lunes, 30 de mayo de 2011

El empate (o El nuevo deporte nacional)

Uno de los recursos argumentativos más baratos, efectivos a corto plazo, pero odiosos para las personas con uno o más dedos de frente es el empate, el cual consiste en confrontar una situación con otra equivalente en bondad (“La U es el equipo con más aguante” “Pero Colo Colo ganó la Libertadores”) o maldad (“Fulano hizo mal su pega” “Pero tú hace tiempo hiciste lo mismo”) para bajar el perfil de la primera afirmación. En mi casa se usa bastante para evitar limpiar la cocina, en el fútbol se usa en el bizantino debate de qué equipo es mejor, en la vida se usa para el chaqueteo y en política se usa para evadir responsabilidades.

Desconozco cuándo se generalizó tanto. Quisiera saber quién es el hijo de puta tan perversamente inteligente que inventó este razonamiento. ¿Será algo generalizado entre las personas o es propiamente chileno? Hartas interrogantes, pero sin duda es algo creciente hoy, en tiempos en que nos vamos quedando sin argumentos propios para hacernos cargo de nuestros errores y no somos capaces de explicar el éxito ajeno (¿alguien dijo chaqueteo?).

A nivel público, es lamentable el uso de este recurso por parte del gobierno (de los DOS gobiernos). Entre 1990 y 2010, lo que hacía y deshacía la derecha era caca porque eran los seguidores de Pinochet, y como Pinochet fue terrible de malo, en verdad se trataba de un argumento convincente, pero chicle… y el chicle lo estiraron hasta cortarlo y perder credibilidad. Desde 2010, la Alianza se defiende de su mala gestión diciendo que heredaron los problemas de la Concertación, que esto (u otra cosa nada que ver con lo que les imputan) es culpa de la Concertación y que la Concertación no hizo antes nada al respecto.

Al final, todo es una pelota caliente de la que nadie se hace cargo, siendo la responsabilidad un concepto de papel. Lo peor es que los políticos después dicen que la única forma de premiarlos o castigarlos es con el voto. Rico el concepto de democracia de nuestros honorables…

El gobierno es un continuo. El que está ahora debe hacerse responsable de todo lo que recibe y de todo lo que hace hasta el día que entregue el poder. Echarle la culpa al del lado es fácil, de cobardes y evidencia la incapacidad de hacerse cargo de los problemas. Asumir la culpa de una gestión distinta es hacer la pega que le fue encomendada (porque Chile no se inventa cada 4 años), es de honestos y refleja el interés de trabajar más que el de figurar como un santo ante la opinión pública. Si se hizo bien, quizás se mantengan en el poder y la historia les guarde un buen sitial. Si se hizo mal, las alternativas van desde la derrota electoral hasta la cárcel. Bien simple.

Y en la vida es bien parecido a la política, aunque más desarrolladas las lealtades (porque algunos legitiman que la política es un espacio para hacerse bolsa). Si uno hace mal las cosas, nada tiene que ver lo malo que lo hizo el del lado. Si uno hace bien las cosas, puede ser meritorio de felicitación, con prescindencia del buen resultado del otro. Premiar lo bueno y reconvenir lo malo es lo que permite la evolución humana; no hacerlo es estancarnos en la mierda.

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Religión presidencial (o Desmitificando la separación Iglesia-Estado)

Leí hace un rato una columna de opinión sobre la religiosidad del discurso del Presidente Piñera ante la posibilidad de legislar sobre el matrimonio homosexual (http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/05/22/el-dios-del-presidente/). Esta opinión me hizo pensar un poco más sobre la compleja relación entre los credos religiosos (y sus adherentes fervorosos) y el Estado.

En primer lugar, pese a que se nos enseña que en Chile la Iglesia (Católica) y el Estado se encuentran separados desde 1925, la línea divisoria entre ambas instituciones no es clara en la Constitución de 1980. Mientras la anterior carta fundamental era explícita en la separación, la actual nada dice sobre la relación del Estado con la Iglesia: se limita a reconocer la libertad de conciencia, la manifestación de todas las creencias y el ejercicio libre de todos los cultos. Esto sin duda apunta a la tolerancia religiosa, pero no impide que desde el gobierno exista un discurso religioso que establezca a un credo en particular como el mejor para la sociedad.

En segundo lugar (y esperando ser lo más respetuoso posible), el hecho que el Cristianismo sea una religión proselitista hace compleja su relación con el Estado, pues nada le impide a la comunidad cristiana emplear la institucionalidad pública para buscar la salvación de las almas conforme a su proyecto. Es más, si fuera cristiano, aprovecharía el alcance que tiene el poder estatal en la ciudadanía para llevar el mensaje de salvación. Sin embargo, considero que un consenso en la sociedad occidental es que lo bueno y lo malo se discute dentro de algo a lo que todos podemos libremente optar sin comprometer nuestras cualidades subjetivas (lenguaje, raza, género, religión, etc.). Por eso, que el Estado diga que las drogas son malas porque matan neuronas es un discurso valórico aceptable, mientras que decir que el matrimonio es entre un hombre y una mujer porque la tradición cristiana lo dice es deplorable en términos democráticos.

