jueves, 18 de diciembre de 2014

(Des)amor americano

Ayer, los Presidentes de Estados Unidos y de Cuba anunciaron la reanudación de sus relaciones diplomáticas. Éstas se encontraban rotas desde 1961, luego que el gobierno revolucionario de Fidel Castro firmara acuerdos comerciales con la Unión Soviética como represalia a las restricciones comerciales que Estados Unidos había decretado hacia Cuba, medidas que a su vez fueron impuestas por la nacionalización de empresas estadounidenses. Con esta medida, el principal conflicto entre países americanos comienza a distenderse, pero no del todo pues, pese a las facilidades comerciales ofrecidas por Barack Obama, aún se mantiene vigente el embargo económico de EE.UU. hacia Cuba, embargo que se encuentra establecido por ley en EE.UU. y que difícilmente será derogado en los próximos años por la mayoría republicana en el Congreso. Aún así, se trata de una buena noticia cuya realidad y éxito veremos en el futuro próximo.

Ambos presidentes, en sus discursos simultáneos, fueron enfáticos en defender la bondad de sus sistemas políticos y expresaron con firmeza sus críticas hacia el régimen del otro. No se trata de una amistad renovada (o iniciada, porque la relación entre Cuba y EE.UU. nunca ha sido de respeto mutuo), sino de reconocer la existencia de un pueblo en el otro país y que éstos puedan relacionarse más allá de las diferencias políticas de sus gobiernos. Como dicha relación entre pueblos debe ser protegida por sus respectivos Estados, se justifica que el primer paso sea la reapertura de embajadas en La Habana y en Washington. Obama ve en esta relación la oportunidad para que Cuba reciba un influjo de libertad y democracia exportadas por sus habitantes, mientras que Raúl Castro ve en esta relación la oportunidad de sustentar económicamente el régimen socialista vigente.

Encontrándose en vías de solución un quiebre que desgarró emocionalmente a América por varias décadas, aún se encuentra pendiente el reencuentro de otros dos países del continente: Bolivia y Chile.

Si bien se trata de diferencias distintas, porque la primera es acerca del régimen político y la segunda es sobre soberanía territorial, considero que el ejemplo cubano-estadounidense es muy ilustrativo para ver cómo se puede restablecer las relaciones entre Bolivia y Chile y establecer una hoja de ruta hacia la amistad entre ambos pueblos y estados.

EE.UU. buscó, por 53 años, el colapso económico de Cuba que incentivara a su pueblo a rebelarse contra el régimen comunista. Hoy se aceptó el fracaso de dicha visión política, pues la pobreza material del pueblo cubano no ha sido vista por éste como opresión de la dictadura, sino como una medida draconiana del imperialismo yanqui. Por ello, EE.UU. desea mostrarse al pueblo cubano como un mejor amigo que su propio gobierno, de modo que el camino hacia la democracia sea por lo buena que es ésta y no por lo malo que es el comunismo.

Bolivia ha buscado, por 50 años (menos un paréntesis de 3), que Chile se sienta apremiado por la comunidad internacional (particularmente la latinoamericana) para que les conceda una salida soberana al mar. La verdad es que dicha visión política no ha generado el efecto buscado, pues, pese a que se pueda empatizar con Bolivia por su necesidad de desarrollo económico, pocos países ven que la mediterraneidad de Bolivia afecte la estabilidad de la región y sea condición necesaria para los problemas políticos y económicos que ha experimentado la nación altiplánica en su historia. Por ello, lo que Bolivia debe procurar no es demonizar a Chile, sino lograr que Chile sea el principal aliado internacional en la solución de los problemas históricos que la aquejan, generando todos los espacios que le permitan al Estado y privados chilenos servir de ayuda en un modelo de desarrollo económico dentro de un contexto de autodeterminación. ¿Ejemplos? Convenios entre universidades, campo laboral en Bolivia para egresados de posgrado en Chile, colaboración entre empresas públicas mineras de Chile y Bolivia en explotación de recursos, etc. Todo esto, por cierto, requiere que ambos Estados puedan entenderse y reconocerse.

Cuba ha mantenido por años un discurso tendiente a la normalización de las relaciones diplomáticas con EE.UU.. Lo que Cuba no ha estado jamás dispuesta es a admitir los estándares políticos que EE.UU. le exige para tener relaciones, estándares que no respetan la autodeterminación política y económica del pueblo cubano. Con la disolución de la Unión Soviética y la consiguiente pérdida de su cooperación económica, Cuba debió ceder en su proyecto revolucionario, adoptando algunas reformas económicas que redujeran la planificación central, todo esto para evitar una crisis que pusiese en riesgo el gobierno revolucionario. Hoy, el gobierno cubano no sólo ve como mal menor estas reformas, sino como la única posibilidad de insertar a Cuba en el mundo de la globalización y la tecnología sin que el régimen se vea alterado. Como Cuba admite ciertos estándares de EE.UU. y éste ya no desea buscar el colapso del Estado cubano, ambas partes han decidido reanudar sus relaciones diplomáticas.

Chile también desea regularizar las relaciones con Bolivia, siendo famosa la frase de Ricardo Lagos cuando ofreció relaciones diplomáticas "aquí y ahora" en una Cumbre de las Américas. Lo que Chile no ha estado dispuesto, salvo en dos oportunidades, es a ceder territorio a Bolivia. El problema es que Chile no ha avanzado mucho en políticas que le permitan a Bolivia confiar en un país al que le atribuyen un drama histórico. Todos los gobiernos chilenos se defienden en este punto diciendo que se dan todas las facilidades para el libre tránsito de bienes y personas entre ambos países, además del uso de puertos chilenos. ¿Bastará eso para que Bolivia cambie su manera de vernos y deje de lado su reivindicación marítima que atenta contra nuestra soberanía? Sin duda que no. Por ello, Chile debe dejar de ver su relación con Bolivia desde una perspectiva de transporte y reubicarla en el ámbito de la cooperación económica en los términos ya expresados, de modo que Bolivia vea realmente a un socio estratégico para la superación de sus problemas históricos y no como la causa de éstos, quedando así superada la demanda marítima y manteniendo inalterado nuestro territorio nacional.

Con un cambio así, hecho en forma seria, prolongada y con respeto, Bolivia confiará en Chile y naturalmente restablecerá las relaciones con nuestro país sin pedirnos mar, sellando así la unidad americana que todos esperamos.

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 11 de diciembre de 2014

¿Marco por ti?

En la misma encuesta del Centro de Estudios Públicos que ha resonado más de una semana por la baja aprobación de la Presidenta Michelle Bachelet, se expuso la evaluación sobre personajes políticos. De acuerdo a ella, los políticos mejor evaluados por el universo de encuestados son Bachelet y Marco Enríquez-Ominami, ambos con un 50% de opiniones positivas. Si bien la evaluación positiva no es lo mismo que la adhesión política y es muy posible que las cualidades personales de los políticos sean valoradas con prescindencia del apoyo electoral, es un índice que refleja al menos un valor importante a la hora de tomar decisiones electorales: el ser considerado un buen político.

Considerando que la actual Presidenta no puede reelegirse en 2017, veamos en qué está Marco.

A diferencia de la elección de 2009, en la que apoyó innominadamente a Eduardo Frei y le negó el pan y el agua a las dos grandes coaliciones, el año pasado Marco no se comprometió con ninguna de las candidatas de la segunda vuelta, pero se mostró llano a trabajar con quienes apoyaran sus principales propuestas programáticas, como la asamblea constituyente y la reforma tributaria. Desde la misma posición crítica que lo hizo salirse del PS, pero entendiendo la responsabilidad que existe en el discurso político, hoy se encuentra mucho mejor posicionado en términos de opinión pública: la gente ha dejado de ver en él al culpable de la derrota de la Concertación en 2009, percibe que trabaja en términos políticos más allá de las elecciones y valora su aporte librepensador en el debate ciudadano.

También ha trabajado arduamente por mostrarse como un hombre de equipo, más que como un llanero solitario. Primero, constituyó un partido político a nivel nacional y con una ideología que va más allá de la persona del fundador: el progresismo. Luego, realizó una tarea de formación política yendo a lugares que la política contingente tiene olvidados. Posteriormente, lideró a su partido en elecciones municipales y parlamentarias y, a pesar de no obtener resultados exitosos, sí ha posicionado en sus comunidades a políticos que antes no existían y que dicen lo que piensan. Hoy, en un período no-electoral, ofrece disponibilidad para dialogar con los partidos más afines a sus ideas políticas, porque esto ya no es una lucha entre Camilo Escalona y él, sino el trabajo conjunto de quienes creen en las reformas estructurales para su aprobación e implementación.

Ahora, seamos honestos. Marco quiere ser Presidente y sabe que no lo puede ser sin una coalición en la que se encuentre toda o parte de la Nueva Mayoría. En esto, puede aplicar dos lógicas: "la unión hace la fuerza" o "divide y vencerás". En otras palabras, o modera su forma de hacer política de modo de ganarse la confianza de la DC y los PS más tradicionales, o espera a una posible ruptura entre las fuerzas más moderadas y las más reformistas entre la Nueva Mayoría y se hace parte de estos últimos. Si bien es difícil de prever qué puede suceder, sobre todo con un gobierno que recién comienza, hay un hecho real: hoy Marco es mirado más como un posible aliado de la Nueva Mayoría que como un factor de riesgo que pueda pavimentarle el camino a un triunfo de la derecha.

No obstante lo anterior, no sé si decir Marco por ti, como lo hice en las últimas dos elecciones presidenciales:

1. La base no está: En 2009 me era comprensible apoyar a Marco como individuo, más allá que fuese apoyado por personajes siniestros como Max Marambio y Paul Fontaine, porque era una candidatura independiente y poco trabajada. En 2013, me pareció que el grado de despersonalización de la campaña del PRO fue buena para un partido recién formado con gente que no pertenecía a partidos tradicionales. Ha pasado sólo 1 año desde la elección pasada y creo que es importante que no veamos solamente a Marco hablar por el progresismo a nivel nacional. Se necesitan más personas que se hagan presente en el debate de ideas y en la generación de movimientos sociales, más allá de Jaime Parada, que brilla con luces propias. Este paso lógico demostraría que Marco es parte de un conjunto de personas que trabaja por el progresismo, más que un líder de personas que ven en él la encarnación del progresismo. En una sola frase, hay que desmeizar al PRO.

2. ¿Vuelve el perro arrepentido?: Hace 5 años, Marco se fue de la Concertación; hoy se muestra dispuesto a trabajar con la Nueva Mayoría. Trabajar con antiguos aliados no es de por sí condenable, pero sí es condenable trabajar con quienes han cambiado poco y nada en el discurso y en la práctica. Si bien hoy hay más coincidencias entre el PRO y la NM con el proceso de reformas estructurales, los liderazgos políticos siguen siendo los mismos, la forma poco democrática de hacer las cosas se mantiene y hay serias dudas respecto del compromiso de algunos sectores con reformas importantes como la educacional y la constitucional. Así las cosas, prefiero un trabajo de largo aliento de Marco enmarcado en una izquierda moderna a buscar apoyos en partidos que poco quieren cambiar y que ven en la democracia a la turba más que una nueva oportunidad.

Me considero dentro del 50% que evalúa positivamente a Marco Enríquez-Ominami, y hoy, 11 de diciembre de 2014, no veo a otra persona que pueda liderar en forma honesta y seria el proceso de reformas que requiere la ciudadanía. Me gustaría verlo con la energía de 2009 y con la tranquilidad de 2013, pero siendo parte de un equipo y líder de una coalición democrática y popular.

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

¿Qué culpa tiene Fatmagül?

