miércoles, 27 de julio de 2011

¿Quieren mejor democracia? ¡Reformen el reemplazo parlamentario!

El reemplazo parlamentario es un mecanismo constitucional que dice mucho de la democracia de un país. Se trata de una forma excepcional de regular el poder soberano conferido al Congreso, de modo que conserve su naturaleza representativa. Una democracia amplia buscará una forma en la que la soberanía popular se vea respetada, al menos indirectamente; mientras que una democracia restringida interpondrá instancias entre la ciudadanía y el Congreso para la provisión del cargo.

El reemplazo parlamentario es uno de los mecanismos más reformados de nuestra institucionalidad. Durante la Constitución de 1833, hubo 3 fórmulas: inexistencia de reemplazos de diputados (1833); senadores y diputados suplentes electos junto a los titulares (1874) y elecciones complementarias (1888). En la Constitución de 1925, se mantuvo esta última fórmula, la cual cayó en desgracia para algunos sectores políticos por contribuir a la polarización del país, particularmente con el triunfo del candidato socialista Óscar Naranjo en el conservador distrito de Curicó en la elección complementaria de 1964, el cual motivó a la derecha a aliarse con la DC en contra de una posible elección de Salvador Allende. Por esto, la Constitución hoy dice expresamente que “en ningún caso procederán elecciones complementarias”.

Con la Constitución de 1980 comienza la involución democrática del mecanismo. Originalmente, el reemplazo lo efectuaba la cámara respectiva por la mayoría absoluta de sus integrantes. En 1989, buscando un mayor respeto de la voluntad ciudadana, se estableció que el compañero de lista del parlamentario faltante sería quien completara la vacante y, en caso de doblaje, que el partido de dicho parlamentario nominaría una terna dentro de la cual la cámara respectiva debía elegir. Desde 2005, es el partido político del parlamentario faltante el que designa al reemplazante.

¿Cómo llegamos a esta sexta fórmula? El principal antecedente lo encontramos en el reemplazo del destituido Senador Jorge Lavandero: su compañero de lista, Guillermo Vásquez (PRSD) sólo había obtenido el 4,17% de los votos, mientras que Lavandero había sido primera mayoría con el 35,34%. Este reemplazo fue percibido transversalmente como una distorsión del resultado electoral, pues la mayoría de los votos en la Concertación habían sido hacia un candidato de la DC. Para subsanar esto a futuro, se acordó que el partido debía nombrar al reemplazante.

¿Cuáles son los problemas de esta fórmula? Primero, se consolida la idea del traspaso de la soberanía hacia los partidos políticos, los cuales son instituciones a las que el ciudadano no puede exigir cuentas de sus actos ni hacer efectiva su responsabilidad. Segundo, al quedar la cuestión del reemplazo en manos de los consejos políticos de los partidos, el reemplazante es generalmente un político más respetado por sus correligionarios que aprobado por sus representados (casos de Carlos Larraín, Gonzalo Uriarte, etc.). Tercero, si consideramos que la tasa de reelección es alta, puede ser un mecanismo para que un partido potencie a un candidato para una elección venidera, lo que genera la idea de propiedad de un partido sobre un escaño (casos de Marcelo Schilling y Felipe Harboe).

Las recientes vacancias producidas por las renuncias de Andrés Chadwick y Pablo Longueira constituyen uno de los casos más irregulares de reemplazo: la mesa directiva de la UDI ha sido acusada de violar sus estatutos tras la incorporación de sus ex-presidentes en su consejo ampliado de junio, lo que está en conocimiento de la justicia electoral. En otras palabras, quienes se encuentran hoy en facultad de nombrar a dos senadores son personas que podrían no tener siquiera la autoridad para hacerlo. Ante esto, los ciudadanos de Santiago Oriente y O’Higgins no pueden reclamar y es posible que tengamos dos senadores que, además de designados, sean ilegítimos.

El reemplazo parlamentario es uno de los peores botones de muestra de nuestra democracia, pues refleja que nuestra institucionalidad está fundada en la confianza ciega de la ciudadanía hacia nuestros cuestionables partidos políticos más que hacia las personas. Afortunadamente, su reiterado uso está generando la necesidad de su sustitución. El Presidente Piñera acaba de proponer el retorno de los parlamentarios suplentes, lo que es mejor a lo que hay. Sin embargo, si realmente creemos en la democracia y dejamos de vivir de nuestros traumas pre-1973, lo óptimo sería darle una nueva oportunidad a las elecciones complementarias.

