sábado, 31 de agosto de 2013

¿Reconciliación? ¡Las pelotas!: El perdón de las instituciones

En mis 2 últimas notas escribí sobre el arrepentimiento que debe haber de parte de quienes causaron daño en los últimos 50 años. En ambos casos, se trata más bien de actos personales, pues el arrepentimiento y el perdón son emociones propias de las personas naturales.

Sin embargo, aún quedan pendientes las responsabilidades institucionales.

1. El Estado chileno: Desde 1990 que se ha empeñado en la búsqueda de la verdad y la justicia; con miedo durante la primera década y con compromiso desde 2000. El perdón del Presidente Patricio Aylwin, las gestiones de investigación, las medidas de reparación y las leyes que sancionan los crímenes de lesa humanidad reflejan que el Estado ha actuado correctamente, asumiendo las consecuencias de lo urdido por las Fuerzas Armadas en el poder, porque se entiende que las ejecuciones, desapariciones y torturas fueron hechas por organismos estatales.

Lo que sí lamento es que personas condenadas por violaciones a los derechos humanos sigan detentando grados militares. Quien es condenado por ello deshonra a su Patria. Si no damos de baja a dichas personas, mantenemos la hermandad de armas entre personas respetables y personas manchadas con sangre, conservando un vínculo que impide emocionalmente la limpieza moral de las FF.AA.

2. Las Fuerzas Armadas: ¿Es el "Nunca más" del General Juan Emilio Cheyre un equivalente a pedir perdón a los chilenos? Tengo mis serias dudas. Da seguridad que el Ejército buscará no repetir lo hecho, pero deja a interpretación de cada uno que haya una condena absoluta de la represión y un deseo eficaz de colaborar con las investigaciones judiciales en curso y futuras. Reitero que la hermandad de armas es tan fuerte que hasta a un militar joven le es complejo delatar a un militar del pasado.

Es verdad que la confianza de las Fuerzas Armadas ha mejorado en el tiempo, lo que percibimos con el estado de excepción decretado después del Terremoto de 2010. Sin embargo, es ambivalente el compromiso de las FF.AA. con la verdad y la justicia, pues un aparente pacto de silencio impide revelar más información y entregar más colaboración. Por esto, la responsabilidad institucional está asumida en forma incompleta.

3. El Poder Judicial: El único poder que rehuye su responsabilidad en forma total es la Judicatura. Desde 1990, la postura ha sido la misma: los errores cometidos por las Cortes y Juzgados son de las personas que ejercieron cargos de jueces en dicha época, más no de las instituciones. A pesar que el esfuerzo intelectual de los jueces ha ayudado a pasar desde la impunidad a la justicia, esto no exculpa a las negligencias del único poder que ha actuado ininterrumpidamente.

Cuando uno pertenece a una institución, uno responde jurídicamente de sus propios actos, pero puede responder ética e históricamente de los actos de sus antecesores, con los cuales está vinculado. Los ministros y jueces pasan, pero los recursos de amparo rechazados y la cobardía en buscar el debido imperio de la ley quedan. Ante esto, quienes componen la Corte Suprema tienen algo que decir, no sólo porque la confianza de su institución está disminuida ante la denegación de justicia de sus antecesores, sino además porque pueden motivar con su arrepentimiento institucional y condena enérgica a los futuros jueces a erguirse frente a autoridades dictatoriales, en caso que repitamos la historia.

4. Los partidos y movimientos políticos: Antes de 1973, quienes actuaron contra la democracia y la paz social fueron aquellos partidos o movimientos que llamaban a la lucha armada y aquellos que llamaron a las Fuerzas Armadas en forma irresponsable. Los movimientos guerrilleros hoy ya no existen, pero sí algunos partidos. De ellos, el PS reconoció su responsabilidad en su reunificación. Desconozco si la DC tiene semejante conducta frente a su llamado al golpe, pero declaraciones como la del Senador Jorge Pizarro (que negó responsabilidad de la DC en el golpe) suscitan la duda.

