miércoles, 3 de noviembre de 2010

Cosas que se me quedan fuera de la tesis: El ejemplo de las iglesias evangélicas

Chile es un país que ofrece al espectador una imagen de homogeneidad cultural perpetua. Llevamos 200 años siendo un país mestizo-con-cara-de-blanco, católico, que baila cueca y que come marraqueta con palta. Si usted no se siente identificado con esta descripción, calleuque el loro o váyase de Chile, mire que la puerta es ancha…

… pero de los grupos minoritarios que queda fuera de tal descripción, sólo uno se ha organizado exitosamente para ganarse un espacio de reconocimiento y aceptación: los evangélicos.

En más de 150 años de presencia, las distintas denominaciones evangélicas han pasado de vivir en un país que prohibía todo otro culto que no fuera el católico (el libro “The protection of minorities” de J. A. Laponce considera este régimen el más prohibitivo en su época), a ser aceptados como parte importante de la religiosidad en Chile. Su unidad en la perseverancia por llevar su fe, en especial entre los más postergados, los ha llevado de ser discriminados a ser celebrados con un día nacional. Logros importantes también han sido el tener capellanías en distintas reparticiones públicas, el tener un Tedéum propio, el poder enseñar su religión en establecimientos de educación pública y la Ley de Culto, entre otros.

¿Cómo han pasado del rechazo a la aceptación, manteniendo firme su identidad? Actuando como grupo de presión política.

Como todo grupo minoritario, la población de fe evangélica tiene un fin trascendente. Sin embargo, a diferencia del resto de las minorías, ellos lo tienen muy presente porque define fuertemente su identidad personal (¡qué más radical en uno que su cosmovisión!) y actúan organizadamente en torno a dicho fin. Esto ha permitido, a diferencia de otras minorías, que no sean víctimas de la asimilación y que, por el contrario, realicen su labor evangélica que ha permitido el crecimiento del grupo.

La minoría evangélica no es indiferente al debate público: por un lado, han reconocido una situación de injusticia en cuanto al trato del Estado a las religiones; por otro, quieren hacerse presente en las discusiones morales con un punto de vista alternativo al de la Iglesia Católica (divorcio) o fortaleciendo una visión compartida por el Catolicismo (negativa al matrimonio homosexual). Si a eso le sumamos que los protestantes están conscientes de su relevancia demográfica (15% según el censo de 2002), podemos decir que pueden ofrecer un apoyo clave a cualquier candidato que incorpore dentro de su programa de gobierno sus reivindicaciones... y lo hacen. Esto ha permitido que durante los últimos 20 años la situación de las iglesias evangélicas haya mejorado considerablemente en términos de aceptación.

Es imposible considerar que ese 15%, o que al menos sus pastores, actúen y prediquen en forma disciplinada, pero la clase política ha actuado creyendo que sí lo hacen. Dos ejemplos de ello son la creación del Tedéum Evangélico, el que fue instituido en 1975 por Augusto Pinochet para aumentar su base de apoyo; y la actual negativa de la Concertación en apoyar un proyecto de matrimonio homosexual, por temor a perder el voto que abiertamente le da la Mesa Ampliada de Iglesias Evangélicas.

Como los evangélicos, existen varias minorías que exigen un trato justo de la sociedad y un espacio de aceptación. Como los evangélicos, existen grupos que tienen un fin trascendente a sus miembros y que quieren hacerlo realidad en este mundo (ES-TU-DIAN-TES, ¡ya pues!). Falta adquirir conciencia de grupo y reconocer que el espacio para hacer presente lo que consideramos justo es la política.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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