viernes, 29 de agosto de 2014

Ricardo Fachos

El día miércoles, habló el Ex-Presidente Ricardo Lagos (¿Se acuerdan de él? ¡Volvió! ¡En forma de ficha de Icare!). En resumidas cuentas, expuso que, en términos de obras públicas, los últimos 8 años han sido años perdidos. Falta de decisión, autoridades que no se ponen los pantalones, que lo que puede concesionarse no se concesiona, que no hay excusas en el ámbito financiero, fueron algunas de las expresiones que usó Lagos para referirse al escaso avance en materia de infraestructura desde que él dejó el poder.

Ante esta velada crítica a los últimos 2 gobiernos, algunos en la Nueva Mayoría sostienen que sólo está criticando a Piñera y que él de verdad cree en el programa de gobierno (no me extrañaría que hoy o mañana aparezca el Hombre del Dedo diciendo que apoya firmemente todas las reformas de la Nueva Mayoría), pero en realidad no se necesitan más de dos dedos de frente para darnos cuenta que la crítica no es sólo en temas de obras públicas, sino que abarca la forma de hacer política de sus sucesores. Les guste o no.

Yo estoy de acuerdo en parte con lo que dice Lagos. Creo que desde que él se fue, no han habido presidentes con carácter para jugársela por decisiones que creen necesarias para Chile, incluso arriesgando apoyo ciudadano y con ello la continuidad de su gobierno.

En la administración Bachelet I, los proyectos emblemáticos fueron la Reforma Previsional y las políticas para la infancia: en la primera, se cedió en el pilar solidario para hacerla amigable al sistema; mientras que la segunda no planteaba un cambio de paradigma. Los demás cambios sustanciales promovidos por el gobierno fueron rotundos fracasos, como la implementación del Transantiago o la dichosa Reforma Educacional (la ronda de Santa Michelle)... y precisamente porque la misma Bachelet no dio el golpe de timón que sólo le correspondía hacer a ella: suspender la entrada en funcionamiento del plan de transporte capitalino y persistir en una ley de promoción de la educación pública. Lagos 1, Sucesores 0.

Pasemos a Bracitos Cortos. Hubo medidas de la administración Piñera que son positivas, como el posnatal de 6 meses, la reforma a la Ley de Protección al Consumidor, la baja de la tasa del interés en los créditos universitarios, la autorización de los medicamentos bioequivalentes, entre otras políticas necesarias dentro del modelo. Por razones obvias, no podíamos esperar de él reformas sustanciales. Sin embargo, pudiendo haber hecho algunas reformas moderadas o tomado decisiones impopulares en beneficio del futuro de Chile, no lo hizo para no quedar mal con nadie: no fue firme en aprobar el Acuerdo de Vida en Pareja para no pelearse con la UDI y no quiso ir contra la corriente popular en materia energética. Donde sí mostró decisión, fue para beneficiarse a él mismo (el show de los 33 de Atacama). Lagos 2, Sucesores 0.

No obstante todo lo anterior, no estoy de acuerdo con ese discurso apasionado y siempre lleno de autoridad de Ricardo Lagos. No da lo mismo quien gobierne (frase de él). No da lo mismo dónde y cómo hacer uso del báculo del poder, más aún de alguien que se dice socialista en lo romántico, socialdemócrata en lo práctico, pero que realmente es el mejor presidente de derecha que hemos tenido.

Una persona de centroizquierda cree que, existiendo distintos conflictos sociales, el Estado debe arbitrar entre los de arriba y los de abajo, equilibrando la balanza con su poder a favor de los postergados de la sociedad. Una persona como Ricardo Lagos terminó haciendo que los de arriba le resuelvan bajo sus propias reglas los problemas a la gente que se encuentra abajo, quedando el Estado simplemente como garante del libre acceso. Esto explica que él defienda mucho una política pública como la de los Créditos con Aval del Estado o como las concesiones en (toda clase de) obras públicas, sosteniendo que "hoy hay más gente en la universidad" o "tenemos más kilómetros de carreteras", en circunstancias que el servicio prestado no necesariamente es de calidad o resulta más oneroso sin su consiguiente beneficio.

En este sentido, prefiero mucho más una decisión más tardía para que sea asimilada por todos, ricos y pobres, políticos y ciudadanos, a que se tome una decisión resultadista, de golpe, entre cuatro paredes y que genere un costo social mayor. Por eso defiendo la incertidumbre y la demora que ha tenido el actual gobierno para las reformas tributaria, educacional y política: porque buscan incorporar a todos y que nadie termine imponiéndole sus reglas del juego al otro. Esta incertidumbre y demora no puede ser eterna, como lo fue con Piñera en materia energética: el gobierno debe definir una postura frente a la recaudación fiscal, el rol del Estado en la educación y la relación entre gobernantes y gobernados, y es ahí donde vale la pena dirigirse con el dedo a quienes no tomaron decisiones o las tomaron sin entender que el Estado existe a favor de las personas débiles.

