domingo, 29 de agosto de 2010

¿Es Chile un país musicalmente feliz?

La música dice mucho del pueblo que la cultiva...

He estado escuchando música de distintos lugares del mundo, sólo para acaparar mi playlist con canciones alegres o energizantes. Gracias a los datos de amigos, he llegado a artistas de distintas épocas y de distintos géneros, como Goran Bregović, The Klezmatics, Django Reinhardt, Louis Armstrong, Toots and the Maytals, etc. Varios de ellos, con nada en común, salvo el hecho que condimentan mi día con música que me hace sentir bien...

Sin embargo, me preguntaba mientras escucho a la sociedad de jazz gitano de Django Reinhardt y Stéphane Grappelli, ¿es Chile un país musicalmente feliz?

Partamos de la base que a Chile le está faltando rock (y por momentos el rock es un género muy feliz). Despejemos los géneros extranjeros como la música tropical, desde la incombustible Sonora Palacios (que es la de verdad, porque Tommy Rey canta sus canciones), pasando por toda la movida del Galpón Víctor Jara (Chico Trujillo, Banda Conmoción y demases) y llegando a la movida de La Tuna (La Noche, Américo, etc.), porque es alegría prestada. Descartemos el neo-folk chileno, que por momentos se escucha como un desahogo colectivo unplugged. Llegamos a las distintas manifestaciones folklóricas y nos damos cuenta que a lo que llegamos es a un vasto páramo...

La diversidad folklórica de Chile no contempla una luz de felicidad que se quiera expresar con música y verso. Si bien la cueca es bastante funcional a cualquier cosa que se quiera comunicar, su estructura demasiado rígida constriñe esa alegría anárquica que se puede lograr con solos instrumentales y con cambios de intensidad en los sonidos. La tonada campesina es más relajada, pero no inspira energía sino que más bien es un relato musical o un lamento. La música chilota es como el sur mismo: fría, lenta y emotiva; más de personas e historias que de sensaciones extremas. Quizás la excepción está en la música andina del norte, pero no por sus letras, sino por la energía que exigen los bronces en las diabladas y el charango en piezas más tradicionales...

Todo esto me cuadra un poco con nuestra realidad. Siendo Chile un país económicamente estable, sin un verdadero riesgo de conflictos bélicos, en donde las instituciones funcionan (por lo general) y en el que cada día hay más y mejores oportunidades para todos (no todas las que quisiéramos, pero vamos que se puede!), los chilenos no nos caracterizamos por nuestra felicidad. Peor aún, el chaqueteo, el fijarse en lo que nos falta más que en lo que tenemos, el preocuparnos por el del lado cuando hay incentivos tributarios o campañas televisivas, el mirar en menos (sobre todo el vivir llamando rotos o picantes a la gente humilde y de gustos no tan socialmente refinados), el sacar la vuelta, el atiborrar nuestra rutina de trabajo sin sentido, entre otras cosas, parecieran estar dominando nuestra idiosincrasia.

¿Cómo componer melodías felices si como sociedad no encontramos felicidad que expresar?

La alegría no es sólo brasileña, señores.

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Democracia a punta de choros

La COREMA de la Región de Coquimbo aprobó hoy, por 15 votos a 4, la construcción del proyecto termoeléctrico Barrancones, ubicado cerca de Punta de Choros. Para quienes conocemos el lugar y hemos veraneado en reiteradas ocasiones allá, es una pena. Para quienes se preocupan por la conservación del medio ambiente, es una nueva decepción por la política de destrucción sistemática de los diversos ecosistemas que se encuentran en nuestro país, en aras de un concepto tercermundista de desarrollo (porque el modelo de desarrollo que queremos es más viejo que el hilo negro; ni en Europa la lleva).