Te lo dice, con harto frío,

R.F.S.K.



viernes, 22 de julio de 2011

#Hagamoscreíblelapolítica, Parte II

Antes de llamar a creer en personas e instituciones que se encuentran totalmente descreditadas ante los ojos de la ciudadanía, quienes consideramos que la justicia social se busca en política debemos promover los cambios que eliminen las aprehensiones razonables que tiene la gente sobre la política. Como la política la hacen los políticos, más que un cambio de principios, se trata de un cambio EN las personas y DE las personas.

Aprehensiones hay muchas: que los políticos venden la pomada en elecciones y después brillan por su ausencia, que los políticos son poco consecuentes con los principios de sus partidos, que ante los políticos es más importante el lobby de un empresario que la opinión de un poblador, que algunos políticos no conocen su zona y legislan con ojos de santiaguino, que hay mucha gente que se mete en política para que les den pega, que los políticos son capaces de todo con tal de recibir un cargo, que las cosas en política se arreglan con un cafecito o reuniendo a los ex-compañeros de curso y muchas otras que no dejarían títere con cabeza en Valparaíso o en Santiago.

Muchos tienden a echarle la culpa al empedrado diciendo que el sistema no ofrece incentivos para hacer las cosas mejor… y en casos en que no hay como argumentar, le echan la culpa al gran culpable de todo desde que falleció Mi General: el sistema binominal. ¡Las pelotas! Si los partidos fueran lo suficientemente abiertos, igualitarios y empáticos con la gente, para lo que no se requiere de ninguna ley, quizás hoy día no sentiríamos que vivimos en una olla de presión política.

De lo anterior, mis 3 humildes principios centrales para los partidos políticos democráticos:

Apertura: Los partidos deben estar abiertos a que cualquiera que quiera aportar efectivamente dentro de sus principios lo pueda hacer. A su vez, las jerarquías partidarias deben estar abiertas a críticas y sugerencias de todo el que quiera hacerlo, pues el sistema electoral hace que los ciudadanos voten por partidos y coaliciones, no por personas. También, deben existir todas las instancias posibles para que sus representantes y autoridades expliquen sus medidas y puedan ser reconvenidos por sus partidarios. Pero lo más importante es que hayan primarias abiertas y obligatorias para elegir candidatos a cargos de elección popular.

Igualdad: Cada militante debe tener el mismo valor para la toma de decisiones del partido y cada ciudadano simpatizante debe tener la misma voz para hacer presente sus inquietudes al partido que los representa. Las directivas de los partidos deben tener instancias reales de diálogo y trabajo con cada sector de la sociedad (juventudes, mujeres, adultos mayores, juntas de vecinos, etc.) y no pueden ser elegidas por consejos políticos, pues equivale a decir que hay unos más importantes que otros. El mérito debe ser un principio esencial, pues sólo así tendremos partidos que puedan promover la justicia social.

Empatía: Los problemas de los chilenos son los problemas del partido. Es el partido el que debe llegar a las personas y no las personas al partido. Por esto, su institucionalidad debe estar dirigida a que la inquietud de la gente llegue al partido y éste actúe en base a dicha inquietud interpretada por los principios básicos. Si esto no ocurre, la gente puede reclamar al partido y los militantes pueden quitarle el voto de confianza a su directiva o representantes. Además, el partido deberá desarrollar acciones de empoderamiento abiertas a todas las personas, de modo de desarrollar una confianza recíproca entre el partido y las personas.

Podemos discutir cuáles son las medidas que permiten alcanzar de mejor manera estos tres principios, pero por mejorar en estos tres aspectos pasa la calidad de la política y de la democracia en Chile. Son todos aspectos que dependen de la voluntad de quienes están a cargo de los partidos, pero también de quienes pueden ingresar y convencer a otras personas (lo que prefiero llamar "tomarse los partidos"). Quizás eso requiera previamente que algunos valientes metan las manos en la mierda para revitalizar a instituciones acomodadas y alejadas de la realidad, pero son los partidos y los políticos los que tienen que cambiar para ganarse la confianza de la gente y no al revés.

