lunes, 27 de septiembre de 2010

Esos locos mapuches

La opinología profesional y aficionada de este país se ha manifestado en relación a la huelga de hambre de 34 comuneros mapuche (salvo una que se hace la lesa). Que son terroristas, que son delincuentes comunes, que son héroes de su pueblo; que quieren quebrar la Patria, que son un puñado de pinganillas, que luchan por la autodeterminación; que son chilenos y que no lo son; que hay que meterlos presos 50 o 100 años; que tiene que estar Fulano, Zutano y Mengano en la mesa de diálogo; etcétera al cubo. Esta multiplicidad de opiniones sólo permite concluir que ni siquiera existe un consenso de cuál es el problema existente en torno a la acción de los comuneros.

Hay opinantes respetados que van más allá e inscriben el problema coyuntural a un dilema histórico que no va a tener solución mientras nosotros estemos vivos: la cuestión entre el Estado chileno y el pueblo mapuche. Detrás de ello, veo intereses ideológicos, loables pero escapados de la realidad, porque tras más de un siglo de políticas de asimilación, de imposición de una visión de progreso en una región donde la tierra es parte de la religión y no de la economía, de defensa de un Chile unicultural y (casi) unirracial, el problema no es tan grande como algunos lo quieren ver, ya que no involucra a las más de 600.000 personas que se consideran parte de la etnia mapuche.

¿Cuál es el problema entonces? Yo creo que hay que responder a 2 preguntas…

1. ¿A quiénes representan efectivamente los comuneros? ¿Representan a la etnia mapuche, a secas? ¿Representan a quienes han optado por conservar su forma de vida? ¿Representan a quienes desean autonomía respecto de la autoridad central? ¿Representan a quienes no quieren que su amada tierra sea invadida por las forestales?

2. ¿Qué piden los comuneros? ¿Quieren que se le aplique la ley penal común en lugar de la antiterrorista? ¿Quieren libertad para ellos o también la de sus semejantes? ¿Quieren ayuda económica del Estado para acabar con su condición de pobreza? ¿Quieren tierras para ellos y no para las forestales? ¿Quieren que el Estado proteja su cultura o, más aún, que la incentive y la reconozca constitucionalmente? ¿Quieren una disculpa formal del Estado chileno por la destrucción continua de su cultura e identidad? ¿Quieren autonomía territorial? ¿Quieren independencia respecto de Chile?

Por la falta de organización de los activistas mapuche, es difícil conocer una respuesta clara por parte de ellos, pero no corresponde exigirles organización y claridad bajo un estándar impuesto por el Estado chileno, porque implica una total incomprensión de la cultura mapuche y, por ende, se perpetúa la altanería que ha tenido siempre el gobierno.

Por la falta de altura de miras existente en las distintas administraciones chilenas, que analizan el problema en el corto plazo sin dimensionar sus implicancias históricas y sus consecuencias futuras, y por el carácter sagrado que tiene la propiedad en Chile (tanto o más que la vida humana), también es difícil que el gobierno chileno pueda dar una respuesta correcta a esas preguntas. Ni siquiera podría argumentar una falta de consenso por parte de la clase política, porque todos los gobiernos han sido ejecutantes de una misma política, con matices, frente a estallidos aislados de violencia en la Araucanía.

¿En qué quedamos entonces? Para responder a estas preguntas, tanto unos como otros deberán rasgar vestiduras con sus valores culturales o políticos y asumir que el perder terreno, adeptos, inversión o poder es poca cosa al lado de asegurar la paz social en la Araucanía. Lamentablemente, el tiempo juega en contra...

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Una mujer bien respetable



Una mala costumbre que han ido adquiriendo nuestros ex-presidentes democráticos ha sido la de endiosarse al dejar el poder. Entregada la banda tricolor y habiéndose retirado con vítores ciudadanos del Congreso, los ex-presidentes actúan en la vida política como seres intocables a los que no se les puede cuestionar por sus actos de gobierno, ya que dicho cuestionamiento implicaría un daño irreparable a la dignidad de una persona notable que dirigió los destinos del país y de la que hay que estar eternamente agradecidos por su servicio, el cual fue hecho con desinterés.