Casi todos los seres pensantes y medianamente pensantes se han manifestado sobre el tema en las distintas redes sociales, por lo que no pretendo ahondar mucho respecto de la deplorable decisión de una entidad regional cuya expertiz técnica me parece dudosa, por no decir, digna de un niño de 5º Básico. Sin embargo, el repudio transversal a esta decisión amerita hablar sobre algo tan profundo como la democracia y la participación ciudadana...

Sabida la aprobación del proyecto, los grupos ambientalistas y los amigos de Punta de Choros inmediatamente decidieron manifestarse en contra, cobrándole la palabra a quien, en época de campaña, había señalado lo siguiente:

Yo me voy a oponer a todas las plantas termoeléctricas que atenten gravemente contra la naturaleza, las comunidades y la calidad de vida.
http://soundcloud.com/user4322306/extracto-entrevista-s-pinera-copia

¿Les doy una pista? Ganó la elección.

Ahora, quizás por lo prematuro de la protesta o derechamente porque ahora la Intendencia Metropolitana no está autorizando ninguna manifestación pública, la convocatoria a la manifestación de hoy en el centro de Santiago fue intrascendente para poder hacer presente al gobierno el malestar de la población por las termoeléctricas. ¿Y saben? Ni con la manifestación más elaborada van a lograr moverle un pelo a esta administración, porque no le tiembla la mano al disponer de Fuerzas Especiales y porque el mecanismo de la protesta está completamente deslegitimado y obsoleto.

¿Cómo logramos, como ciudadanía, transformar nuestro descontento en medidas concretas?

El modelo chileno de democracia nos restringe a las elecciones periódicas cada 4 años, con un sistema de partidos en decadencia y en el cual sólo pueden resultar electos blanco o gris (porque la postura negra es casi delincuencial para algunos). Sólo podemos reclamar contra las medidas que no nos gustan eligiendo a quienes sí representan nuestro parecer, pero ahí entramos en el clásico dilema del representante: ¿actúo en base a mis votantes o en base a mi ideología?. Además, suele ocurrir que son medidas puntuales las que nos acercan o nos alejan a ciertos candidatos (gente de derecha está en contra de las termoeléctricas; gente de izquierda está en contra del matrimonio homosexual). Por todo esto, la reacción del ciudadano a pie es intrascendente en el esquema democrático...

¿Qué ocurre con las organizaciones no gubernamentales? El lobby en este país sólo parece funcionar en favor del empresariado, pues se trata de intereses que están bien representados en el Congreso, por no decir que existen senadores y diputados con conflictos de interés en el hemiciclo. Además, manejan bien el discurso de la creación de empleos, como se ha planteado en el caso del proyecto termoeléctrico, al buscar crear empleos en La Higuera, una de las comunas más pobres de Chile. En cambio, los esfuerzos de otras organizaciones parecieran ser infructuosos en términos legislativos, pues no son representativas y no ofrecen algo digno de valor en la opinión de los parlamentarios. A veces logran, con relativo éxito, revertir medidas administrativas mediante recursos judiciales (como fueron varios casos de desastres ambientales, como el uso de agua del Lago Chungará para las mineras y el vertido de relave de El Salvador y Potrerillos en Chañaral), pero no permite resolver de una vez los problemas de interés ciudadano y corregir la falta absoluta de criterio por parte de la clase política (porque seamos honestos: hay muchos temas, como el medioambiental, en que Alianza y Concertación han fallado totalmente).

¿Qué nos queda? Lamentablemente, en este país carecemos de herramientas de democracia directa como los plebiscitos, los referéndums y las consultas, pero episodios como el ocurrido con el plano regulador de Vitacura deben ser destacados como ejemplos positivos y que deben repetirse en todas las comunas e instaurarse a nivel regional y nacional. Rechazar mecanismos de solución participativa como esos es sólo reflejo de una aversión a la ciudadanía que no tiene justificación en el mundo de hoy. Mientras no haya una reforma a la democracia de este país, podremos seguir años con un modelo basado en las protestas, en la generación de conciencia en la población y en las organizaciones sociales, pero nada podremos conseguir si no logramos influir, como ciudadanos, en los partidos políticos y en las elecciones, les guste o no.