Te lo dice, deseándote un feliz fin de semana,

R.F.S.K.



miércoles, 20 de julio de 2011

#Hagamoscreíblelapolítica

Hace algunos días que me he venido fijando en una consigna en formato twittero para recuperar el sitial de la política en la vida de las personas: #Creoenlapolítica. Como no creo en la buena voluntad "pura" en política, de esa misma buena voluntad con la que uno hace favores sin esperar nada a cambio, supuse que podía haber una organización detrás, por lo que entré a desconfiar de ella. Algunas personas me han dicho que, por el perfil de la gente que usa la consigna, se trataría de una campaña motivada por gente de la DC... y como prefiero a los de Marvel, no les seguí la corriente.

Decir #Creoenlapolítica es lo mismo que si dijeramos #Creoenlaeconomía, #Creoenlaeducación o #Creoeneldeporte: son espacios que están siempre presentes, de los somos parte sin querer (cuando compro, creo en la economía; cuando leo, creo en la educación; cuando camino más rápido que de costumbre, creo en el deporte) y que son valóricamente neutros (no somos mejores ni peores personas si actuamos o dejamos de actuar conscientemente en ellos). Incluso la política es aún más omnicomprensiva: si yo decido no actuar en ningún espacio de la vida humana y me retiro a una isla a vivir solo es claramente un acto político. Por eso, invitar a la gente a creer en la política es equivalente a decir "crean en lo que están haciendo".

Por ahí no va la cosa...

Si queremos que la gente viva la política, la cosa va por decir #Creoenlaparticipaciónciudadana (una forma básica de política en sociedad), #Creoenlospartidospolíticos (otra, de las más clásicas y que #creoqueporahívaelmensajedeellos), #Creoenunanuevaconstitución (mi propia creencia) o #Creoensacarmelacrestaparahacerquelascosascambien (la mejor creencia, porque antes que creer en un espacio hay que creer en uno mismo). Cada una de estas 4 creencias son verdaderas invitaciones a que la gente se despegue de su cómodo asiento, vea su entorno, haga un diagnóstico y actúe en base a las cosas que están mal en términos de justicia social. Llamar a creer en la política en sí no es sinónimo de cambio, si eso es lo que realmente buscamos.

Además, antes que invitar a creer en la política, quienes sentimos que actuamos conscientemente en política debemos HACER CREÍBLE LA POLÍTICA. Hoy día las instituciones políticas están desprestigiadas por culpa del clientelismo, del compadrazgo, de la desconexión entre representantes y ciudadanía y de la escasa posibilidad de participación real de las personas en las decisiones del país. Si invitamos a creer en la política, estamos invitando a creer en los políticos y en las instituciones que hoy tenemos y que irónicamente han perdido credibilidad, por lo que #creoenlapolítica parece mas bien un llamado de las barras bravas políticas y no una iniciativa transformadora.

¿Cómo hacer creíble la política? Más trabajo y menos chaqueteo. Más coraje y menos miedo. Más meritocracia y menos pituto. Más viejos-jóvenes y menos jóvenes-viejos. Más puerta a puerta y menos encuentros de ex-alumnos. Más motivados y menos iluminados. Más democracia y menos dedocracia. Más humildad y menos soberbia. Más de lo que falta y menos de lo mismo...

Te lo dice,

R.F.S.K.



lunes, 11 de julio de 2011

Cambio de switch

La agitación social de 2011 ha logrado generar una imagen negativa sobre la esfera pública en Chile: nuestro gobierno es pésimo, nuestros representantes se representan a ellos mismos, todos los empresarios son malos, el futuro de Chile son unos desadaptados conducidos por unos pocos termocéfalos, hay que protegerse del terrorismo tanto en el sur como en la capital y nadie está preocupado por "los problemas de la gente" (lo coloco entre comillas porque, para algunos, es un concepto súper claro). La imagen es tan negativa que logra opacar algo positivo que tenemos y que se requiere con urgencia en Grecia, España y, al parecer, en Estados Unidos: buenos índices macroeconómicos.

Es difícil saber si estamos tan bien como algunos ciegos a la realidad pueden creer o si estamos tan mal como otros empecinados andan pregonando. Podemos encontrar millones de parámetros para ser los mejores o los peores, pero no somos ni Suiza ni Suazilandia: somos Chile y eso generalmente significa estar más o menos bien.

Estando más o menos bien, lamentablemente en el discurso se ha perdido lo bueno, lo positivo, lo esperanzador. Todos hoy estamos más en contra que a favor, porque a veces no sabemos qué nos une o porque estar en contra prende más. Todos manifestamos una desconfianza general en lugar de encontrar algo rescatable. Todos nos ponemos firmes en nuestra verdad obcecada, cuando ante la diferencia razonable es mejor negociar. Todos contribuimos a decir que el otro está al margen de la ley para así justificar nuestros excesos. Todos esperamos recibir, pero no nos gusta dar. Como guinda de la torta... si hay problemas, no son nuestros: son del otro.

