelea final entre los dos Skips. El cuerdo toma el bajo (casualmente el único instrumento que él no tocó en sus bandas), el loco toma la batería (porque no sigue ningún ritmo regular). Esta pelea de más de 9 minutos, que se prolonga en los bonus tracks, parte con el Skip sano dirigiéndose, tal vez, a su otro yo, asumiendo su existencia; pero llegando a la mitad de la canción lanza la toalla, haciéndose cargo de lo irremediable:
"Believe me if I do what I did
I will have euphoria
To be sure
I don't give a damn
Live in a place
Do anything"
Luego se produce una transición en la que la voz de Spence es protagónica en desmedro de los instrumentos, apareciendo el Skip que había estado internado en el psiquiátrico, perdiendo todo sentido de coherencia y tomando el control de la situación. Paulatinamente, ambos instrumentos van ralentizándose hasta morir, quedando irreversiblemente derrotado el músico...

¿Qué se puede sentir después de haber escuchado un disco así? ¿Alienación hermosa? ¿Desolación en seco? ¿Delirio honesto? ¿Esperanza posible? Para mí, es un regalo de vida, de una vida atormentada o tormentosa como pocos artistas podrían atreverse a hacerlo, de una vida que se lucha hasta el último aliento de sanidad, de una vida que sólo entrega preguntas para el que esté dispuesto a buscarlas en esas manos pequeñas, en esa guerra en paz y en ese corazón roto...

Te lo dice,

R.F.S.K.

P.D.: Si les tinca, bájenlo en http://www.mediafire.com/?fhowtlzwony


miércoles, 8 de septiembre de 2010

Generación de mierda



"Porque no son dignos
Porque piden por favor
Porque todos viven pensando las mismas huevadas
Porque andan jugando al mono mayor
Porque piden cosas que no quieren
y hacen de lo lindo algo imbécil
Porque creen tener derecho a algo
que no es de cartón..."
- Generación de Mierda, de Los Prisioneros

Mientras busco material para redactar mi tesis, me he detenido a leer sobre varios temas interesantes y que, por cierto, son mucho más choros que estudiar minorías. Por ejemplo, me puse a leer sobre las Brigadas Internacionales: grupos de voluntarios extranjeros que viajaron de distintas partes del mundo a apoyar la causa republicana en la Guerra Civil Española; también sobre los Cristeros: gente que se alzó contra el gobierno revolucionario en México, en defensa de la fe católica que estaba siendo perseguida por aquél; algo menos combativo fue mi lectura sobre el origen de Silicon Valley como polo tecnológico: el decano de Ingeniería de Stanford estimuló a sus estudiantes a crear empresas tecnológicas en la zona e invirtió personalmente en esas empresas, como Hewlett-Packard; y quedé gratamente impresionado con la experiencia del Renacimiento de Harlem, en el que artistas afroamericanos confluyeron para expresar una conciencia racial distinta a la de sus antepasados esclavos, pues ahora se sentían parte de la sociedad urbana y podían manifestar con orgullo y sin miedo su sentido de pertenencia.

¿Qué tienen en común todos estos temas? Que sus protagonistas fueron personas menores de 30 años, actuando conforme a sus convicciones, buscando aportar en la sociedad con un cambio y ganándose un espacio de respeto en virtud de su atrevimiento.

En Chile no hemos estado ausentes del esfuerzo juvenil por cambiar la sociedad: muchos de los líderes militares de la Independencia tenían alrededor de 30 años (Carrera tenía 26 años cuando efectuó el primer golpe que lo puso a cargo del gobierno provisional); los cambios culturales y políticos de mediados del siglo XIX se debieron a jóvenes profesores y egresados de la novel Universidad de Chile como Bilbao, Lastarria y Vicuña Mackenna; cambios trascendentales como la legislación laboral y educacional a comienzos del siglo XX fueron fruto del esfuerzo de jóvenes políticos educados en torno a la doctrina social de la Iglesia o al socialismo de cátedra. Si además profundizáramos el análisis en los movimientos estudiantiles, nos damos cuenta que la juventud chilena, consciente de los problemas existentes, encontrándose libre de impedimentos o prejuicios que vienen de las generaciones mayores y teniendo el suficiente conocimiento y perseverancia, ha logrado ser motor de la historia de Chile.

¿Qué ocurre en la actualidad?

Algunos factores de cambio que están arraigados en la cultura juvenil resolverán, en un futuro no muy lejano, discusiones de hoy. Uno de ellos tiene que ver con el respeto por las minorías sexuales, porque en el lenguaje de nuestra generación se está haciendo habitual el aceptar como cualquier persona a los homosexuales y el rechazar a quienes los discriminan (las tallas a los fletos están demasiado arraigadas, pero bueh...), no siendo común en gente menor de 30 el comparar a homosexuales con zoófilos y pedófilos. Otro tiene que ver con el cuidado del medio ambiente, pues es un tema que transversalmente nos preocupa a todos los jóvenes, sea porque no queremos especies animales/vegetales en peligro de extinción, sea porque no queremos destruir paisajes o sea porque no tenemos empacho en rechazar la contaminación por sus efectos en la salud de las personas. En estos temas, el natural ascenso de los actuales jóvenes a posiciones de responsabilidad permitirá los cambios.