Te lo dice,

R.F.S.K.

sábado, 21 de agosto de 2010

¿Bicentenario? ¡Las pelotas!

Este año se cumplen 200 años de actos soberanos de nuestro país. Desde hace varios años que, como sociedad chilena, nos hemos ido preparando para este evento: planes de gobierno, edificaciones, películas, documentales, concursos, publicaciones, premios, reconocimientos y otras tantas cosas. ¿Para qué? Para celebrar lo mejor de nuestra Patria y hacer parte a todo el pueblo chileno de estas fiestas, buscando darle a esta tierra que nos ha visto nacer (y que ha acogido como suyos a otros) obras en señal de agradecimiento.

Muchos harán de este 18 una fiesta interminable. Otros aprovecharán el fin de semana largo y harán patria en otros países. Existen aún quienes usan esta instancia como otro espacio de descanso y esparcimiento durante el año. Habrán muchos eventos multitudinarios para el encuentro de todos los chilenos. El gobierno buscará llenar de simbolismo esta fecha, celebrando la historia de Chile y los chilenos y buscando dar un mensaje de prosperidad y esperanza para los próximos 100 años. En fin, hartas cosas se vienen para los chilenos de hoy...

¿Y para los del mañana?

Una de las virtudes del Centenario, en 1910, fue la inauguración de obras públicas que quedaron indeleblemente identificadas con dicha celebración, de una belleza aún admirada (en 1999, el Museo de Bellas Artes fue elegida la mejor obra arquitectónica del siglo XX) y cuya importancia seguirá viva por muchos años más. Lo que hoy nos queda a los chilenos son obras como el mencionado Museo de Bellas Artes, la Estación Mapocho, el Parque Forestal, el Palacio de los Tribunales, el alcantarillado y el alumbrado eléctrico público, etc. En la misma época se concluyó el Ferrocarril Trasandino y quedaba poco para concluir la que, a mi opinión, es la obra pública más titánica del hombre chileno: el Ferrocarril Longitudinal, desde Iquique a Puerto Montt.

La historia nos habla de una notoria contradicción entre la fastuosidad de las fiestas oficiales y la miseria en que vivía la inmensa mayoría de Chile en 1910. También nos habla del esfuerzo que se hizo para sobreponerse a dos golpes morales al espíritu nacional: el Terremoto de Valparaíso de 1906 y el fallecimiento de dos presidentes en los meses previos al Centenario. Sin embargo, el único testimonio imperecedero que queda de dicha celebración para nuestras generaciones son las obras públicas inauguradas y las donaciones hechas por las colonias extranjeras.

Hoy día, pese al desarrollo económico alcanzado y a la consiguiente explosión de obras públicas que han ayudado a mejorar nuestra calidad de vida, no contamos con obras que se asocien a la celebración del Bicentenario. Desde hace años se pensó en obras para este evento: algunas se inauguraron hace tiempo y con ello se ha perdido el simbolismo (como el borde costero de Antofagasta y la Plaza de la Ciudadanía en Santiago), otras se encuentran indefinidamente inconclusas (como el borde costero de Valparaíso y el Portal Bicentenario de Cerrillos en Santiago) y mejor no hablar de elefantes blancos (como el puente del Canal de Chacao). Sí rescato los cuatro Estadios Bicentenario inaugurados para el Mundial Femenino Sub-20 de Fútbol, pero no porque se llamen Bicentenario significa que sean las obras más relevantes de estas fiestas patrias. En conclusión, mucho ruido y pocas nueces.

