miércoles, 8 de septiembre de 2010

Generación de mierda



"Porque no son dignos
Porque piden por favor
Porque todos viven pensando las mismas huevadas
Porque andan jugando al mono mayor
Porque piden cosas que no quieren
y hacen de lo lindo algo imbécil
Porque creen tener derecho a algo
que no es de cartón..."
- Generación de Mierda, de Los Prisioneros

Mientras busco material para redactar mi tesis, me he detenido a leer sobre varios temas interesantes y que, por cierto, son mucho más choros que estudiar minorías. Por ejemplo, me puse a leer sobre las Brigadas Internacionales: grupos de voluntarios extranjeros que viajaron de distintas partes del mundo a apoyar la causa republicana en la Guerra Civil Española; también sobre los Cristeros: gente que se alzó contra el gobierno revolucionario en México, en defensa de la fe católica que estaba siendo perseguida por aquél; algo menos combativo fue mi lectura sobre el origen de Silicon Valley como polo tecnológico: el decano de Ingeniería de Stanford estimuló a sus estudiantes a crear empresas tecnológicas en la zona e invirtió personalmente en esas empresas, como Hewlett-Packard; y quedé gratamente impresionado con la experiencia del Renacimiento de Harlem, en el que artistas afroamericanos confluyeron para expresar una conciencia racial distinta a la de sus antepasados esclavos, pues ahora se sentían parte de la sociedad urbana y podían manifestar con orgullo y sin miedo su sentido de pertenencia.

¿Qué tienen en común todos estos temas? Que sus protagonistas fueron personas menores de 30 años, actuando conforme a sus convicciones, buscando aportar en la sociedad con un cambio y ganándose un espacio de respeto en virtud de su atrevimiento.

En Chile no hemos estado ausentes del esfuerzo juvenil por cambiar la sociedad: muchos de los líderes militares de la Independencia tenían alrededor de 30 años (Carrera tenía 26 años cuando efectuó el primer golpe que lo puso a cargo del gobierno provisional); los cambios culturales y políticos de mediados del siglo XIX se debieron a jóvenes profesores y egresados de la novel Universidad de Chile como Bilbao, Lastarria y Vicuña Mackenna; cambios trascendentales como la legislación laboral y educacional a comienzos del siglo XX fueron fruto del esfuerzo de jóvenes políticos educados en torno a la doctrina social de la Iglesia o al socialismo de cátedra. Si además profundizáramos el análisis en los movimientos estudiantiles, nos damos cuenta que la juventud chilena, consciente de los problemas existentes, encontrándose libre de impedimentos o prejuicios que vienen de las generaciones mayores y teniendo el suficiente conocimiento y perseverancia, ha logrado ser motor de la historia de Chile.

¿Qué ocurre en la actualidad?

Algunos factores de cambio que están arraigados en la cultura juvenil resolverán, en un futuro no muy lejano, discusiones de hoy. Uno de ellos tiene que ver con el respeto por las minorías sexuales, porque en el lenguaje de nuestra generación se está haciendo habitual el aceptar como cualquier persona a los homosexuales y el rechazar a quienes los discriminan (las tallas a los fletos están demasiado arraigadas, pero bueh...), no siendo común en gente menor de 30 el comparar a homosexuales con zoófilos y pedófilos. Otro tiene que ver con el cuidado del medio ambiente, pues es un tema que transversalmente nos preocupa a todos los jóvenes, sea porque no queremos especies animales/vegetales en peligro de extinción, sea porque no queremos destruir paisajes o sea porque no tenemos empacho en rechazar la contaminación por sus efectos en la salud de las personas. En estos temas, el natural ascenso de los actuales jóvenes a posiciones de responsabilidad permitirá los cambios.

Sin embargo, al tratar temas como la lucha contra la inequidad social, la crisis del sistema educacional y la participación democrática, los jóvenes seguimos las reglas del juego existentes, entrampándonos en una inmovilización social que sólo perpetúa la situación de injusticia. Así, los voluntarios de Un Techo Para Chile se hacen cargo del problema de los campamentos, pero no se busca mejorar la vivienda social ni menos la vida en las poblaciones, que en muchos casos es una réplica de la dura vida en los campamentos pero dentro de paredes de ladrillo. Así, los secundarios y universitarios se organizan para protestar contra el gobierno de turno, sacando a la calle a sus cuadros de manera de mostrar poder, pero se ha perseverado en formas de protesta que solamente han llevado al descrédito y no hay un proyecto educacional por el cual luchar. Así, los jóvenes quieren que los vayan a buscar de la mano a votar y cuando ellos quieran; les da cuco cambiar el mundo a través de la política y prefieren hacerlo en organizaciones cuyos fines distan de buscar un cambio en la sociedad; y si participan en política, buscan hacer carrera funcionaria en lugar de generar proyectos y tomarse los espacios...

En mi opinión, el problema pasa porque, por múltiples razones (traumas históricos, apego a lo material, individualismo, falta de un relato épico), los jóvenes nos hemos limitado a nosotros mismos nuestra capacidad de soñar despiertos. Hemos adoptado a los 20 o 25 años una lógica que nos es biológicamente ajena: la de pensar las cosas en la medida de lo posible, calculando cada uno de nuestros pasos con aversión al error más mínimo, sin volcarnos en cuerpo y alma a las cosas que pueden llegar a ser con mayor dedicación y perseverancia, sin ser capaz de renunciar a comodidades individuales e inmediatas por una satisfacción general y futura. Como vivimos en una cultura facilista, nos compramos el discurso de las generaciones anteriores, sobre todo en lo que se refiere a política, acoplándonos a las formas de quienes criticamos su falta de sensibilidad y proyección hacia el futuro; cuando tal discurso es importante como apoyo, pero jamás es ley. En conclusión, abundan los jóvenes con mentalidad de viejo.

Sin duda, nuestra juventud tiene beneficios que las anteriores generaciones no tenían, como el acceso a la información, una mayor conciencia de los derechos y libertades y la consiguiente preocupación (aunque sea artificial) por los problemas sociales, ¿pero qué tiene que ocurrir para que, como George Bernard Shaw, soñemos con cosas que nunca fueron y decir "¿por qué no?"?

Mi única esperanza está en que nosotros alcanzamos a ver los Looney Tunes...

Te lo dice,

R.F.S.K.
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