Sin embargo, al tratar temas como la lucha contra la inequidad social, la crisis del sistema educacional y la participación democrática, los jóvenes seguimos las reglas del juego existentes, entrampándonos en una inmovilización social que sólo perpetúa la situación de injusticia. Así, los voluntarios de Un Techo Para Chile se hacen cargo del problema de los campamentos, pero no se busca mejorar la vivienda social ni menos la vida en las poblaciones, que en muchos casos es una réplica de la dura vida en los campamentos pero dentro de paredes de ladrillo. Así, los secundarios y universitarios se organizan para protestar contra el gobierno de turno, sacando a la calle a sus cuadros de manera de mostrar poder, pero se ha perseverado en formas de protesta que solamente han llevado al descrédito y no hay un proyecto educacional por el cual luchar. Así, los jóvenes quieren que los vayan a buscar de la mano a votar y cuando ellos quieran; les da cuco cambiar el mundo a través de la política y prefieren hacerlo en organizaciones cuyos fines distan de buscar un cambio en la sociedad; y si participan en política, buscan hacer carrera funcionaria en lugar de generar proyectos y tomarse los espacios...

En mi opinión, el problema pasa porque, por múltiples razones (traumas históricos, apego a lo material, individualismo, falta de un relato épico), los jóvenes nos hemos limitado a nosotros mismos nuestra capacidad de soñar despiertos. Hemos adoptado a los 20 o 25 años una lógica que nos es biológicamente ajena: la de pensar las cosas en la medida de lo posible, calculando cada uno de nuestros pasos con aversión al error más mínimo, sin volcarnos en cuerpo y alma a las cosas que pueden llegar a ser con mayor dedicación y perseverancia, sin ser capaz de renunciar a comodidades individuales e inmediatas por una satisfacción general y futura. Como vivimos en una cultura facilista, nos compramos el discurso de las generaciones anteriores, sobre todo en lo que se refiere a política, acoplándonos a las formas de quienes criticamos su falta de sensibilidad y proyección hacia el futuro; cuando tal discurso es importante como apoyo, pero jamás es ley. En conclusión, abundan los jóvenes con mentalidad de viejo.

Sin duda, nuestra juventud tiene beneficios que las anteriores generaciones no tenían, como el acceso a la información, una mayor conciencia de los derechos y libertades y la consiguiente preocupación (aunque sea artificial) por los problemas sociales, ¿pero qué tiene que ocurrir para que, como George Bernard Shaw, soñemos con cosas que nunca fueron y decir "¿por qué no?"?

Mi única esperanza está en que nosotros alcanzamos a ver los Looney Tunes...

Te lo dice,

R.F.S.K.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Y verás como quieren en Chile...

Mi ecuación es la siguiente: mi abuelo paterno es de ascendencia chilena hasta no sabemos dónde; mi abuela paterna es hija de padre español y de madre chilena; el papá de mi abuelo materno era ruso (o ucraniano si nos vamos en voladas nacionalistas, porque era de Kiev) y su mamá era francesa; y el papá de mi abuela materna era más chileno que los porotos con riendas y su mamá era más alemana que el strudel. Fuera de todo eso, soy chileno y, a menos que logre clasificar a un país a un mundial de fútbol o le escriba un Código Civil, moriré chileno.

Como yo, la gran mayoría de los chilenos tenemos algún grado de origen alóctono (porque el hombre de los conchales o el amaestrador de milodones no era ni Pérez, ni González). En menor medida, somos muchos los que tenemos algún ancestro que cruzó la mar océana en barco y que llegó a estas tierras con espíritu aventurero, sed de riqueza o escapando de la injusticia; que aprendiendo español e integrándose a la comunidad con su trabajo, se hizo un chileno más y que echó raíces en esta larga y angosta faja de tierra. Disminuyamos la proporción de quienes sabemos tal circunstancia y que la hacemos parte de nuestra historia familiar/personal. Concluyamos que es sólo un puñado de gente el que reconoce su ascendencia extranjera como un factor real de identidad personal y en virtud de la cual actúan en sociedad, con orgullo de sus orígenes.

Sin embargo, esta realidad es subvalorada, por no decir ignorada, en nuestra cultura nacional. Cuando tratamos de definir nuestra identidad, lo hacemos en torno a una sociedad católica y mestiza-tirando-para-blanca (porque todos se sienten blancos en Chile, hasta los apodados "Negro"), en la cual todos compartimos las mismas costumbres (las de la zona central, por lo general, porque Santiago es Chile) y la cual se debe a un único relato que nos debe hacer vibrar de igual manera a todos. ¿Cómo nos explicamos a esa gente de apellido raro, de la que nos enseñan en el colegio, y que algo habrán hecho por la historia de Chile? Da lo mismo, porque es como si hubieran nacido en Chile...

