miércoles, 11 de septiembre de 2013

12 de Septiembre

Tengo 27 años. Viví apenas los últimos 3 años y medio de la dictadura cívico-militar. No tengo recuerdo alguno de esos años. Como muchos de ustedes, soy un heredero de una sociedad compuesta por personas con escasa noción del respeto por el otro y por personas que perdieron la esperanza, los sueños y a sus compañeros de ideas. No soy responsable de nada, más que de aprender sobre lo sucedido, no ser indiferente ante la injusticia y comprometerme con una sociedad fraterna.

Como sociedad de viejos, adultos y jóvenes, aún estamos en la etapa de aprendizaje. Restando los casos patológicos como el exhibido ayer por Manuel Contreras, aún hay quienes desconocen lo sucedido entre 1973 y 1990. Los más jóvenes, por nacer en hogares de gente que aún conserva una lógica de Guerra Fría y donde les cuentan cuentos del Plan Z. Los adultos, porque son parte de una generación en la que robar es más grave que matar y en que la libertad se relaciona con la propiedad y no con la personalidad. Los más viejos, porque no superan el fin de una sociedad tradicionalista y sienten una rabia desmedida contra quienes buscaron cambiarlo todo. A los viejos no les podemos pedir mucho, aunque al final de sus días el peso de la conciencia se les venga encima; pero a los jóvenes y adultos les corresponde el deber moral de saber en qué mundo se encuentran insertos y de no caer en la ignorancia y en la mitología. 

La indiferencia ante la injusticia es lo más preocupante. Explicar los ejemplos es irritante, pero decir que "Fulano no era ninguna blanca paloma", "era la única forma de evitar una guerra civil" o "fue doloroso, pero en el gobierno militar fueron más las cosas positivas que las negativas" son expresiones que justifican la barbarie post-golpe, que la encuentran explicable y que, por tanto, rechazan el valor del ser humano por el solo hecho de existir. De poco sirve decir "condeno las violaciones a los derechos humanos del gobierno militar" o "nunca más" cuando no se pide perdón, cuando no se ayuda en la investigación, cuando se alaba a los gestores y colaboradores, cuando no se es partícipe de medidas reparatorias, cuando con la misma voz condenatoria se alude a la teoría del empate. No necesitamos que aparezcan personas diciendo ser parientes de detenidos desaparecidos; necesitamos personas que hagan todo lo posible por encontrar sus restos y por determinar las responsabilidades.

La sociedad fraterna está muy lejos. Quienes vivimos en el Chile de hoy debemos crear las condiciones que favorezcan una sociedad que se encuentre y trabaje mancomunadamente por el bien común. Por esto, no podemos entender en forma aislada la justicia para las víctimas de la dictadura, sino dentro del verdadero concepto de derechos humanos: todas aquellas condiciones que le permitan a todos los seres humanos, por el solo hecho de serlo, a tener una vida digna y a buscar su propio concepto de felicidad. Sin embargo, dentro de quienes viven de condenar lo sucedido hace 40 años, hay quienes formulan y apoyan medidas que deshumanizan la economía, no se conmueven ante la segregación urbana y educacional, justifican el uso de la fuerza en un conflicto cultural como el de la Araucanía o depredan la naturaleza que es de todos para el beneficio de unos pocos. También hay quienes diciendo condenar lo ocurrido, apoyan abiertamente a opciones políticas que justifican el golpe y la dictadura. Esto no hace más que perpetuar lo que motivó a alzar la voz a personas como Salvador Allende, Víctor Jara, Miguel Enríquez, José Carrasco, André Jarlan y tantos miles que recordamos en un día como hoy.

Todos los que vivimos en este día después, en este 12 de Septiembre, tenemos el deber de entender el pasado, buscar la verdad en el presente y construir una sociedad más humana hacia el futuro. Así podremos erradicar el verdadero cáncer social por el cual los unos lucharon y murieron y los otros defendieron y aplastaron: la injusticia.

Te lo dice,

R.F.S.K.



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