viernes, 20 de mayo de 2011

Solidaridad chilena (o Paren el hueveo)

Los argentinos son desinhibidos, los brasileños son alegres, los españoles son una jaula de gatos bajo un mismo rey, los mexicanos son simpáticos… ¿y los chilenos? Nosotros somos solidarios. Somos un pueblo que cada vez que está mal, se une desinteresadamente para ayudar a los demás. Dejamos las diferencias de todo tipo de lado con tal de poder hacer sentir mejor al que necesita. Cuando estamos juntos por las causas que nos convocan, nadie ni nada nos puede ganar y eso constituye nuestra virtud nacional, eso que hace a Chile el país pequeño más grande del mundo.

Sin embargo, algo nos pasa cuando queremos extender esa solidaridad televisiva hacia nuestra institucionalidad, sobre todo a las políticas sociales. Cuando se plantea subir los impuestos a quienes más tienen (y quienes más pueden dar en un país solidario) y bajarlos a quienes menos tienen, “es malo para los pobres y para la creación de empleo”. Cuando se busca reforzar el rol del Estado como institución cuyo fin es la búsqueda de la igualdad de oportunidades, “se crea un aparato ineficiente y se malgasta dinero que los privados pueden destinar mejor”. Lo peor es cuando se busca incorporar la solidaridad en el financiamiento de la salud, la educación y la previsión social: “no se nos puede obligar a ser solidarios, porque es contraproducente”.

No quiero caer en tecnicismos jurídicos, porque una vez tomado el café de sobremesa no hablo de leyes, pero es importante recordar que la ley, en ocasiones, nos obliga a ser solidarios cuando se estima que existe una responsabilidad compartida y cuando se quiere proveer a un acreedor de más patrimonios para ver resarcido su crédito. ¿Qué nos impide aplicar ese principio en la erradicación de la pobreza, cuando efectivamente la sociedad está en deuda con las clases que posterga y existen suficientes patrimonios para poder satisfacer a su necesidad basada en su dignidad?

En Europa, continente de gente pesada, racista y materialista, la mayoría de los países posee un sistema previsional basado en tres pilares: capitalización individual, aporte estatal y solidaridad entre los aportantes. La educación y la salud admiten la existencia del lucro en cuanto respete una base a la que todos puedan acceder, por lo que todos deben pagar impuestos proporcionales, pero eso no impide que personas funden su clínica o su colegio y puedan pagar por un mejor servicio que el estatal. Es más, los mayores costos que deben asumir las personas con discapacidad los asume abiertamente el Estado, porque es un compromiso social que no debe farandulizarse ni servir para hacer propaganda de la responsabilidad social empresarial. Si tanto miramos a Europa en algunas cosas, ¿por qué no hacerlo en esto?

¿Somos solidarios entonces? Diría “las pelotas”, pero por prescripción médica debo fijarme en las cosas buenas. La verdad es que somos solidarios cuando la luz roja de la cámara nos dice que lo seamos, cuando el contador nos dice que pagamos menos impuestos, cuando el del lado está metido en un proyecto y no puedo ser menos que él, cuando el chaqueteo del día a día llega a un punto muerto, cuando de arriba nos dicen que debemos dar para no irnos al infierno. Si se nos pide ser solidarios todos los días, por motivos más terrenales que celestiales y hay un político tras esto (porque todo lo político es malo), no soltamos un peso ni movemos un músculo.

Lo triste es que gran parte de las políticas sociales en Chile se basan en la defensa del individualismo. No hay pilar solidario en el sistema previsional, se estimó injusto destinar los excedentes de la cotización en las isapres a un fondo general y derechamente no hay solidaridad en el financiamiento de la educación (recuerdo a alguien que me ganó en una elección que dijo que "obligar a la gente a ser solidaria en el pago del arancel no es solidaridad". ¡Maldito voto hormonal!). Así, sólo acabaremos la pobreza simultáneamente con el hambre...

Te lo dice,

R.F.S.K.
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