martes, 21 de junio de 2011

Todo lo que necesitas es amor... y una nueva Constitución

¿Qué tienen en común las manifestaciones sociales en contra de Hidroaysén y a favor de la educación pública, el matrimonio igualitario y los pueblos indígenas? Fuera de la Alameda como escenario, todas ellas envuelven un anhelo de cambio a la forma en que las instituciones políticas resuelven los problemas: en el caso de Hidroaysén, los manifestantes buscan que la sustentabilidad y la protección del medio ambiente sean un principio político; en lo educacional, se quiere reemplazar el pilar subsidiario por uno estatal; mientras que las reivindicaciones de homosexuales e indígenas involucran la protección de minorías en un país que siempre las ha postergado o negado. Por esto, una solución armónica a todas estas necesidades públicas encuentra lugar en una nueva Constitución.

¿Por qué una nueva carta fundamental? ¿No se había saneado la Constitución de 1980 con las reformas de 1989 (plebiscitada) y 2005 (aprobada casi unánimemente)? ¿Por qué no imitamos a la cultura estadounidense que ha sabido progresar con una constitución redactada hace más de doscientos años? Todas estas preguntas han sido respondidas por diferentes personas desde que se aprobó con metralleta en la espalda la actual Constitución. Sin embargo, no está demás un esfuerzo a la inversa; es decir, tratar de salvar el texto constitucional para resolver las reivindicaciones de buena parte, si no la mayoría, de la población.

La frase más sagrada y de la que toda persona que aspira a una sociedad más igualitaria debería afirmarse es aquella que consagra como deber del Estado el "asegurar el derecho de las personas a participar con igualdad de oportunidades en la vida nacional". También lo referido al bien común, respecto del cual el Estado "debe contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a todos y a cada uno de los integrantes de la comunidad nacional su mayor realización espiritual y material posible". Por último, si consideramos que el centro de la Constitución reside en la dignidad igualitaria de todas las personas, podemos reinterpretar la ley fundamental de manera de constituirla en la principal herramienta para la búsqueda de la equidad. Hasta aquí, todo bien.

Los problemas los encontramos fuera de los primeros nueve artículos de la Constitución. En lugar de ser normas flexibles que emanen de los principios fundamentales y que permitan que los gobiernos de turno puedan desarrollar su proyecto, los demás artículos de la carta magna son expresión de una particular doctrina político-económica que le da una interpretación muy restrictiva al rol subsidiario del Estado y que impide el desarrollo de programas políticos distintos pero igualmente democráticos. Lo anterior explica en cierta forma la comprensión de la Concertación como un buen administrador del legado de la dictadura, pues las concepciones sobre educación, salud, trabajo, justicia y desarrollo económico se encuentran detalladas en la Constitución.

El problema más grande se presenta en términos de democracia. La Constitución reconoce a Chile como una república democrática, lo que se satisface con la sola elección de algunas autoridades y una garantía de pluralismo. Sin embargo, en los últimos años la sociedad chilena experimenta la democracia más como una forma de vida que como elecciones, lo que se prueba con la paradoja entre el absentismo electoral y el aumento en la participación ciudadana en manifestaciones políticas. Esta concepción de la democracia se ve protegida tenuemente por la libertad de expresión y no posee cauces institucionales mediante los cuales la ciudadanía pueda relacionarse con las autoridades políticas, generándose por consiguiente una sensación de frustración y desconfianza como la reflejada en las últimas encuestas. La dictadura constitucional de la minoría, expresada en el sistema binominal y las leyes de quórum especial, termina marginalizando a la ciudadanía en el Estado Democrático de Derecho.

En conclusión, la Constitución de 1980 constituye un escollo insalvable para responder a las necesidades contingentes de la ciudadanía chilena, porque ella es la expresión fiel de un proyecto político en particular y porque limita la democracia al voto y a la confianza ciega en la autoridad. Esto no se resuelve con el cambio de un par de artículos, sino con un cambio de filosofía inspiradora, razón por la cual se hace necesaria la redacción de una nueva carta fundamental que de una vez por todas represente a todos los chilenos.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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