domingo, 5 de septiembre de 2010

Y verás como quieren en Chile...

Mi ecuación es la siguiente: mi abuelo paterno es de ascendencia chilena hasta no sabemos dónde; mi abuela paterna es hija de padre español y de madre chilena; el papá de mi abuelo materno era ruso (o ucraniano si nos vamos en voladas nacionalistas, porque era de Kiev) y su mamá era francesa; y el papá de mi abuela materna era más chileno que los porotos con riendas y su mamá era más alemana que el strudel. Fuera de todo eso, soy chileno y, a menos que logre clasificar a un país a un mundial de fútbol o le escriba un Código Civil, moriré chileno.

Como yo, la gran mayoría de los chilenos tenemos algún grado de origen alóctono (porque el hombre de los conchales o el amaestrador de milodones no era ni Pérez, ni González). En menor medida, somos muchos los que tenemos algún ancestro que cruzó la mar océana en barco y que llegó a estas tierras con espíritu aventurero, sed de riqueza o escapando de la injusticia; que aprendiendo español e integrándose a la comunidad con su trabajo, se hizo un chileno más y que echó raíces en esta larga y angosta faja de tierra. Disminuyamos la proporción de quienes sabemos tal circunstancia y que la hacemos parte de nuestra historia familiar/personal. Concluyamos que es sólo un puñado de gente el que reconoce su ascendencia extranjera como un factor real de identidad personal y en virtud de la cual actúan en sociedad, con orgullo de sus orígenes.

Sin embargo, esta realidad es subvalorada, por no decir ignorada, en nuestra cultura nacional. Cuando tratamos de definir nuestra identidad, lo hacemos en torno a una sociedad católica y mestiza-tirando-para-blanca (porque todos se sienten blancos en Chile, hasta los apodados "Negro"), en la cual todos compartimos las mismas costumbres (las de la zona central, por lo general, porque Santiago es Chile) y la cual se debe a un único relato que nos debe hacer vibrar de igual manera a todos. ¿Cómo nos explicamos a esa gente de apellido raro, de la que nos enseñan en el colegio, y que algo habrán hecho por la historia de Chile? Da lo mismo, porque es como si hubieran nacido en Chile...

Por una falta de autoestima nacional, SIEMPRE (con mayúscula, negrita, cursiva y subrayado) hemos considerado que la diferencia, por más mínima que sea, puede resquebrajar la unidad cultural del país. En los ojos de los más tradicionalistas, mantener la convención social de país blanco y católico nos evita convertirnos en un Medio Oriente a escala y tener que darles concesiones a cada grupo que se identifica como diferente, grupos que siempre van a querer más y que atentarán contra el concepto por el cual lucharon Carrera y O'Higgins (¿u O'Higgins y Carrera? ¡Hasta por eso nos ponemos a pelear!). Así, es mejor generar la sensación de un solo tipo de chilenidad y que el resto deba acoplarse a él... y si no le gusta, no joda. Sin embargo, es absurdo pensar que, en un país donde la población extranjera nunca ha superado el 5% y en un mundo globalizado en el que la cultura se ha homogeneizado y la tolerancia se ha internacionalizado, vaya a cumplirse alguna de las profecías xenófobas que postulan algunos defensores de la chilenidad, más aún cuando los inmigrantes en Chile se han caracterizado por su integración.

Es verdad que la inmigración en Chile nunca ha sido a gran escala como en Australia, Argentina o Estados Unidos. Nunca hubo lista de espera para entrar por Valparaíso (porque si hubiera existido, la bahía de Valpo estaría llena de barcos hundidos...), no hemos tenido que construir un muro en la Línea de la Concordia (aunque Mi General minó toda la frontera de Chile, que es peor) ni menos rifado green cards por Internet, pero existe un dato constante en nuestra historia: que en cada una de las etapas de nuestra historia, desde la Conquista de Chile hasta hoy, han participado extranjeros, cuyo aporte ha sido de suma importancia, y que lo han hecho con amor a esta Patria, pero jamás renunciando a sus orígenes, pues ha sido esa historia personal y ese carácter foráneo el que les ha permitido contribuir de manera especial. Por esto, debemos conmemorar a quienes eligieron ser chilenos, reconociendo que su herencia no es un hecho aislado sino relevante en el desarrollo intelectual y material de la Nación.

En el Bicentenario de nuestro país, es necesario recordar que nuestra independencia se la debemos principalmente a un argentino y al hijo de un irlandés, que nuestra siempre vencedora Armada de Chile fue formada por un escocés, que las enseñanzas de un polaco nos ayudaron a explotar nuestra riqueza minera, que un venezolano contribuyó a mejorar nuestra educación, que logramos unir a Chile por barco y tren gracias a un inglés, que el esfuerzo de alemanes y croatas permitió hacer patria en el sur y que, en el día de hoy, hay 200.000 personas de otra nacionalidad que están colocando su granito de arena en este país y a los cuales hay que agradecerles, reconocerles y celebrarlos como parte de Chile.

,אומר לך

.ר.כ.ד.ל
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