lunes, 23 de septiembre de 2013

Tema Nº 3: ¿Por qué las regiones?

Si uno pudiera hacer un registro de las reivindicaciones concretas más reiteradas durante la historia de Chile, el concederle más poder a las regiones califica como una de ellas. Desde que fueron declarados fallidos los intentos de federalismo en la década de 1820 hasta la existencia generalizada de propuestas en las candidaturas presidenciales alternativas de hoy, la preocupación de balancear el poder existente en Santiago con los recursos y necesidades de las demás regiones del país ha sido una deuda pendiente que la democracia chilena no ha podido responder sino que con una rotunda indiferencia.

La idea actual de regionalismo, muy distinta a la predicada por las élites copiapinas y penquistas del siglo XIX para tener su cuota de poder en contraposición a la oligarquía santiaguina, es una propuesta que parece más de gusto que de necesidad, más de gente que quiere más participación a gente que busca resolver problemas, más de una pataleta ante errores puntuales del gobierno central a una base de la institucionalidad política. Por esto, resulta comprensible que todos estemos de acuerdo en darle más poder a las regiones, pero nadie esté de acuerdo en un cambio a las relaciones políticas de nuestro territorio. Es cosa de preguntarle a cualquiera de los actuales candidatos presidenciales.

Buscando aportar en esta discusión que me parece de la mayor relevancia, mi principal argumento a favor de una reforma regional es el siguiente:

Un buen gobierno es el que puede percibir la realidad de su esfera de poder y responder satisfactoriamente, tanto a corto como a largo plazo, a las necesidades que surjan en ella. Esto requiere que la realidad de quienes detenten cargos políticos sea la misma o cercana a la de quienes se ven afectados por sus medidas. Al no ser esto posible en la práctica, creamos niveles de ejercicio territorial del poder, dependiendo de las realidades que se puedan concebir como políticamente relevantes, para que los problemas de la sociedad puedan ser objeto de solución de acuerdo al grado de cercanía que ellos exigen.

Hoy, como país, consideramos la existencia de dos grados de realidad políticamente relevante: el nacional y los de cada comuna. Sin embargo, la distribución de facultades y los recursos para cumplir con sus tareas es bastante desordenada. Así, las municipalidades deben encargarse de temas para los que no tienen recursos, como salud y educación; mientras que el gobierno central debe hacerse cargo de problemas para los que sí tiene recursos pero no tiene personas que entiendan los problemas, como energía y vivienda. Además, existen problemas que le pertenecen a una realidad intermedia, que excede a la municipal, pero que la nacional no percibe si no es en forma crítica o violenta, como lo puede ser el desempleo en una zona o problemas en la producción agrícola de un producto de menor importancia.

Para poder coordinar los excesos y defectos de los poderes municipales y del Ejecutivo, el concebir una realidad política intermedia puede servir de gran solución.

Sí, es verdad, existen los gobiernos regionales. Pero los intendentes y gobernadores no responden ni tienen la obligación de responder a la realidad regional: son autoridades de confianza presidencial, debiendo ejecutar las políticas generadas en la capital y teniendo la capacidad económica para actuar restringida desde Santiago. Por esto se requiere una reforma que haga que los intendentes sean cargos de elección popular y que les conceda a los consejos regionales mayores atribuciones e independencia económica. Esto ayudaría a conectar la realidad de gobernantes y gobernados, liberando al Poder Ejecutivo para problemas de interés nacional.

Sí, es verdad, no hay culturas regionales tan fuertes como en Canadá o en España que justifiquen sostener la existencia de realidades distintas. Podemos discutir sobre cuántas y cuáles zonas de Chile ameritan ser región, pero por más monoculturalismo que practique el Estado, es innegable que un chileno que vive en Arica no tiene las mismas necesidades que quien vive en La Serena, Santiago, Talca, Temuco o Punta Arenas. Somos todos chilenos, pero distintos tipos de chilenos, realidades que actualmente no comparte el gobierno central y respecto de las cuales el gobierno municipal no puede responder.

¿Esto significa federalismo? ¿Establecer todas las instituciones nacionales en cada región y convertirnos en un país en el que cada chileno es un burócrata? No necesariamente. Personalmente el federalismo me gusta, siempre y cuando cada región pueda ser autosuficiente. Como esto no se puede verificar hoy, es sólo una buena idea a futuro. Mientras tanto, la fórmula de países como Francia, cuyas 26 regiones tienen mayor autonomía administrativa que en un Estado unitario promedio, o Italia, que le concede un estatuto especial a regiones extremas como Sicilia o culturalmente distintas como Trentino-Alto Adigio (que hablan alemán), me gusta para el Chile de hoy.

En conclusión, una reforma regional es positiva y necesaria porque ayuda a establecer una autoridad responsable de una realidad social y política que el gobierno central subsume en la nación y que el gobierno municipal no concibe. Esto ayuda a una mejor conexión entre gobernantes y gobernados, a una igualdad de trato de parte de las autoridades políticas hacia sus ciudadanos y al surgimiento de nuevas políticas en instituciones dotadas de recursos humanos y económicos. Dicho de una mejor manera, una reforma regional nos trata a todos como chilenos en nuestras similitudes y nuestras particularidades.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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