jueves, 31 de julio de 2014

Una excusa

Si hubiese estado en mi casa para el Censo pasado, en la pregunta sobre religión (o mejor dicho, la encuesta gratuita para inflarle el pecho a la Iglesia Católica o a las Iglesias Evangélicas) habría respondido "ricotero". Es que lo que me provoca la vida y obra de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: una cosa que va más allá de mi supuesto judaísmo, de mi pragmatismo maradoniano y de otras pasiones desbordantes que buscan explicar la vida, el universo y todo lo demás.

Ahora bien, Los Redondos fueron una banda de rock argentino que es tan grande y apasionante que se autoimpusieron no venderse, no salir en las radios, no hacer videos ni prestarse para eventos de caridad... y así y todo vendieron y llenaron todo lo que ellos mismos quisieron. Superaron quizá hasta la pasión del fútbol, pues se les prohibió tocar en Buenos Aires porque (lamentablemente) su gran convocatoria derivaba en muertos y heridos. Por eso, tuvieron que vagar por ciudades y pueblos alejados que los aceptaran y donde eran seguidos por decenas de miles de argentinos iluminados por la poesía ininteligible del Indio Solari (su vocalista y genio creativo). Hoy, disueltos, los ricoteros somos convocados al menos una vez al año por el Indio, quien busca el lugar más alejado que puede, sin más propaganda que el voz-a-voz y medios alternativos, para que ya más de 100.000 personas vayan a escuchar su música, compartir con la gente y experimentar eso que me motiva a escribir ahora.

¿Qué buscan 120.000 o más personas, que viajan desde todas partes de Argentina hasta un peladero en las afueras de Mendoza, en ver a un pelado de 65 años cantar canciones de ayer?

Encontrarse los unos a los otros bajo la excusa de la buena música.

En verdad es impactante ver que quienes van a esas procesiones ricoteras se ayudan para llegar desde lo más extremo, se prestan ropa, se dan alojamiento, comparten comida y otras drogas y por un momento, no existen ni River ni Boca (Racing de Avellaneda menos), ni el Peronismo ni el Radicalismo, ni el cielo ni la tierra. Para mí, esa idea del amor a la humanidad sólo fluye en espacios como un concierto del Indio.

Alguna vez le pregunté a mi papá, gran valor que me inculcó la música de Los Redondos, que por qué en Chile no se daban cosas así, de dejarlo todo por una excusa para encontrarse con los demás. Me dijo que fuera de algunas cosas como la Marcha de la Patria Joven de la DC u otras concentraciones políticas en los 60-70, no había mucho más dónde encontrar. Obviamente, todo se fue a las pailas cuando el chileno se volvió individualista, temeroso y pragmático, si es que no lo era antes.

Quizá lo que voy a decir suene pesimista, pero parece que como sociedad chilena no nos queremos tanto. Incluso, en esas pocas manifestaciones donde dejamos de lado lo diferente que somos, como los partidos de la selección de fútbol o la Teletón, no estamos juntos porque queremos al del lado: estamos juntos porque creemos en la Patria o porque queremos a los niños con discapacidad... y apenas reflotan nuestras diferencias no las resolvemos entre nosotros, sino que sale el clásico "oigan, TODOS estamos con la Roja o los niños de la Teletón"... y ese temor a la diferencia solitaria evita mayores consecuencias.

Me gustaría que existiera esa excusa que nos reúna a gente de distintas regiones, distintas concepciones, distintas razas (sí, en Chile no hay sólo mestizos con mentalidad de blancos) y distintas edades para que conversemos y compartamos. Ojalá en un escenario en el que las bandas chilenas se saquen la mierda y tengan respeto por lo que hacen, surgieran una suerte de Redondos de Ricota que se tomaran el peladero de La Pampilla de Coquimbo para que miles se encuentren.

Sí, una excusa para tomar y volarse dirán algunos, pero al menos se vieron la cara dos personas que en ningún otro contexto se la habrían visto y, sin preguntárselo mucho, se dieron la mano. Eso vale realmente la pena.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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