En la política, como en la vida, es necesario invitar al otro a creer en algo, porque la política es el espacio donde queremos lograr plasmar y desarrollar nuestra idea del bien común, que implica la creación de un mejor estado de cosas. Ese esfuerzo, por supuesto, requiere de la construcción y de la crítica en su justo equilibrio, pero no podemos quedarnos únicamente en la interpelación incesante ni en la autocomplacencia sin fundamento. Tanto una posición como la otra nos dirige a la mediocridad y es ésta la que hoy tiene alejados a gran parte de la sociedad de la actividad más gravitante en la vida de las personas.

Quienes queremos aportar en política debemos hacer un cambio de switch y detenernos a pensar si con nuestro granito de arena estamos ayudando a que la gente debata, se dirija a sus autoridades, participe en elecciones y se agrupe con otros en torno a una causa o en un partido político. Digo esto porque quienes escribimos y debatimos somos también responsables de la falta de confianza de la ciudadanía en la política y en sus instituciones, al no destacar razonablemente lo bueno que se hace ni presentar alternativas para que la gente deposite su confianza perdida en otros. En tiempos en que las bases de nuestra institucionalidad están siendo cuestionadas y que pueden venir reformas cruciales para el futuro de Chile, es vital hacer de la política un espacio con todos y no sólo con los que están.

Te lo dice,

R.F.S.K.



jueves, 7 de julio de 2011

En busca de la oposición perdida

“Palos porque bogas y palos porque no bogas”. Esta expresión es la que mejor refleja la actitud de la Concertación en su actual calidad de oposición: cualquier cosa que haga o deje de hacer el gobierno, para la Concertación es mala y debe ser basureada a nivel de opinión pública. Desde las viejas glorias, pasando por sus altos mandos y terminando en sus juventudes y activistas, todos están esforzados en un “NO al gobierno”, carente de argumentación.

Precisamente lo anterior explica que, a pesar del bajo apoyo a la Coalición por el Cambio, la Concertación tenga un aún más bajo apoyo ciudadano: 22%.

Uno podría pensar que una oposición queda restringida de acción por el régimen presidencial, en el que senadores y diputados carecen de suficiente iniciativa para desarrollar medidas distintas a las del gobierno. De hecho, no fueron muy distintos los 20 años de oposición de la entonces Alianza por Chile: le negaron el pan y el agua a la Concertación, sólo apoyaban en la medida que se formara una gran ronda que los incluyera en el éxito de los consensos y establecieron temas en los que no iban a colaborar, como el régimen político y el rol del Estado en la economía. Sin embargo, existían figuras políticas destinadas a destruir y otras a construir, en este último grupo principalmente alcaldes y personas con sensibilidad social. Esto último no existe en la Concertación actualmente: todos están, de una u otra manera, unidos en contra del gobierno.

Por otro lado, no es fácil saber a favor de qué se encuentra hoy la Concertación hacia el futuro. No existe una unidad en torno a las libertades civiles, modelo económico, sistema político y reformas sociales. Esto se demuestra con los votos y abstenciones de la Concertación que han permitido aprobar medidas del gobierno, como ocurrió con el Convenio UPOV 91 sobre las semillas, con el royalty minero para la reconstrucción y con el reajuste para los empleados públicos. Además, ante los movimientos sociales, la Concertación se encuentra francamente dividida, no pudiendo ser la voz de la ciudadanía en estos temas.

El gran problema de la Concertación es su falta de moral para criticar. Critican la política energética, cuando ellos son los responsables de irregularidades como las de Ralco y de innumerables termoeléctricas. Critican la política educacional, cuando ellos aprobaron medidas como el crédito con aval del Estado y no tuvieron el coraje para plantear reformas estructurales a la administración educacional. Critican las soluciones de parche, cuando el gobierno pasado se dedicó a los bonos. Critican que el gobierno ha puesto en venta al país, cuando todos sabemos quiénes privatizaron la luz, el agua y las carreteras. Critican lo antidemocrático de este gobierno, cuando la Concertación no se la jugó por una democracia directa y establecía primarias más arregladas que elección de la FIFA. Así, es difícil creerle a las directivas de la Concertación cuando hablan con tanta soltura sobre todos estos temas.