Por una falta de autoestima nacional, SIEMPRE (con mayúscula, negrita, cursiva y subrayado) hemos considerado que la diferencia, por más mínima que sea, puede resquebrajar la unidad cultural del país. En los ojos de los más tradicionalistas, mantener la convención social de país blanco y católico nos evita convertirnos en un Medio Oriente a escala y tener que darles concesiones a cada grupo que se identifica como diferente, grupos que siempre van a querer más y que atentarán contra el concepto por el cual lucharon Carrera y O'Higgins (¿u O'Higgins y Carrera? ¡Hasta por eso nos ponemos a pelear!). Así, es mejor generar la sensación de un solo tipo de chilenidad y que el resto deba acoplarse a él... y si no le gusta, no joda. Sin embargo, es absurdo pensar que, en un país donde la población extranjera nunca ha superado el 5% y en un mundo globalizado en el que la cultura se ha homogeneizado y la tolerancia se ha internacionalizado, vaya a cumplirse alguna de las profecías xenófobas que postulan algunos defensores de la chilenidad, más aún cuando los inmigrantes en Chile se han caracterizado por su integración.

Es verdad que la inmigración en Chile nunca ha sido a gran escala como en Australia, Argentina o Estados Unidos. Nunca hubo lista de espera para entrar por Valparaíso (porque si hubiera existido, la bahía de Valpo estaría llena de barcos hundidos...), no hemos tenido que construir un muro en la Línea de la Concordia (aunque Mi General minó toda la frontera de Chile, que es peor) ni menos rifado green cards por Internet, pero existe un dato constante en nuestra historia: que en cada una de las etapas de nuestra historia, desde la Conquista de Chile hasta hoy, han participado extranjeros, cuyo aporte ha sido de suma importancia, y que lo han hecho con amor a esta Patria, pero jamás renunciando a sus orígenes, pues ha sido esa historia personal y ese carácter foráneo el que les ha permitido contribuir de manera especial. Por esto, debemos conmemorar a quienes eligieron ser chilenos, reconociendo que su herencia no es un hecho aislado sino relevante en el desarrollo intelectual y material de la Nación.

En el Bicentenario de nuestro país, es necesario recordar que nuestra independencia se la debemos principalmente a un argentino y al hijo de un irlandés, que nuestra siempre vencedora Armada de Chile fue formada por un escocés, que las enseñanzas de un polaco nos ayudaron a explotar nuestra riqueza minera, que un venezolano contribuyó a mejorar nuestra educación, que logramos unir a Chile por barco y tren gracias a un inglés, que el esfuerzo de alemanes y croatas permitió hacer patria en el sur y que, en el día de hoy, hay 200.000 personas de otra nacionalidad que están colocando su granito de arena en este país y a los cuales hay que agradecerles, reconocerles y celebrarlos como parte de Chile.

,אומר לך

.ר.כ.ד.ל

domingo, 29 de agosto de 2010

¿Es Chile un país musicalmente feliz?

La música dice mucho del pueblo que la cultiva...

He estado escuchando música de distintos lugares del mundo, sólo para acaparar mi playlist con canciones alegres o energizantes. Gracias a los datos de amigos, he llegado a artistas de distintas épocas y de distintos géneros, como Goran Bregović, The Klezmatics, Django Reinhardt, Louis Armstrong, Toots and the Maytals, etc. Varios de ellos, con nada en común, salvo el hecho que condimentan mi día con música que me hace sentir bien...

Sin embargo, me preguntaba mientras escucho a la sociedad de jazz gitano de Django Reinhardt y Stéphane Grappelli, ¿es Chile un país musicalmente feliz?

Partamos de la base que a Chile le está faltando rock (y por momentos el rock es un género muy feliz). Despejemos los géneros extranjeros como la música tropical, desde la incombustible Sonora Palacios (que es la de verdad, porque Tommy Rey canta sus canciones), pasando por toda la movida del Galpón Víctor Jara (Chico Trujillo, Banda Conmoción y demases) y llegando a la movida de La Tuna (La Noche, Américo, etc.), porque es alegría prestada. Descartemos el neo-folk chileno, que por momentos se escucha como un desahogo colectivo unplugged. Llegamos a las distintas manifestaciones folklóricas y nos damos cuenta que a lo que llegamos es a un vasto páramo...

La diversidad folklórica de Chile no contempla una luz de felicidad que se quiera expresar con música y verso. Si bien la cueca es bastante funcional a cualquier cosa que se quiera comunicar, su estructura demasiado rígida constriñe esa alegría anárquica que se puede lograr con solos instrumentales y con cambios de intensidad en los sonidos. La tonada campesina es más relajada, pero no inspira energía sino que más bien es un relato musical o un lamento. La música chilota es como el sur mismo: fría, lenta y emotiva; más de personas e historias que de sensaciones extremas. Quizás la excepción está en la música andina del norte, pero no por sus letras, sino por la energía que exigen los bronces en las diabladas y el charango en piezas más tradicionales...

