sábado, 30 de octubre de 2010

La patria pop



2010 ha sido el año de la unidad nacional. En enero, ganó el candidato presidencial que autoencarnaba la unidad nacional. En febrero y meses posteriores, el terremoto y su simbología diversa (bandera, Chile ayuda a Chile, el Zafrada, etc.). A mediados de año, la posta pasó a la selección chilena, tradicional estandarte de la unidad nacional. En agosto, cuando parecía que entrábamos en razón, ocurrió el accidente de la mina San José, con su prostituido final feliz en octubre. En septiembre, el país celebró como nunca el cambio de folio. Ahora en noviembre, se viene otro tradicional símbolo de unidad, la Teletón, el cual será la síntesis de todas las anteriores expresiones, pues estará Su Condorísima Excelencia, testimonios de las víctimas del terremoto, algún seleccionado de fútbol, Mario Sepúlveda en los teléfonos y seguramente harán alusiones al Bicentenario.

La unidad nacional versión 2010 es un fenómeno pop. Sube como espuma por obra y gracia de nuestra prensa, que a falta de temas debe darle por semanas a los temas e infla a sus personajes, llevándonos innecesariamente al ámbito del cahuín. Se refleja en estallidos instantáneos y rabiosos que se expresan con bandera chilena e himno nacional, pero que se disipa rápidamente y no se traduce en nada (la reconstrucción sigue varada, no hay un legado del Bicentenario, etc). Nos sentimos chilenos de pura boca, sin mayor compromiso (hay excepciones como quienes hicieron voluntariado en la zona del terremoto) y sin tomar conciencia de los momentos más allá de lo que queda en la retina.

Lo que digo no me preocuparía tanto si no fuera porque el gobierno invoca esta versión del concepto a diestra y siniestra, desconociendo que el debate, incluso en asuntos que requieren esfuerzo conjunto de los partidos políticos, es necesario y enriquecedor. Cada vez que la Concertación, legítimamente, ha manifestado oponerse a una idea oficialista (royalty minero) o fiscaliza como oposición los actos de gobierno (interpelación a la Ministra de Vivienda), sale el gobierno diciendo que éstos no son los tiempos de peleas chicas, sino de unidad nacional. Esto es peligroso porque pareciera mostrarnos, entre líneas, que la Alianza, tras 20 años de democracia, sigue sin reconocer abiertamente nuestra forma de gobierno, escudándose en las imágenes de prensa y en los símbolos patrios que cautivan a la población para minimizar los problemas existentes y aplacar, por no decir atontar, a la ciudadanía. Al final llega a ser contradictorio, pues considero que una base mínima de la unidad nacional es estar de acuerdo en cómo vamos a darle cauce al debate ciudadano.

Tampoco me preocuparía si no fuera porque el discurso facilista en torno a la unidad nacional oculta y no resuelve los problemas que de verdad nos desunen como país. Considero esencial para la unidad nacional que exista una verdadera reconciliación sobre nuestro pasado doloroso, que reconozcamos la diversidad de identidades que son parte de Chile, que acabemos con la cultura de discriminación y segregación y la sustituyamos por una de igualdad de oportunidades, entre otros temas. Podrá discutirse o no sobre la existencia de un cerco comunicacional en relación al conflicto del Estado con los comuneros mapuches, pero no veo que se considere la reconstrucción de las VII y VIII regiones como la oportunidad para impulsar el desarrollo económico y educacional en dos de las regiones más pobres de Chile y espero que el discurso de seguridad en las faenas mineras no sea tan voluble como el fenómeno mediático en torno a los mineros de Copiapó.

Para terminar, me (y les) pregunto, como persona para quien la unidad nacional se traduce en la Roja, la Teletón y las onces de marraqueta con palta... ¿somos un país unido de verdad o para la tele?

Te lo dice,

R.F.S.K.
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