Hoy apareció el Estudio Nacional de Opinión Pública del Centro de Estudios Públicos correspondiente al mes de noviembre. Dentro de los diversos datos duros en términos políticos, sin duda el que llama más la atención es el 43% de desaprobación que tiene Michelle Bachelet en la conducción de su gobierno, frente al 38% de su aprobación. Tan potente resultó la señal que la propia Presidenta suspendió sus actividades en la Región de Biobío para citar a una reunión de emergencia de su gabinete en La Moneda; algo que sólo se da en circunstancias de catástrofe natural.

Quienes simpatizan con la Alianza consideran lógica esta ostensible baja, y francamente no creo que sea necesario analizar por qué ellos lo consideran lógico. La verdad es que basta con leer los principales diarios de Chile, la prensa económica extranjera y todas las declaraciones que los políticos de derecha hacen en televisión sobre el gobierno para entender su descontento frente a la sola idea de reformas y a la conducción presidencial. También la DC debería considerar lógica esta disminución, considerando que ellos han sido bastante críticos de las reformas dentro del mismo gobierno.

Lo que me pregunto, al igual que los televidentes encandilados con las teleseries turcas, es... ¿qué culpa tiene Fatmagül?

Un poco de ironía para la posición de víctima en la que generalmente se ha colocado Michelle Bachelet a la hora de las críticas. Cuando en su primer gobierno ella tenía una baja aprobación debido a las protestas estudiantiles y a la crisis del Transantiago, ante la ofensiva de la Alianza, ella declaró ser víctima de un "femicidio político", lo que mediáticamente colocó a sus detractores como personas desalmadas. Hace no mucho, cuando la Presidenta se encontraba en España, declaró que existía una "campaña del terror" en contra de sus reformas, particularmente la educacional.

A diferencia del personaje de teleserie, en la disminuida aprobación de la conducción presidencial, claramente hay culpa de Bachelet.

1. Presidencialismo despresidencializado: Al igual que en su primer gobierno, Michelle Bachelet ha apelado a una figura presidencial muy humana y empática que sabe rodearse de buenos políticos para tomar las decisiones que le permitan realizar su programa de gobierno. Dista lejos de Ricardo Lagos, quien estaba sobre sus asesores y ministros, pero tampoco parece ser como el promedio de los presidentes chilenos, que en general siempre se han guardado la última decisión en temas que inciden en la vida de las personas. La diferencia está en que en su primer gobierno, Bachelet recurrió a la vieja guardia de la Concertación a la hora de la conducción política; mientras que en este segundo gobierno, designó a personas que a la hora de negociar internamente en la Nueva Mayoría, de dialogar con la Alianza y de comunicar a la ciudadanía, no tienen autoridad. Al no haber autoridad a la hora de plantear decisiones importantes, se generan propuestas que no agradan, peleas que no aportan y sobre todo un clima de debate sin pies ni cabeza. ¿Conclusión? Una reforma tributaria distinta, una reforma educacional desorientada, una reforma constitucional impopular y una reforma laboral en momentos en que el empresariado se encuentra políticamente más contrario que nunca.

Distinto sería si el gobierno (la Presidenta o alguien nombrado por ella) dijera expresamente qué se busca concretamente. ¿Por qué? Porque los chilenos somos presidencialistas y nos gusta que nos hablen golpeado, sea de nuestro color político o no. Hoy, tenemos un gobierno poco claro, que posiciona frases de buena crianza, frente a críticas férreas que ganan adeptos. Eso es (falta de) determinación presidencial.

2. Coalición desperdigada: El gobierno ha promovido 4 reformas con fuerte carga ideológica a una coalición demasiado amplia para impulsarlas, pero en realidad no es culpa del ala moderada de la Nueva Mayoría, pues me parece esperable que la DC, desde sus principios fundamentales, critique la actual reforma educacional. Tampoco es culpa del PC que renueve las diferencias que existían en 1973 entre los actuales socios. No creo que sea un error que Jaime Quintana quiera una retroexcavadora, ni que doblen las campanas de la democracia de los acuerdos. Todo eso es esperable en una coalición así de grande. La responsabilidad le cabe a quienes planificaron el programa e instalaron el gobierno, que no previeron el escenario obvio frente a temas que suscitan diferencias entre los propios socios y que no supieron articular las posiciones de sectores más individualistas y sectores más colectivistas en cada reforma.

Veamos el ejemplo de educación. En campaña, Bachelet reiteró la idea de trabajar por una educación gratuita y de calidad en todos los niveles. Seguro que desde la DC hasta el PC están de acuerdo en ello. El problema que hoy existe no tiene que ver (aún) con la amplitud de la gratuidad y del aseguramiento de la calidad, sino con la administración escolar, tema que principalmente le toca a la DC y al PC, en posiciones contrapuestas. Si estas posiciones eran sabidas, ¿por qué no se contemplaron con una fórmula negociada en el programa, de modo de acudir con los votos seguros al Congreso y evitarse estas discusiones que sirven de pretexto para la idea de desgobierno? Es verdad que no todo está en el programa, pero en un buen programa y con un buen liderazgo, se precaven los focos de conflicto que le den razón a los críticos.

3. Señales confusas: Comunicacionalmente, el actual gobierno ha sido bastante malo. Teniendo varias ideas fuerza en torno a las reformas, no ha habido mayor elaboración en torno a ellas ni se ha informado con cierta claridad cómo se van a cumplir las ideas de "educación gratuita y de calidad en todos los niveles", "trabajo digno con sindicatos fuertes" y "una constitución democrática". El más claro ejemplo es el fortalecimiento de la educación pública, tema en el que todos los partidos de la Nueva Mayoría están de acuerdo, pero que ha sido postergado por las reformas sobre la administración educacional; en circunstancias que habrían muchos menos temores frente a la eliminación del copago y la selección si tuviésemos una educación pública fortalecida con recursos, profesores buenos y un currículo que le permita al egresado de Cuarto Medio pensar en sí mismo dentro de la comunidad.

Precisamente éste era un aspecto que Bachelet, en su anterior gobierno, tenía mejor desempeño. Al ser una persona que genera confianza y al hacer suyas las reformas previsional y de protección al menor, la gente tenía una idea de cómo tal o cual medida le iba a beneficiar en el corto o mediano plazo. Hoy, Bachelet se encuentra más ausente de estos procesos de cambio, dejándoselos por completo a sus ministros y a los presidentes de partido, siendo ella más una presidenta de corte de cinta. Ante políticos de poca credibilidad y discusiones que confunden en lugar de aclarar, hoy el votante a pie de la Presidenta no sabe bien para dónde va su gobierno...

... y eso es lo peor que le puede ocurrir, pues en el votante a pie está el capital que tiene Bachelet para continuar con éxito sus reformas.


Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Iglesia Católica, DC y reforma educacional

El día de ayer apareció en La Segunda un informe sobre las distintas reuniones que ha sostenido la Iglesia Católica, particularmente el Cardenal Ricardo Ezzati y el obispo Héctor Vargas (Presidente del Área Educacional de la Conferencia Episcopal), con políticos de la Democracia Cristiana. El objetivo ha sido principalmente el de obtener la reposición en el Senado de la indicación que les permite a los colegios particulares subvencionados arrendar los inmuebles en que funcionan, en el contexto de la reforma educacional, pero también el de actuar en forma conjunta y coordinada frente a distintos aspectos de ésta. En este sentido, las autoridades eclesiásticas han sido enfáticamente críticas de la reforma educacional emprendida por el gobierno de Michelle Bachelet, y teniendo en cuenta que requieren de votos pertenecientes a la Nueva Mayoría para poder revertir algunos puntos ya aprobados en la Cámara de Diputados, se ha acercado al partido que se ha manifestado menos conforme respecto de la reforma.

Si bien la Democracia Cristiana no se concibe a sí misma como un partido confesional, sino como un partido de inspiración socialcristiana, escenarios como éste muestran que la relación entre la Iglesia Católica y la DC es más que de inspiración valórica, sino que de representación corporativa. A su vez, esta negociación nos recuerda que la Iglesia no es sólo madre y maestra para aproximadamente el 70% de los chilenos, sino además un actor político.

La DC, como sucesora de la Falange Nacional y representante de la sensibilidad social que existió en el Partido Conservador del cual ésta se escindió, siempre ha tenido una estrecha relación con la Iglesia Católica. De la mano de los cambios que hubo en la Iglesia con Juan XXIII y Pablo VI, la DC asumió un rol de articuladora de cambios sociales que ya no eran sinónimo de revolución armada, sino que de justicia social, los que incluso sectores conservadores aceptaron con cierta renuencia mientras fuesen con moderación. Con la Unidad Popular, la DC fue quien representó el espíritu de Raúl Silva Henríquez de no manifestar abierta oposición conservadora frente a un gobierno socialista, sino de encauzarlo en la institucionalidad democrática. Con la dictadura, fueron los militantes de la suspendida DC los que recogieron el llamado de la Iglesia de recuperar la democracia y el respeto a los derechos humanos, luego que los excesos del régimen militar eran evidentes incluso para un partido que apoyó el golpe de estado. En democracia, la DC ha buscado verbalizar políticamente la doctrina social de la Iglesia en un contexto de consenso politico-económico, ejerciendo un veto en las fuerzas progresistas de la Concertación / Nueva Mayoría en lo que respecta a moral sexual y rara vez contradiciendo la posición inequívoca de la Iglesia, como ocurrió con la inclusión del divorcio en la nueva Ley de Matrimonio Civil. Por todo esto, el rol de la Iglesia Católica y de las direcciones de la Conferencia Episcopal de Chile son muy fuertes para decir que en la DC hay sólo inspiración valórica: la DC traduce las enseñanzas de la Iglesia a un idioma político contingente, como no lo hace ni la UDI ni RN, que se dicen más católicos en esencia.

Mi confirmación de esta representación corporativa se basa en dos puntos: (1) una suerte de unanimidad de parte de distintos sectores de la DC, como los representados por Ignacio Walker, Gutenberg Martínez y Jorge Pizarro, para acoger los planteamientos de la Iglesia y representarlos en el Senado y en la opinión pública; y (2) que lo expresado por la Iglesia Católica no versa sobre lo moral, sino sobre su rol como administradora de colegios, punto en el que, de acuerdo a lo expuesto antes, podría aceptar disyuntivas por parte de la DC.

Sobre el carácter de actor político de la Iglesia Católica, es una constante histórica que existe una confusión entre el poder espiritual de la Iglesia y el poder temporal que en la práctica ésta ejerce. En materia de reforma educacional, lo espiritual no está siquiera en discusión, siendo su labor educativa un aporte a la sociedad chilena que no se puede perder. El problema existe porque la Iglesia asume un rol militante respecto de temas temporales, que escapan a su infalibilidad moral para sus creyentes y a su labor evangélica, y mediáticamente confunde este discurso con la tarea pastoral. En este sentido, si se le critica a la Iglesia, se le critica como a un poder político paralelo y no como una institución religiosa. Cuando se suscita esta confusión, a veces desde el mismo clero, a veces desde los políticos que representan a la Iglesia, se genera un ambiente de anticlericalismo como reacción al incuestionable poder sobre las conciencias que ella tiene, cuyos extremos se encuentran en el México de los años 20 y en la España de la Guerra Civil. Por esto, tanto desde la Iglesia, como desde los católicos y también desde los no-católicos, debe existir la necesaria diferenciación de cuándo podemos escuchar a la Iglesia como guía espiritual de millones de chilenos y cuándo la Iglesia es una institución política que puede ser valorada o criticada.

