lunes, 26 de agosto de 2013

¿Todo vale?

Recientemente, aparecieron en El Dínamo y en El Mostrador artículos sobre la trastienda de la bajada de candidatos de la Nueva Mayoría y el blindaje involuntario que recibió la candidatura de Giorgio Jackson a la Cámara de Diputados. De acuerdo a ambos artículos, lo que desde afuera se vio como una bajada en favor de un candidato mejor posicionado y en contra de la dispersión de votos que favoreciera un doblaje de la Alianza, en realidad habría sido una estrategia política maquinada desde el comando de Michelle Bachelet para asegurar un apoyo que le estaba siendo esquivo, a cambio de un cupo parlamentario que le da supervivencia a un movimiento político -Revolución Democrática- que le es inofensivo.

Lo sucedido en este episodio político me parece muy negativo para quienes queremos otra cosa, tanto en las formas de hacer política, como en las ideas que nos gustaría ver representadas.

Creo no equivocarme si digo que la razón de ser de Revolución Democrática era representar las inquietudes de una generación que cree en una forma más democrática de hacer las cosas y en necesidad de cambios sociales postergados por distintas razones. Su decisión inicial de participar en las primarias de la Nueva Mayoría iba en ese sentido. Después que los partidos de dicha coalición les cerraron la puerta por no apoyar abiertamente a Bachelet, tomaron la que a mi opinión fue la mejor decisión que podían haber tomado: inscribir a sus candidatos en forma independiente, buscando dar la lucha contra la coalición que nunca los ha representado y contra la coalición que los defraudó una y otra vez. Iban bien, tal vez pudiendo ser EL movimiento que representara a una generación postergada eternamente, pero al final primó la idea en la que casi todos caen en política: el poder a cambio de bolitas de dulce.

Ahí está mi duda ética: ¿todo vale en la necesidad de realizar un ideal político?

Yo me resisto a creer que sea así.

Dentro de las cosas que a un sector de la población nos interesa cambiar, una, quizás la más importante, es la forma en la que se toman las decisiones en política. Queremos elegir a nuestros candidatos y a nuestros representantes. Queremos que éstos sean elegidos lo más proporcionalmente posible. Queremos que éstos tengan un grado de vinculación con la comunidad. Queremos que haya diversidad en los candidatos: que participen hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, huincas e indígenas, empleadores y trabajadores, PhDs y dueñas de casa, etc. Queremos que hagan participar a su electorado en los proyectos que deban votar. Queremos que puedan responder a la ciudadanía de sus actos. En fin, queremos que la política deje de vivir en una torre de marfil y que se construya en base al aporte de todos quienes razonablemente quieran aportar. De esta manera, logramos encauzar las expresiones de la ciudadanía y es posible ejercer un mejor control respecto a la actividad polïtica.

Cuando queremos los fines y despreciamos los medios, más aún con un sistema electoral que favorece las preelecciones que hagan las coaliciones, tenemos como resultado a una casta política inmune, que desprecia o elude las críticas por más razonables que sean, que soluciona focos de conflictos con un almuerzo dominical o una reunión de ex-alumnos, que acepta el nepotismo y el amiguismo y cuyos resultados legislativos son anunciados con bombos y platillos, pero que presentan letra chica y que incluso excluyen a quienes solicitaron la medida.

Creo que el ejemplo de una política de fines que justifican los medios fue la Ley General de Educación. La historia es conocida: el movimiento estudiantil urgió la derogación de la LOCE, la Presidenta Bachelet los escuchó, buscó la manera de incluirlos para una nueva ley; pero la acción de los más avezados y la inexperiencia de los menos pudo más y el deseo de la mandataria de decir "yo fui la que hizo la reforma educacional" primó para consagrar un adefesio jurídico con una ronda tristemente difundida.

El acordar, más que recibir de carambola, una bajada electoral para asegurar un cupo parlamentario pertenece a esta política de fines. Es lamentable que haya participado un movimiento que quería mejorar la forma de hacer política, tentado por el poder de un escaño (que de poco sirve; cosa de preguntarles a los llaneros solitarios de Magallanes), porque muestra cómo el idealismo político de la juventud choca de frente contra la triste realidad de nuestra política secuestrada.

Te lo dice,

R.F.S.K.



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