miércoles, 18 de junio de 2014

Respeto por uno mismo

Todos hablamos de educación. Algunos, desde la conciencia política. Otros, desde los aspectos técnicos. Hay quienes piensan como estudiantes de ayer y hay quienes hablan como padres del mañana. Muchos hablan de dinero y pocos hablan de currículum...

Políticamente hay cosas que escapan a mi entendimiento, como qué tan clave es eliminar el copago o si es tanta la desigualdad como para eliminar la selección. Lo técnico lo ignoro, aunque espero que no quede a merced de los Brünner, Aylwin o Matte. Todos tuvimos estudios formales y acumulamos experiencias sobre las cuales hoy reflexionar para enmendar aspectos que hagan a nuestros hijos felices y capaces de ganarse la vida, algo que no podemos soslayar al momento de plantear un sistema educacional para los próximos 50 años.

Uno de los aspectos que, desde mi historia y de quienes he conocido, me gustaría ver plasmado de alguna manera en una reforma educacional es el fomento del respeto por uno mismo.

El niño sale del hogar y se hace parte de la sociedad al ingresar a la escuela. La individualidad tranquila y protegida en base al amor incondicional de la familia concluye por varias horas durante cinco días a la semana, en la cual un uno se encuentra con otros y se da cuenta de las diferencias que hay en las personas y de cómo es uno ante los demás. En esta interacción de niños y niñas, de chicos y altos, de flacos y guatones, de quienes tienen el juguete de moda y de quienes juegan con tierra, todos deben tener la posibilidad de ser reconocidos por los otros como alguien digno de respeto, como alguien bueno en sí mismo y capaz de aportar de una u otra manera a partir de su personalidad. Con la aceptación ajena y el respeto propio, cada niño va a tener la seguridad de expresar lo mejor de sí, de ir moldeando su identidad desde lo familiar hacia lo social y de ir dando sus primeros pasos en su búsqueda de la felicidad conforme a ese esbozo de proyecto de vida que uno ignora tener cuando pequeño.

Tiendo a creer que en la educación de hoy el tema del respeto por uno mismo es completamente tangencial. Mientras el niño se saque buenas notas y no cause problemas, nos da lo mismo lo que le ocurra. Tenemos que esperar que el niño lloriquee, se pelee en clases, se aísle problemáticamente o baje su rendimiento escolar para atender la situación. Lo que es peor, sólo buscamos pañuelos para que se suene, lo suspendemos de clases, lo metemos a la fuerza a un grupo de trabajo o le recomendamos un psicopedagogo para solucionarlo. No fuimos capaces en el pasado y poco somos capaces en el presente de entender que un niño que no se relaciona socialmente, que pasa llorando, que es molestado constantemente por sus compañeros o que tiene todo un historial de problemas familiares puede ser en el futuro un adulto infeliz, que se siente incapaz, que la vida le es una mierda y que hace que la vida de otros también lo sea.

Lo dicho previamente debe también ser aplicado en relación a las minorías sociológicas. Quienes tienen una discapacidad, vienen de otro país o pertenecen a un pueblo indígena deben ser educados en el respeto por ellos mismos y hacia ellos mismos, de modo que puedan relacionarse con la mayoría que percibe históricamente la diferencia como algo malo y que puedan buscar su propia felicidad más allá de su condición distintiva, pero sin ignorarla. En este sentido, es importante que el proceso se dé en forma inclusiva, porque de poco sirve que haya respeto social entre un huinca y un mapuche si estos nunca se han encontrado en el proceso en que se educan.

De poco sirve una educación gratuita y de calidad si no nos preocupamos que ella le permita a todas las personas realizar su idea de felicidad en sociedad, reflejado esto tanto en el currículum como en la convivencia de la comunidad escolar.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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