La reforma educacional hoy es tema para la Iglesia Católica en su calidad de sostenedora escolar, más que en su rol de propender a la salvación de las almas, pues hoy se encuentran en discusión aspectos netamente administrativos y muy poco curriculares del sistema educacional chileno. Sin duda que a la Iglesia Católica le interesa que se permita el arriendo de inmuebles porque la alternativa de compra de éstos le puede resultar sumamente onerosa para una institución que no recibe los aportes de antaño, y como sostenedora escolar le es legítimo criticar la propuesta y buscar apoyos políticos. Lo que resulta cuestionable es que la Iglesia Católica haga uso de la espada espiritual para domar a quienes tienen la espada temporal, como también es cuestionable la poca transparencia de un partido político frente al uso de la espada de la Iglesia.

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Tropezar con la misma piedra

El cargo de Ministro de Educación es, probablemente, el más político de todos. Esto ocurre porque debe hacerse cargo de una realidad social ideológicamente muy cargada, buscando conciliar las distintas concepciones de la sociedad que tienen las personas, el rol del Estado frente a las libertades personales y los intereses de dos de los grupos de presión más incidentes de la sociedad chilena: los estudiantes y los profesores. Como las concepciones de sociedad entran en colisión al ser discutidas, las posiciones en materia de libertades son dogmáticas al hablar sobre educación y la posición de los grupos de presión suele buscar el interés propio más que el general, el escenario político que se presenta ante cualquier Ministro de Educación es de los más delicados, por cierto de los más desafiantes, pero también de los más fracasados, al menos desde 1990.

Si los Ministros de Hacienda son raramente removidos porque representan el consenso de oficialismo y oposición en el gobierno, los Ministros de Educación son siempre reemplazados porque ese consenso no existe respecto de su propia gestión. Incluso en la propia coalición de gobierno existen serias diferencias sobre cómo debe ser el rol del Estado en la economía, en la educación y en el conflicto social subyacente. Además, ante cualquier brote de conflicto con estudiantes y/o profesores, existe una mediatización que exige el cambio de ministro. Todo esto se refleja en que, desde 1990, casi todos los presidentes han cambiado a su Ministro de Educación en dos ocasiones, aunque desde el gobierno de Ricardo Lagos se produce el fenómeno de los reemplazos en un contexto de descontento de los actores educativos.

En Educación, generalmente el Presidente de turno designa al comienzo de su gobierno a una persona con experiencia política o técnica que genera expectativas de poder hacer una diferencia en las políticas educativas, las que no se ven cumplidas. Aylwin designó a Ricardo Lagos, quien dejó el cargo por aspiraciones políticas; Frei designó a Ernesto Schiefelbein, experto en la materia pero que por su poca habilidad política resultó sustituido en 6 meses; Lagos designó a Mariana Aylwin, mujer con experiencia en educación y política, pero que fue reemplazada por su mala relación con los grupos de presión; Bachelet designó a Martín Zilic, de experiencia universitaria, pero que no pudo controlar la crisis de 2006; Piñera designó a Joaquín Lavín, cuyo capital político en la derecha es indudable, pero quien tampoco pudo controlar las protestas de 2011. Todos los casos anteriores motivaron el nombramiento de personas con un perfil más cargado hacia la parte más débil de su antecesor (si era un ministro político, se designa a un técnico), con distintos resultados, pero generalmente privilegiando a políticos de más bajo perfil y que no entrasen necesariamente en conflicto con la oposición o con los movimientos sociales. Así, ningún gobierno desde 1990 ha logrado mejorar el escenario político en la materia, traspasándole al gobierno siguiente la responsabilidad cada vez más creciente de la reforma.

Hoy, Nicolás Eyzaguirre se encuentra en un escenario similar al de la mayoría de los primeros Ministros de Educación. Seguramente fue designado porque su gestión en Hacienda es aún valorada transversalmente, por lo que su capital político podía colaborar en una reforma difícil de lograr, más aún si requiere de una considerable inversión pública. Él mismo se ha encargado de señalar que no sabe mucho de educación, pero que con el esfuerzo de su equipo y del gobierno va a tratar de lograr un buen resultado. Lo real hoy día es que ninguno de los sectores que participan de sus decisiones se encuentra siquiera conforme con lo realizado por él: fuera de la opinión de quienes se oponen a la reforma educacional, él no ha participado activa y decisivamente ni en la redacción, ni en la negociación, ni en la aprobación parcial de la reforma; tampoco se ha relacionado inteligentemente con los estudiantes ni los profesores, siendo pasivo con los primeros e inexistente con los segundos. Además, su decisión de comenzar la reforma eliminando el copago, la selección y el lucro en lugar de generar primero un sistema público confiable que sustituya la demanda por colegios particulares subvencionados ha sido impopular en un sector de los padres y de la propia Nueva Mayoría. Por esto, y particularmente desde la semana pasada, es que transversalmente se está insinuando la necesidad de su reemplazo; y es altamente seguro que Eyzaguirre sea trasladado a otro ministerio, porque destituirlo sería un sonado fracaso para él, para la reforma y para Bachelet.

Sin embargo, la pregunta es, ¿qué tan incidente puede ser la persona del Ministro de Educación?

Mi opinión es que, en un gobierno cuya presidenta delega todo en sus ministros, es imperativo que el Ministro de Educación sea una persona que tenga capacidad política, tanto para proponer, negociar y sobre todo para tomar decisiones políticamente incorrectas en el corto plazo, pero que pueden resultar positivas. En este sentido, se requiere de alguien que pueda reordenar las propuestas de la reforma, enfocándose primero en fortalecer la educación pública para luego disminuir las injusticias en la particular subvencionada; de alguien que asuma seriamente el tema de la gratuidad, de alguien que sepa recoger las ideas del estudiantado sin ser guiado por el peso mediático que éste tiene; de alguien que pueda privar al Colegio de Profesores de su veto en materias de evaluación y carrera docente; de alguien que argumente tanto en el Congreso como en los colegios y universidades sobre la educación como un derecho y no como un bien de mercado; de alguien que entienda que con la reforma educacional estamos buscando una nueva forma de relacionarnos entre las personas, sin segregación social, sin privilegiar el tener sobre el ser, sin asociar el éxito con la universidad y en la que todos podamos realizar responsablemente nuestra idea de felicidad. Cierto es que un ministro que tenga estas características no estará libre de las protestas o de la falta de consensos en el Congreso, pero lo anterior refleja un liderazgo que genera apoyo ciudadano y disciplina partidaria.

En conclusión, todas las personas que han ejercido este cargo con anterioridad han carecido de la comprensión de su labor como del poder para decidir con fuerza sobre el tema. Por esto, y ante un eventual cambio en la conducción, el ministerio socialmente más complejo de todos requiere de un político brillante, si no de un dictador a la usanza romana, que pueda por fin generar una reforma educacional a largo plazo y que sirva de piedra angular para la construcción de un nuevo Chile.

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Miedo

La política, como toda actividad humana, tiene de pasión y tiene de razón. Contra lo que suelen decir los academicistas, pasión y razón se usan para argumentar, para convencer y para disuadir. No está mal el uso de la pasión (o lo pasional) en la política, pues de lo contrario pasa a ser un oficio restringido a una raza de seres que no sufren ni se alegran con la vida propia y de los demás. Es más, es MUY valioso lo pasional en la política, pues ¿qué sería de ella si un político no se indigna al ver a una familia indigente, si un político no nos regala un discurso emocionante que nos envalentona a trabajar o si no existiese la sed de justicia en base a una historia personal? Seguramente una actividad desligada de la realidad humana.

El problema, sin embargo, se encuentra cuando hay quienes desean pasar la pasión por razón, las decisiones propias como ley general y los traumas del pasado como fundamento para el futuro.

1. No deseo explayarme demasiado en las columnas de los días miércoles de El Mercurio (léase Gonzalo Rojas). Quien lee dicho diario sabe la posición conservadora del profesor universitario, que suele justificar lo más aberrante de la dictadura y que considera que la sociedad se encuentra en decadencia desde hace 50 años. Lo que a veces yo me pregunto respecto de él y de muchos que piensan como él es si los comunistas efectivamente se tomaron sus hogares, se llevaron todo lo que podían, se violaron a sus madres y hermanas y los dejaron sólo con lo puesto y un crucifijo. Me pregunto porque entendería su miedo patológico al comunismo y al socialismo en dicho contexto que no se lo deseo ni al peor de mis enemigos. Pareciera que Gonzalo Rojas u otros personajes de apellidos castellano-vascos sobrevivieron la hambruna de Holodomor o las purgas stalinistas. No, nada de eso. Han tenido de las vidas más plenas, seguras y tranquilas que cualquier ser humano pudiese esperar.

La verdad es que Chile ha sido un país bien pacífico en su historia. Incluso el experimento socialista que vivimos fue tranquilo y no puede siquiera ser comparado con Cuba, la Unión Soviética y China. ¿Pudo ser peor? Eso es política-ficción, pero la historia puede dar fe que los partidos que se han sometido a elecciones han respetado la democracia, que hoy las armas se encuentran fuera de la política y que la izquierda en Chile ni siquiera comulga con doctrinas socialdemócratas, lo que la hace bien moderada y amistosa con un sistema neoliberal en lo económico y de democracia indirecta en lo político.

Por esto, posiciones extremas como las de Gonzalo Rojas y de la derecha pinochetista son injustificables, porque hablan desde el miedo a ver algo distinto.

2. No todos son paranoicos en una democracia neoliberal. Hay quienes en realidad vivieron en carne propia la barbarie, ya sea en Chile, como el ex-mirista y hoy político liberal en Suecia Mauricio Rojas, o fuera de Chile, como el escritor Roberto Ampuero. Sí, puedo entender que una persona que decidió armarse en busca de un mundo mejor se sienta aterrado de dicha decisión, arrepentido y hoy quiera exponer su visión distinta a otros para que no cometan su mismo error. Sí, puedo entender que los sueños de juventud son poderosos y en un contexto de calor político uno decida más con el corazón o con el estómago que con la cabeza. Habla muy bien de la humanidad de una persona que, al ver el extremo al que puede llegar la lucha por la igualdad, decida renunciar a las armas y a una militancia irreflexiva a un partido para buscar eso mismo apelando al diálogo y a las libertades de las personas.

Pero no me cuadra lo vivido por Rojas, por Ampuero, por Jorge Edwards o por tantos otros exiliados. ¿Puede ser el trauma de la persecución política tan fuerte como para aliarse a quienes eran antes tus enemigos? La verdad es que RN y la UDI no son muy diferentes al Partido Nacional al que se enfrentaban antes. Siguen defendiendo un modelo de sociedad individualista basado en una moral católica y ven los problemas sociales casi como predestinación divina. ¿Por qué apoyarlos? ¿Sólo porque la otrora Concertación pactó con el PC? ¿Con un PC que, aunque respete las elecciones y no pida la cabeza de nadie, sigue defendiendo al régimen cubano?

Creo que los izquierdistas arrepentidos no hablan desde lo razonable de su nueva posición ni desde lo aberrante de sus oponentes, sino desde el miedo a un pasado siniestro.

3. El miedo no es monopolio de la derecha. También lo hay en el centro y en la izquierda. Es cosa de verlo en el proceso de reformas y de quienes particularmente se oponen. Por un lado, existe un grupo de políticos de los orígenes de la Concertación (Genaro Arriagada, Gutenberg Martínez, Jorge Correa Sutil, por mencionar algunos) que se han empeñado a poner la alerta sobre el "gobernar desde la calle", a defender en una sana democracia la "democracia de los acuerdos" y a criticar aspectos de las reformas desde el consenso económico que se logró en la transición. Por otro, políticos como Camilo Escalona y José Miguel Insulza se han opuesto a las reformas de corte político, particularmente que se redacte una nueva Constitución generada en una asamblea constituyente, no porque esto sea una aberración de las masas o porque confían plenamente en la democracia representativa, sino porque una decisión así puede servir de pretexto para la reacción violenta de la derecha.

