miércoles, 15 de junio de 2011

Democracia chilena (o Una verdad incómoda)

Debido a una posible invasión a Suecia, el Presidente envía un proyecto de ley para reinstituir la conscripción obligatoria de todos los varones adultos, sin excepción, sancionando como traición a la patria el evadirla. La Liga de la Justicia, coalición de gobierno, votará a favor como señal de fidelidad a su líder. Los Superamigos, coalición de oposición, votarán a favor para no quedar como antipatriotas y porque en política exterior no corresponde restarse por pequeñeces. Por unanimidad, se aprueba la ley. Si quieren, le pongo más color, el Tribunal Constitucional decretó la constitucionalidad de la ley…

Como pacifista, ¿qué puedo hacer para oponerme a esta ley? El Presidente no me va a pescar. Los congresistas van a decir que actuaron conforme al poder que el pueblo les dio mediante el voto (aunque quizás un diputado haga huelga de hambre conmigo). Los tribunales van a decir que no se meten en cuestiones políticas y que la ley pareja y constitucional no es dura. Si me organizo, la probabilidad de influir en el cambio de la ley es poca. Si salgo a la calle, la televisión no grabará cuando haga un sit-in frente a La Moneda, sino cuando reacciono ante los lumazos de Carabineros. Al final, quedaré como un tipo que se pone al margen de la ley y de los intereses del país, cuando lo único que buscaba era actuar de acuerdo a mis convicciones legítimas y respetando la institucionalidad. Si no termino cediendo, me iré preso o tendré que pedir asilo político.

Lo que acabo de describir no es caricatura, sino que es la realidad que enfrentan todas aquellas personas que desean manifestar en mayor o menor medida su descontento. Tenemos que amarrarnos por 4 años a nuestro voto, sin que tengamos forma alguna de poder influir a la formación de una mayoría circunstancial sobre un tema en particular o la posibilidad de contribuir a la voluntad de nuestros representantes. Incluso ejercer legítimamente nuestras libertades de expresión y reunión son algo peyorativo para los destinatarios de nuestro voto.

Para poder cambiar esta situación, el actual sistema nos invita a organizarnos y votar por los candidatos que estén de acuerdo con la ampliación de la democracia. No sólo eso, debemos lograr más de dos tercios de senadores y diputados en ambas Cámaras. Sin embargo, el alto grado de compenetración (por no decir confabulación) existente entre las dos coaliciones mayoritarias y la existencia de un sistema electoral que no favorece la formación de mayorías hace ilusorio que se pueda cambiar el modelo de democracia procedimental a uno más sustancial, en el que todos tengan la posibilidad de ser una mayoría circunstancial y, en caso que no, poder recurrir a la autoridad de una manera más que simbólica.

Pareciera ser que Chile no es tan democrático que digamos, si por democracia entendemos una forma de vida y no el simple acto de elegir a nuestras autoridades.

¿Fue siempre así la cosa? Casi, porque antes existían dos mecanismos institucionales de descontento: las elecciones parlamentarias de medio período y las elecciones complementarias. Las segundas fueron eliminadas porque se consideró que el Naranjazo fue el inicio del quiebre institucional en Chile. Las primeras fueron eliminadas con la reducción del período presidencial a 4 años, sin que se previera el efecto beneficioso de tener una oportunidad de formar nuevas mayorías y de evaluar al gobierno de turno.

¿Qué nos queda por hacer? Quiero dejar la pregunta abierta, porque el blindaje de la democracia es tan firme que nos invita a la imaginación.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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