viernes, 26 de agosto de 2011

2011: Odisea constitucional

Una constitución exitosa es aquella que resuelve mediante mecanismos institucionales los conflictos que se le presentan. Fórmulas para ello hay varias, como el federalismo, el parlamentarismo, los mecanismos de democracia directa como el plebiscito y la iniciativa popular de ley, la determinación de cargos de elección popular, etc. Sin embargo, de poco o nada sirve si la ciudadanía no tiene conciencia constitucional, es decir, el conocimiento de los principios y normas fundamentales y la voluntad de actuar conforme a ellos. Podríamos decir entonces que una constitución es satisfactoria si los ciudadanos a los que se dirige saben lo que pueden hacer legítimamente en una situación adversa, creen en las instituciones reconocidas y aceptan las soluciones que pueden generarse. Ésta es la clave del éxito de constituciones como la de Estados Unidos, que ha sobrevivido más de 200 años y con pocas reformas, y la de Alemania, que respondió adecuadamente a la reunificación de dos realidades sociales y políticas diametralmente opuestas.

En la actualidad, existe en Chile un estallido social cuya magnitud no es posible de mensurar todavía, pero al manifestarse en la imposibilidad de un diálogo entre gobierno y sectores de la ciudadanía y en la inactividad del Congreso como institución tradicional de la deliberación política, es necesario plantearse si la Constitución ofrece espacio para una solución al conflicto.

En primer lugar, los conflictos políticos en Chile son resueltos en un sistema de checks and balances con un presidencialismo exacerbado, con un poder legislativo cuyo sistema electoral no favorece la formación de mayorías y donde la escuálida mayoría no puede legislar incluso en ámbitos infraconstitucionales y en el que la última palabra la tiene un tribunal constitucional que tiende al empate y a las preferencias políticas argumentadas jurídicamente. En este esquema, la ciudadanía sólo participa en las elecciones presidenciales y parlamentarias. Si la ciudadanía no está conforme con el producto sumamente consensuado del sistema político, no puede hacer más que hacer uso de su libertad de expresión y de su derecho de reunión, lo que no es siempre bien considerado por la autoridad.

En segundo lugar, los niveles de confianza en los políticos y en las instituciones son permanentemente bajos. Ya no es sólo la crítica al origen ilegítimo de la Constitución o al sistema binominal, sino también a la reputación de los políticos y al clientelismo de los partidos. Si además consideramos que la democracia de los acuerdos, esa que aseguró gobernabilidad durante los años ’90, no ha sido capaz de legislar favorablemente sobre las reivindicaciones ciudadanas (educación, medio ambiente, salud, etc.), la ciudadanía percibe que su gobierno y sus representantes se encuentran desconectados de sus intereses, por lo que prefiere intervenir informalmente en el conflicto en lugar de confiárselo a ellos.

Por último, la institucionalidad constitucional, a pesar de dos intentos considerables de ser transformada, sigue obedeciendo a una ideología en particular, pues sus valores fundamentales se mantienen inalterados. Durante muchos años, el resultado del juego político fue aceptado por ambos actores principales, ya que la derecha contaba con un seguro normativo y la Concertación se limitó a respetarlo en pos de la gobernabilidad. Hoy, estando la derecha en el poder, la Concertación no tiene el mismo sentido de responsabilidad para mantener el sistema político, sumándose un buen sector de sus adherentes a quienes han cuestionado siempre la Carta de 1980. Como la propia Constitución y la cultura creada en torno a ella no genera aceptación ni siquiera en los propios representantes políticos, no es posible considerar que plantee soluciones que sean respetadas por mayorías y minorías.

En conclusión, la Constitución no es base de la solución, sino parte del problema. Habiendo un gobierno que se niega a hacer reformas sociales sustanciales y una sociedad que protesta y presiona por dichas reformas, el sistema político se encuentra entrampado por el mínimo rol del ciudadano en la democracia, por la desconfianza en la política y por el rechazo a sus reglas. Queda esperar que una de las dos partes ceda, pero en lugar de resolver el conflicto, lo deja avanzar y crecer como una bola de nieve. Otra posibilidad podría ser una nueva Constitución, pero eso es tema de otra columna...

Te lo dice,

R.F.S.K.




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