Después de 1973, los que deben explicaciones al país son los partidos o movimientos colaboracionistas con la dictadura. Ante esto, RN y la UDI se defienden señalando que su existencia como partidos es cercana al plebiscito de 1988, por lo que institucionalmente no tienen responsabilidad. Sin embargo, ¿qué partidos se han negado a derogar el Decreto Ley de Amnistía? ¿Qué partidos obstaculizaron una y otra vez tratados y leyes sobre derechos humanos para mantener en impunidad a los responsables? ¿No es la UDI el partido del Movimiento Gremial, posibles cómplices por las desapariciones en la Universidad Católica? ¿No fueron los militantes del extinto Partido Nacional los que, con la DC, pidieron la intervención militar? Responsabilidad hay, intenciones de reconocer los errores no.

5. Las empresas: Las organizaciones empresariales, a diferencia de todas las anteriores, actúan en función de su propio interés. Si dicho interés es ayudar a sabotear a un gobierno constitucional o servir para la propaganda de una dictadura, es cosa de ellas y nosotros no podemos denunciarlas a tribunales ni buscar una sanción jurídica por ello.

Las empresas lograron lo que quisieron: cambiar un gobierno que les era hostil por otro favorable y que eliminó las trabas políticas para su libre desarrollo. ¿El costo? Miles de vidas humanas y la pérdida de derechos por 17 años. ¿Arrepentimiento? Imposible que lo haya, pero, sin ánimo de ser panfletero, así de perverso es el capitalismo, al punto que seguimos leyendo El Mercurio.


En síntesis, resulta difícil poder hablar de reconciliación cuando los principales responsables e instigadores de la barbarie mantienen ambigüedad frente al pasado, negando políticas institucionales y deslizándolas hacia individuos que habrían cometido excesos o negligencias. Es más difícil la reconciliación cuando hay instituciones que guardan silencio sospechoso y que son parte de la legalidad y el poder.

Te lo dice,

R.F.S.K.



viernes, 30 de agosto de 2013

¿Reconciliación? ¡Las pelotas!: El perdón de la izquierda

Ante el esfuerzo de un sector de la población en recordar el desastre y la masacre para que nunca más perdamos el respeto por el otro, un grupo (no sabría si decir "la derecha", pero es parte de ella) sostiene majaderamente que hay que recordar desde bastante antes de 1973, que el Golpe de Estado tuvo una causa y que todo lo ocurrido con posterioridad fue a consecuencia de lo mismo: la nunca positiva y siempre regresiva teoría del empate.

No obstante tengo mi conciencia clara frente a lo injustificable, ayer y hoy, de las ejecuciones, desapariciones, torturas, persecuciones, expulsiones de miles de personas, como también de las restricciones de derechos civiles y políticos, todas realizadas por la dictadura militar con anuencia de los poderes fácticos, desde hace un tiempo me ha surgido la inquietud sobre el silencio de quienes sí actuaron ilegalmente antes de 1973 y que sobrevivieron la barbarie.

Tal vez su silencio se deba a que la violencia con la que respondió la dictadura excedió con creces lo ilegal que hicieron o hubiesen hecho. Al ser incomparable asaltar un banco o tomarse un fundo (tiene una finalidad) con ponerle electricidad o ratones a una persona o lanzarla al mar en vuelos de la muerte (es crueldad pura), el compañero del MIR ya pagó su pecado con creces. Exigirle como sociedad una explicación o una solicitud de perdón sería, en este contexto, injusto y doloroso.

Tal vez su silencio se deba a un tema de realidad histórica. Hoy vemos como parte del consenso social el respetar la legalidad democrática y numerosos derechos asociados a ella. Sin embargo, esto es un logro reciente, pues en tiempos de Guerra Fría los unos creían que la insurrección armada era moralmente aceptable para liberar al pueblo de los males del capitalismo, mientras que los otros opinan lo mismo de eliminar los focos de guerrilla marxista. Cada sector que actuó violentamente podrá decirnos que no corresponde juzgarlos con el consenso actual de paz a sus actos insertos en una época de conflicto social universalizado.