Todo esto me cuadra un poco con nuestra realidad. Siendo Chile un país económicamente estable, sin un verdadero riesgo de conflictos bélicos, en donde las instituciones funcionan (por lo general) y en el que cada día hay más y mejores oportunidades para todos (no todas las que quisiéramos, pero vamos que se puede!), los chilenos no nos caracterizamos por nuestra felicidad. Peor aún, el chaqueteo, el fijarse en lo que nos falta más que en lo que tenemos, el preocuparnos por el del lado cuando hay incentivos tributarios o campañas televisivas, el mirar en menos (sobre todo el vivir llamando rotos o picantes a la gente humilde y de gustos no tan socialmente refinados), el sacar la vuelta, el atiborrar nuestra rutina de trabajo sin sentido, entre otras cosas, parecieran estar dominando nuestra idiosincrasia.

¿Cómo componer melodías felices si como sociedad no encontramos felicidad que expresar?

La alegría no es sólo brasileña, señores.

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Democracia a punta de choros

La COREMA de la Región de Coquimbo aprobó hoy, por 15 votos a 4, la construcción del proyecto termoeléctrico Barrancones, ubicado cerca de Punta de Choros. Para quienes conocemos el lugar y hemos veraneado en reiteradas ocasiones allá, es una pena. Para quienes se preocupan por la conservación del medio ambiente, es una nueva decepción por la política de destrucción sistemática de los diversos ecosistemas que se encuentran en nuestro país, en aras de un concepto tercermundista de desarrollo (porque el modelo de desarrollo que queremos es más viejo que el hilo negro; ni en Europa la lleva).

Casi todos los seres pensantes y medianamente pensantes se han manifestado sobre el tema en las distintas redes sociales, por lo que no pretendo ahondar mucho respecto de la deplorable decisión de una entidad regional cuya expertiz técnica me parece dudosa, por no decir, digna de un niño de 5º Básico. Sin embargo, el repudio transversal a esta decisión amerita hablar sobre algo tan profundo como la democracia y la participación ciudadana...

Sabida la aprobación del proyecto, los grupos ambientalistas y los amigos de Punta de Choros inmediatamente decidieron manifestarse en contra, cobrándole la palabra a quien, en época de campaña, había señalado lo siguiente:

Yo me voy a oponer a todas las plantas termoeléctricas que atenten gravemente contra la naturaleza, las comunidades y la calidad de vida.
http://soundcloud.com/user4322306/extracto-entrevista-s-pinera-copia

¿Les doy una pista? Ganó la elección.

Ahora, quizás por lo prematuro de la protesta o derechamente porque ahora la Intendencia Metropolitana no está autorizando ninguna manifestación pública, la convocatoria a la manifestación de hoy en el centro de Santiago fue intrascendente para poder hacer presente al gobierno el malestar de la población por las termoeléctricas. ¿Y saben? Ni con la manifestación más elaborada van a lograr moverle un pelo a esta administración, porque no le tiembla la mano al disponer de Fuerzas Especiales y porque el mecanismo de la protesta está completamente deslegitimado y obsoleto.

¿Cómo logramos, como ciudadanía, transformar nuestro descontento en medidas concretas?

El modelo chileno de democracia nos restringe a las elecciones periódicas cada 4 años, con un sistema de partidos en decadencia y en el cual sólo pueden resultar electos blanco o gris (porque la postura negra es casi delincuencial para algunos). Sólo podemos reclamar contra las medidas que no nos gustan eligiendo a quienes sí representan nuestro parecer, pero ahí entramos en el clásico dilema del representante: ¿actúo en base a mis votantes o en base a mi ideología?. Además, suele ocurrir que son medidas puntuales las que nos acercan o nos alejan a ciertos candidatos (gente de derecha está en contra de las termoeléctricas; gente de izquierda está en contra del matrimonio homosexual). Por todo esto, la reacción del ciudadano a pie es intrascendente en el esquema democrático...

¿Qué ocurre con las organizaciones no gubernamentales? El lobby en este país sólo parece funcionar en favor del empresariado, pues se trata de intereses que están bien representados en el Congreso, por no decir que existen senadores y diputados con conflictos de interés en el hemiciclo. Además, manejan bien el discurso de la creación de empleos, como se ha planteado en el caso del proyecto termoeléctrico, al buscar crear empleos en La Higuera, una de las comunas más pobres de Chile. En cambio, los esfuerzos de otras organizaciones parecieran ser infructuosos en términos legislativos, pues no son representativas y no ofrecen algo digno de valor en la opinión de los parlamentarios. A veces logran, con relativo éxito, revertir medidas administrativas mediante recursos judiciales (como fueron varios casos de desastres ambientales, como el uso de agua del Lago Chungará para las mineras y el vertido de relave de El Salvador y Potrerillos en Chañaral), pero no permite resolver de una vez los problemas de interés ciudadano y corregir la falta absoluta de criterio por parte de la clase política (porque seamos honestos: hay muchos temas, como el medioambiental, en que Alianza y Concertación han fallado totalmente).