Ricardo Lagos fue quien revivió el concepto de deidad presidencial (que lo vivimos con otro caballero que al dejar el poder, sólo cruzó la calle), al minimizar las investigaciones de casos de corrupción en su gobierno (son unos casos puntuales de dos pesos aquí, cuatro pesos allá), al no responder ninguna clase de cuestionamiento político (sí a los judiciales, eso sí) y al erigirse como superhombre al considerar que un ex-presidente no estaba para primarias. Mucha de esa soberbia política terminó sacándolo de una carrera presidencial que parecía segura en 2006, cuando su gobierno tenía sobre el 70% de aprobación...

Michelle Bachelet, a 6 meses de haber dejado el trono (porque es lo más cercano a una monarca que hemos tenido), ha continuado dicha actitud. Primero, no aceptando que se le cuestionara por la lenta respuesta gubernamental al terremoto de febrero (y aferrándose a la aceptación de la Armada respecto a los errores del SHOA). Segundo, no haciéndose cargo de manera humilde del aumento de la indigencia durante su gobierno, del que se aprovechó el gobierno de Piñera de manera insidiosa, pero que es un hecho cierto y que contravino a lo hecho por los gobiernos anteriores...

... y tercero, no asumiendo su responsabilidad en el conflicto mapuche.

El día de hoy, la Ex-Presidenta hizo las declaraciones más desafortunadas que le he escuchado desde que dejó de ser mandataria. En relación a la discusión entre Edmundo Pérez Yoma y Carolina Tohá, sobre si el gobierno de Bachelet estuvo de acuerdo o no en aplicar la Ley Antiterrorista, ella señaló:
"No voy a entrar en una polémica donde hay dos miembros del comité político que están opinando a este respecto. Y no voy a entrar, entre otras cosas, porque más allá de que cuando yo escriba el libro de las memorias será un tema al que podré referirme en detalle, creo que no tiene ningún sentido, porque no va en la dirección de lo que hoy día hay que hacer.”
http://www.emol.com/noticias/nacional/detalle/detallenoticias.asp?idnoticia=436491

Desgranemos el racimo...

- Por más lealtad que le tenga a sus colaboradores, ésta no es una discusión sobre lo que hicieron ellos sino que es sobre una decisión presidencial, a menos que acepte que el Ministro del Interior se mandara solo durante su gobierno (yo creo que era así).

- Una tradición en Chile ha sido la de cargarle el muerto al mando bajo. La culpa es del suche, nunca de alguien que ejerza un cargo de confianza, menos ministerial y JAMÁS el Presidente tendrá algo que ver con eso. Acá, el problema es ministerial parece, pero probablemente la Ley Antiterrorista haya sido una volada del Cabo 1º de Ercilla.

- Un ex-presidente está llamado, por un asunto de decencia y de respeto a la ciudadanía que lo eligió, a explicar las medidas que tomó en su gestión (yo estoy seguro que la decisión no fue de ella, pero shhhht). Hay lugares y momentos más adecuados para dar explicaciones… ¡y qué más adecuado y necesario que cuando se requiere la reforma para salvar la vida de comuneros mapuches! Pero la reina dijo que no, porque sabe que por la boca muere el pez, y por Televisión Nacional, su candidatura presidencial. ¿Lo de las memorias? Algo digno de república bananera...

- Lo que en este momento se requiere, además de una mesa de diálogo que resuelva el problema en concreto de la Ley Antiterrorista, es una declaración de perdón hacia el pueblo mapuche, tanto por el exceso de violencia que han sido víctimas como por la eterna política de asimilación que ha llevado a cabo el Estado chileno. Michelle Bachelet fue responsable política de esa violencia y, al pedir perdón por los actos de su gobierno, podría ayudar a mediar en el conflicto.