Tal vez su silencio se deba a que, en realidad, siguen pensando lo mismo que ayer. Que el capitalismo en su versión más radical, como el que existe en la práctica en Chile, genera tal postergación e injusticia en sectores de la sociedad que se debe responder con dureza. Que el vivir con una miseria en guetos donde se es víctima de la delincuencia y de la falta de acceso a servicios básicos es sinónimo de violencia, por lo que, en algún momento, corresponderá responder con violencia. Pese a que hoy no contemos con organizaciones abiertamente terroristas, no me sería extraño que haya gente que tenga su conciencia tranquila frente a la necesidad de la vía armada al socialismo.

Tal vez su silencio se deba simplemente a que los compañeros están viejos, cansados y poco pueden hacer al respecto. ¿Para qué hablar si los fascistas no quieren nada con ellos? ¿Para qué si lo de ellos, de tener responsabilidad penal, ya prescribió y no corresponde a violaciones a los derechos humanos? ¿Para qué si no sólo la derecha sino que los vendidos de la Concertación van a irse en su contra? Mejor guardar silencio y que sólo hable el chivo expiatorio de la izquierda, Carlos Altamirano, a quien nunca van a probarle nada porque es tan burgués como sus contrarios.

Ignoro qué razón hay para que un guerrillero del ayer no sienta que debe arrepentirse de sus actos violentos. Sin embargo, me parece que deben hablar, si no lo han hecho aún. Puedo entender el justo resentimiento de quienes hayan sido víctimas inocentes de su lucha, como entiendo el resentimiento de los familiares de quienes fueron muertos o de quienes fueron torturados sólo por pensar distinto. Lamentablemente un grueso aún enfermo pide que estos compañeros den explicaciones de sus actos para poder ellos dar señales (por ellos, ojalá los miristas vivos se secaran en la cárcel junto a los militares de Punta Peuco), pero más que por responderle a los comentaristas destacados de emol.com, sería bueno que los que ayer abrazaron las armas y causaron daño mostraran arrepentimiento.

¿Por qué? Porque no queremos repetir la historia. Como seres humanos, a todos nos es muy fácil jugar al empate, a decir "yo actué mal, pero él actuó peor", a decir "el otro tuvo la culpa que yo actuara así". Eso, en su dimensión social más mínima, nos condena a la mediocridad y a perpetuar relaciones nocivas. Si lo llevamos a la comunidad nacional, lo traducimos al efectivo desencuentro y a la imposibilidad de la reconciliación entre sectores que, en mi opinión, nunca practicaron la amistad cívica. Pero si reflexionamos sobre nuestra acción proyectada hacia el futuro y con cierta prescindencia de cómo actuó el otro, es posible entender que el esfuerzo de unos pocos para liberarnos de otros pocos fue negativo y escasamente ayudó en la búsqueda de la justicia social que paralelamente emprendía en forma pacífica el Presidente Salvador Allende.

Sería positivo que los sobrevivientes de esos grupos pudieran hablar. Siendo realista, dudo que lo hagan. De ahí mi pesimismo ante la sola idea de la reconciliación.

Te lo dice,

R.F.S.K.



jueves, 29 de agosto de 2013

¿Reconciliación? ¡Las pelotas!: El perdón de la derecha

En el contexto del lanzamiento del libro "Las voces de la reconciliación", en el cual distintos actores públicos colaboraron con opiniones a 40 años del Golpe de Estado (no cuesta tanto escribirlo, es más corto que pronunciamiento militar), el Senador Hernán Larraín (UDI) expresó lo siguiente:
Si ayuda pedir perdón, también libera saber perdonar. Por eso, ¿por qué no dar un paso personal en lugar de esperar que otros hagan lo que uno quiere oír? Algo simple y transparente como decir: yo pido perdón por lo que haya hecho o por omitir lo que debía hacer. 
Pido perdón por no haber colaborado de modo suficiente a la reconciliación en mi trabajo. Y también pido perdón por no haber sabido perdonar a quienes me han ofendido y se han acercado en señal de reencuentro. 
Desde ya, hoy lo hago en mi nombre: pido perdón. Esta es mi voz para la reconciliación. Pero es necesario oír la de todos.  