Tiene sentido inaugurar obras públicas para un importante aniversario patrio. No sólo porque son un eslabón más en la cadena de objetos que pasan a formar parte de la tradición nacional, constituyendo el legado más evidente para nuestras generaciones futuras. No sólo porque simbolizan un esfuerzo adicional del gobierno en favor del país en una fecha que es sinónimo de regocijo, al construir obras que no se habrían podido construir antes y que sería extemporáneo construir después. Lo más importante dice relación con nuestra capacidad de proyectarnos a futuro. Los pueblos grandes son aquéllos que pueden dejar resuelto un problema o satisfecha una necesidad con mayor previsión y por mayor lapso de tiempo. Por esto, si estamos celebrando al pueblo chileno, debemos encapsular en obras nuestro desarrollo intelectual, las que facilitarán a futuro la vida de nuestros descendientes y les permitirán identificarse con su país.

Nuestro cortoplacismo y nuestro patriotismo mal entendido nos impide hoy aprovechar una oportunidad única en 100 años. Los más negativos podrán ver en esto, al igual que Francisco Encina o Luis Emilio Recabarren en el siglo pasado, el resultado de una crisis moral (algunos ya lo han sugerido así por la alta votación del perro Spike en la Cápsula Bicentenario). Los más optimistas preferirán quedarse con el recuerdo de nuestro esfuerzo y nuestra solidaridad, que esperamos sean inherentes a todo chileno y que se pueda transmitir a las futuras generaciones. Quizás no sea tan mala idea celebrar el Bicentenario el 2018, para ponernos al día con los compromisos hechos a los más postergados y con el mensaje que queremos dar a futuro...

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El antiguo arte del garrote

El gobierno de Sebastián Piñera ha incurrido en un craso error que es endémico de la derecha y que nos recuerda los años oscuros de Béla Lugosi, Boris Karloff, del Guatón Romo y del Mamo Contreras: justificar su existencia y luchar por su identidad mediante el uso de la fuerza.

Como comulgan con el laissez faire en funciones de matineé, vermouth y noche, el Gobierno poco puede hacer para mejorar las vidas de las personas, salvo destrabar el libre emprendimiento. El que no puede sobrevivir sin la ayuda del Estado, se aplica la selección natural formulada por Darwin: están naturalmente condenados a seguir cagados por el resto de su vida. Puede sonar esto una caricaturización, pero no está tan lejos de la realidad, pues existen personas encargadas de think tanks partidarios de gobierno (los ex-ministros de Pinochet Carlos Cáceres y Hernán Büchi, de Libertad y Desarrollo, por nombrar algunos) que no creen que debería existir siquiera un sistema de protección social.

En lo relativo a la economía, parece que la Concertación no lo hizo tan mal después de todo, porque las cifras de crecimiento han sido positivas y no creo que se deban a 5 meses de gestión del Ministro de Hacienda, Felipe Larraín (de ser así, ahí tiene la derecha a su próximo candidato presidencial). Se debe a que la situación económica mundial posterior a la crisis subprime ha sido favorable, que se han recuperado fuentes laborales perdidas desde el terremoto y que el precio del cobre ha mejorado, sumado a la buena salud de la economía que ha gozado Chile durante los últimos años (porque, a diferencia de nuestros vecinos y de países que buscamos emular como Portugal, España o Irlanda, el peor de los casos Grecia, no hemos estado ni cerca de estar en moratoria de pago).

¿Qué le queda por hacer entonces a este gobierno? ¿Administrar lo heredado? Para eso votábamos todos por Frei. ¿Barrer con todo, numerando las escuelas, aumentando las ceremonias cívico-militares e imponiendo el jopo y las hombreras en los servicios públicos? Aunque a algunos les gustaría (y casi hacen lo último en mi región), todas esas cosas son percibidas como malas...

... salvo una: mano dura.