¿Qué nos queda? Lamentablemente, en este país carecemos de herramientas de democracia directa como los plebiscitos, los referéndums y las consultas, pero episodios como el ocurrido con el plano regulador de Vitacura deben ser destacados como ejemplos positivos y que deben repetirse en todas las comunas e instaurarse a nivel regional y nacional. Rechazar mecanismos de solución participativa como esos es sólo reflejo de una aversión a la ciudadanía que no tiene justificación en el mundo de hoy. Mientras no haya una reforma a la democracia de este país, podremos seguir años con un modelo basado en las protestas, en la generación de conciencia en la población y en las organizaciones sociales, pero nada podremos conseguir si no logramos influir, como ciudadanos, en los partidos políticos y en las elecciones, les guste o no.

Te lo dice,

R.F.S.K.

sábado, 21 de agosto de 2010

¿Bicentenario? ¡Las pelotas!

Este año se cumplen 200 años de actos soberanos de nuestro país. Desde hace varios años que, como sociedad chilena, nos hemos ido preparando para este evento: planes de gobierno, edificaciones, películas, documentales, concursos, publicaciones, premios, reconocimientos y otras tantas cosas. ¿Para qué? Para celebrar lo mejor de nuestra Patria y hacer parte a todo el pueblo chileno de estas fiestas, buscando darle a esta tierra que nos ha visto nacer (y que ha acogido como suyos a otros) obras en señal de agradecimiento.

Muchos harán de este 18 una fiesta interminable. Otros aprovecharán el fin de semana largo y harán patria en otros países. Existen aún quienes usan esta instancia como otro espacio de descanso y esparcimiento durante el año. Habrán muchos eventos multitudinarios para el encuentro de todos los chilenos. El gobierno buscará llenar de simbolismo esta fecha, celebrando la historia de Chile y los chilenos y buscando dar un mensaje de prosperidad y esperanza para los próximos 100 años. En fin, hartas cosas se vienen para los chilenos de hoy...

¿Y para los del mañana?

Una de las virtudes del Centenario, en 1910, fue la inauguración de obras públicas que quedaron indeleblemente identificadas con dicha celebración, de una belleza aún admirada (en 1999, el Museo de Bellas Artes fue elegida la mejor obra arquitectónica del siglo XX) y cuya importancia seguirá viva por muchos años más. Lo que hoy nos queda a los chilenos son obras como el mencionado Museo de Bellas Artes, la Estación Mapocho, el Parque Forestal, el Palacio de los Tribunales, el alcantarillado y el alumbrado eléctrico público, etc. En la misma época se concluyó el Ferrocarril Trasandino y quedaba poco para concluir la que, a mi opinión, es la obra pública más titánica del hombre chileno: el Ferrocarril Longitudinal, desde Iquique a Puerto Montt.

La historia nos habla de una notoria contradicción entre la fastuosidad de las fiestas oficiales y la miseria en que vivía la inmensa mayoría de Chile en 1910. También nos habla del esfuerzo que se hizo para sobreponerse a dos golpes morales al espíritu nacional: el Terremoto de Valparaíso de 1906 y el fallecimiento de dos presidentes en los meses previos al Centenario. Sin embargo, el único testimonio imperecedero que queda de dicha celebración para nuestras generaciones son las obras públicas inauguradas y las donaciones hechas por las colonias extranjeras.

Hoy día, pese al desarrollo económico alcanzado y a la consiguiente explosión de obras públicas que han ayudado a mejorar nuestra calidad de vida, no contamos con obras que se asocien a la celebración del Bicentenario. Desde hace años se pensó en obras para este evento: algunas se inauguraron hace tiempo y con ello se ha perdido el simbolismo (como el borde costero de Antofagasta y la Plaza de la Ciudadanía en Santiago), otras se encuentran indefinidamente inconclusas (como el borde costero de Valparaíso y el Portal Bicentenario de Cerrillos en Santiago) y mejor no hablar de elefantes blancos (como el puente del Canal de Chacao). Sí rescato los cuatro Estadios Bicentenario inaugurados para el Mundial Femenino Sub-20 de Fútbol, pero no porque se llamen Bicentenario significa que sean las obras más relevantes de estas fiestas patrias. En conclusión, mucho ruido y pocas nueces.

Tiene sentido inaugurar obras públicas para un importante aniversario patrio. No sólo porque son un eslabón más en la cadena de objetos que pasan a formar parte de la tradición nacional, constituyendo el legado más evidente para nuestras generaciones futuras. No sólo porque simbolizan un esfuerzo adicional del gobierno en favor del país en una fecha que es sinónimo de regocijo, al construir obras que no se habrían podido construir antes y que sería extemporáneo construir después. Lo más importante dice relación con nuestra capacidad de proyectarnos a futuro. Los pueblos grandes son aquéllos que pueden dejar resuelto un problema o satisfecha una necesidad con mayor previsión y por mayor lapso de tiempo. Por esto, si estamos celebrando al pueblo chileno, debemos encapsular en obras nuestro desarrollo intelectual, las que facilitarán a futuro la vida de nuestros descendientes y les permitirán identificarse con su país.

