lunes, 6 de junio de 2011

Estadios vacíos (o La triste historia del fútbol chileno)

Ponte cómodo a ver cualquier partido importante del campeonato nacional, preferiblemente de los equipos grandes. Durante la previa, los periodistas, además de calentar el ambiente, se abocarán a un análisis demográfico del público asistente. El periodista de cancha tratará de calcular al ojímetro cuánto público hay. Si hay menos de 30.000 en un clásico o menos de 10.000 en un partido normal, se dedicarán a criticar a las barras bravas, a las instituciones que las amparan y harán un llamado a la nostalgia, recordando los tiempos en que la familia iba a apoyar al viejo y querido Magallanes y que los hinchas de galucha tenían (con suerte) uno o dos gritos…

Desde que comenzó el fenómeno de las barras bravas, a comienzos de los 90, se insertó la idea de violencia en los estadios, cuya consecuencia directa sería la ausencia de público en los partidos de clubes. Desde entonces, tanto el Estado como la ANFP y los clubes han desarrollado acciones para evitar que estos vándalos asistan al fútbol y para darle seguridad a las familias Riquelme, Miranda y Poblete que puedan disfrutar de nuestro pasatiempo nacional favorito como lo hacían antes. El caso más absurdo es la Ley de Violencia en los Estadios, donde incluso se han ido presos jugadores y árbitros por agarrarse a combos (absurdo, ¿no?).

Pongamos un ejemplo: Juega Colo Colo contra La Serena. Se supone que no hay rivalidad entre las barras, por lo que no irá la Garra Blanca con ánimo de violarse al contrario. El colocolino de corazón, ese que se sabe de memoria el plantel del ’91 y que le tiene camiseta alba al regalón, debería sentirse llamado a ir al estadio, más aún si sabe que puede ir a Andes o a la galería sur, donde el rival nunca llena. Sin embargo, nunca van más de 10.000 personas en condiciones que no hay riesgo alguno.

¿Barras bravas? Yo creo que la cosa va por otro lado:

  • Los chilenos cambiamos nuestro tiempo libre: Antes de los 90, habían pocos malls, las películas llegaban tarde o nunca al cine, la casa de campo o veraneo era un lujo de muchos menos que ahora y no existía televisión por cable. El fútbol era claramente un panorama obligado para la entretención masculina.
  • El futbolero tiene un horizonte más amplio: Gracias al cable y a la amabilidad de algunos canales nacionales, podemos ver los lujos de Messi, los goles de Cristiano Ronaldo y seguir al equipo de turno de Pellegrini. Esto hace que el fútbol criollo se vea en su cruda realidad: como un fútbol sin velocidad, de poca técnica y de jugadores campeones del piscinazo.
  • El CDF: Más que el hecho de transmitir los partidos, el problema del CDF ha sido que sus dineros financian casi totalmente a los clubes chilenos. Hoy, a clubes como Santiago Morning o Palestino, de esporádica asistencia, no les interesa atraer público, porque la plantilla se paga con lo que se reparte por concepto de televisión.
  • Las S.A. no saben cuál es el negocio del fútbol: Las grandes concesionarias se han enfocado en la transferencia de jugadores a mejor precio que el de incorporación, cuyas ganancias son relativas. No se contempla el merchandising, espectáculos alternativos como la firma de autógrafos o un diseño similar al de los malls anexo al estadio, todas cosas que sirven de gancho para que el público asista cada fin de semana.

Para terminar, unas palabras para la solución inglesa. Siempre se dice que ellos resolvieron la violencia en los estadios (donde fallecían decenas de personas en estampidas humanas, lo que felizmente nunca ha ocurrido en Chile) gracias a dos políticas: estadios mejor habilitados y empadronamiento de hinchas. Sin embargo, el público en Inglaterra nunca dejó de ir al estadio porque el espectáculo siempre fue de calidad. Por esto, la solución a los estadios vacíos no depende de mejores leyes, sino de mejores equipos.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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