martes, 2 de julio de 2013

Memoria, aprendizaje y justicia

Hace algunos días, mientras almorzaba con mi hermana menor, veíamos las noticias sobre el intento fallido de cambio de nombre de la Avenida 11 de Septiembre, hoy ya realidad. Le pregunté su opinión frente al tema. Ella me dijo "si la calle se llamara Augusto Pinochet, deberían cambiarla, pero es una fecha y las fechas no son ni buenas ni malas, son nomás". Atiné a decirle fascista...

... pero ahora, después de darle un poco de vuelta al tema, parece que tiene razón.

Desde hace algún tiempo, que lo ubico en la llegada de los gobiernos socialdemócratas (que me perdonen Bernstein y Kautsky por referirme a Lagos y Bachelet como tal), que nos hemos preocupado de la memoria. Había que recuperar los documentos y monumentos que se perdieron con la llegada de la dictadura. Había que conservar evidencias de la barbarie cometida por las Fuerzas Armadas. Había que concluir la tarea de elaborar una historia aceptada por la mayoría sobre lo ocurrido entre 1970 y 1990, tarea que durante los noventa fue severamente obstaculizada por los opresores y sus partidarios. Había que lograr que esa misma verdad histórica se convirtiera en verdad jurídica, con las consiguientes condenas a los responsables y partícipes (aunque los civiles siguen mirando descaradamente de frente al país). Y dentro de toda esta tarea, la damnatio memoriae (condena de la memoria) ha sido una herramienta.

Sí, condenar la memoria ha sido una forma de hacer memoria negativa. Felizmente nuestra dictadura no llegó al extremo de crear y abusar de íconos como estatuas al líder, ciudades nombradas con el nombre del líder (¿se imaginan Valparaíso con el nombre de Ciudad Pinochet o San Augusto?) o banderas y escudos que le hicieran honor al heroico gobierno (salvo la Libertad de la vieja moneda de $10), pero tenemos ejemplos en cada país que atravesó por una dictadura. En Europa del Este han debido gastar millones demoliendo estatuas, cambiando nombres de calles, restaurando lo restaurable y creando imágenes unitarias. En España, prácticamente se eliminó la existencia de Francisco Franco y sólo queda la Basílica del Valle de los Caídos, que irónicamente es la obra arquitectónica por excelencia del Franquismo. En Argentina, cuando fue depuesto Juan Domingo Perón en 1955, había que referirse a él como el tirano depuesto y se eliminó toda referencia a él o a Evita... pero el General volvió en 1973 y, con él, los nombres eliminados.

Estoy de acuerdo en que debemos eliminar los aspectos grotescos de la imaginería dictatorial (¿o alguien extraña la Llama de la Libertad, aparte de Labbé?), pero no podemos eliminar las evidencias que queremos que nuestros hijos y nietos tengan presentes a la hora de llamar a la lucha armada o de golpear la puerta a los cuarteles cuando no les gusta el gobierno de turno. Por eso es importante mantener la cárcel de Pisagua, el pequeño recordatorio en la galería norte del Estadio Nacional, los archivos que dan prueba de la denegación de justicia a los detenidos desaparecidos y aquél espacio ciudadano que reúne educativamente la memoria recogida.

Destaco la finalidad de la memoria recobrada: aprender a no caer en los excesos y defectos del pasado y ayudar a la búsqueda de justicia. Si el ejercicio de recobrar el pasado cumple fines como justificar odiosidades o explotar el giro comercial del sufrimiento, el conservar documentos y monumentos pierde todo el sentido.

En este ejercicio social de la memoria, ¿dónde cabe la Avenida 11 de Septiembre? Sin duda que el decreto alcaldicio que la nombró así califica como imaginería grotesca ("CONSIDERANDO: Que la gesta del día 11 de Septiembre de 1973, que libró al país de la opresión marxista, debe ser recordada por las generaciones presentes y futuras, en una obra de gran importancia urbanística."), ¿pero no debemos también recordar las sandeces que cometen autoridades de uno u otro lado para que tratemos de no hacerlas? No podemos pretender que nuestros criterios semiológicos sean siempre correctos. Es necesario mantener pequeños errores que nos muestren lo sesgados y enfermos que fuimos como sociedad alguna vez.

El 11 de Septiembre debe ser recordado por las generaciones presentes y futuras, pero no como una gesta, sino como el día en que, como país, nos fuimos a la mierda. Quizá sea bueno dejar una sola cuadra con ese nombre, para no tener que nombrar otra más con una fecha tan infame.

Te lo dice,

R.F.S.K.



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