Un Presidente es una persona como usted y como yo: tiene sueño y hambre, baila cueca a su pinta, puede estar en todos los estados de ánimo y puede tener aciertos y desaciertos. Por más que tenga un 80% de aprobación, por más que en encuestas lo consideren el mejor presidente de Chile y por más milagros que se le atribuyan, es una persona y las personas debemos asumir nuestros errores con honestidad, con valentía, como sea y aunque duela, más aún cuando tienen consecuencias en la vida o muerte de terceras personas.

Te lo dice,

R.F.S.K.

P.D.: Pueden llamarme femicida político si quieren...

viernes, 10 de septiembre de 2010

Oar: Un regalo de vida




Uno de los personajes más extraños del rock es Alexander “Skip" Spence. Inicialmente, el baterista de Jefferson Airplane (banda hippie presente en Woodstock, conocida por canciones como Somebody to Love y Volunteers); luego, toma la guitarra en Moby Grape (banda menos conocida que la anterior, pero que a juicio de la Rolling Stone, sacó el mejor disco del Verano del Amor del '67); para terminar sacando un único disco solista. Hasta ahora, nada raro... si no fuera porque su debut en solitario es producto de su esquizofrenia y porque su despedida prematura de la música fue causada por el exceso de tranquilizantes que lo inhabilitaron por el resto de su vida...

Oar es la lucha personal de Spence en su estado esquizofrénico, pero en su hora clave. Por momentos, muy lúcido; por momentos, angustiado; por momentos, delirante. Su voz es protagónica para entender el disco, pues cuando se escucha más fantasmal es cuando su yo-sano saca fuerzas de flaqueza e intenta sobreponerse a la confusión clínica, develando una sensibilidad creativa como la que no tenía en sus canciones previas, como en War in Peace; mientras que una voz menos forzada saca a luz al Skip enfermo e incoherente, de canciones sin sentido aparente ni oculto, como Margaret – Tiger Rug.

La lucha interior de Spence es real en el tiempo del disco, como si el estudio de grabación fuera un ring de box. Parte siendo cuerdo en Little Hands, una bella y simple alegoría de la paz vista en las manos de niños. La confusa muerte se aparece en Cripple Creek. El amor ausente es una estocada dura en Diana, pues comienza la demencia en Margaret – Tiger Rug. Skip se levanta con angustia por su cautiverio en el psiquiátrico con Weighted Down (The Prison Song) y vuelve a la metáfora con War in Peace, pero vuelve el dolor y la resignación con Broken Heart. Un mensaje de esperanza colectivo y hippie aflora con All Come To Meet Her, incluso siendo capaz de dar un salto místico con Books of Moses. Sin embargo, Skip sufre una suerte de mareo, quedando inmerso en una locura lírica con Dixie Peach Promenade y Lawrence of Euphoria (ésta me recuerda a otro famoso esquizofrénico: Syd Barrett)...

Grey / Afro, la última canción, representa una suerte de pelea final entre los dos Skips. El cuerdo toma el bajo (casualmente el único instrumento que él no tocó en sus bandas), el loco toma la batería (porque no sigue ningún ritmo regular). Esta pelea de más de 9 minutos, que se prolonga en los bonus tracks, parte con el Skip sano dirigiéndose, tal vez, a su otro yo, asumiendo su existencia; pero llegando a la mitad de la canción lanza la toalla, haciéndose cargo de lo irremediable:
"Believe me if I do what I did
I will have euphoria
To be sure
I don't give a damn
Live in a place
Do anything"
Luego se produce una transición en la que la voz de Spence es protagónica en desmedro de los instrumentos, apareciendo el Skip que había estado internado en el psiquiátrico, perdiendo todo sentido de coherencia y tomando el control de la situación. Paulatinamente, ambos instrumentos van ralentizándose hasta morir, quedando irreversiblemente derrotado el músico...