Sintetizando lo anterior, no existe en Chile una garantía que le asegure a todas las personas que la discusión pública se hará sin atender a una particular cosmovisión. A la necesidad de una protección que le impida a las autoridades tener un discurso religioso, puede responderse lo siguiente:

  • “La democracia es el gobierno de la mayoría y en Chile los cristianos son mayoría”, argumento que en sí es poco democrático porque en democracia se respeta a las minorías, sobre todo en los procedimientos básicos de convivencia como la opinión pública.
  • “Toda afirmación valórica tiene un sustento religioso”, y es muy cierto, pero no es lo mismo decir “no al aborto porque la Iglesia lo dice” que “no al aborto porque es matar a una persona y la persona comienza a vivir desde la concepción”. Uno no es menos cristiano, musulmán o maradoniano si no explicita los derechos de autor de sus valores en pos de una mejor coexistencia religiosa. Uno es más ciudadano si explica las razones de una decisión en un lenguaje que todos puedan eventualmente comprometerse.
  • “Podemos terminar como Francia, donde la expresión pública de la religiosidad es perseguida”, pero eso es una pendiente resbaladiza. Todos estamos de acuerdo con los tres derechos religiosos que hoy están protegidos y no creo que asegurar un discurso estatal laico atente contra ellos. Es más, contribuye a entender que el fenómeno de la religión tiene un ámbito más propio, el de la fe y el culto, y que en el ámbito público, en el que se manifiestan en un conflicto inevitable, se debe adoptar un código que facilite los consensos en el funcionamiento democrático.

En conclusión, la separación entre la Iglesia y el Estado en Chile es hasta por ahí nomás. Corresponde actualizarla a una sociedad más diversa en ideologías y más exigente en razones.

Te lo dice,

R.F.S.K.

viernes, 20 de mayo de 2011

Solidaridad chilena (o Paren el hueveo)

Los argentinos son desinhibidos, los brasileños son alegres, los españoles son una jaula de gatos bajo un mismo rey, los mexicanos son simpáticos… ¿y los chilenos? Nosotros somos solidarios. Somos un pueblo que cada vez que está mal, se une desinteresadamente para ayudar a los demás. Dejamos las diferencias de todo tipo de lado con tal de poder hacer sentir mejor al que necesita. Cuando estamos juntos por las causas que nos convocan, nadie ni nada nos puede ganar y eso constituye nuestra virtud nacional, eso que hace a Chile el país pequeño más grande del mundo.

Sin embargo, algo nos pasa cuando queremos extender esa solidaridad televisiva hacia nuestra institucionalidad, sobre todo a las políticas sociales. Cuando se plantea subir los impuestos a quienes más tienen (y quienes más pueden dar en un país solidario) y bajarlos a quienes menos tienen, “es malo para los pobres y para la creación de empleo”. Cuando se busca reforzar el rol del Estado como institución cuyo fin es la búsqueda de la igualdad de oportunidades, “se crea un aparato ineficiente y se malgasta dinero que los privados pueden destinar mejor”. Lo peor es cuando se busca incorporar la solidaridad en el financiamiento de la salud, la educación y la previsión social: “no se nos puede obligar a ser solidarios, porque es contraproducente”.

No quiero caer en tecnicismos jurídicos, porque una vez tomado el café de sobremesa no hablo de leyes, pero es importante recordar que la ley, en ocasiones, nos obliga a ser solidarios cuando se estima que existe una responsabilidad compartida y cuando se quiere proveer a un acreedor de más patrimonios para ver resarcido su crédito. ¿Qué nos impide aplicar ese principio en la erradicación de la pobreza, cuando efectivamente la sociedad está en deuda con las clases que posterga y existen suficientes patrimonios para poder satisfacer a su necesidad basada en su dignidad?

En Europa, continente de gente pesada, racista y materialista, la mayoría de los países posee un sistema previsional basado en tres pilares: capitalización individual, aporte estatal y solidaridad entre los aportantes. La educación y la salud admiten la existencia del lucro en cuanto respete una base a la que todos puedan acceder, por lo que todos deben pagar impuestos proporcionales, pero eso no impide que personas funden su clínica o su colegio y puedan pagar por un mejor servicio que el estatal. Es más, los mayores costos que deben asumir las personas con discapacidad los asume abiertamente el Estado, porque es un compromiso social que no debe farandulizarse ni servir para hacer propaganda de la responsabilidad social empresarial. Si tanto miramos a Europa en algunas cosas, ¿por qué no hacerlo en esto?