Por más que considere que hay gestos sencillos de importante significado (algo tan simple como ver a la máxima autoridad tras un desastre o que un poblador se pare y encare a la misma autoridad), creo que este acto es sólo una expresión de buena crianza, que entiende el perdón desde una idea muy religiosa pero que desconoce qué es lo que esperan los destinatarios de su arrepentimiento para restablecer la amistad cívica.

¿Por qué un perdón religioso, particularmente cristiano? Porque el perdón es un imperativo moral y quizás una de las máximas expresiones de amor al prójimo que predicó Jesús. Haya uno cometido el más grave de las faltas al otro, uno está llamado a perdonar hasta setenta veces siete, sin que sea necesario el arrepentimiento previo. El arrepentimiento, por su parte, es más bien reencaminarse en forma sincera hacia la salvación ante la venida de Jesús. Uno tiene la oportunidad de reencaminarse cuando ha ofendido al otro al pedir perdón, siempre y cuando eso refleje un cambio de conciencia hacia el bien.

¿Es ese perdón religioso el que se necesita para la reconciliación? No, porque se requiere algo más que una conmoción en el alma. Se requieren actos que vayan dirigidos al restablecimiento de la justicia entre unos y otros.

La justicia, al ser quebrantada, exige la reparación del daño causado. La vida está repleta de ofensas intencionales e imprudentes. Si existe resarcimiento económico o su equivalente, las relaciones entre las personas pueden volver a un punto armónico en el que se restablezcan las confianzas. Si no existe, se causa una molestia justificada de parte del ofendido hacia el ofensor, que puede prolongarse en el tiempo y agravarse por la desidia de uno y por los problemas del otro. Si ni siquiera reconocemos nuestro error, la impotencia es mayor y puede traducirse en violencia. Ahora, si el contexto de todo lo anterior es la comunidad nacional y el daño es infringido por quienes detentaban el poder estatal, el resultado es la imposibilidad de la paz social.

Cuando el Senador Larraín pide perdón, lo hace con un buen espíritu. Sin embargo, el acto que la sociedad espera de él es más que un "lo hice mal, nunca más, desde hoy hago las cosas bien", sino ofrecer reparar el daño que contribuyó a causar. Por ejemplo, podría ayudar a esclarecer lo sucedido con los detenidos desaparecidos de la Universidad Católica en su período de Vicerrector Académico (más aún cuando el Rector designado de la época, Jorge Swett, falleció). Podría exponer su relación con Colonia Dignidad en la medida que ésta colaboró con la dictadura. Podría comprometer su apoyo a la derogación del Decreto Ley de Amnistía. En definitiva, podría acompañar su acto personal de constricción con actos efectivos que ayuden a sanar las heridas y a la búsqueda de la verdad en un país que aún no la encuentra; actos que dependen exclusivamente de personas en su posición.

Lamentablemente, la respuesta de sus correligionarios y compañeros de coalición no fue la más receptiva de su gesto: Evelyn Matthei no siente que tiene que pedir perdón, porque ella fue "la primera persona (de derecha) que dijo que era inaceptable lo que había ocurrido con el tema de los Derechos Humanos" (lo desconozco); Andrés Allamand cree que en su caso no se justifica una declaración de esa naturaleza y que se ha pronunciado siempre en contra de las violaciones a los Derechos Humanos (no sé si siempre); y Rodrigo Hinzpeter cree que esto debe ser reflexionado como sociedad y no andar sacándoles declaraciones de perdón a la gente. Los de más edad y que tienen aún más que decir, no han emitido palabra.

Así las cosas, mantengo mi parecer: la reconciliación ya no fue. Esperemos que los tataranietos de los señores Larraín, Matthei, Allamand y otros no justifiquen lo injustificable, sepan lo que ocurrió y no repitan la historia.

Te lo dice,

R.F.S.K.



lunes, 26 de agosto de 2013

¿Todo vale?

Recientemente, aparecieron en El Dínamo y en El Mostrador artículos sobre la trastienda de la bajada de candidatos de la Nueva Mayoría y el blindaje involuntario que recibió la candidatura de Giorgio Jackson a la Cámara de Diputados. De acuerdo a ambos artículos, lo que desde afuera se vio como una bajada en favor de un candidato mejor posicionado y en contra de la dispersión de votos que favoreciera un doblaje de la Alianza, en realidad habría sido una estrategia política maquinada desde el comando de Michelle Bachelet para asegurar un apoyo que le estaba siendo esquivo, a cambio de un cupo parlamentario que le da supervivencia a un movimiento político -Revolución Democrática- que le es inofensivo.