Si se fijan, quienes se plantean como críticos o escépticos ante las reformas, son políticos que sufrieron persecuciones por pensar distintos, que su objetivo primordial era lograr la paz más que la justicia y que vieron cómo se cayó el Muro de Berlín y cómo llegamos al fin de la historia de acuerdo a Francis Fukuyama. En su lectura del proceso, hay críticas razonables y válidas, pero debajo del aporte que se quiere mostrar como objetivo y fundado, hay historias personales y dolores del pasado que no necesariamente compartimos todos los que deberíamos recoger sus observaciones. Hay un temor a dichos cambios, como si la reforma educacional fuese la ENU (y el único pecado de ella era el apellido socialista de la reforma), como si la reforma tributaria fuese la reforma agraria y como si la nueva Constitución fuese la consagración del socialismo. En base a este temor, hay un rechazo a priori de ciertas reformas, como si con ellas se abriera la Caja de Pandora, en lugar de exponer qué reformas serían positivas para lograr un Estado Social y Democrático de Derecho.

Si bien Chile sigue viviendo de los traumas, el Chile de hoy no es el de Gonzalo Rojas, tampoco es la RDA de Ampuero y por cierto que dejó de ser el país de la Concertación. Hoy la gente quiere expresarse, quiere vivir una vida plena de acuerdo a sus proyectos y le indigna más que ayer el que existan ciudadanos de segunda clase. Es verdad que comunicacionalmente las cosas no se han hecho bien, pero sin duda que se requieren las 4 reformas que el gobierno de la Nueva Mayoría se ha empeñado en realizar. A quienes creemos en la política nos corresponde buscar cómo hacerlas realidad basadas en criterios de justicia y no negarnos a ellas por el temor a un déjà vu, temor que lamentablemente se encuentra presente y se va traspasando en forma de verdad.

Te lo dice,

R.F.S.K.

martes, 21 de octubre de 2014

Aristocracia económica

Si hay una institución que encarna esa idea de la Concertación/Nueva Mayoría como buena administradora del modelo económico impuesto en dictadura es el Ministerio de Hacienda. Mientras en los ministerios políticos han sido designados moderados leales a la democracia de los acuerdos y los proclives al activismo han sido dejados en los ministerios sociales, el Ministro de Hacienda es la persona que debe contar con la aprobación política de todos los sectores, más allá que sea de exclusiva confianza presidencial. Esto porque, dentro del misterioso mundo de las señales económicas, los índices son buenos si el ministro designado es de gusto de empresarios (nacionales y extranjeros), políticos (de éste y del otro lado) y de los trabajadores (que supuestamente lo aceptarán como parte del gobierno de la gente). Así, el encargado de las finanzas se ha convertido implícitamente en el representante de derecha en los gobiernos de centroizquierda.

Desde 1990, el perfil del Ministro de Hacienda es bien similar: una persona de nulo activismo político, sin previa experiencia en cargo de elección pública o ministerio, enfocado únicamente en aspectos técnicos (pasando a lo político sólo si influye en su tarea), con posgrado en alguna universidad estadounidense y adherido plenamente a la economía social de mercado. Como los Ministros de Hacienda tienen la venia de todos los actores económicos y su labor es poco comprendida en términos de opinión ciudadana, generalmente duran todo el período del presidente que los designó. Por más que su labor se ha inscrito en gobiernos que buscan generar crecimiento económico con acento social, la agenda de los Ministros de Hacienda se relaciona más con la inversión extranjera, la banca, el empresariado y las instituciones financieras mundiales, siendo Andrés Velasco el único que fue a dialogar con la CUT en su propia sede. Foxley fue así, Aninat fue así, Eyzaguirre fue así (y aún teniendo pasado comunista), Velasco fue así y Felipe Larraín fue así.

Hasta que llegamos a la excepción a la regla: Alberto Arenas.

Creo que fue Carlos Peña quien escribió una columna haciendo presente que quien es hoy Ministro de Hacienda es el primer político que ejerce el cargo en democracia. Si bien se doctoró en una universidad estadounidense, fue anteriormente funcionario de gobiernos de la Concertación, tanto como Director de la Empresa de Ferrocarriles del Estado (con todo lo que eso significa) y como Director de Presupuestos en la Primera Administración Bachelet. No fue activista, claramente, pero los años en el aparato estatal lo hacen más un militante más de la Nueva Mayoría en Hacienda que un economista tecnócrata en Hacienda. Si le suman que fue jefe programático de la campaña de la reelección de Michelle Bachelet, cosa que ninguno de los Ex-Ministros de Hacienda hizo antes de ser designado, no podemos desconocer que Arenas no es el representante de los intereses de la derecha en la Nueva Mayoría, sino que es el administrador de la billetera para el programa de ésta.

No quiero hacer una defensa de la gestión de Arenas en Hacienda. Al igual que muchos, considero que comunicacionalmente lo ha hecho mal, que actúa con severa obstinación y que, tratando de quedar bien con todos, no queda bien con nadie. Sin embargo, su designación ha significado una ruptura positiva con la aristocracia económica.

La aristocracia económica es la clase de economistas apolíticos egresados exclusivamente de universidades con escuelas fuertemente liberales, que se relacionan con los actores económicos dueños del capital y que ejercen una suerte de veto en políticas sociales que pudieran llegar a afectar la relación armónica entre la política económica y el mundo privado. Son una nobleza sobre los cuales han recaído las virtudes del buen gobierno durante los últimos cuarenta años. Como esas virtudes del buen gobierno son el modelo, resulta comprensible que no se recurriera a ellos para responder a las necesidades sociales de reforma, pero como cualquier clase que se siente herida o excluida, ha hecho saber su molestia en las distintas tribunas económicas. No sabría decir si ha sido esta reacción la responsable, pero sí ha sido factor para el clima de desconfianza económica del último tiempo.

Ante esto, 3 ideas:

  • No creo que sea bueno acostumbrarnos a la idea de Ministros de Hacienda supuestamente apolíticos, porque precisamente la administración de recursos no es neutra al uso que se le pueda dar a ellos, como tampoco es neutra la forma en la cual se recaude, la cual en un Estado Social y Democrático de Derecho debe ser proporcional a los ingresos que se obtengan.
  • El gobierno debería mejorar la comunicación sobre las reformas, explicando que las reformas a realizar son hechos normales del primer mundo en el que también se invierte y se hace negocios. Por esto, para quienes somos más políticos que técnicos y más plebeyos que patricios, la incertidumbre de la que es parte la aristocracia económica no se justifica.
  • Si el funcionario Arenas resulta tan gravitante en la confianza de la economía, ¿existe un perfil de Ministro de Hacienda político que sí pueda efectivamente conjugar confianza en los mercados con la realización de reformas?


Te lo dice,

R.F.S.K.

domingo, 19 de octubre de 2014

No queremos dinero

El Caso Penta ha generado diversos efectos mientras aún se investiga: se evidencian los grandes aportes empresariales que recibe la derecha política, se cuestiona la forma en la que buena parte de los partidos se financia (porque no digamos que la Nueva Mayoría se financia a punta de rifas y bingos), se produce una guerra de dimes y diretes entre oficialismo y oposición y pareciera ser que, como el 99% de los problemas políticos que involucran a ambos sectores, todo se resolverá con un acuerdo transversal. Además, como efecto colateral, se consolida el divorcio entre la Nueva Mayoría y Andrés Velasco, al considerarse éste como víctima de una persecución política por haber criticado el proceso de reformas (en verdad, nunca fue de centroizquierda el caballero, pero bueh...).

¿Pero cuál es el problema? ¿Que el Grupo Penta haga donaciones a políticos? No, porque de una u otra manera una empresa siempre va a aportar. ¿Que en un contexto de aportes a políticos el Grupo Penta haya cometido fraude al FUT, o sea, un delito tributario? Aunque debe investigarse y sancionarse, es algo que va más allá. ¿Que los partidos políticos reciben aportes reservados? No. ¿Que el mecanismo de financiamiento público no sirve? Tampoco. ¿La falta de fiscalización en la materia? Menos. ¿La falta de honestidad de los protagonistas? Cuéntense una de vaqueros.

El problema está en la relación entre el dinero y la política. Mejor dicho, en cómo un grupo económico de importancia tiene una relación tan directa con un partido político.

Es cosa de ver la reacción uniforme que tuvo la UDI al hacerse público este caso: que ellos no han recibido ningún dinero irregular, que el SERVEL visó todos estos aportes (sí, el SERVEL denunciando fraude al FUT), que los señores Délano y Lavín son unas tremendas personas y que todo esto es una operación para desviar la atención de lo mal que lo está haciendo este gobierno. Nunca había visto una defensa de un partido hacia una empresa tan descarada como ésta, pero se entiende dentro de un contexto en el que Penta le aporta cientos de millones de pesos al partido gremialista.

Si bien los políticos son seres humanos como todos nosotros, al ser electos en un cargo representativo, ellos deben tratar de tomar decisiones a partir de sus convicciones pero sin mayor influencia sobre ellos que la de un ciudadano común en su vida normal. Por ello, existen una serie de normas para evitar los conflictos de intereses, para regular el lobby y, en lo particular, para evitar que empresas nacionales y extranjeras incidan en su trabajo de manera gravitante mediante el financiamiento de sus campañas y demás actividades. Sin embargo, seguimos teniendo serios conflictos de interés en nuestro Congreso, sobre todo cuando se trata de leyes que versan sobre recursos naturales; tenemos una Ley del Lobby a entrar en vigencia en Noviembre, que esperemos cumpla con evitar que las decisiones políticas sean fruto de negociaciones oscuras e intereses ajenos al bien común; y sobre el financiamiento... bueno, tenemos una empresa subsidiaria de Penta en ambas cámaras.

Es éste el contexto que se requiere reformar profundamente, más que el simple aporte de privados en la política, pues ¿de qué nos sirve limitar los aportes que Penta pueda hacer a la UDI si luego Penta me informa que creará 1.000 nuevos empleos bajo la condición que voten tal o cual ley? ¿De qué nos sirve cambiar las formas en las que Penta pueda aportar dinero si tenemos a 5, 10 o 20 diputados que han trabajado para Penta en el pasado y podrían volver si dejan de ejercer? Por esto, cualquier acuerdo sobre financiamiento se hace inútil si no se analiza también los conflictos de interés existentes en los poderes públicos y no se fiscaliza debida y públicamente el lobby.

Mi seria duda pasa por los que se hacen los buenos en esta pasada. La Nueva Mayoría, otrora Concertación, al verse limitada por los aportes privados, siempre ha buscado un aumento del aporte público. Con la reforma en la que el SERVEL reembolsa los créditos obtenidos por políticos según sus votaciones, se mejoró en la materia pero sólo supeditado al éxito electoral, lo que limita el ingreso de partidos minoritarios, regionales o independientes. Existiendo ahora la oportunidad de reformar, no tengo claro si la coalición de centroizquierda buscará realmente una actividad política más responsable y abierta a la ciudadanía o si buscará beneficiar su situación en desmedro de la Alianza.