La gente lo pide a gritos. Es lo que vemos todo el día, todos los días: mecheros, lanzas, violadores, narcos, asesinos; en La Pintana y en Las Condes; en Mega y en Chilevisión; libres o presos; etc. Llega a ser tanta la información que almacenamos del fenómeno que por momentos se genera una sensación de histeria colectiva que no veo por dónde esté sustentada de manera fidedigna y sin obedecer a intereses fácticos. Lo cierto es que existe una sensación de inseguridad ciudadana; que la Concertación no supo/pudo disminuir al enfocarse en saldar una injusticia histórica con los acusados de cometer delitos, mediante la Reforma Procesal Penal; y que la Coalición por el Cambio buscó (al parecer, exitosamente) capitalizar en votos el descontento de la gente insegura, pues ambos comparten un concepto que es ajeno a la Concertación: que la libertad, más que una expresión de la personalidad, es una expresión de la propiedad. Si consideramos que el éxito económico en Chile y el consecuente crecimiento de la clase media han hecho que sea más gente la que se considera libre en base a su propiedad, es comprensible el apoyo al actual gobierno en torno a esta materia.

Como se trata de un rasgo diferenciador, el gobierno hace notar más de lo necesario que se encuentra en la lucha contra la delincuencia: Rodrigo Hinzpeter, más que Ministro del Interior, se abocó al rol del eventual Ministro de Seguridad Pública (otra entelequia histérica que espero no se apruebe), dejando de lado otros roles que dicen relación, por ejemplo, con el terremoto; se destaca cada vez más el llamado Caso Bombas como noticia relevante para la seguridad nacional, en circunstancias que se trata de casos aislados y de grupos irrelevantes (no son el IRA o la ETA); se persevera en la política represiva de la Concertación en contra del pueblo mapuche (siendo que los mapuches votan por la derecha... alguien que me explique, por favor); y si eso no fuera suficiente, se vincula al Partido Comunista (cuando están comenzando a caerles bien a la gente) con las FARC, con tergiversación de la prensa de por medio.

Bonus track: Ayer a Fuerzas Especiales se les pasó la mano en la represión de la marcha del CONFECH...

¿Nueva forma de gobernar? Más bien es el antiguo arte del garrote...

Cuando ha estado en el gobierno, la derecha chilena NUNCA le ha tenido asco a hacer uso de la fuerza para legitimarse: si no es ante su propio público, como ahora, es para reprimir al enemigo político o al agitador social. Sin embargo, todos los hechos de violencia que han provenido de esos gobiernos han terminado deslegitimándolos. Un ejemplo claro es el de Arturo Alessandri: hizo cambios muy importantes y positivos para Chile, como los derechos laborales, el impuesto a la renta y la separación de Iglesia y Estado, pero la Matanza del Seguro Obrero lo condenó para la eternidad. Hasta ahora, el gobierno no ha causado matanza alguna y pareciera ser que han adoptado un discurso acorde a los derechos humanos (al menos con Cuba), pero la actual política represiva de seguridad pública permite pensar que la derecha no ha cambiado mucho en la materia, pues sigue existiendo el enemigo interno al cual no se le debe tener contemplación.

El gobierno tiene la gran oportunidad de dejar una obra duradera con la reconstrucción de las regiones afectadas por el terremoto pasado. Se trata de las regiones más pobres del país, por lo que si se plantean políticas que incentiven la inversión en dichas zonas y programas que aseguren servicios públicos de alta calidad a sus habitantes, puede marcarse una diferencia. Sin embargo, todo parece indicar que la derecha, entre la razón y la fuerza, prefiere ésta última...

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 4 de agosto de 2010

La familia no tiene quien la proteja

El tema del último tiempo es la familia. Por un lado, el senador metrosexual Fulvio Rossi y el senador cerosexual Guido Girardi presentaron un proyecto de ley para legalizar el matrimonio homosexual, a lo que se han opuesto casi todos los partidos en forma transversal: unos porque derechamente no les gusta (UDI, DC), otros porque es muy fuerte y prefieren una figura fantoche que deje a todos contentos llamada unión civil (liberales de RN, conservadores del PS). Por otro, la Vicepresidenta de la JUNJI, Ximena Ossandón, ha planteado una particular visión acerca de la familia para reestructurar dicha institución, haciendo presente que "el trabajo hecho al alero de la Virgen es más eficiente". En El Mercurio, han aparecido varias columnas que tratan de persuadir a sus lectores que es bueno tener hartos hijos y que son motivos individualistas (por no decir perversos) los que han llevado a nuestro país a bajar las tasas de natalidad...