La Concertación ha tenido la oportunidad de replantearse ante la ciudadanía tras su derrota electoral, la que se debe en buena parte a la soberbia y la mediocridad. Sin embargo, llevamos un año y medio y no parecieran haber avances, pues quienes nos consideramos opositores a este gobierno no encontramos señales de confianza en una coalición que se mantiene incólume en su forma, disgregada en su fondo, desconectada con la ciudadanía y coludida con los círculos de poder. Esperemos que el otro dato importante de las encuestas, la existencia de más de un 50% de la población que rechaza a las dos coaliciones tradicionales, sirva para la conformación de un nuevo movimiento político por la justicia social.

Te lo dice,

R.F.S.K.



domingo, 3 de julio de 2011

Fantasías neoliberales de ayer y hoy

Una de las principales reformas durante los últimos cincuenta años ha sido la implantación del modelo económico neoliberal. Se trata de una de las bases del consenso político que le ha dado gobernabilidad a Chile y un desarrollo económico mayor al de los demás países de América Latina. Llega a ser tan alabada esta reforma que, para muchos, es la mayor y mejor herencia del régimen militar, al punto de ser acogida por la Concertación, con leves reparos en lo social y con profundización en otros aspectos como los tratados de libre comercio y las concesiones en materia de servicios públicos.

La crisis educacional constituye el primer cuestionamiento de peso a la validez del modelo económico. Hasta antes, la crítica sólo existía dentro de grupos extraparlamentarios, pero hoy, cuando existe amplia literatura científica y políticamente transversal que vincula la desigualdad económica con la estructura educacional y el rol mínimamente subsidiario del Estado, se ha detectado una fisura de fondo en la manera en que las políticas neoliberales abordan aspectos claves para la justicia social.

En mi opinión, uno de los problemas del modelo neoliberal lo encontramos en su falta de realidad y conexión con la sociedad chilena.

Si consideramos a Estados Unidos como país de origen del neoliberalismo puro y duro, entenderemos mejor su aplicación. En EE.UU., el pavor a la acción estatal existe desde que los peregrinos escaparon de Inglaterra y se refleja hoy en una cultura basada en la propiedad como expresión de libertad. En EE.UU., además, existe una ética protestante muy fuerte: el trabajo y el éxito personal es una señal de salvación, por lo que uno no debe vivir esperando del otro si ha sido bendecido con la gracia de la fe. Esta idea, reforzada con la inexistencia de privilegios, genera una estructura económica tendiente a la meritocracia y a una consiguiente movilidad social. Por eso, no es extraño que se crea en el chorreo: es lo natural y obvio.

Yéndonos a Chile, la realidad es distinta. En Chile no existe un gran miedo al Estado o a un poder omnicomprensivo, pues desde la relación entre metrópoli y colonia, pasando por la de patrón y peón, hasta la que hoy tiene un individuo con el Estado, existe una suerte de amor y odio: cuando nos la podemos, bien; cuando no, recurrimos al que nos puede dar. Además, la cultura meritocrática no es tal: por siglos, el que no tenía estaba condenado a no tener y a vivir de la buena voluntad del que sí tenía; hoy, el Estado puede ayudar al que no tiene mediante servicios básicos y un sistema de educación, pero que aún así replica clases sociales de escasa movilidad. Así, es difícil pensar que el éxito de uno se va a transmitir al otro.

Lo que no deja de sorprender es que ni la cuna del neoliberalismo comulga con la versión ortodoxa que se ha buscado aplicar en Chile. En Estados Unidos existen sistemas públicos de educación que favorecen la interacción social, la infraestructura vial es un asunto de Estado, el 89% de los americanos consume agua potable de una empresa pública y el transporte público está financiado conjuntamente por las ciudades, estados y gobierno federal. ¿Por qué? Porque todos deben tener su justa y real oportunidad para desarrollar su individualidad.

La historia nos ha enseñado que, por más cambios que una sociedad quiera promover o impedir, existe una cultura en ella que debe tenerse en cuenta. Si el tiempo y forma son los adecuados y si la sociedad está conforme, es posible desarrollar tales reformas de modo exitoso. Si lo planteado es completamente ajeno a dicha cultura y es resistido por la ciudadanía, la reforma está condenada a muerte y ni siquiera será posible imponerla mediante la fuerza. El modelo neoliberal, ajeno a la necesidad real en Chile de la ayuda del otro para sobrevivir e impuesto en su variante más radical, pareciera ser una reforma que requiere revisión.

Te lo dice,

R.F.S.K.



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