lunes, 13 de mayo de 2013

Que se vayan todos

Por temas de trabajo tenía que ir cerca de la Clínica Alemana. No tengo auto y no tengo ganas de uno, por lo que debo confiar en mi sentido de puntualidad y en el transporte público de Santiago. Terminada mi gestión, me volví en micro desde allá hasta Providencia. Para esto, tomaría una micro por Manquehue hasta el Apumanque y de ahí el metro hasta mi casa.

La micro por Manquehue, en un recorrido que demoraría pocos minutos en un horario decente, se demoró poco más de una hora desde la Clínica Alemana hasta el Apumanque. Iba a tomar el metro en Manquehue, pero por primera vez en mis 9 años que llevo viviendo en Santiago, una guardia nos para a todos en el torniquete y nos dice que no entremos porque el andén hacia San Pablo está saturado (literalmente, había gente hasta las escaleras de acceso, a un metro de mí). Como no andaba apurado ni neurótico, caminé a tomar una micro por Apoquindo, pero era tal la cola de espera que, en definitiva, debo haber caminado poco más allá de Escuela Militar y tomé una micro no tan llena, para llegar a mi casa luego de 2 horas y cuarto.

Felizmente yo no necesito ir todos los días al sector de Vitacura y mi casa queda relativamente cerca de allá. ¿Pero cuánta gente debe recorrer un extremo de la ciudad a la otra, ida y vuelta, 5 días a la semana y en transporte público? Sumémosle que esa misma gente puede tener que buscar a sus hijos al colegio o aprovechar la hora de colación para ir a hacer trámites al banco o a una institución pública. Al final, la cantidad de tiempo que perdemos (y no todos andan jugando Candy Crush Saga en su celular) por tener una ciudad en la que nuestro trabajo, nuestro estudio, nuestras necesidades y nuestra entretención quedan lejos de nuestro hogar, es increíble.

A muchos les he leído consignas de menos autos, más pistas de tránsito, mejor transporte público, etcétera. Sin embargo, los que quieren menos autos no entienden que no se puede ir de Maipú a Las Condes en bicicleta, los que quieren más pistas en las calles no están dispuestos a expropiaciones y los que quieren mejor transporte público no lo usan como predican. Terminamos en un diálogo de sordos ante una bomba de tiempo, pues Santiago sigue creciendo desproporcionada y desorganizadamente, sin que esto sea un tema de la relevancia que tiene en el diario vivir de casi 7 millones de personas.

No soy ingeniero en transporte, ni urbanista, ni sociólogo, pero algo me dice que Santiago, de continuar este diálogo de sordos y el inexistente debate de soluciones a la vida de las personas más que a las necesidades de crecimiento de las inmobiliarias, no debería expandirse más. Algo me dice que deberían existir políticas para incentivar que nuevas inversiones que puedan ser hechas en otras regiones, sean hechas allá. Algo me dice que quienes llegamos de regiones a estudiar a Santiago, en la medida que se pueda, nos vayamos a ciudades que no tendrán un Costanera Center o un barrio Bellavista, pero que nos permiten ir de la casa al trabajo en un tiempo razonable. Algo me dice que quienes viven en una comuna, tienen derecho a una escuela de calidad en esa misma comuna. Algo me dice que no todos debemos pasar por el eje Alameda-Providencia-Apoquindo-Las Condes.

Espero que este tema sea importante en estas elecciones presidenciales, sin que los problemas de Santiago dejen de lado las necesidades de las regiones, porque la calidad de vida de las personas es vital en ese óptimo público que llamamos bien común.

Te lo dice,

R.F.S.K.



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