viernes, 27 de junio de 2014

Sobre la libertad de los padres para educar a sus hijos

En La Moneda, en Valparaíso, en la ENADE y bajo la marquesina de cualquier estadio de fútbol, todos están de acuerdo en la democracia, el libre mercado, en políticas que conjuguen empleo con crecimiento económico y en la defensa de la soberanía nacional. Sí, en torno a todos estos temas vas a ver de acuerdo a gente que va desde el UDI más paleoconservador hasta el comunista más fanático del programa de la Nueva Mayoría.

Sin embargo, aún quedan temas que rompen este consenso general. El que quizá me llama más la atención, por lo injustificado, es el de la defensa de la libertad de los padres para educar a sus hijos.

En Chile, hasta 1874, todo era miel sobre hojuelas. Como públicamente todos éramos de una misma religión y todos pensábamos más o menos igual, la existencia de distintos proyectos educativos de acuerdo a las necesidades de la gente no era siquiera tema. El problema ocurrió cuando, frente al creciente grado de laicismo en el gobierno, el Ministro de Educación de la época, Abdón Cifuentes, planteó la libertad de exámenes para los colegios, eliminando que los colegios confesionales se sometieran a los sistemas de ingreso establecidos en el Instituto Nacional. Esto causó una crisis de gobernabilidad que concluyó en ese año mediante la consagración constitucional de la libertad de enseñanza.

Si bien la Constitución original de 1925 garantizaba la libertad de enseñanza dentro de un esquema en que la educación debía ser de atención preferente del Estado y en que la educación privada se encontraba fiscalizada por una superintendencia (¿te suena conocido?), el Estatuto de Garantías de 1970, cuya aprobación era condición para que Salvador Allende fuera electo presidente con los votos de la DC, estableció la mayor reforma democrática en la materia. Se establece que la educación es una función primordial del Estado, que se cumple a través de un sistema nacional del cual forman parte las instituciones oficiales de enseñanza y las privadas que colaboren en su realización, ajustándose a los planes y programas establecidos por las autoridades educacionales. ¿Te dio miedo? Tranquilo, porque después la propia Constitución establece que la educación pública debe ser democrática y pluralista, y que la institucionalidad educacional debe proteger la diversidad y apoliticidad de los programas educacionales, yendo desde la elaboración de libros hasta la propia superintendencia, integrada por representantes del Estado y de instituciones particulares.

Mucha historia hasta ahora, pero si te fijas, nunca nadie le puso la pistola al pecho a ningún padre de familia. La primera reforma creó una dualidad y la segunda una pluralidad. La primera no hablaba de la enseñanza particular, mientras que la segunda reconocía el derecho a crear establecimientos y a participar de la institucionalidad educacional. En abstracto, parece que con los años había más posibilidades de elegir para los padres que en un comienzo... pero en concreto, la paranoia política de la Guerra Fría nos creó, en un lapso de 3 años, la idea que el Estado puede entrar con metralleta a nuestras casas y obligar a la señora Juanita a poner a Jaimito en la Escuela D-28 controlada por el Partido Comunista desde el Colegio de Profesores.

Este trauma que aún pervive es el que lleva a la derecha, a la Iglesia Católica y a la DC a mirar con absoluto recelo cualquier intento legítimo de fortalecimiento de la educación pública.

La verdad es que, hasta ahora, no hay ni siquiera de parte del más estatista una propuesta que busque quitarle esa libertad a los padres. Ni siquiera planteando sistemas que eliminen la segregación y fomenten el encuentro de las clases sociales, temas en donde encuentro justificable restringir dicha libertad. No. Los padres pueden seguir eligiendo entre la inmensa variedad de colegios existentes en las ciudades chilenas, sean laicos o confesionales, sean públicos o particulares. Es más, dudo que la derecha, la Iglesia Católica y la DC se interesen en abrir aún más el mercado de la educación a instituciones alternativas o a reconocer con cautela la educación formal desde el hogar.

Lo que defienden dichos sectores no es la libertad de elegir una escuela para sus hijos, sino la existencia de un libre mercado educacional con la menor regulación posible en aspectos donde los privados se escapan de objetivos sociales comunes, donde pareciera ser que la Iglesia es la mayor interesada.