¿Qué se puede sentir después de haber escuchado un disco así? ¿Alienación hermosa? ¿Desolación en seco? ¿Delirio honesto? ¿Esperanza posible? Para mí, es un regalo de vida, de una vida atormentada o tormentosa como pocos artistas podrían atreverse a hacerlo, de una vida que se lucha hasta el último aliento de sanidad, de una vida que sólo entrega preguntas para el que esté dispuesto a buscarlas en esas manos pequeñas, en esa guerra en paz y en ese corazón roto...

Te lo dice,

R.F.S.K.

P.D.: Si les tinca, bájenlo en http://www.mediafire.com/?fhowtlzwony


miércoles, 8 de septiembre de 2010

Generación de mierda



"Porque no son dignos
Porque piden por favor
Porque todos viven pensando las mismas huevadas
Porque andan jugando al mono mayor
Porque piden cosas que no quieren
y hacen de lo lindo algo imbécil
Porque creen tener derecho a algo
que no es de cartón..."
- Generación de Mierda, de Los Prisioneros

Mientras busco material para redactar mi tesis, me he detenido a leer sobre varios temas interesantes y que, por cierto, son mucho más choros que estudiar minorías. Por ejemplo, me puse a leer sobre las Brigadas Internacionales: grupos de voluntarios extranjeros que viajaron de distintas partes del mundo a apoyar la causa republicana en la Guerra Civil Española; también sobre los Cristeros: gente que se alzó contra el gobierno revolucionario en México, en defensa de la fe católica que estaba siendo perseguida por aquél; algo menos combativo fue mi lectura sobre el origen de Silicon Valley como polo tecnológico: el decano de Ingeniería de Stanford estimuló a sus estudiantes a crear empresas tecnológicas en la zona e invirtió personalmente en esas empresas, como Hewlett-Packard; y quedé gratamente impresionado con la experiencia del Renacimiento de Harlem, en el que artistas afroamericanos confluyeron para expresar una conciencia racial distinta a la de sus antepasados esclavos, pues ahora se sentían parte de la sociedad urbana y podían manifestar con orgullo y sin miedo su sentido de pertenencia.

¿Qué tienen en común todos estos temas? Que sus protagonistas fueron personas menores de 30 años, actuando conforme a sus convicciones, buscando aportar en la sociedad con un cambio y ganándose un espacio de respeto en virtud de su atrevimiento.

En Chile no hemos estado ausentes del esfuerzo juvenil por cambiar la sociedad: muchos de los líderes militares de la Independencia tenían alrededor de 30 años (Carrera tenía 26 años cuando efectuó el primer golpe que lo puso a cargo del gobierno provisional); los cambios culturales y políticos de mediados del siglo XIX se debieron a jóvenes profesores y egresados de la novel Universidad de Chile como Bilbao, Lastarria y Vicuña Mackenna; cambios trascendentales como la legislación laboral y educacional a comienzos del siglo XX fueron fruto del esfuerzo de jóvenes políticos educados en torno a la doctrina social de la Iglesia o al socialismo de cátedra. Si además profundizáramos el análisis en los movimientos estudiantiles, nos damos cuenta que la juventud chilena, consciente de los problemas existentes, encontrándose libre de impedimentos o prejuicios que vienen de las generaciones mayores y teniendo el suficiente conocimiento y perseverancia, ha logrado ser motor de la historia de Chile.

¿Qué ocurre en la actualidad?

Algunos factores de cambio que están arraigados en la cultura juvenil resolverán, en un futuro no muy lejano, discusiones de hoy. Uno de ellos tiene que ver con el respeto por las minorías sexuales, porque en el lenguaje de nuestra generación se está haciendo habitual el aceptar como cualquier persona a los homosexuales y el rechazar a quienes los discriminan (las tallas a los fletos están demasiado arraigadas, pero bueh...), no siendo común en gente menor de 30 el comparar a homosexuales con zoófilos y pedófilos. Otro tiene que ver con el cuidado del medio ambiente, pues es un tema que transversalmente nos preocupa a todos los jóvenes, sea porque no queremos especies animales/vegetales en peligro de extinción, sea porque no queremos destruir paisajes o sea porque no tenemos empacho en rechazar la contaminación por sus efectos en la salud de las personas. En estos temas, el natural ascenso de los actuales jóvenes a posiciones de responsabilidad permitirá los cambios.