Para terminar, algunas ideas que me parecen positivas para limitar la relación entre el dinero y la política y que se aplican en Canadá: las personas jurídicas y los extranjeros tienen prohibido hacer aportes a partidos y a candidatos; sólo las personas naturales pueden aportar hasta un máximo anual de CAD 1.200 (unos $ 620.000, aproximadamente) a un partido político, a un precandidato, a un candidato o a asociaciones relacionadas con dicho partido, teniendo una deducción de impuestos a la renta proporcional a dicho aporte; todos los aportes que un partido, candidato u organización reciba sobre los CAD 200 (unos $ 100.000), deberán ser informados anualmente al servicio electoral federal, montos que se harán públicos; cada candidato o partido podrá gastar hasta un máximo del 120% de una cifra calculada sobre la multiplicación de un factor por el número de personas habilitadas para votar en la circunscripción en la que se compite, perdiendo la mitad del subsidio electoral (que funciona similar a Chile) si sobrepasa dicho límite.

Seamos serios. De una vez por todas, impidamos que el dinero determine la naturaleza de nuestra democracia.

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 9 de octubre de 2014

Tengo un problema con el arte, Parte II

La semana pasada les planteaba mi complicación con admirar, apreciar o conmoverme con ciertas formas artísticas, preguntándome qué puede haber en una pintura o en una novela que las haga tan valoradas por personas tan distintas, evitando el lugar común de decir "es bueno porque la gente dice que es bueno".

Dentro de las respuestas recibidas, las cuales agradezco, Emil Ibarra me recordó mi subyugación emocional a la música y que quizá esa era mi vara para medir a otras formas artísticas. La verdad es que sí, soy un ser enfermantemente musical: escucho al menos 50 canciones diarias, soy de buscar letras y partituras de las canciones que me gustan y a veces comparo los significados que los autores quieren darle a sus canciones con el sentido que me llega. Alguna vez toqué piano, pero esa es otra historia...

Este fin de semana viví un momento musical bien intenso... y creo que corrobora un poco lo expuesto por Emil.

Luego de algunos días de pocas satisfacciones y muchos estímulos negativos, el sábado pasado llegué a un punto de sensibilidad poco habitual. Me sentía muy raro, con impotencia, con un fuego líquido que conectaba ojos, garganta y estómago. Estaba bloqueado para poder expresar cualquier idea o decidir hacer algo que me sacara de ese estado, como haber salido por su pilsen con algún amigo. Tenía un grito contenido, o algo por el estilo.

En momentos turbios como éstos, la música tiene ese efecto de producir la catársis que buscaban los dramaturgos griegos con sus representaciones teatrales. Hay canciones que van asociadas a momentos del pasado, sonidos que evocan algún sentimiento perdido entre la cabeza y el corazón y letras que aluden directamente al estado que uno no logra entender o administrar del todo.

En mi caso particular, escuchar el álbum Blue de Joni Mitchell genera esos 3 efectos: recuerdos del pasado, representación de sentimientos y apelación directa al momento. Irónicamente, conocí el disco hace no más de 5 años porque es de esos discos de cabecera para quienes gustan del pop-rock en inglés, pero no me gusta porque sea un disco de cabecera (de hecho no me gustó la primera vez que lo escuché), sino porque con la hermosa voz de la cantante, las letras personales y las armonías mezcla folk-jazz genera un efecto de tranquilidad cuando uno anda volando bajo.

Y así, escuchando la canción "Little Green", que Mitchell escribió disimuladamente para dirigirse hacia su hija que dio en adopción cuando ella era una joven incapaz de hacerse cargo de un bebé, me limpié de ese fuego desagradable.

Saliéndome del culebrón y yéndome a lo estético, me cuesta encontrar esa conexión fuerte que tengo con la música en otras formas artísticas. Podría hacer el experimento de quitarle el audio y leer sólo poesía o narración en las canciones, para ver si sólo la letra puede alterarme en favor o en contra. Las imágenes pueden darle pausa al ajetreo de la vida común, incluso generar reflexión si uno percibe el contexto histórico-cultural de la pintura o la fotografía, pero no encuentro que puedan darme un giro emocional o espiritual como sí lo logra la música. Salvaría eso sí al cine, que en mi caso sí puede condicionar mi estado de ánimo y generarme incluso un cambio de perspectiva frente a episodios personales e históricos, pero no me explico mucho cómo lo logra frente a otros tipos de representación y más allá de la apelación personal.

El arte no es sólo representación de la realidad sino también la impresión del artista. No sólo me veo yo y mi alrededor en el libro o la pintura, sino también la mente más o menos torcida del creador, pero a no ser que me falte ácido, las imágenes más irreales o derechamente imposibles de interpretar (una pintura de Jackson Pollock, por ejemplo) escapan a la posibilidad de generar una emoción. No logro apreciar la torsión de la mente del artista, a no ser que tenga colores llamativos en el caso de una representación visual o, en el caso de la literatura, que haya alguna empatía hacia esa creación imaginaria.

¿Es posible pedirle la emoción, las ganas de reír o llorar, el sentirse animado y con ganas de hacer y deshacerlo todo, a una pintura o a un libro, como a mí me lo genera la música? Y si lo es, ¿dónde está?

No quiero creer que las cosas me entran sólo por las orejas.

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 2 de octubre de 2014

Tengo un problema con el arte

Tengo un problema con el arte...

Sí, ya, bueno... tener un problema con el arte es como complicarse con que el agua sea líquida. "Todo es arte", "todo es cultura", "todo es político", "el lenguaje construye realidades" y todas esas cosas posmodernas que aún no me compro...

El tema es el siguiente:

1. He sido siempre bueno para leer. Creo que no hay día que no lea. Todo se lo debo a mi viejo que me generó un condicionamiento pavloviano al siempre darme un premio cada vez que leía un libro (tuve hartos Lego y Playmobil). Además, en mi casa nunca faltaron libros y si alguno quería uno, se compraba. Comencé con cosas infantiles como todos, pero no me llegaban (salvo la saga de Papelucho). Después, cosas de adolescentes que en verdad me daban lata (no voy a despotrincar contra la obra de José Luis Rosasco, pero "Francisca, yo te amo"... guácala). De ahí vinieron los clásicos... y creo que me mataron un poco el hábito de leer ficción: no sentía lo que la gente decía sentir leyendo "Crimen y Castigo" o "Rayuela". Eso es fuerte, porque hay algo en esos libros que los hace universales, y el no percibirlo lo hace a uno un poco más extraño que lo normal. ¿Para qué sentir eso, en realidad? Mejor buscar cosas que me integren y no que me alienen.

Por eso prefiero cosas que derechamente me hagan reír, como libros de humoristas, o relatos de injusticias evidentes, las que no pertenecen a la ficción. Últimamente he estado leyendo algunos libros escritos por Groucho Marx (por quien me considero marxista), con el que sí siento un poco de conexión: ¿qué más humanamente universal que cagarse de la risa con las pellejerías propias y las reglas absurdas de la sociedad? Llega a ser hasta una máxima moral recomendable.

2. Con las artes visuales me pasa otra cosa. Hace un par de años, fui con mi padre al Museo Reina Sofía de Madrid, el cual es principalmente famoso por tener el Guernica de Picasso. Ahí estuvimos los 2 frente a la obra cumbre del pintor español, aproximadamente unos 2 o 3 minutos. De ahí, él se fue a buscar los detalles en las esquinas, al centro y más arriba. Parecía como si buscara a Wally en el enorme cuadro. Después de unos 10 minutos en la sala donde se exhibe la pintura, nos pasamos a la siguiente y él estaba extasiado, como si fruto de esa imagen le hubiese dado un giro a una idea que tenía perdida por ahí. Me para y me dice "¿No te das cuenta?". "Sí, el Guernica", le dije. "Las bombas, los toros muertos, la gente quemándose...". Suena súper frío lo que dije, pero es verdad: ¿qué es lo que tiene dicha pintura que no tienen otras pinturas que reflejan la barbarie humana o fotografías que la muestran en forma más evidente?

Al día siguiente fui, solo, al Museo del Prado. Fuera de haber visto pinturas emblemáticas, me quedé con una pintura de Joaquín Sorolla (no recuerdo cuál). No era una historia, no eran reyes ni reinas, no eran los ángeles llevándose a un santo. Era un paisaje costero. Y me volé ahí, viendo las ondas del agua y los colores de las casas. ¿Qué tenía esa pintura que me detuvo y me cautivó y que no tenía el Guernica?

3. Con la poesía es mi tercer problema. Creo que, descontando lo que todos hemos leído por el hecho de ser chilenos, no tengo la más prostituta idea del género lírico. Podría aventurarme por los nombres de los autores más conocidos e ir así descartando hasta llegar a decir que Jorge Teillier es lo más grande que ha nacido en la faz de la tierra, pero la poesía no es como la música: uno escucha de la radio, de la nube o de su propia colección... y si no pega en los primeros 10 o 20 segundos, uno la cambia y se va a un lugar más seguro. La poesía no es tan desechable, y no puede serlo porque es complejo entenderla y llegar a disfrutarla, lo que exige más de una lectura.

Además, seamos honestos con nosotros mismos: la poesía formal es un producto de élite que unos pocos leen, entienden, disfrutan y divulgan. En esto recuerdo a Gonzalo Rojas el Bueno, quien hasta el último de sus días se quejaba que en España lo leían de grandes a chicos y que en Chile era sólo leído por círculos artísticos, aunque todos se la dieron de conocedores de su arte cuando ganó el Premio Cervantes y después cuando falleció. Si pocos leen, entienden, disfrutan y divulgan esta forma literaria, ¿cómo un gil que trabaja de 8 a 8 va a tener acceso a comprender "los sonidos áureos de las praderas fragantes que vacilaban sin control con el zambullir de las nutrias impertérritas"?

Espero comprensión del lector. También algunas recomendaciones para resolver mis problemas. Sobre todo, compartir experiencias.

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Los otros

Una de mis alegrías que más atesoro tras haber pasado por la Facultad de Derecho de la Universidad Católica es haber sido parte de los otros.

Siempre han habido otros en lo que suelen llamar La Gran Familia Derecho UC: los no-católicos en una universidad pontificia, los librepensadores en una institución conservadora, los de izquierda en la cuna de la derecha, los con alma popular en una escuela que apela a la élite, los con vocación social en un espacio que suele prestarse para la gran empresa, o sencillamente los que sienten que las cosas se están haciendo mal en una facultad que se publicita como la mejor.

Dentro de estos otros, siempre ha habido un grupo de 10 o 20 personas que pululan por los patios y las salas de la facultad y que se reúne también fuera de ella para ver cómo ser parte de la misma sin despegarse de su propia realidad, trabajando siempre por mayor apertura mental en los profesores y estudiantes, como también por una conexión entre la educación jurídica y las necesidades de la sociedad chilena.

Este grupo de siempre ha llegado al mismo diagnóstico: generalmente se nos enseña una visión de la vida, rechazando los aportes (y a veces la existencia) de otras posturas; existe un mayor énfasis en lo privado-comercial y no tanto en lo público-social; se suele dar una dinámica escolar en la comunidad de la facultad, cuando todos somos adultos; se rechaza la política dentro de una comunidad, cuando lo que suelen hacer las autoridades académicas y los centros de alumnos afines es político e implícitamente partidista.

Ante esto, y en medio de discusiones filosóficas que resultan interminables, siempre se llega a la misma conclusión: lo mejor que los 10 o 20 otros podemos hacer es llegar a nuestros compañeros de universidad e invitarlos a trabajar por aspectos que son positivos y comunes a distintas formas de pensar. Así, en la misma mesa nos hemos sentado desde gente reflexiva y moderada de derecha, pasando por los que no saben mucho de política pero ven que hay cosas que mejorar, hasta los que juegan a revolucionarios en las marchas: todos con el propósito de hacer que en la facultad haya espacio para todos.