Nuestro cortoplacismo y nuestro patriotismo mal entendido nos impide hoy aprovechar una oportunidad única en 100 años. Los más negativos podrán ver en esto, al igual que Francisco Encina o Luis Emilio Recabarren en el siglo pasado, el resultado de una crisis moral (algunos ya lo han sugerido así por la alta votación del perro Spike en la Cápsula Bicentenario). Los más optimistas preferirán quedarse con el recuerdo de nuestro esfuerzo y nuestra solidaridad, que esperamos sean inherentes a todo chileno y que se pueda transmitir a las futuras generaciones. Quizás no sea tan mala idea celebrar el Bicentenario el 2018, para ponernos al día con los compromisos hechos a los más postergados y con el mensaje que queremos dar a futuro...

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El antiguo arte del garrote

El gobierno de Sebastián Piñera ha incurrido en un craso error que es endémico de la derecha y que nos recuerda los años oscuros de Béla Lugosi, Boris Karloff, del Guatón Romo y del Mamo Contreras: justificar su existencia y luchar por su identidad mediante el uso de la fuerza.

Como comulgan con el laissez faire en funciones de matineé, vermouth y noche, el Gobierno poco puede hacer para mejorar las vidas de las personas, salvo destrabar el libre emprendimiento. El que no puede sobrevivir sin la ayuda del Estado, se aplica la selección natural formulada por Darwin: están naturalmente condenados a seguir cagados por el resto de su vida. Puede sonar esto una caricaturización, pero no está tan lejos de la realidad, pues existen personas encargadas de think tanks partidarios de gobierno (los ex-ministros de Pinochet Carlos Cáceres y Hernán Büchi, de Libertad y Desarrollo, por nombrar algunos) que no creen que debería existir siquiera un sistema de protección social.

En lo relativo a la economía, parece que la Concertación no lo hizo tan mal después de todo, porque las cifras de crecimiento han sido positivas y no creo que se deban a 5 meses de gestión del Ministro de Hacienda, Felipe Larraín (de ser así, ahí tiene la derecha a su próximo candidato presidencial). Se debe a que la situación económica mundial posterior a la crisis subprime ha sido favorable, que se han recuperado fuentes laborales perdidas desde el terremoto y que el precio del cobre ha mejorado, sumado a la buena salud de la economía que ha gozado Chile durante los últimos años (porque, a diferencia de nuestros vecinos y de países que buscamos emular como Portugal, España o Irlanda, el peor de los casos Grecia, no hemos estado ni cerca de estar en moratoria de pago).

¿Qué le queda por hacer entonces a este gobierno? ¿Administrar lo heredado? Para eso votábamos todos por Frei. ¿Barrer con todo, numerando las escuelas, aumentando las ceremonias cívico-militares e imponiendo el jopo y las hombreras en los servicios públicos? Aunque a algunos les gustaría (y casi hacen lo último en mi región), todas esas cosas son percibidas como malas...

... salvo una: mano dura.

La gente lo pide a gritos. Es lo que vemos todo el día, todos los días: mecheros, lanzas, violadores, narcos, asesinos; en La Pintana y en Las Condes; en Mega y en Chilevisión; libres o presos; etc. Llega a ser tanta la información que almacenamos del fenómeno que por momentos se genera una sensación de histeria colectiva que no veo por dónde esté sustentada de manera fidedigna y sin obedecer a intereses fácticos. Lo cierto es que existe una sensación de inseguridad ciudadana; que la Concertación no supo/pudo disminuir al enfocarse en saldar una injusticia histórica con los acusados de cometer delitos, mediante la Reforma Procesal Penal; y que la Coalición por el Cambio buscó (al parecer, exitosamente) capitalizar en votos el descontento de la gente insegura, pues ambos comparten un concepto que es ajeno a la Concertación: que la libertad, más que una expresión de la personalidad, es una expresión de la propiedad. Si consideramos que el éxito económico en Chile y el consecuente crecimiento de la clase media han hecho que sea más gente la que se considera libre en base a su propiedad, es comprensible el apoyo al actual gobierno en torno a esta materia.

Como se trata de un rasgo diferenciador, el gobierno hace notar más de lo necesario que se encuentra en la lucha contra la delincuencia: Rodrigo Hinzpeter, más que Ministro del Interior, se abocó al rol del eventual Ministro de Seguridad Pública (otra entelequia histérica que espero no se apruebe), dejando de lado otros roles que dicen relación, por ejemplo, con el terremoto; se destaca cada vez más el llamado Caso Bombas como noticia relevante para la seguridad nacional, en circunstancias que se trata de casos aislados y de grupos irrelevantes (no son el IRA o la ETA); se persevera en la política represiva de la Concertación en contra del pueblo mapuche (siendo que los mapuches votan por la derecha... alguien que me explique, por favor); y si eso no fuera suficiente, se vincula al Partido Comunista (cuando están comenzando a caerles bien a la gente) con las FARC, con tergiversación de la prensa de por medio.

Bonus track: Ayer a Fuerzas Especiales se les pasó la mano en la represión de la marcha del CONFECH...

¿Nueva forma de gobernar? Más bien es el antiguo arte del garrote...