Sin embargo, al tratar temas como la lucha contra la inequidad social, la crisis del sistema educacional y la participación democrática, los jóvenes seguimos las reglas del juego existentes, entrampándonos en una inmovilización social que sólo perpetúa la situación de injusticia. Así, los voluntarios de Un Techo Para Chile se hacen cargo del problema de los campamentos, pero no se busca mejorar la vivienda social ni menos la vida en las poblaciones, que en muchos casos es una réplica de la dura vida en los campamentos pero dentro de paredes de ladrillo. Así, los secundarios y universitarios se organizan para protestar contra el gobierno de turno, sacando a la calle a sus cuadros de manera de mostrar poder, pero se ha perseverado en formas de protesta que solamente han llevado al descrédito y no hay un proyecto educacional por el cual luchar. Así, los jóvenes quieren que los vayan a buscar de la mano a votar y cuando ellos quieran; les da cuco cambiar el mundo a través de la política y prefieren hacerlo en organizaciones cuyos fines distan de buscar un cambio en la sociedad; y si participan en política, buscan hacer carrera funcionaria en lugar de generar proyectos y tomarse los espacios...

En mi opinión, el problema pasa porque, por múltiples razones (traumas históricos, apego a lo material, individualismo, falta de un relato épico), los jóvenes nos hemos limitado a nosotros mismos nuestra capacidad de soñar despiertos. Hemos adoptado a los 20 o 25 años una lógica que nos es biológicamente ajena: la de pensar las cosas en la medida de lo posible, calculando cada uno de nuestros pasos con aversión al error más mínimo, sin volcarnos en cuerpo y alma a las cosas que pueden llegar a ser con mayor dedicación y perseverancia, sin ser capaz de renunciar a comodidades individuales e inmediatas por una satisfacción general y futura. Como vivimos en una cultura facilista, nos compramos el discurso de las generaciones anteriores, sobre todo en lo que se refiere a política, acoplándonos a las formas de quienes criticamos su falta de sensibilidad y proyección hacia el futuro; cuando tal discurso es importante como apoyo, pero jamás es ley. En conclusión, abundan los jóvenes con mentalidad de viejo.

Sin duda, nuestra juventud tiene beneficios que las anteriores generaciones no tenían, como el acceso a la información, una mayor conciencia de los derechos y libertades y la consiguiente preocupación (aunque sea artificial) por los problemas sociales, ¿pero qué tiene que ocurrir para que, como George Bernard Shaw, soñemos con cosas que nunca fueron y decir "¿por qué no?"?

Mi única esperanza está en que nosotros alcanzamos a ver los Looney Tunes...

Te lo dice,

R.F.S.K.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Y verás como quieren en Chile...

Mi ecuación es la siguiente: mi abuelo paterno es de ascendencia chilena hasta no sabemos dónde; mi abuela paterna es hija de padre español y de madre chilena; el papá de mi abuelo materno era ruso (o ucraniano si nos vamos en voladas nacionalistas, porque era de Kiev) y su mamá era francesa; y el papá de mi abuela materna era más chileno que los porotos con riendas y su mamá era más alemana que el strudel. Fuera de todo eso, soy chileno y, a menos que logre clasificar a un país a un mundial de fútbol o le escriba un Código Civil, moriré chileno.

Como yo, la gran mayoría de los chilenos tenemos algún grado de origen alóctono (porque el hombre de los conchales o el amaestrador de milodones no era ni Pérez, ni González). En menor medida, somos muchos los que tenemos algún ancestro que cruzó la mar océana en barco y que llegó a estas tierras con espíritu aventurero, sed de riqueza o escapando de la injusticia; que aprendiendo español e integrándose a la comunidad con su trabajo, se hizo un chileno más y que echó raíces en esta larga y angosta faja de tierra. Disminuyamos la proporción de quienes sabemos tal circunstancia y que la hacemos parte de nuestra historia familiar/personal. Concluyamos que es sólo un puñado de gente el que reconoce su ascendencia extranjera como un factor real de identidad personal y en virtud de la cual actúan en sociedad, con orgullo de sus orígenes.