¿Somos solidarios entonces? Diría “las pelotas”, pero por prescripción médica debo fijarme en las cosas buenas. La verdad es que somos solidarios cuando la luz roja de la cámara nos dice que lo seamos, cuando el contador nos dice que pagamos menos impuestos, cuando el del lado está metido en un proyecto y no puedo ser menos que él, cuando el chaqueteo del día a día llega a un punto muerto, cuando de arriba nos dicen que debemos dar para no irnos al infierno. Si se nos pide ser solidarios todos los días, por motivos más terrenales que celestiales y hay un político tras esto (porque todo lo político es malo), no soltamos un peso ni movemos un músculo.

Lo triste es que gran parte de las políticas sociales en Chile se basan en la defensa del individualismo. No hay pilar solidario en el sistema previsional, se estimó injusto destinar los excedentes de la cotización en las isapres a un fondo general y derechamente no hay solidaridad en el financiamiento de la educación (recuerdo a alguien que me ganó en una elección que dijo que "obligar a la gente a ser solidaria en el pago del arancel no es solidaridad". ¡Maldito voto hormonal!). Así, sólo acabaremos la pobreza simultáneamente con el hambre...

Te lo dice,

R.F.S.K.

lunes, 16 de mayo de 2011

Hidroaysén (o el candado chino verde)

La defensa del medio ambiente es a la izquierda lo que la defensa de los embriones es a la derecha: ambos consideran que se trata de un debate monocromático (blanco o negro), por lo que adoptan una posición necesariamente extrema; ambos descalifican a quienes disienten de ellos y ninguno de ellos plantea la posibilidad de una posición intermedia.

El ejemplo claro lo encontramos en el debate sobre Hidroaysén. La posición ecologista se ha colocado en una situación de defensa a ultranza de un modelo de desarrollo basado exclusivamente en energías renovables no convencionales, algo que suena lindo pero que para un país en vías de desarrollo como nuestra larga y angosta faja no resulta realista (aunque reconozco que no tengo los elementos de juicio para decir si la energía que tenemos hoy basta y sobra). Los ambientalistas consideran que la energía hidroeléctrica es moralmente incorrecta y que quienes la promueven son depredadores (cuando son menos que eso). Además, no han planteado ninguna alternativa real, a corto plazo y eficiente para proveer al Sistema Interconectado Central de más energía; más aún, no han planteado un modelo de desarrollo nacional distinto al de producción minera e industrial que se emplea hoy.

Estoy de acuerdo con muchas de las razones que se han dado para el rechazo a Hidroaysén. Además, me opongo a todas las artimañas que han empleado Endesa y Colbún para cumplir a toda costa con su proyecto (derechos de aguas, dineros irregulares a la población de la XI Región, promesas incumplibles como energía a bajo costo para Aysén, etc.); me opongo al valor de mercado que como sociedad le damos al agua (¿se lo daremos al aire también?) y me opongo a la forma en la que ha actuado Don Dinero en este episodio, algo que habla muy mal de la moralidad de nuestra clase dirigente.

Sin embargo, falta que quienes se juntan en Plaza Italia y sufren el embate de las lacrimógenas respondan a la pregunta del modelo energético y que respondan con qué quieren, no con lo que no quieren. Además, deben considerar que Chile no es Alemania, ni Holanda ni ninguno de los países que hoy sí desarrollan proyectos de energías renovables no convencionales, por lo que necesitamos de muchos megawatts y a bajo costo para poder responder al modelo de desarrollo existente.

En lo personal, me parece que hay que explorar la posibilidad nuclear en el norte, donde no hay medioambiente ni población humana que pueda sufrir un riesgo como el de Fukushima, pero ese soy yo. Otras alternativas pueden ser aumentar las áreas de protección ambiental, para transparentar las áreas donde sí se pueden hacer proyectos hidroeléctricos de mediana o gran escala; establecer incentivos tributarios para la creación de granjas eólicas y centrales geotérmicas (MENOS EN LOS GÉISERS DEL TATIO!!!) o subsidios para placas solares en los hogares; aprovechar el sueño chilote del puente para generar energía mareomotriz (en Francia se usan puentes sobre estrechos y bahías para construir centrales); etc.

La pregunta no es si queremos salvar el Baker y el Pascua para que todo chileno los conozca. La pregunta es qué modelo de desarrollo queremos y qué costo estamos dispuestos a asumir. Si queremos que hagan mierda todos los cerros del norte, nos da lo mismo apagar la luz o la calefacción y creemos que la solución a la pobreza es tener más industrias, no vayan a protestar en contra de Hidroaysén, porque lo necesitarán.