Frente a esto, hay que decir que no cualquier casa con profesor puede ser un colegio y el Estado tiene el DEBER de decirles a los padres que ese colegio es malo, bajo criterios objetivos, pudiendo intervenirlo e incluso cerrarlo. Tampoco se puede aceptar colegios que vulneren garantías básicas como la libertad de expresión de sus profesores y estudiantes o que se entrometan en la intimidad de las familias cuando no hay riesgo social que lo justifique. Esto último puede sonar totalitario para algunos, pero si queremos formar personas que contribuyan libremente en la búsqueda del bien común, la sociedad está en su derecho de no financiar e incluso clausurar establecimientos que se alejen de reglas sociales mínimas en una comunidad democrática.

En cada sociedad deben haber escuelas que respondan a su cultura. En tiempos de diversidad filosófica, lo adecuado es que exista dicha diversidad en la educación. Lo que no es adecuado es que se apele a dicha diversidad para justificar proyectos o aspectos de proyectos que se desvían de la finalidad primordial de la educación, que es formar personas para que realicen su idea de felicidad en sociedad.

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 18 de junio de 2014

Respeto por uno mismo

Todos hablamos de educación. Algunos, desde la conciencia política. Otros, desde los aspectos técnicos. Hay quienes piensan como estudiantes de ayer y hay quienes hablan como padres del mañana. Muchos hablan de dinero y pocos hablan de currículum...

Políticamente hay cosas que escapan a mi entendimiento, como qué tan clave es eliminar el copago o si es tanta la desigualdad como para eliminar la selección. Lo técnico lo ignoro, aunque espero que no quede a merced de los Brünner, Aylwin o Matte. Todos tuvimos estudios formales y acumulamos experiencias sobre las cuales hoy reflexionar para enmendar aspectos que hagan a nuestros hijos felices y capaces de ganarse la vida, algo que no podemos soslayar al momento de plantear un sistema educacional para los próximos 50 años.

Uno de los aspectos que, desde mi historia y de quienes he conocido, me gustaría ver plasmado de alguna manera en una reforma educacional es el fomento del respeto por uno mismo.

El niño sale del hogar y se hace parte de la sociedad al ingresar a la escuela. La individualidad tranquila y protegida en base al amor incondicional de la familia concluye por varias horas durante cinco días a la semana, en la cual un uno se encuentra con otros y se da cuenta de las diferencias que hay en las personas y de cómo es uno ante los demás. En esta interacción de niños y niñas, de chicos y altos, de flacos y guatones, de quienes tienen el juguete de moda y de quienes juegan con tierra, todos deben tener la posibilidad de ser reconocidos por los otros como alguien digno de respeto, como alguien bueno en sí mismo y capaz de aportar de una u otra manera a partir de su personalidad. Con la aceptación ajena y el respeto propio, cada niño va a tener la seguridad de expresar lo mejor de sí, de ir moldeando su identidad desde lo familiar hacia lo social y de ir dando sus primeros pasos en su búsqueda de la felicidad conforme a ese esbozo de proyecto de vida que uno ignora tener cuando pequeño.

Tiendo a creer que en la educación de hoy el tema del respeto por uno mismo es completamente tangencial. Mientras el niño se saque buenas notas y no cause problemas, nos da lo mismo lo que le ocurra. Tenemos que esperar que el niño lloriquee, se pelee en clases, se aísle problemáticamente o baje su rendimiento escolar para atender la situación. Lo que es peor, sólo buscamos pañuelos para que se suene, lo suspendemos de clases, lo metemos a la fuerza a un grupo de trabajo o le recomendamos un psicopedagogo para solucionarlo. No fuimos capaces en el pasado y poco somos capaces en el presente de entender que un niño que no se relaciona socialmente, que pasa llorando, que es molestado constantemente por sus compañeros o que tiene todo un historial de problemas familiares puede ser en el futuro un adulto infeliz, que se siente incapaz, que la vida le es una mierda y que hace que la vida de otros también lo sea.

Lo dicho previamente debe también ser aplicado en relación a las minorías sociológicas. Quienes tienen una discapacidad, vienen de otro país o pertenecen a un pueblo indígena deben ser educados en el respeto por ellos mismos y hacia ellos mismos, de modo que puedan relacionarse con la mayoría que percibe históricamente la diferencia como algo malo y que puedan buscar su propia felicidad más allá de su condición distintiva, pero sin ignorarla. En este sentido, es importante que el proceso se dé en forma inclusiva, porque de poco sirve que haya respeto social entre un huinca y un mapuche si estos nunca se han encontrado en el proceso en que se educan.

De poco sirve una educación gratuita y de calidad si no nos preocupamos que ella le permita a todas las personas realizar su idea de felicidad en sociedad, reflejado esto tanto en el currículum como en la convivencia de la comunidad escolar.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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