Sin embargo, esta realidad es subvalorada, por no decir ignorada, en nuestra cultura nacional. Cuando tratamos de definir nuestra identidad, lo hacemos en torno a una sociedad católica y mestiza-tirando-para-blanca (porque todos se sienten blancos en Chile, hasta los apodados "Negro"), en la cual todos compartimos las mismas costumbres (las de la zona central, por lo general, porque Santiago es Chile) y la cual se debe a un único relato que nos debe hacer vibrar de igual manera a todos. ¿Cómo nos explicamos a esa gente de apellido raro, de la que nos enseñan en el colegio, y que algo habrán hecho por la historia de Chile? Da lo mismo, porque es como si hubieran nacido en Chile...

Por una falta de autoestima nacional, SIEMPRE (con mayúscula, negrita, cursiva y subrayado) hemos considerado que la diferencia, por más mínima que sea, puede resquebrajar la unidad cultural del país. En los ojos de los más tradicionalistas, mantener la convención social de país blanco y católico nos evita convertirnos en un Medio Oriente a escala y tener que darles concesiones a cada grupo que se identifica como diferente, grupos que siempre van a querer más y que atentarán contra el concepto por el cual lucharon Carrera y O'Higgins (¿u O'Higgins y Carrera? ¡Hasta por eso nos ponemos a pelear!). Así, es mejor generar la sensación de un solo tipo de chilenidad y que el resto deba acoplarse a él... y si no le gusta, no joda. Sin embargo, es absurdo pensar que, en un país donde la población extranjera nunca ha superado el 5% y en un mundo globalizado en el que la cultura se ha homogeneizado y la tolerancia se ha internacionalizado, vaya a cumplirse alguna de las profecías xenófobas que postulan algunos defensores de la chilenidad, más aún cuando los inmigrantes en Chile se han caracterizado por su integración.

Es verdad que la inmigración en Chile nunca ha sido a gran escala como en Australia, Argentina o Estados Unidos. Nunca hubo lista de espera para entrar por Valparaíso (porque si hubiera existido, la bahía de Valpo estaría llena de barcos hundidos...), no hemos tenido que construir un muro en la Línea de la Concordia (aunque Mi General minó toda la frontera de Chile, que es peor) ni menos rifado green cards por Internet, pero existe un dato constante en nuestra historia: que en cada una de las etapas de nuestra historia, desde la Conquista de Chile hasta hoy, han participado extranjeros, cuyo aporte ha sido de suma importancia, y que lo han hecho con amor a esta Patria, pero jamás renunciando a sus orígenes, pues ha sido esa historia personal y ese carácter foráneo el que les ha permitido contribuir de manera especial. Por esto, debemos conmemorar a quienes eligieron ser chilenos, reconociendo que su herencia no es un hecho aislado sino relevante en el desarrollo intelectual y material de la Nación.

En el Bicentenario de nuestro país, es necesario recordar que nuestra independencia se la debemos principalmente a un argentino y al hijo de un irlandés, que nuestra siempre vencedora Armada de Chile fue formada por un escocés, que las enseñanzas de un polaco nos ayudaron a explotar nuestra riqueza minera, que un venezolano contribuyó a mejorar nuestra educación, que logramos unir a Chile por barco y tren gracias a un inglés, que el esfuerzo de alemanes y croatas permitió hacer patria en el sur y que, en el día de hoy, hay 200.000 personas de otra nacionalidad que están colocando su granito de arena en este país y a los cuales hay que agradecerles, reconocerles y celebrarlos como parte de Chile.

,אומר לך

.ר.כ.ד.ל
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