sábado, 21 de agosto de 2010

¿Bicentenario? ¡Las pelotas!

Este año se cumplen 200 años de actos soberanos de nuestro país. Desde hace varios años que, como sociedad chilena, nos hemos ido preparando para este evento: planes de gobierno, edificaciones, películas, documentales, concursos, publicaciones, premios, reconocimientos y otras tantas cosas. ¿Para qué? Para celebrar lo mejor de nuestra Patria y hacer parte a todo el pueblo chileno de estas fiestas, buscando darle a esta tierra que nos ha visto nacer (y que ha acogido como suyos a otros) obras en señal de agradecimiento.

Muchos harán de este 18 una fiesta interminable. Otros aprovecharán el fin de semana largo y harán patria en otros países. Existen aún quienes usan esta instancia como otro espacio de descanso y esparcimiento durante el año. Habrán muchos eventos multitudinarios para el encuentro de todos los chilenos. El gobierno buscará llenar de simbolismo esta fecha, celebrando la historia de Chile y los chilenos y buscando dar un mensaje de prosperidad y esperanza para los próximos 100 años. En fin, hartas cosas se vienen para los chilenos de hoy...

¿Y para los del mañana?

Una de las virtudes del Centenario, en 1910, fue la inauguración de obras públicas que quedaron indeleblemente identificadas con dicha celebración, de una belleza aún admirada (en 1999, el Museo de Bellas Artes fue elegida la mejor obra arquitectónica del siglo XX) y cuya importancia seguirá viva por muchos años más. Lo que hoy nos queda a los chilenos son obras como el mencionado Museo de Bellas Artes, la Estación Mapocho, el Parque Forestal, el Palacio de los Tribunales, el alcantarillado y el alumbrado eléctrico público, etc. En la misma época se concluyó el Ferrocarril Trasandino y quedaba poco para concluir la que, a mi opinión, es la obra pública más titánica del hombre chileno: el Ferrocarril Longitudinal, desde Iquique a Puerto Montt.

La historia nos habla de una notoria contradicción entre la fastuosidad de las fiestas oficiales y la miseria en que vivía la inmensa mayoría de Chile en 1910. También nos habla del esfuerzo que se hizo para sobreponerse a dos golpes morales al espíritu nacional: el Terremoto de Valparaíso de 1906 y el fallecimiento de dos presidentes en los meses previos al Centenario. Sin embargo, el único testimonio imperecedero que queda de dicha celebración para nuestras generaciones son las obras públicas inauguradas y las donaciones hechas por las colonias extranjeras.

Hoy día, pese al desarrollo económico alcanzado y a la consiguiente explosión de obras públicas que han ayudado a mejorar nuestra calidad de vida, no contamos con obras que se asocien a la celebración del Bicentenario. Desde hace años se pensó en obras para este evento: algunas se inauguraron hace tiempo y con ello se ha perdido el simbolismo (como el borde costero de Antofagasta y la Plaza de la Ciudadanía en Santiago), otras se encuentran indefinidamente inconclusas (como el borde costero de Valparaíso y el Portal Bicentenario de Cerrillos en Santiago) y mejor no hablar de elefantes blancos (como el puente del Canal de Chacao). Sí rescato los cuatro Estadios Bicentenario inaugurados para el Mundial Femenino Sub-20 de Fútbol, pero no porque se llamen Bicentenario significa que sean las obras más relevantes de estas fiestas patrias. En conclusión, mucho ruido y pocas nueces.

Tiene sentido inaugurar obras públicas para un importante aniversario patrio. No sólo porque son un eslabón más en la cadena de objetos que pasan a formar parte de la tradición nacional, constituyendo el legado más evidente para nuestras generaciones futuras. No sólo porque simbolizan un esfuerzo adicional del gobierno en favor del país en una fecha que es sinónimo de regocijo, al construir obras que no se habrían podido construir antes y que sería extemporáneo construir después. Lo más importante dice relación con nuestra capacidad de proyectarnos a futuro. Los pueblos grandes son aquéllos que pueden dejar resuelto un problema o satisfecha una necesidad con mayor previsión y por mayor lapso de tiempo. Por esto, si estamos celebrando al pueblo chileno, debemos encapsular en obras nuestro desarrollo intelectual, las que facilitarán a futuro la vida de nuestros descendientes y les permitirán identificarse con su país.

Nuestro cortoplacismo y nuestro patriotismo mal entendido nos impide hoy aprovechar una oportunidad única en 100 años. Los más negativos podrán ver en esto, al igual que Francisco Encina o Luis Emilio Recabarren en el siglo pasado, el resultado de una crisis moral (algunos ya lo han sugerido así por la alta votación del perro Spike en la Cápsula Bicentenario). Los más optimistas preferirán quedarse con el recuerdo de nuestro esfuerzo y nuestra solidaridad, que esperamos sean inherentes a todo chileno y que se pueda transmitir a las futuras generaciones. Quizás no sea tan mala idea celebrar el Bicentenario el 2018, para ponernos al día con los compromisos hechos a los más postergados y con el mensaje que queremos dar a futuro...

Te lo dice,

R.F.S.K.
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