Cuando ha estado en el gobierno, la derecha chilena NUNCA le ha tenido asco a hacer uso de la fuerza para legitimarse: si no es ante su propio público, como ahora, es para reprimir al enemigo político o al agitador social. Sin embargo, todos los hechos de violencia que han provenido de esos gobiernos han terminado deslegitimándolos. Un ejemplo claro es el de Arturo Alessandri: hizo cambios muy importantes y positivos para Chile, como los derechos laborales, el impuesto a la renta y la separación de Iglesia y Estado, pero la Matanza del Seguro Obrero lo condenó para la eternidad. Hasta ahora, el gobierno no ha causado matanza alguna y pareciera ser que han adoptado un discurso acorde a los derechos humanos (al menos con Cuba), pero la actual política represiva de seguridad pública permite pensar que la derecha no ha cambiado mucho en la materia, pues sigue existiendo el enemigo interno al cual no se le debe tener contemplación.

El gobierno tiene la gran oportunidad de dejar una obra duradera con la reconstrucción de las regiones afectadas por el terremoto pasado. Se trata de las regiones más pobres del país, por lo que si se plantean políticas que incentiven la inversión en dichas zonas y programas que aseguren servicios públicos de alta calidad a sus habitantes, puede marcarse una diferencia. Sin embargo, todo parece indicar que la derecha, entre la razón y la fuerza, prefiere ésta última...

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 4 de agosto de 2010

La familia no tiene quien la proteja

El tema del último tiempo es la familia. Por un lado, el senador metrosexual Fulvio Rossi y el senador cerosexual Guido Girardi presentaron un proyecto de ley para legalizar el matrimonio homosexual, a lo que se han opuesto casi todos los partidos en forma transversal: unos porque derechamente no les gusta (UDI, DC), otros porque es muy fuerte y prefieren una figura fantoche que deje a todos contentos llamada unión civil (liberales de RN, conservadores del PS). Por otro, la Vicepresidenta de la JUNJI, Ximena Ossandón, ha planteado una particular visión acerca de la familia para reestructurar dicha institución, haciendo presente que "el trabajo hecho al alero de la Virgen es más eficiente". En El Mercurio, han aparecido varias columnas que tratan de persuadir a sus lectores que es bueno tener hartos hijos y que son motivos individualistas (por no decir perversos) los que han llevado a nuestro país a bajar las tasas de natalidad...

Lamentablemente, como en todas las discusiones que no generan consenso (y en las que alguna vez lo hubo), se da una dinámica maniquea en la que personas como quien escribe no tienen cabida. Caricaturescamente hablando, unos son los que quieren tener más hijos que los que humanamente pueden tener, los que quieren casarse joven y vivir para siempre con su marido/mujer, los que quieren llegar virgen al matrimonio y los que consideran el divorcio, el matrimonio homosexual y el condón como demoníacos. Otros son los que ven a los hijos como un cacho o mientras menos, mejor, los que quieren casarse tarde (o no casarse) y ven como una posibilidad real la separación, los que creen que es bueno llegar con experiencia sexual al matrimonio (y lo cuentan como talla) y los que consideran fascistas y talibanes a quienes no les permiten vivir su vida sentimental con la mayor libertad posible, incluso aceptando el aborto.

Lo peor es que el tema relativo a la protección de la familia pareciera ser monopolio de la Alianza, pues a la Concertación le aterra usar un lenguaje protector como sus contradictores políticos y porque ha sido su bandera de lucha en el tema los derechos de la mujer y de los niños vistos como un problema de igualdad social y de oportunidades. Es parecido a lo que ocurre con los derechos laborales, pero al revés...

¿Es protección de la familia lo que hace la Alianza con su discurso pro-familia? Es proteger un colectivo, el más fundamental de la sociedad según la Constitución, conformado por un hombre, una mujer y los hijos que desean tener, correspondiéndole al Estado incentivar esta familia modelo mediante políticas públicas y absteniéndose del aspecto sexual, ya sea porque es tabú o porque pertenece al ámbito privado de las personas.

El punto es que el concepto tradicional de familia está superado. Y no está mal reconocerlo. La historia de la humanidad se trata de conceptos superados por los hechos: la esclavitud no pertenece a un orden natural, el poder civil no cae del cielo, la Tierra es redonda y gira alrededor del Sol, las personas son libres de expresarse por el hecho de serlo... y la familia es un concepto que tiene que ver con las relaciones que nacen a partir de una comunidad de amor, que puede ser o no matrimonio.

Así las cosas, hay familia entre una madre o padre y sus hijos, hay familia cuando el hermano mayor debe hacerse cargo de los menores, hay familia en un matrimonio que no puede tener hijos y hay familia en una pareja con hijos que no desea casarse. Y como la convivencia entre ellos fruto del afecto les ayuda a desarrollarse material y espiritualmente, el Estado debe proteger a todas esas familias...

