miércoles, 26 de junio de 2013

Asilo para el opresor

Leía sobre el caso de Edward Snowden, el consultor tecnológico de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos que filtró el programa de vigilancia de su gobierno. Al igual que Julian Assange, el creador de Wikileaks, está huyendo del llamado mundo libre por dar a conocer información secreta que causa sensibilidad y desconfianza a otros gobiernos y a los ciudadanos del mundo. Al igual que en el caso de Assange, son las pobres repúblicas latinoamericanas las que le ofrecen asilo por considerar que son perseguidos políticos cuya vida corre peligro, de ser entregados a las autoridades estadounidenses, por haber cometido actos catalogados de traición.

Ecuador se puso, Venezuela se puso, ¿y Chile? ¿No que somos el asilo contra la opresión? ¿No que aquí se goza más libertad que en esos países? ¿Por qué no ayudarlo en pos de la mejor información sobre los poderes mundiales?

Veamos...

Durante el siglo XIX, podríamos decir que éramos un asilo contra la opresión. Nuestro país acogió a diversos intelectuales argentinos, como Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Juan Bautista Alberdi, entre otros, que eran perseguidos por la dictadura de Juan Manuel de Rosas, ofreciéndoles posiciones educacionales para que pudiesen aportar a la naciente república. La inmigración alemana al sur de Chile también tuvo un aspecto de refugio político, pues quienes llegaron eran gente afectada por los conflictos bélicos de unificación. A fines de dicho siglo, Chile recibió la llegada de árabes cristianos que eran perseguidos por su religión en el Imperio Otomano, colonia que sigue viva e influyente hasta nuestros días.

Si bien Chile recibió a muchos refugiados por las guerras acaecidas en Europa (los croatas que huían de la Primera Guerra Mundial, los griegos expulsados de Turquía en los años 20', los republicanos españoles venidos en el Winnipeg, etc.), algo pasó en el siglo XX que perdimos la tradición de refugio político:

En 1958, Walter Rauff, jefe del departamento técnico de las SS y creador de las cámaras móviles de gas que contribuyeron a la muerte de al menos cientos de miles de personas en el Holocausto, ingresó a Chile después de años de escapar de la justicia alemana por crímenes de guerra. Alemania solicitó su extradición a Chile, por lo que se le detuvo, pero la Corte Suprema de Chile rechazó la solicitud porque su delito se encontraba prescrito. Por años, tanto Alemania como los cazadores de nazis solicitaron judicial y políticamente la extradición o expulsión de Rauff, ante gobiernos de distintos colores políticos, pero todo fue en vano. En dictadura, no sólo se le negó la extradición, sino que además se le pidió colaborar con la DINA. Finalmente Rauff murió en Chile en 1984, en libertad y con honores rendidos por los nazis chilenos.

Tras la reunificación alemana, Erich Honecker, quien fuera Jefe de Estado de la República Democrática Alemana entre 1976 y 1989, buscó eludir su responsabilidad por crímenes cometidos en su administración, particularmente la muerte de 192 personas que intentaron cruzar el muro de Berlín, en la Unión Soviética. Cuando ésta se disolvió, se refugió en la embajada de... (sí) Chile, donde fue recibido por el entonces embajador, Clodomiro Almeyda, en señal de agradecimiento por los exiliados chilenos que la RDA acogió. Luego de un conflicto diplomático, fue deportado a Alemania y juzgado por dichos crímenes, pero por razones de salud (¿les suena conocido?) fue liberado. En 1993, Honecker cobra nuevamente la palabra a nuestra patria, la que lo recibe hasta su muerte al año siguiente.

El caso más vergonzoso de asilo al opresor es, sin duda, el de Paul Schäfer. Las atrocidades que el tío permanente cometió durante su estadía en Chile son más que conocidas. Lo que a mí me sorprende es cómo Chile, un país celoso de la ley y la justicia con los suyos, permitió el ingreso de un sujeto que en Alemania estaba debidamente acusado de abuso sexual a menores en el seno de una supuesta organización caritativa y, pudiendo perseguirlo incluso en democracia, con instituciones que dicen funcionar, no se hizo sino hasta mucho tiempo después. Incluso, senadores y diputados de la UDI y RN armaron una red de protección respecto de la cual, hasta el día de hoy, no responden.

Es verdad que hoy llegan muchos ciudadanos peruanos (aparte de Fujimori cuando buscó blindarse jurídicamente), colombianos e incluso españoles buscando oportunidades que hoy no tienen en sus países. Sí, hay que decirlo. Sin embargo, Chile no es el asilo contra la opresión: no es la patria que se muestra abierta al perseguido arbitrariamente ni tampoco la interesada en desarrollar políticas para acoger al que corre peligro por pensar distinto. Por el contrario, los ejemplos muestran que el opresor puede llegar a morir a Chile y ser protegido por el sector político de su preferencia.

Otra muestra que el concepto de libertad en Chile se basa en la propiedad más que en la personalidad.

Te lo dice,

R.F.S.K.



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