Lamentablemente, como en todas las discusiones que no generan consenso (y en las que alguna vez lo hubo), se da una dinámica maniquea en la que personas como quien escribe no tienen cabida. Caricaturescamente hablando, unos son los que quieren tener más hijos que los que humanamente pueden tener, los que quieren casarse joven y vivir para siempre con su marido/mujer, los que quieren llegar virgen al matrimonio y los que consideran el divorcio, el matrimonio homosexual y el condón como demoníacos. Otros son los que ven a los hijos como un cacho o mientras menos, mejor, los que quieren casarse tarde (o no casarse) y ven como una posibilidad real la separación, los que creen que es bueno llegar con experiencia sexual al matrimonio (y lo cuentan como talla) y los que consideran fascistas y talibanes a quienes no les permiten vivir su vida sentimental con la mayor libertad posible, incluso aceptando el aborto.

Lo peor es que el tema relativo a la protección de la familia pareciera ser monopolio de la Alianza, pues a la Concertación le aterra usar un lenguaje protector como sus contradictores políticos y porque ha sido su bandera de lucha en el tema los derechos de la mujer y de los niños vistos como un problema de igualdad social y de oportunidades. Es parecido a lo que ocurre con los derechos laborales, pero al revés...

¿Es protección de la familia lo que hace la Alianza con su discurso pro-familia? Es proteger un colectivo, el más fundamental de la sociedad según la Constitución, conformado por un hombre, una mujer y los hijos que desean tener, correspondiéndole al Estado incentivar esta familia modelo mediante políticas públicas y absteniéndose del aspecto sexual, ya sea porque es tabú o porque pertenece al ámbito privado de las personas.

El punto es que el concepto tradicional de familia está superado. Y no está mal reconocerlo. La historia de la humanidad se trata de conceptos superados por los hechos: la esclavitud no pertenece a un orden natural, el poder civil no cae del cielo, la Tierra es redonda y gira alrededor del Sol, las personas son libres de expresarse por el hecho de serlo... y la familia es un concepto que tiene que ver con las relaciones que nacen a partir de una comunidad de amor, que puede ser o no matrimonio.

Así las cosas, hay familia entre una madre o padre y sus hijos, hay familia cuando el hermano mayor debe hacerse cargo de los menores, hay familia en un matrimonio que no puede tener hijos y hay familia en una pareja con hijos que no desea casarse. Y como la convivencia entre ellos fruto del afecto les ayuda a desarrollarse material y espiritualmente, el Estado debe proteger a todas esas familias...

¿Lo hace? Si bien se avanzó en la filiación y en reconocer el divorcio como una solución válida, creo que falta. Al persistir la imagen de una familia en la que la madre es la que se hace cargo afectivamente de los hijos y que el padre es un mero proveedor, la imagen del padre está muy perjudicada. La familia nacida de una relación de convivencia no tiene mayor trascendencia, a menos que tenga hijos. La discusión sobre el posnatal también tiene relación con este tema. Fuera de lo jurídico, existe poca educación formal para formar responsablemente una familia y que aún hay familia después de una separación o divorcio...

Eugenio Tironi, en un libro que no recuerdo, sostenía que la familia nunca había sido protegida en Chile porque la existencia del huacho, la alta mortalidad infantil y la hipocresía de la nulidad matrimonial fueron constantes durante buena parte de su historia. Un buen regalo para el Bicentenario, más que indultos odiosos, sería pagar la deuda con la familia, sin apellidos.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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