¿Lo hace? Si bien se avanzó en la filiación y en reconocer el divorcio como una solución válida, creo que falta. Al persistir la imagen de una familia en la que la madre es la que se hace cargo afectivamente de los hijos y que el padre es un mero proveedor, la imagen del padre está muy perjudicada. La familia nacida de una relación de convivencia no tiene mayor trascendencia, a menos que tenga hijos. La discusión sobre el posnatal también tiene relación con este tema. Fuera de lo jurídico, existe poca educación formal para formar responsablemente una familia y que aún hay familia después de una separación o divorcio...

Eugenio Tironi, en un libro que no recuerdo, sostenía que la familia nunca había sido protegida en Chile porque la existencia del huacho, la alta mortalidad infantil y la hipocresía de la nulidad matrimonial fueron constantes durante buena parte de su historia. Un buen regalo para el Bicentenario, más que indultos odiosos, sería pagar la deuda con la familia, sin apellidos.

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 29 de julio de 2010

Humor y religión

"¿Por qué D's mandó a escribir los 10 mandamientos en 2 tablas? Para que los hombres se dejaran una copia."

Ese intento de chiste que no llegaría a Viña por si acaso es probablemente una de las primeras muestras de humor y religión. Si usted es abierto de mente, probablemente no le encuentre ninguna gracia y siga leyendo por si encuentra algo que valga la pena. Si usted es integrista religioso (ojalá me queden de esos amigos), seguramente encontrará que estoy riéndome de un hecho bíblico y que estoy cuestionando algo que pertenece a la palabra de D's, por lo que me considerará blasfemo en el peor de los casos o, al menos, falto de respeto con algo tan delicado para las personas como lo es la religión.

Hoy día leí que Herman Chadwick (quien debe ser de los hombres más peligrosamente poderosos de este país: preside el Consejo Nacional de Televisión y es presidente de las carreteras concesionadas, además de haber sido Conservador de Bienes Raíces de Santiago) puso el grito en el cielo por una rutina del "Club de la Comedia" sobre Jesús. En lo personal no la he visto porque no me gusta ese programa, pero inmediatamente me trae a la mente un problema que los ingleses de Sudamérica (¿seguimos siendo jaguares también?) no hemos solucionado nunca, a diferencia de los ingleses de Europa: la relación entre humor y religión.

¿Por qué nos reímos de las religiones? Principalmente por una razón: son parte del establishment y una de las maneras para liberarnos de éste es riéndonos, bajándole el perfil de lo que parecieran ser y poniéndolas al nivel de las actividades comunes y corrientes que hacemos los mortales. Así como nos reímos de los políticos, del jefe y del star system, nos reímos también de la religión. Sin embargo, hay algo especial en reírse de la religión, pues al provocarla con el humor, ésta responde de forma poco amigable, lo cual en sí es gracioso también.

El problema se encuentra en el humor acerca de fundamentos de una determinada fe. Un ejemplo claro es "La vida de Brian" de Monty Python, que relata la vida de un nazareno que vivió muchos aspectos similares a los de Jesús, pero jocosos, colocando el nacimiento de la fe cristiana como el producto de una histeria colectiva. En su tiempo, todos los conservadores ingleses pusieron el grito en el cielo y pidieron la prohibición de la película (en algunas partes de Inglaterra AÚN sigue prohibida), porque ridiculizaba a las religiones organizadas y desnaturalizaba la historia de Jesús...



Como persona librepensante, no soy de quienes piensan que al humor hay que exigirle respeto. ¿Por qué? Porque es sumamente relativa la línea del respeto para cada miembro del respetable público... y cuando se traspasa, no hay cosa más fome que comediante/humorista pidiendo disculpas públicas. Además, cada uno es libre de elegir entre humor blanco, humor negro, humor gris, humor vítreo y humor acuoso. Lo que sí hay que exigirle al humor, sea amateur o profesional, es que sea bien intencionado: que el propósito de una rutina o un chiste sea hacer reír y punto. No es lo mismo mostrar a Jesús como un hippie volado (que por lo demás, es la imagen que varios tienen de él), que considerar graciosas las torturas que sufrió Jesús: lo primero no daña a nadie, lo segundo es malicia.

Lo más patético es el grito en el cielo que ponen los pechoños por el humor religioso. Si tienen la fe que dicen, ¿no debiera resbalarles que se rían de aspectos de su credo? Si a comentarios que caen por su propio peso son capaces de sancionarlos con posterioridad a su emisión (una forma sutil de censura), ¿cómo reaccionarán a los reales ataques contra su fe?.

A veces trato de entender la lógica de quienes quieren evitar la emisión del "humor blasfemo", porque yo me compro el argumento liberal de "Si no le gusta, no lo vea". Todavía no lo logro, porque lo del "mal ejemplo" me resulta inconcebible en una sociedad libre y lo de "sentirse ofendidos con el hecho que se transmita" me parece de quisquillosos. Sin embargo, los seres humanos sentimos atracción a lo prohibido, por lo que el peor negocio para los guardianes de la ortodoxia religiosa es la censura...

Te lo dice,

R.F.S.K.


P.D.: Todo lo dicho con anterioridad se aplica al humor político, que en tiempos de política de mala calidad, se requiere con urgencia.
Si te gustó, gracias por compartir. Si no te gustó, gracias por comentar.