domingo, 3 de julio de 2011

Fantasías neoliberales de ayer y hoy

Una de las principales reformas durante los últimos cincuenta años ha sido la implantación del modelo económico neoliberal. Se trata de una de las bases del consenso político que le ha dado gobernabilidad a Chile y un desarrollo económico mayor al de los demás países de América Latina. Llega a ser tan alabada esta reforma que, para muchos, es la mayor y mejor herencia del régimen militar, al punto de ser acogida por la Concertación, con leves reparos en lo social y con profundización en otros aspectos como los tratados de libre comercio y las concesiones en materia de servicios públicos.

La crisis educacional constituye el primer cuestionamiento de peso a la validez del modelo económico. Hasta antes, la crítica sólo existía dentro de grupos extraparlamentarios, pero hoy, cuando existe amplia literatura científica y políticamente transversal que vincula la desigualdad económica con la estructura educacional y el rol mínimamente subsidiario del Estado, se ha detectado una fisura de fondo en la manera en que las políticas neoliberales abordan aspectos claves para la justicia social.

En mi opinión, uno de los problemas del modelo neoliberal lo encontramos en su falta de realidad y conexión con la sociedad chilena.

Si consideramos a Estados Unidos como país de origen del neoliberalismo puro y duro, entenderemos mejor su aplicación. En EE.UU., el pavor a la acción estatal existe desde que los peregrinos escaparon de Inglaterra y se refleja hoy en una cultura basada en la propiedad como expresión de libertad. En EE.UU., además, existe una ética protestante muy fuerte: el trabajo y el éxito personal es una señal de salvación, por lo que uno no debe vivir esperando del otro si ha sido bendecido con la gracia de la fe. Esta idea, reforzada con la inexistencia de privilegios, genera una estructura económica tendiente a la meritocracia y a una consiguiente movilidad social. Por eso, no es extraño que se crea en el chorreo: es lo natural y obvio.

Yéndonos a Chile, la realidad es distinta. En Chile no existe un gran miedo al Estado o a un poder omnicomprensivo, pues desde la relación entre metrópoli y colonia, pasando por la de patrón y peón, hasta la que hoy tiene un individuo con el Estado, existe una suerte de amor y odio: cuando nos la podemos, bien; cuando no, recurrimos al que nos puede dar. Además, la cultura meritocrática no es tal: por siglos, el que no tenía estaba condenado a no tener y a vivir de la buena voluntad del que sí tenía; hoy, el Estado puede ayudar al que no tiene mediante servicios básicos y un sistema de educación, pero que aún así replica clases sociales de escasa movilidad. Así, es difícil pensar que el éxito de uno se va a transmitir al otro.

Lo que no deja de sorprender es que ni la cuna del neoliberalismo comulga con la versión ortodoxa que se ha buscado aplicar en Chile. En Estados Unidos existen sistemas públicos de educación que favorecen la interacción social, la infraestructura vial es un asunto de Estado, el 89% de los americanos consume agua potable de una empresa pública y el transporte público está financiado conjuntamente por las ciudades, estados y gobierno federal. ¿Por qué? Porque todos deben tener su justa y real oportunidad para desarrollar su individualidad.

La historia nos ha enseñado que, por más cambios que una sociedad quiera promover o impedir, existe una cultura en ella que debe tenerse en cuenta. Si el tiempo y forma son los adecuados y si la sociedad está conforme, es posible desarrollar tales reformas de modo exitoso. Si lo planteado es completamente ajeno a dicha cultura y es resistido por la ciudadanía, la reforma está condenada a muerte y ni siquiera será posible imponerla mediante la fuerza. El modelo neoliberal, ajeno a la necesidad real en Chile de la ayuda del otro para sobrevivir e impuesto en su variante más radical, pareciera ser una reforma que requiere revisión.

Te lo dice,

R.F.S.K.



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