No tengo idea cómo se daba esto antes que yo entrara a Derecho. Cuando yo entré, los que habían formado la Lista 2004 armaron un movimiento llamado Opción Derecho. Después se armó Construye, con el mismo propósito pero mejor convocatoria. Ahora existe Derecho Somos Todos, que en mi opinión refleja de mejor manera lo que los otros siempre hemos buscado. Cambian el nombre, el logo y las caras de la gente que trabaja, pero los ideales y el espíritu siguen siendo los mismos.

Fuera de lo electoral, los que tenemos la dicha de haber sido de los otros y reunirnos entre nosotros hemos formado vínculos muy fuertes, pues en la UC son estas amistades imperecederas las que nos ayudaron a seguir en un ambiente que no nos fue del todo fácil. Por esto quiero mucho a las personas con quienes compartí en Opción Derecho y Construye, aprecio y respeto a quienes me han contado sus experiencias en años anteriores a los míos y les deseo desde el cariño anónimo que les tengo todo el éxito del mundo a quienes no conozco en Derecho Somos Todos, pero que sé que están dando la misma pelea que yo.

Me gustaría que los alumnos y ex-alumnos de la Facultad de Derecho de la UC tuvieran conciencia que estos grupos que han existido a través de los años son en realidad uno de larga data, uno que ha vivido principalmente por el aguante de su gente, uno que nos expone a más derrotas que triunfos, pero que en definitiva nos enriquece como personas y que nos ayuda a formar valores positivos como ciudadanos y abogados.

Un abrazo para todos los que son o han sido parte de los otros.

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Unidos como ratones

Ante los deplorables hechos del atentado con bomba en el Metro Escuela Militar de Santiago, el gobierno solicitó a todos los sectores dar señales de unidad para enfrentar el flagelo de las bombas en lugares públicos (no sé si el gobierno empleó el término terrorismo; por las noticias, los partidos de la Alianza sí lo han usado). Hoy miércoles hay citada una reunión en La Moneda, donde seguramente irán los presidentes o representantes de los partidos con representación parlamentaria, darán su más enérgica condena a lo ocurrido, apoyarán abiertamente la acción del Ministerio Público y la policía y comprometerán apoyos parlamentarios para revisar legislación en la materia. También dirán alguna frase del tipo "no descansaremos hasta encontrar a los responsables", "Chile es un país seguro" y "haremos todo lo posible para que los chilenos y chilenas podamos seguir viviendo en paz". Amén.

Señales de unidad... a ver, ¿dónde he oído esta expresión antes?

¡Ah sí! Me acuerdo que cada vez que tenemos algún problema con un país vecino, el presidente de turno pide señales de unidad para defender la soberanía. Y ahí aparecen desde la UDI hasta el PC en algún salón decorado de La Moneda dándole un espaldarazo político al presidente diciendo que Chile no va a ceder un centímetro de frontera, que nuestros problemas están resueltos y que vamos a apoyar a nuestros compatriotas del norte o del sur. Cuál pareja homosexual no reconocida, el diputado Jorge Tarud y el senador Iván Moreira aparecen juntos haciendo una firme defensa de la Patria y sacándoles ronchas a los defensores de otras patrias. ¿Y el resto? No, no hay resto, porque nadie puede estar en contra de los intereses de la Patria. ¡Viva Chile! Etcétera, etcétera.

En mi opinión, siempre he encontrado peligrosos los llamados a la unidad.

En este país (en otros también) se suele llamar a la unidad de todos para una lucha contra un enemigo, interno como en el primer caso, externo como el segundo. Quien apoya esta lucha está con nosotros y quien no la apoya o tiembla en apoyar, le pavimenta el camino al enemigo. ¿Les suena conocido? ¿No les recuerda a la caza de brujas? ¿No les recuerda al Plan Z y los 30.000 cubanos? ¿Se acuerdan de George W. Bush? Sí, en esto de la unidad nacional malentendida, hay una suerte de guerra santa en donde más que reforzar los buenos conceptos de paz social, de respeto a las leyes y de aplicar justicia donde corresponde, nos excedemos fruto del miedo que nos llega por los discursos y las imágenes, y en vez de proteger lo bueno o restablecer lo dañado, caemos en la estupidez de enfrentarnos verbal, y a veces legalmente, con gente que nada tiene que ver con los bombazos, que nada tiene que ver con aspiraciones irredentistas de nuestros países vecinos: nos enfrentamos con gente librepensadora que tiene todo el derecho de disentir y de argumentar en lugar de quedarse pasmada ante el miedo o de seguir como oveja al que habla más lindo o grita más fuerte.

No sólo me parecen peligrosas, sino que además, no me gustan las señales de unidad.

Si partimos de la base que Chile es una democracia, esto significa que las distintas facciones políticas tienen algún grado de representación política que les permite, de mayor o menor manera, incidir en la toma de decisiones. En una democracia que es sana, en casi todos los temas va a haber algún grado de disidencia por A, B o C motivo, incluso en el retorno de los basureros en el metro. Por esto, la unidad absoluta y forzada es contraria a la democracia.

Las señales de unidad que se piden en estos casos buscan, o tienen el efecto de, evitar la disidencia frente a temas en los cuales nos podemos entrampar como sociedad, porque son tan políticos como una reforma tributaria o eliminar las AFP. Imagínense por ejemplo si en el tema del triángulo terrestre con Perú hubiesen 5 o 10 diputados que digan "el triángulo es peruano". ¡Terrible! ¡Hay chilenos vendepatria! ¿Cómo vamos a enfrentar a Perú si estamos desunidos? En el tema del terrorismo sería aún peor, porque podemos llegar a aceptar que no hay terrorismo a 600 km al sur de Santiago, pero sería inaceptable y casi benevolente tratar con la ley común a un puñado de antisociales que buscan asesinar a nuestra población con un bombazo a la hora de almuerzo en una estación del metro concurrida... y estoy seguro que en la Nueva Mayoría no todos consideran como un acto terrorista el del día lunes, pero porque pierden más de lo que ganan, estarán firmes junto a la Presidenta apoyando cualquier iniciativa de mano dura y de aplicación de Ley Antiterrorista.

Frente a la persecución infundada de comunistas en Estados Unidos en los años 50', la senadora republicana Margaret Chase Smith planteó su Declaración de Conciencia, en la cual estableció que los cuatro principios básicos de la democracia estadounidense eran (1) el derecho a criticar, (2) el derecho a tener creencias impopulares, (3) el derecho a protestar y (4) el derecho a pensar en forma independiente. Creo que esta declaración se aplica también a Chile y sobre todo cuando se busca que todos pensemos igual en una supuesta lucha entre el bien y el mal.

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Tolerancia

- Yo creo que los peruanos que llegan a Chile son una plaga (...). Yo creo que la homosexualidad es una enfermedad (...). Yo creo que los judíos se ganaron el holocausto (...). ¿Para qué tener un niño con síndrome de down? Mejor abortar en ese caso (...) 
- Yo creo que estás siendo sumamente nazi.
- ¿O sea tú nomás puedes decir tu opinión sin que yo me ofenda? Si tú hablas de derechos humanos, yo debo ser tolerante, pero si yo digo lo que te incomoda ¿eso es ser nazi? Hablas de la tolerancia sin ser tolerante. Linda la cosa...

Ayer escuché semejante discusión mientras saboreaba un delicioso rumano completo en la Fuente Alemana. Resulta bien ilustrativa para tratar de contribuir humildemente a entender que decir tolerancia no equivale a decir "boli" en el juego de las escondidas, sino algo mucho más sustancial y no tan neutro.

La tolerancia, como principio, es la idea en virtud de la cual decidimos no hacerle daño alguno a la otra persona por el hecho de ser distinto. Es una cosa sumamente básica. Es simplemente decir "te dejo ser, aunque seas diferente, hables diferente, reces diferente y pienses diferente". Todo esto, por el solo hecho de ser humanos y darnos una oportunidad de vida. Es una omisión (hecho negativo) a perjudicar a otro por ser un otro.

La práctica de la tolerancia supone algo igual de básico: que el otro sea tolerante con nosotros, es decir, que no decida matarnos, agredirnos o excluirnos socialmente por el hecho de ser distintos a él o tener algunas diferencias que le provoquen disgusto.

La tolerancia no implica aceptación, por lo que si le digo a una persona que huele mal, no es ser intolerante, sino que es parte de la libertad de expresión frente a un hecho fétido. La tolerancia no es sinónimo de no-discriminación: si prefiero a una persona de colegio ABC1 para un cargo frente a otra de colegio municipal, puedo estar cometiendo una injusticia, pero no estoy impidiéndole a la persona excluida del cargo que sea como quiere ser. La tolerancia no equivale a valorar la diferencia cultural como positiva, pues es solo una omisión de perjudicar, no una acción de validar. Siendo algo tan básica la tolerancia, una persona puede ser discriminadora, etnocéntrica y miradora en menos, pero tolerante mientras no realice un acto u omisión deliberada que haga daño a lo más profundo del ser.

La tolerancia es un saco muy grande en el que cabemos muchos, muchísimos, casi todos... pero no todos.

Al ser la tolerancia el supuesto de existencia de la diferencia, todo aquél que se pone fuera de dicho supuesto, buscando excluir o hacerle daño al diferente, no es tolerante. Por consiguiente, no estamos llamados a tolerar aquellos comentarios que colocan fuera de la sociedad al que es diferente, ya sea excluyéndolo de los bienes comunes, elevando un discurso denigrante que pone al diferente bajo lo humano o incitando a la agresión o la muerte del que no es como los demás. Asi las cosas, el fulano de la Fuente Alemana es un nazi y su acompañante no fue intolerante al hacérselo ver.

Debemos ser intolerantes con la intolerancia, no con los intolerantes. Hago esta salvedad porque lo que no estamos dispuestos a aceptar es el discurso odioso, el acto agresivo, el llamar a matar al diferente; no así a la persona que lo practica. Por eso, es muy importante la existencia de leyes que sancionen la intolerancia en todas sus formas, llámese xenofobia, homofobia, racismo, integrismo religioso, etc.. Con ello, se busca una suerte de prevención general o especial, salvando la humanidad del intolerante para que se reencamine en la vida de la aceptación de los seres humanos.

Ahora bien, si en el saco de la tolerancia cabemos casi todos e incluso podemos actuar con tolerancia frente a la humanidad del intolerante, ¿qué podemos hacer frente a grupos armados y cuya identidad se basa en la defensa de una fe frente a millones de infieles que deben ser eliminados, como el Estado Islámico?

Discúlpenme los que están siempre por la vida al infinito y más allá, pero cuando hay organizaciones capaces de cometer en forma sistemática el exterminio de miles de personas que no piensan como ellos (no sólo musulmanes, sino además cristianos y de otras confesiones), el espacio común del diálogo o de la aplicación del Estado de Derecho se hace inútil. No existe tolerancia ni siquiera en el aspecto biológico, como si los unos no reconocieran humanos en los otros. Al ponerse ellos fuera de la tolerancia en su aspecto más básico, la existencia de la vida humana, creo justificable el envío de tropas para poner fin al Estado Islámico como está concebido y para proteger a los millones de iraquíes y sirios que sí practican un grado aceptable de tolerancia. Aquí sí debemos ser intolerantes con los intolerantes, en protección razonable de la vida humana que admite diversidad de manifestaciones.

Te lo dice,

R.F.S.K.

viernes, 29 de agosto de 2014

Ricardo Fachos

El día miércoles, habló el Ex-Presidente Ricardo Lagos (¿Se acuerdan de él? ¡Volvió! ¡En forma de ficha de Icare!). En resumidas cuentas, expuso que, en términos de obras públicas, los últimos 8 años han sido años perdidos. Falta de decisión, autoridades que no se ponen los pantalones, que lo que puede concesionarse no se concesiona, que no hay excusas en el ámbito financiero, fueron algunas de las expresiones que usó Lagos para referirse al escaso avance en materia de infraestructura desde que él dejó el poder.