Lo sucedido en este episodio político me parece muy negativo para quienes queremos otra cosa, tanto en las formas de hacer política, como en las ideas que nos gustaría ver representadas.

Creo no equivocarme si digo que la razón de ser de Revolución Democrática era representar las inquietudes de una generación que cree en una forma más democrática de hacer las cosas y en necesidad de cambios sociales postergados por distintas razones. Su decisión inicial de participar en las primarias de la Nueva Mayoría iba en ese sentido. Después que los partidos de dicha coalición les cerraron la puerta por no apoyar abiertamente a Bachelet, tomaron la que a mi opinión fue la mejor decisión que podían haber tomado: inscribir a sus candidatos en forma independiente, buscando dar la lucha contra la coalición que nunca los ha representado y contra la coalición que los defraudó una y otra vez. Iban bien, tal vez pudiendo ser EL movimiento que representara a una generación postergada eternamente, pero al final primó la idea en la que casi todos caen en política: el poder a cambio de bolitas de dulce.

Ahí está mi duda ética: ¿todo vale en la necesidad de realizar un ideal político?

Yo me resisto a creer que sea así.

Dentro de las cosas que a un sector de la población nos interesa cambiar, una, quizás la más importante, es la forma en la que se toman las decisiones en política. Queremos elegir a nuestros candidatos y a nuestros representantes. Queremos que éstos sean elegidos lo más proporcionalmente posible. Queremos que éstos tengan un grado de vinculación con la comunidad. Queremos que haya diversidad en los candidatos: que participen hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, huincas e indígenas, empleadores y trabajadores, PhDs y dueñas de casa, etc. Queremos que hagan participar a su electorado en los proyectos que deban votar. Queremos que puedan responder a la ciudadanía de sus actos. En fin, queremos que la política deje de vivir en una torre de marfil y que se construya en base al aporte de todos quienes razonablemente quieran aportar. De esta manera, logramos encauzar las expresiones de la ciudadanía y es posible ejercer un mejor control respecto a la actividad polïtica.

Cuando queremos los fines y despreciamos los medios, más aún con un sistema electoral que favorece las preelecciones que hagan las coaliciones, tenemos como resultado a una casta política inmune, que desprecia o elude las críticas por más razonables que sean, que soluciona focos de conflictos con un almuerzo dominical o una reunión de ex-alumnos, que acepta el nepotismo y el amiguismo y cuyos resultados legislativos son anunciados con bombos y platillos, pero que presentan letra chica y que incluso excluyen a quienes solicitaron la medida.

Creo que el ejemplo de una política de fines que justifican los medios fue la Ley General de Educación. La historia es conocida: el movimiento estudiantil urgió la derogación de la LOCE, la Presidenta Bachelet los escuchó, buscó la manera de incluirlos para una nueva ley; pero la acción de los más avezados y la inexperiencia de los menos pudo más y el deseo de la mandataria de decir "yo fui la que hizo la reforma educacional" primó para consagrar un adefesio jurídico con una ronda tristemente difundida.

El acordar, más que recibir de carambola, una bajada electoral para asegurar un cupo parlamentario pertenece a esta política de fines. Es lamentable que haya participado un movimiento que quería mejorar la forma de hacer política, tentado por el poder de un escaño (que de poco sirve; cosa de preguntarles a los llaneros solitarios de Magallanes), porque muestra cómo el idealismo político de la juventud choca de frente contra la triste realidad de nuestra política secuestrada.

Te lo dice,

R.F.S.K.



domingo, 25 de agosto de 2013

¿Reconciliación? ¡Las pelotas!

