miércoles, 8 de enero de 2014

Idea loca Nº 2: La ciudad laboratorio

Quienes vivimos en Santiago nos quejamos de muchos aspectos de nuestra ciudad: que el transporte, que la contaminación, que la segregación, que la falta de áreas verdes, que el exceso de edificios, etc. Sin embargo, en nuestra queja olvidamos que contamos a favor con los medios de comunicación que sobredimensionan nuestros problemas, existiendo las mismas carencias y excesos en otras ciudades del país como Concepción, La Serena, Puerto Montt o Copiapó, por decir algunas. En definitiva, el habitante urbano de Chile sufre de los mismos problemas viviendo en una ciudad chica o grande. Incluso en ciudades menos grandes puede ser peor, llegando a extremos en que duplicándose la población en los últimos 25 años, con el consiguiente crecimiento del parque automotriz, en la ciudad de La Serena sólo se ha ensanchado un eje urbano.

Para un problema como éste, y sin ser un experto en el tema, se me ocurre la siguiente idea loca: designar a una ciudad como destinataria preferente de políticas de desarrollo urbano.

Bien loca, pero algo de razonable tiene.

En las últimas décadas hemos visto que reformas que implican un cierto cambio de mentalidad de las personas se han hecho en forma gradual, partiendo desde localidades o regiones de mediana población para que, en caso de posibles fallas, pueda resolverse antes que la reforma llegue hacia las regiones más pobladas. Así ha ocurrido, por ejemplo, con las reformas que dicen relación con la justicia (Reforma Procesal Penal, Reforma Laboral, Reforma de Justicia Tributaria), las que han permitido que los profesionales aprendan en el camino sin ser improvisadores y que la ciudadanía se prepare ante el cambio viendo cómo funciona en la práctica pero sin sufrir grandes catástrofes políticas. Al respecto, muchos han planteado que una cierta gradualidad habría permitido aminorar los perjuicios sociales en la implementación del Transantiago.

Apliquemos esto a las políticas urbanas. Designando a una ciudad como ciudad laboratorio, ayudaríamos a desarrollar medidas que queremos ver en las ciudades de 100.000 o más habitantes como una buena infraestructura vial urbana e interurbana, barrios autosuficientes en términos de necesidades económicas y de servicios públicos, sistemas de transporte (microbuses, trenes ligeros, trenes interurbanos, etc.), áreas verdes y recreacionales y otros aspectos que signifiquen una calidad de vida similar en nuestras ciudades, respetando sus características propias mediante la participación de los entes públicos locales y de la población en general.

Detrás de todo esto está el tema de la calidad de vida. Buscando el bien común, el Estado contribuye con varios aspectos de nuestras vidas, pero lamentablemente falta un concepto que articule las necesidades de salud, educación, vivienda, transporte y medio ambiente en una ciudad, carencia que hace que se produzcan desequilibrios como concentrarlo todo en algunas cuadras de una ciudad o aportar un mínimo de cada aspecto que no se acerca a ser satisfactorio para el habitante urbano promedio. La idea de calidad de vida ayuda en este sentido, orientando la labor del Estado por sí o mediante concesiones a armonizar su labor de acuerdo a su destinatario: la persona en comunidad.

Precisamente, el carácter finalista del concepto de calidad de vida es la que permitiría el desarrollo experimental de políticas para resolver otros problemas de percepción más compleja, como el de la segregación social, que afecta la existencia de amistad cívica. Incluso, ayudaría a resolver la inequidad entre ciudades, desarrollando polos de desarrollo económico en virtud de ciertas actividades como la educación (siempre me ha gustado la idea de una gran universidad pública en Lota), la salud (estableciendo un hospital de la talla de la Clínica Mayo, que está en una ciudad bastante pequeña de Minnesota, EE.UU.) o industrias no contaminantes (un centro de innovación y tecnología en una ciudad económicamente deprimida). Todos aspectos que hoy son tratados a modo de ensayo y error en la capital y que, de ser positivos, pocas veces llegan a nuestras regiones.

Incluso se me ocurre cuál podría ser la ciudad laboratorio. Pienso en Linares, que es la ciudad mayor a 50.000 personas cuyos habitantes perciben los menores ingresos. Que el Estado ponga sus ojos en dicha ciudad para activarla económicamente, ya sea con la agricultura que tradicionalmente se practica o con otras actividades. Que esté bien dotada en términos de servicios públicos y comerciales para que la gente se sienta llamada a vivir y trabajar allá. Si a Linares le va bien con las medidas generadas conjuntamente entre Estado, Gobierno Regional y Municipalidad, podremos ayudar a todas las demás ciudades de Chile y traducir los índices económicos en nuestra ciudad, nuestro barrio y nuestro hogar.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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