Ante esta velada crítica a los últimos 2 gobiernos, algunos en la Nueva Mayoría sostienen que sólo está criticando a Piñera y que él de verdad cree en el programa de gobierno (no me extrañaría que hoy o mañana aparezca el Hombre del Dedo diciendo que apoya firmemente todas las reformas de la Nueva Mayoría), pero en realidad no se necesitan más de dos dedos de frente para darnos cuenta que la crítica no es sólo en temas de obras públicas, sino que abarca la forma de hacer política de sus sucesores. Les guste o no.

Yo estoy de acuerdo en parte con lo que dice Lagos. Creo que desde que él se fue, no han habido presidentes con carácter para jugársela por decisiones que creen necesarias para Chile, incluso arriesgando apoyo ciudadano y con ello la continuidad de su gobierno.

En la administración Bachelet I, los proyectos emblemáticos fueron la Reforma Previsional y las políticas para la infancia: en la primera, se cedió en el pilar solidario para hacerla amigable al sistema; mientras que la segunda no planteaba un cambio de paradigma. Los demás cambios sustanciales promovidos por el gobierno fueron rotundos fracasos, como la implementación del Transantiago o la dichosa Reforma Educacional (la ronda de Santa Michelle)... y precisamente porque la misma Bachelet no dio el golpe de timón que sólo le correspondía hacer a ella: suspender la entrada en funcionamiento del plan de transporte capitalino y persistir en una ley de promoción de la educación pública. Lagos 1, Sucesores 0.

Pasemos a Bracitos Cortos. Hubo medidas de la administración Piñera que son positivas, como el posnatal de 6 meses, la reforma a la Ley de Protección al Consumidor, la baja de la tasa del interés en los créditos universitarios, la autorización de los medicamentos bioequivalentes, entre otras políticas necesarias dentro del modelo. Por razones obvias, no podíamos esperar de él reformas sustanciales. Sin embargo, pudiendo haber hecho algunas reformas moderadas o tomado decisiones impopulares en beneficio del futuro de Chile, no lo hizo para no quedar mal con nadie: no fue firme en aprobar el Acuerdo de Vida en Pareja para no pelearse con la UDI y no quiso ir contra la corriente popular en materia energética. Donde sí mostró decisión, fue para beneficiarse a él mismo (el show de los 33 de Atacama). Lagos 2, Sucesores 0.

No obstante todo lo anterior, no estoy de acuerdo con ese discurso apasionado y siempre lleno de autoridad de Ricardo Lagos. No da lo mismo quien gobierne (frase de él). No da lo mismo dónde y cómo hacer uso del báculo del poder, más aún de alguien que se dice socialista en lo romántico, socialdemócrata en lo práctico, pero que realmente es el mejor presidente de derecha que hemos tenido.

Una persona de centroizquierda cree que, existiendo distintos conflictos sociales, el Estado debe arbitrar entre los de arriba y los de abajo, equilibrando la balanza con su poder a favor de los postergados de la sociedad. Una persona como Ricardo Lagos terminó haciendo que los de arriba le resuelvan bajo sus propias reglas los problemas a la gente que se encuentra abajo, quedando el Estado simplemente como garante del libre acceso. Esto explica que él defienda mucho una política pública como la de los Créditos con Aval del Estado o como las concesiones en (toda clase de) obras públicas, sosteniendo que "hoy hay más gente en la universidad" o "tenemos más kilómetros de carreteras", en circunstancias que el servicio prestado no necesariamente es de calidad o resulta más oneroso sin su consiguiente beneficio.

En este sentido, prefiero mucho más una decisión más tardía para que sea asimilada por todos, ricos y pobres, políticos y ciudadanos, a que se tome una decisión resultadista, de golpe, entre cuatro paredes y que genere un costo social mayor. Por eso defiendo la incertidumbre y la demora que ha tenido el actual gobierno para las reformas tributaria, educacional y política: porque buscan incorporar a todos y que nadie termine imponiéndole sus reglas del juego al otro. Esta incertidumbre y demora no puede ser eterna, como lo fue con Piñera en materia energética: el gobierno debe definir una postura frente a la recaudación fiscal, el rol del Estado en la educación y la relación entre gobernantes y gobernados, y es ahí donde vale la pena dirigirse con el dedo a quienes no tomaron decisiones o las tomaron sin entender que el Estado existe a favor de las personas débiles.

Te lo dice,

R.F.S.K.

sábado, 23 de agosto de 2014

Y ellos, ¿dónde estaban en dictadura?

Me gusta cómo se está dando la reforma educacional de 2014. A diferencia de las reformas educacionales de importancia, como las emprendidas en los gobiernos de Frei Montalva y Frei Ruiz-Tagle, hoy no tenemos una reforma ya discutida por la clase política y que la gente recibió sin siquiera alcanzar a digerirla. Hoy, se presenta una iniciativa perfectible a todos los que tengan algo que decir sobre la educación escolar y superior y, aunque tengamos a un ministro que confiesa no saber de educación, tengamos a unos estudiantes que creen saber mucho de educación y tengamos a unos expertos que no tienen idea de política, el resultado será el reflejo de las necesidades y expectativas de nuestro país.

Sin embargo...

Hay un actor cuya actuación me ha extrañado en demasía. El gobierno hace su trabajo, que es creer que su idea va en el sentido correcto y difundirlo entre sus adherentes. La oposición hace su trabajo, que es recordar que lo existente no es tan malo y que lo nuevo puede implicar ciertos peligros. Los estudiantes hacen su trabajo, que es pedir la mayor protección económica posible y la creación de oportunidades reales. Las instituciones hacen su trabajo, que es pedir la mayor cantidad de recursos sin que éstos limiten su autonomía.

¿Y los padres y apoderados de los escolares?

Si actuaran como el hombre económico, uno pensaría que ellos pedirían pagar lo menos posible por la mejor educación posible y dentro de lo que ellos puedan elegir. Una visión más romántica y democrática nos diría que ellos quieren tener un espacio en el cual participar en la formación de sus pupilos. Puedo incluso desidealizar todo lo anterior e irme en la lógica de "no nos hueveen más", o sea, que no les toquen la educación particular pagada.

Pero no. Al menos los que hacen bochinche (y me imagino que no son simplemente el brazo educacional de la UDI), entienden que la eliminación del copago y la selección implica la estatización (por no decir estalinización) de los establecimientos particulares subvencionados. Se les restringe su supuesta libertad de decidir sobre la educación de sus hijos, se les limita su capacidad de acción en la educación de sus hijos y volvemos a la época de la ENU (Escuela Nacional Unificada), del chancho chino y de los Citroën Yagán.

Suponiendo que estas personas son representativas de los padres y apoderados que van a las reuniones de los cursos de sus hijos y pagan la cuota del Centro de Padres, me extraña poderosamente que recién aparezcan en un debate intensamente público y que viene, al menos en su actual intensidad, desde 2006. En aquel momento parecían ser aquellos adultos amables que acompañaban a sus hijos en las marchas porque veían que la subvención estatal era poca, o que apoyaban el legítimo reclamo de la indigencia en que se encontraba la educación pública. Podrían haber también de aquellos quienes siguen diciendo, ingenuamente, "todos estamos de acuerdo en que la educación debe cambiar, pero no estoy de acuerdo con que salgan a la calle". Nunca hablaron en forma organizada ni manifestaron su fe en el sistema mixto. Nunca tuvieron los cojones de comprometerse con una visión educacional o de sociedad, a diferencia de sus hijos, de otros padres que sí creen en la educación pública o de los aterrados padres que ven en cualquier intento de reforma una intromisión en su individualismo insostenible.

Hoy, al amparo de organizaciones como la UDI y Libertad y Desarrollo, estos verdaderos oportunistas no vienen en plantear nada más que la defensa de un status quo que ni siquiera beneficia a los propios estudiantes de colegios particulares subvencionados. Están en contra del fin del copago, cuando si quisieran realmente defender el subsidio educacional, ellos se movilizarían para que entre el aporte del Estado y el del padre/apoderado sumen lo mismo que gasta un padre ABC1 por una educación de calidad. Están en contra de la selección, en circunstancias que este mismo mecanismo hace que sean los colegios los que eligen a sus estudiantes y no los padres a sus colegios. Defienden su lugar en la educación de sus hijos, pero ni siquiera apoyan la creación de verdaderas comunidades escolares en que ellos puedan participar en las políticas de sus colegios. Rechazan figuras de fiscalización o de administración provisional, en circunstancias que éstas buscan precisamente proteger la debida inversión de los dineros estatales y la continuidad de los colegios en caso de malas administraciones o políticas educacionales.

Quiero creer que estas organizaciones como la CONFEPA no son representativas de los padres y apoderados. Quiero creer que incluso dentro de los padres que educan a sus hijos en instituciones subvencionadas hay gente que busca que tanto el Estado como el privado cumplan con su deber de brindar un servicio público de calidad y que habilite al estudiante a decidir su destino en sociedad. Me gustaría ver más organizaciones de padres, porque tienen mucho que decir, pero por su conservadurismo biológico y una jornada laboral que les impide pensar, no han sacado la voz por el futuro de Chile.

Y se supone que ellos sí vivieron en dictadura...

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 21 de agosto de 2014

Idea loca Nº 3: Feriados regionales

Chile es un país sumamente diverso. No es novedad para ustedes, pero en Chile vivimos caucásicos, mestizos, indígenas, afrodescendientes e inmigrantes asiáticos. Vivimos en lugares donde no cae una sola gota de agua y en zonas donde ver el sol es un milagro. Si bien el folclor es esencialmente relacionado con el campo y la agricultura, la forma en que ella inspira a su gente en el Norte Grande, en el Norte Chico, en el Valle Central o en los bosques y canales del sur no es la misma. En algunos lugares tenemos cosas más en común con nuestros hermanos argentinos, bolivianos o peruanos que con el chileno de (por decir un lugar típico chileno) Pomaire. También debemos reconocer, no como señal de decadencia, sino como consecuencia del desarrollo humano, que hay una cultura urbana particular.

Si sostener la diversidad cultural chilena es difícil, imagínense lo difícil que es reconocer distintas historias dentro de nuestra historia nacional.

El centralismo de nuestro país nos ha llevado a sostener una historia única que va esencialmente definida a partir de la acción del Estado dirigido desde Santiago. En este sentido, las regiones aparecen únicamente cuando hay que poblarlas (como en el caso de la Araucanía o Magallanes), cuando hay que sofocar rivalidades (como en Atacama o en Concepción) o cuando hubo que incorporar ciertas regiones por tal o cual guerra o tratado (el Norte Grande).

Hay casos extraños. Por ejemplo, la Región de Coquimbo. Chile nunca tuvo que iniciar una guerra para conquistar la actual IV Región, porque siempre fue parte de Chile. Tampoco hubo mayor resistencia indígena, como sí la hubo al sur del Biobío. Si uno pudiera hacer el catastro de la importancia de Coquimbo en la historia de Chile, piensa en los piratas, las minas de plata y cobre y en 1859 fue parte de una revolución. Nada más. Una historia más basada en la gente y en los procesos y no tanto en la acción estatal centralista nos recordaría aspectos importantes como lo vital que fue La Serena como único punto intermedio entre Lima y Santiago durante la colonia, el desarrollo agropecuario en un terreno no fácil y sin la tecnología de hoy, el servir de punto de partida (y uno de los principales puntos de abastecimiento) en la conquista del Norte Grande y la existencia de una sociedad autosuficiente por las minas de hierro que servían de base para el desarrollo industrial (en La Serena y Coquimbo hubo tren, teléfono, alcantarillado, electricidad, vehículos y vuelos aéreos casi en forma simultánea a Santiago o Valparaíso). Sin embargo, llegamos al punto triste de reconocer que pocos conocen y valoran esta historia, ni siquiera los propios coquimbanos/serenenses.