Reconciliar significa volver a las amistades, o atraer y acordar los ánimos desunidos. Por consiguiente, el esfuerzo de reconciliación nacional supone la existencia de una amistad cívica previa a la ruptura de las confianzas y al ánimo de eliminar al contradictor. Esta idea de amistad es la que sostienen varios protagonistas, actores secundarios o espectadores desde el futuro sobre los años previos al golpe de Estado de 1973: que antes de un momento que algunos lo ubican en las elecciones de 1964, la sociedad chilena gozaba de una democracia con bases sólidas, de una convivencia pacífica dentro de la pluralidad y en la que primaba la idea de integración social.

Sin embargo, resulta difícil suponer un momento de amistad cívica entre los ciudadanos chilenos cuando sectores completos como el Partido Comunista eran privados de sus derechos políticos o cuando el grado de discriminación hacia mujeres, jóvenes y pobres era alto. Resulta difícil decir que la democracia chilena era sólida cuando el poder militar era latente y en más de una ocasión amenazó a los poderes del Estado con intervenir. Resulta difícil hablar de convivencia pacífica cuando hasta entrados los años sesenta se producían masacres ordenadas o avaladas por los gobiernos de turno (la Matanza del Seguro Obrero, la de la Plaza Bulnes o la de la Población José María Caro, por citar algunas), casi todas relacionadas directamente con movimientos sociales. Y sin duda es imposible hablar de integración social en Chile durante el siglo XX, porque la conciencia de clase surgió en el proletariado urbano y campesino mucho antes de 1964 y porque la representación política estaba marcada por las clases sociales, siendo las propuestas de lucha armada de los años 60 la guinda de la torta.

A pesar de ello, hagamos el intento de suponer que antes de 1964 todo era miel sobre hojuelas y que aún podemos recuperar esa sana convivencia. ¿Puede haber reconciliación?

No, porque aún encontramos justificables unas y otras acciones. Aún los unos ensalzan a los grupos armados de izquierda en su búsqueda del poder y niegan o minimizan que sus actos motivaron a los otros a actuar en forma perversa. Aún los otros justifican el actuar de las Fuerzas Armadas en pos de la unidad nacional y niegan o minimizan su responsabilidad ante las muertes y torturas de miles de los mismos compatriotas por los que decían luchar. Ambos sectores mantienen una lógica de Guerra Fría, sobre todo en lo verbal (porque hoy nadie resucitaría al MIR o a Patria y Libertad), por lo que volver a una supuesta idea de amistad política es imposible.

Dejemos de mentirnos como país: la reconciliación ya no fue. Para que haya reconciliación, debe haber arrepentimiento y perdón, pero todos sienten que es el otro el que debe estar arrepentido y nadie es tan noble como para dar el perdón a falta de constricción. Además, a unos les conviene cerrar la puerta con llave y construir hacia el futuro como si nada hubiese pasado, mientras que a otros les conviene mantener abierta la puerta de par en par para encontrarse con un pasado que es lo único que los diferencia de los unos.

Por otro lado, veámonos como generación los que tenemos menos de 30. Aquellos que tienen alguna idea política, ¿cuántos de nosotros estamos influidos por las ideas de la casa? Seguramente muchos, y muchos de nosotros caemos tanto en las justificaciones de un lado como del otro. Desconozco la realidad de quienes se formaron con prescindencia de su hogar, pero no habiendo muchos maestros con altura de miras, es probable que también caigan en apoyar aspectos negros de la revolución marxista o a la reacción violenta de los conservadores. Quienes sostienen una visión más purista son los menos, y a veces percibidos como poco interesados en el pasado.

Pese a ello, mi esperanza está en el futuro. Paulatinamente estamos generando un núcleo de consenso político: por más que nunca estemos de acuerdo los unos con los otros, la discusión es sin armas; las Fuerzas Armadas son para la defensa nacional, no el brazo armado de unos para eliminar a los otros; tiene que haber un espacio para las personas y otro para el Estado, pudiendo discutir cuál y qué tan grande es el de cada uno; existen serias injusticias sociales que provocan descontento y que debemos resolver en pos de la paz social.

Si logramos profundizar estas ideas y evitamos contaminar a nuestros hijos con nuestros vicios ideológicos, podremos construir una sociedad donde la razón y la pasión no pongan en jaque la existencia de las personas por pensar distinto.

Te lo dice,

R.F.S.K.



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