martes, 1 de octubre de 2013

¿Todo muerto es bueno?

El suicidio de Odlanier Mena, Director de la CNI entre 1977 y 1980, causó entre la opinión pública una primera sensación de dolor ante su trágica muerte y las respectivas condolencias para su familia.

Me descoloca la manera de desdoblarse de muchos que han despotrincado incluso más de lo necesario contra personas de dudosa calidad moral, pero que a la hora en que las susceptibilidades de la gente están a flor de piel, acusan un pesar poco creíble y con segundas intenciones.

De aquí, mi pregunta: ¿Todo muerto es bueno?

A la muerte hay que tenerle respeto. Al igual que el nacimiento o el matrimonio, la muerte es un proceso importante en la vida de las personas, generadora de decisiones difíciles y que conmueve lo suficiente como para tambalear la razón. Por esto, más allá de lo estrictamente religioso, es que debemos tener empatía con quien sufre la muerte de un ser querido: porque se encuentra en una situación delicada de la que nadie está libre.

Sin embargo, uno debe entender que la vida de las personas trasciende el cese de sus facultades. Uno no vive sólo dentro del lapso de tiempo entre el parto y la muerte, sino que sobrevive en el recuerdo de las personas y en las obras para la posteridad. La muerte le pone fin a las posibilidades de uno, pero enmarca el universo de acciones para ser tomadas o dejadas por las nuevas generaciones.

El problema es que el respeto por los deudos es mal entendido por la gente y lleva, en ocasiones, a amnistiar moralmente al fallecido.

No sé si los seres humanos tengamos la capacidad para determinar si una persona es buena o mala, a secas. Sin embargo, quien falleció en el caso particular es una persona directamente responsable de una institución que le hizo mucho daño a sus compatriotas a los que juró defender. Esto fue objeto de un proceso largo, en el que tuvo derecho a defensa y a un juicio imparcial, siendo revisado por los tribunales superiores y el resultado fue una condena a presidio. Se trata, por tanto, de un criminal.

Entiendo que la familia de uno lo apoye por más barbaridades que uno haga, pero no podrá pretender la familia Mena que nos olvidemos de lo hecho en vida por el fallecido militar, más aún en circunstancias que su compleja decisión tenía por objeto liberarse de cumplir una pena como todos los que cometen delitos y de asumir debidamente sus responsabilidades. Peor aún es la conducta de personas que se atribuyen altura moral, pero que sabiendo de la actuación de Mena, consideran justa su actuación en vida y lo consideran víctima de una conspiración digna de la Guerra Fría. Más reprochable es la cobertura de la prensa, que al poner mayor atención en el deceso de Mena lo hace parecer implícitamente como una pérdida para la sociedad chilena, en circunstancias que quien decidió quitarse la vida (con lo complejo y a veces involuntario que esto pueda ser) es una persona que contribuyó a la muerte de muchas personas.

La muerte no es mala, ni la vida es algo bueno. Son procesos que son, que van más allá de nuestra voluntad y que no pertenecen al campo de acciones que nos llevan hacia nuestro concepto de felicidad. Por esto, quien muere no deja de ser para los vivos lo que fue hasta su último respiro, correspondiéndonos meditar sobre su actuar, reconociendo lo bueno y condenando lo malo.

El respetar la muerte exige ser justos con el muerto. Pensar que el muerto es siempre bueno es una forma de injusticia.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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