domingo, 7 de agosto de 2011

Sobre el diálogo

Diálogo. Eso es lo que hoy piden los adherentes del gobierno y las personas que sienten aversión por todo tipo de movilización ciudadana. Lo hacen en pos del fin de la violencia innecesaria hacia Carabineros, del respeto al Estado de Derecho, del derecho a estudiar de quienes no están de acuerdo con las tomas y de la paz social. Apoyan las expresiones vertidas por el Ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, de que se acabaron las marchas y enfatizan una buena disposición por parte del Presidente Piñera y del Ministro de Educación, Felipe Bulnes.

Una persona exacerbada se dedicaría a derribar cada una de las afirmaciones anteriores y diría que todo es una farsa porque viene de gente de derecha que apoya la represión, que está muerta de miedo y que quiere salvar a su gobierno del 26%. Sin embargo, pensemos que hay buena fe y disposición de parte de este sector de la ciudadanía y del gobierno...

En primer lugar, el diálogo requiere que se admita la existencia de dos posturas distintas y conflictivas. ¿Por qué? Porque no todos queremos lo mismo, ya que cuando unos entienden paz social como la libertad individual amparada por el Estado de Derecho, otros la entienden como la adecuada distribución de la riqueza regulada por el Estado de Derecho. Porque no todos tenemos el mismo grado de confianza en la institucionalidad política, pues unos no la cuestionan y presumen que todos la aceptan, mientras que otros creen que es la raíz del descontento y pretenden que se construya democráticamente. Además, sumémosle que el gobierno detenta un tremendo poder coercitivo y que está especialmente llamado al respeto de los derechos humanos, mientras que los movilizados están limitados tanto en su participación democrática como en el ejercicio de sus derechos. Entender que esto se resuelve en familia y con invitaciones con té y galletas no es base para ningún diálogo: es paternalismo y subestimación.

No sólo debemos aceptar que el diálogo es entre unos y otros, sino también reconocer que unos y otros son valiosos en la construcción de un resultado conjunto. ¿Por qué? Porque el debido reconocimiento de un grupo le permite a éste adquirir respeto por sí mismo y actuar en sociedad sintiéndose parte de ella, existiendo así un plano común entre la parte dialogante hegemónica y el grupo con menor poder. Por el contrario, si hay un discurso de negación por parte del Estado hacia los estudiantes, si hay un trato delincuencial, si no se les destaca sus capacidades, los movilizados se sentirán excluidos, menospreciados y eso generará a la larga un daño que puede desestabilizar una relación armónica. Entender que el reconocerle validez al movimiento estudiantil es señal de debilidad gubernamental no es base para ningún diálogo: es soberbia y necedad.

Por último, para que haya diálogo debe existir confianza entre las partes, esto es, esperanza en la otra persona para llegar a un resultado que ambos puedan aceptar. ¿Por qué? Porque es la esfera necesaria para que el valor que se le reconoce al otro pueda expresarse y conjugarse recíprocamente con el de uno. Un ambiente de confianza favorece las concesiones y las ayudas complementarias y reduce la posibilidad de conflicto, pues existe en ambas partes la convicción que el producto de su acuerdo va a ser bueno. El gobierno, en este punto, goza de una presunción de confianza, pues ejerce la soberanía y la institucionalidad está construida en torno a su confianza, lo que no quita que deba ser respetado de hecho por los estudiantes. Entender que el movimiento estudiantil está politizado por el comunismo y que son una minoría de desadaptados por el que se justifica el uso de la fuerza no es base para ningún diálogo: es paranoia y violencia.

Entonces, ¿es posible, de acuerdo a las condiciones actuales, el diálogo que tanto se necesita? Puede haber negociaciones entre sordos o lograrse un resultado con grupos estudiantiles amedrentados y disminuidos por sus impericias o por el mismo gobierno, ¿pero un acuerdo nacional fruto de un diálogo fecundo? La respuesta es no.

Si queremos encontrar una solución conjunta, debemos recurrir a un espacio que le asegure a todas las partes identidad, reconocimiento y confianza: el plebiscito. ¿Aceptarán este diálogo el gobierno y sus adherentes?

Te lo dice, deseándote un feliz día del niño,

R.F.S.K.



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