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 12 de mayo de 2011

Aquí vamos de nuevo (o cómo tropezarse con la misma piedra todos los años)

Nuevamente llegamos al mayo de las protestas universitarias, de las demandas con puño en alto hacia el gobierno, con la prensa dándole un enfoque policial a las movilizaciones y con la misma chimuchina de siempre. Al igual que la operación retorno del verano, que la venta de pescados y mariscos en semana santa y que las alzas de la bencina, los noticiarios no deberían molestarse en sacar a sus periodistas a terreno, porque unas imágenes de archivo bastan para ilustrar lo ocurrido hoy. Nada nuevo bajo el sol.

La respuesta de la autoridad es idéntica a la de otros gobiernos: “Jóvenes, les abrimos las puertas para dialogar (letra chica: pidan hora con el jefe de la división de educación superior del MINEDUC), pero vuelvan a estudiar porque saliendo a la calle no es la manera de hacer las cosas”. En unos días más, el Presidente va a hablar en el 21 de mayo diciendo que la educación está mal y que lanzará una supercalifragilisticoespialidosa reforma educacional (letra chica: lo mismo que dijo el año pasado) para tranquilizar a los estudiantes, que son el futuro de Chile. Nada nuevo bajo el sol (parte II).

Si lo que piden unos, responden otros y existe en la realidad es lo mismo, algo tiene que cambiar. El gobierno no lo va a hacer, ya sea porque no le interesa o porque se excusa en no tener los votos para hacerlo, por lo que le corresponde a los estudiantes, mejor dicho a los jóvenes, hacerlo.

Más allá de salir a la calle o no, veo varios problemas en la forma de movilizarse de los estudiantes, sean universitarios o secundarios:

1. Poca representatividad: Quienes se movilizan son, en su mayoría, los estudiantes de las universidades tradicionales agrupadas en la CONFECH y los estudiantes de los colegios públicos emblemáticos. La CONFECH carece de legitimidad ante la generalidad de los estudiantes, siendo vista más como algo negativo y como un antro de perdición de los dedicados a politiquería. Los de enseñanza media, por su parte, son los menos perjudicados por el sistema de educación municipal, buscando una suerte de chorreo en los beneficios (si benefician a los emblemáticos, benefician a todos). No se incorpora en el movimiento a los estudiantes de educación técnica, a los jóvenes que no se encuentran en la educación superior por las barreras de entrada existentes, ni a la intelligentsia que pudiera ser más determinante al momento de dialogar con la autoridad.

2. Discurso poco atractivo: Pese a que TODOS sabemos que la calidad de la educación en Chile es baja a nuestras expectativas y a lo que como sociedad en vías de desarrollo requerimos, las peticiones de los estudiantes organizados ahuyentan más que suman. Se trata de un discurso político elaborado y complejo en la opinión pública, porque no se entiende cómo la estatización de la educación (o el fin de la educación de mercado) va a favorecer la calidad de la educación. No es como el rechazo a Hidroaysén, la legalización del matrimonio homosexual o los paros por reajuste a los salarios de los empleados públicos; todas causas muy comprensibles y fáciles de casarse.

3. Falta de creatividad en las formas de acción: La CONFECH, para buscar reformar la educación, se enfoca en las movilizaciones. En algunas circunstancias, desarrolla un diálogo (inútil) con el MINEDUC. Sin embargo, no desarrolla formas en que la ciudadanía intervenga y apoye en su causa, formas que sí logran otras reivindicaciones. Me parecen ejemplar en este sentido las causas medioambientales: los ecologistas se han movido en todos los ámbitos existentes para hacer presente su postura acerca del desarrollo sustentable, desde marchas hasta los mismos medios de educación, golpeando las puertas de los congresistas y concitando apoyo internacional, al punto que lo ocurrido con Hidroaysén no nos deja indiferentes a nadie.

El problema educacional es POLÍTICO. Fortalecer la educación pública es una tarea cuya decisión va más allá de lo que cada uno como individuo pueda hacer. La decisión es del Ejecutivo o del Legislativo, por lo que no da lo mismo quién esté en La Moneda o sea mayoría en Valparaíso. Sin embargo, no existe una acción concreta del movimiento estudiantil que incentive la participación electoral, la educación democrática entre los jóvenes y un voto en bloque a favor de quienes apoyen una reforma de educación pública. Lo que es peor, algunos defienden la voluntariedad del voto.

Para terminar, una sugerencia. En Costa Rica acaban de aprobar una reforma constitucional que eleva el porcentaje mínimo del PIB que el Estado debe destinar para la educación pública: del 6% al 8%. En Chile sólo se destina el 3,8, así que muévanse por eso, brocas!

Creo que antes había escrito sobre esto…

Te lo dice,

R.F.S.K.
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