(Y estoy seguro que esto mismo se replica en muchas otras regiones de Chile)

¿Por qué es importante reconocer la diversidad histórica de nuestro país? Porque nos sirve para saber cómo el hombre se ha enfrentado a la geografía de su zona y cómo ha dado solución a temas como el clima, la falta o exceso de recursos, la falta de comunicación, etc. Porque nos sirve para valorar los aportes reales que cada zona le ha dado al país y entender que Chile no sería lo que es sin el salitre o el cobre del norte, la agricultura del Valle Central, el comercio de los puertos o la ganadería del sur. Porque nos muestra que en todo nuestro país siempre han habido oportunidades para desarrollar la actividad que deseemos y que siempre han habido personas que han alcanzado sus metas haciendo buen uso de lo que existe y haciendo esfuerzos importantes para traer lo que no hay. Porque también han existido desastres naturales y humanos propios de dichas zonas, que no queremos replicar o que debemos recordar como ejemplo para el futuro. Porque en las huelgas del norte, las haciendas del centro, las reducciones indígenas del centro sur y en las embarcaciones de los canales se manifiesta la realidad de nuestro país.

Ya... mucho bla bla del que les fascina. Vayámonos a los feriados regionales.

Pese a que existen algunos feriados regionales, como la conmemoración de la Toma del Morro de Arica en la XV Región o el 20 de Septiembre en la IV Región (Día en que llegaron las noticias de la Primera Junta de Gobierno a La Serena y Coquimbo), debería instituirse un día feriado por cada región en el que se celebre o recuerde un evento importante en su historia; día que debe ir acompañado de un programa educacional que genere conciencia sobre la cultura e historia propias y la realización de actividades.

Hoy tenemos un día en el que (se supone que) pensamos en nuestro país, en el que celebramos nuestra unidad, pero no tenemos un día en el que celebremos nuestra diversidad regional, nuestras historias, nuestra cultura propia de Visviri o de Puerto Williams, pasando por Putaendo o Carahue. No organizamos algo ni esperamos un momento para recordar a la tierra que nos vio nacer, tierra que es tan chilena como el Palacio de La Moneda o el puesto del Rey del Mote con Huesillos. Cierto que existen los aniversarios de las ciudades, pero, a no ser que haya que desfilar con cara de asco o ser citado en calidad de autoridad, se trata de efemérides que no generan conciencia real.

Dicho esto, recojo la eterna crítica sobre el exceso de feriados. Como es un feriado válido en cada región, es sólo un día más en el calendario. No debería afectar. pudiendo reemplazar a algún otro feriado que haya quedado un tanto en desuso, o derechamente asumirnos un Estado laico y pacífico y reducir las festividades religiosas y militares. Si alguien quisiera incentivar el turismo y el comercio en una región en particular, podría hacerse válido que si una persona de Santiago está en Arica para el 7 de junio, pueda justificar su ausencia laboral.

Si estamos hablando entre personas razonables, celebrar a nuestras regiones es más un beneficio social que una pérdida económica. Más que un orgullo chauvinista, desarrollamos un verdadero sentido de pertenencia a lo largo de nuestro país, generando la conciencia que podemos realizar nuestra idea de felicidad en el lugar que nos vio nacer o crecer.

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Comercio justo, a partir de un Super 8

Hace un par de años fui a un seminario sobre consumo responsable. En él, unos jóvenes bienintencionados (unos chascones de barba y parka parecidos a los del Tetso para Tsile) expusieron sobre el comercio justo y sus formas en Chile. Más que la difusión de los productos obtenidos por trabajadores bien pagados o plantear el empoderamiento de comunidades existentes en torno a un cultivo o producción, la cosa era publicitar productos orgánicos de gente hippie que, por un mísero pote de mermelada, cobra como empresario que va a ENADE. Me fui absolutamente decepcionado, sentí que perdí mi tiempo en vez de jugar Candy Crush Saga...

No soy (ni quiero ser) economista, pero si a mí me dicen comercio justo, es la idea de justicia como aspiración ética en el intercambio de bienes y servicios. Va más allá de lo conmutativo que se produce cuando yo le pago $ 300 al señor del almacén por un Super 8, porque puede que el valor de la producción, distribución y venta de una deliciosa oblea rellena bañada en chocolate sea exactamente $ 300. Tiene que ver con que los trabajadores de Nestlé tengan un salario decente, que reciban un buen trato de sus empleadores, que puedan organizarse en sindicato y negociar colectivamente, que su lugar de trabajo sea seguro, que el cacao, azúcar y demás insumos necesarios para el Super 8 vengan de productores a los que se les haya pagado bien y que a su vez empleen trabajadores en forma decente, que el cacao y el trigo hayan sido obtenido de campos donde se cuide la tierra y que la leche haya sido obtenido de vacas que son bien alimentadas y bien tratadas, que no hayan sido usados químicos perjudiciales para la salud, que Nestlé cumpla con el Derecho del Consumidor y que tenga un servicio al cliente que dé respuestas o retribuciones satisfactorias, que Nestlé pague los impuestos que le corresponde pagar en los países que corresponde, que las políticas de Nestlé ayuden a que los pequeños y medianos empresarios puedan surgir proveyéndoles productos... y si esto fuera poco, que Nestlé no financie golpes de estado ni compre a políticos para su beneficio propio.

Si el Super 8 no fuera de Nestlé, podríamos sentirnos tranquilos...

¿Por qué no se da el comercio justo?

Un amigo de los índices de crecimiento económico diría que pensar en las 13 líneas que escribí al momento de comprar haría difícil la decisión y que cumplir con todos esos aspectos mencionados haría inaccesible el Super 8 al cabro de 4º Básico, por su precio.

Sobre lo primero, sí, es difícil la decisión porque uno compra un Super 8 por hambre, no para salvar a las familias de Costa de Marfil que cosechan cacao (partiendo de la base que el Super 8 contiene cacao... a todo esto, sería interesante saber el porcentaje de cacao que hay en su cobertura de chocolate), ¿pero no tenemos que, de una vez por todas, pensar que cada acto nuestro tiene consecuencias hacia el futuro y hacia los demás? ¿Que pensar únicamente en el beneficio propio resulta perjudicial, incluso para uno mismo? Además, en realidad no deberíamos pensar en todos aquellos aspectos descritos previamente si se encontraran bien regulados y debidamente fiscalizados, pues supondríamos que todo producto que llega a nuestras manos cumple con estándares socialmente justos.

Sobre lo segundo, eso supone que cumplir con los derechos laborales, ambientales, de libre competencia, del consumidor y con el respeto a las personas que va más allá de lo que la ley diga, tiene un costo adicional (que no debería nunca justificar un aumento de precio para mantener el crecimiento exponencial de las utilidades netas de la empresa). Lo tiene, pero es inferior al beneficio que se obtiene con una sociedad con trabajadores bien remunerados, un medio ambiente protegido, empresas con igual posibilidad de participar en el mercado, personas que adquieran bienes que satisfagan sus necesidades y, sobre todo, con la existencia armónica de un mundo en el que todos puedan cumplir su idea de felicidad en base a una deliciosa oblea rellena bañada en chocolate, desde el CEO de Nestlé que recibe su suculento cheque hasta el agricultor de cacao o azúcar que tiene cómo vivir dignamente.

Ojo que en este escenario no estoy sugiriendo que sólo le compremos a productores pequeños en países pobres que trabajan con procedimientos artesanales y venden en forma directa, que más que ser comercio justo es un comercio onírico o prehistórico. No. No hay que caer en la negación absoluta de las ventajas que tiene la globalización, la producción en cadena y la distribución masiva. Para nada. Lo que sí debemos hacer es que las empresas respeten a los intervinientes del proceso de producción, distribución y consumo y educar a las personas para que elijan los productos y servicios de aquellas empresas que sí respetan.

Les planteo este tema como reflexión para sus decisiones económicas y para que hagan correr la voz sobre una buena idea, la que me parece que no se está realizando por ese lado oscuro y egoísta que tenemos los seres humanos y porque no podemos decirle que no a un rico Super 8.

Te lo dice,

R.F.S.K.

sábado, 9 de agosto de 2014

Amar al otro

Rara vez leo la sección de opinología de El Mercurio, esa de las cartas y las editoriales, por razones de sanidad mental (menos leo las respuestas amables que hacen ancianos en casas de retiro o militares presos en Punta Peuco). Sin embargo, me ha parecido interesante la discusión suscitada por una columna de Agustín Squella sobre su orgullo de ser ateo, sobre la cual han ido y venido cartas de ateos militantes y católicos de la línea dura. Las he leído porque, pese a creer en D's, coincido bastante con la visión humanista que predomina entre ateos y agnósticos.

Ayer viernes, fue publicada la siguiente carta del escritor Isidoro Loi:
Aquellos que hacen el bien se ganan el cielo. Toda buena acción queda registrada y detrás de ella está la esperanza del creyente de una justa recompensa: sabe que está siendo observado y juzgado. El no creyente, por otra parte, hace el bien sin esperar retribución alguna. Simplemente porque sí.

De buenas a primeras, lo que señala Loi me parece representativo de los cristianos: que quien cree en D's busca ser justo, ayuda a los pobres, consuela a los que sufren y colabora con los demás en su felicidad por una razón externa al destinatario de sus actos; porque ve en el otro a D's, buscando agradarlo y alcanzarlo en el otro.

Esa visión siempre me ha complicado.

Yo creo que el ser humano es bueno, como buenos son los demás animales y seres con los que convivimos (díganme que no es bueno el acto vital de la polinización que hacen las abejas o el de las bacterias que ayudan a hacer queso), pero a los humanos los amo particularmente porque somos de la misma especie y compartimos la misma fragilidad, la misma capacidad y esencialmente el mismo sueño de ser felices. Al amarlos por el solo hecho de ser humanos, creo que hay que ser justo (todos sufrimos alguna injusticia), ayudar a los pobres (nadie está libre de la pobreza), consolar a los que sufren (nadie está libre del sufrimiento) y colaborar en el proyecto de felicidad que cada uno tiene (todos queremos y debemos ser felices).

¿Veo a D's en los demás? No se me cae la kipá si digo que sí. Sin embargo, no creo amar de verdad al otro si le digo que lo amo porque, al amarlo, amo, busco y alcanzo a D's. Por un lado, porque condiciono ese amor a algo distinto de su mera existencia frágil y capaz de ser feliz, a un ser en el que yo creo y yo le impongo de manera previa, pero en el que el otro no necesariamente cree y bien puede no significarle nada o algo negativo. Por otro lado, porque instrumentalizo al prójimo: lo transformo en un objeto de mi plan para salvarme, vivir eternamente o alcanzar la plenitud, en circunstancias que él es tan sujeto como yo en este mundo.

Ahora bien, todo esto lo digo desde la búsqueda de una respuesta, no desde una afirmación con la que busque convencer a otros. Por esto, les planteo mi duda a quienes se consideran creyentes sobre cuál es su razón para hacer el bien. También a los no creyentes, para entender si hay algo más allá de una sonrisa propia o ajena por la cual busquen el bien.

Aún así, más allá de lo que cada uno de nosotros piense y por más que uno crea en un D's bueno y para todos, lo que sí me convence es que entender al que piensa distinto desde una óptica común y sin imposiciones es vital para vivir en paz.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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