Te lo dice,

R.F.S.K.

sábado, 23 de agosto de 2014

Y ellos, ¿dónde estaban en dictadura?

Me gusta cómo se está dando la reforma educacional de 2014. A diferencia de las reformas educacionales de importancia, como las emprendidas en los gobiernos de Frei Montalva y Frei Ruiz-Tagle, hoy no tenemos una reforma ya discutida por la clase política y que la gente recibió sin siquiera alcanzar a digerirla. Hoy, se presenta una iniciativa perfectible a todos los que tengan algo que decir sobre la educación escolar y superior y, aunque tengamos a un ministro que confiesa no saber de educación, tengamos a unos estudiantes que creen saber mucho de educación y tengamos a unos expertos que no tienen idea de política, el resultado será el reflejo de las necesidades y expectativas de nuestro país.

Sin embargo...

Hay un actor cuya actuación me ha extrañado en demasía. El gobierno hace su trabajo, que es creer que su idea va en el sentido correcto y difundirlo entre sus adherentes. La oposición hace su trabajo, que es recordar que lo existente no es tan malo y que lo nuevo puede implicar ciertos peligros. Los estudiantes hacen su trabajo, que es pedir la mayor protección económica posible y la creación de oportunidades reales. Las instituciones hacen su trabajo, que es pedir la mayor cantidad de recursos sin que éstos limiten su autonomía.

¿Y los padres y apoderados de los escolares?

Si actuaran como el hombre económico, uno pensaría que ellos pedirían pagar lo menos posible por la mejor educación posible y dentro de lo que ellos puedan elegir. Una visión más romántica y democrática nos diría que ellos quieren tener un espacio en el cual participar en la formación de sus pupilos. Puedo incluso desidealizar todo lo anterior e irme en la lógica de "no nos hueveen más", o sea, que no les toquen la educación particular pagada.

Pero no. Al menos los que hacen bochinche (y me imagino que no son simplemente el brazo educacional de la UDI), entienden que la eliminación del copago y la selección implica la estatización (por no decir estalinización) de los establecimientos particulares subvencionados. Se les restringe su supuesta libertad de decidir sobre la educación de sus hijos, se les limita su capacidad de acción en la educación de sus hijos y volvemos a la época de la ENU (Escuela Nacional Unificada), del chancho chino y de los Citroën Yagán.

Suponiendo que estas personas son representativas de los padres y apoderados que van a las reuniones de los cursos de sus hijos y pagan la cuota del Centro de Padres, me extraña poderosamente que recién aparezcan en un debate intensamente público y que viene, al menos en su actual intensidad, desde 2006. En aquel momento parecían ser aquellos adultos amables que acompañaban a sus hijos en las marchas porque veían que la subvención estatal era poca, o que apoyaban el legítimo reclamo de la indigencia en que se encontraba la educación pública. Podrían haber también de aquellos quienes siguen diciendo, ingenuamente, "todos estamos de acuerdo en que la educación debe cambiar, pero no estoy de acuerdo con que salgan a la calle". Nunca hablaron en forma organizada ni manifestaron su fe en el sistema mixto. Nunca tuvieron los cojones de comprometerse con una visión educacional o de sociedad, a diferencia de sus hijos, de otros padres que sí creen en la educación pública o de los aterrados padres que ven en cualquier intento de reforma una intromisión en su individualismo insostenible.

Hoy, al amparo de organizaciones como la UDI y Libertad y Desarrollo, estos verdaderos oportunistas no vienen en plantear nada más que la defensa de un status quo que ni siquiera beneficia a los propios estudiantes de colegios particulares subvencionados. Están en contra del fin del copago, cuando si quisieran realmente defender el subsidio educacional, ellos se movilizarían para que entre el aporte del Estado y el del padre/apoderado sumen lo mismo que gasta un padre ABC1 por una educación de calidad. Están en contra de la selección, en circunstancias que este mismo mecanismo hace que sean los colegios los que eligen a sus estudiantes y no los padres a sus colegios. Defienden su lugar en la educación de sus hijos, pero ni siquiera apoyan la creación de verdaderas comunidades escolares en que ellos puedan participar en las políticas de sus colegios. Rechazan figuras de fiscalización o de administración provisional, en circunstancias que éstas buscan precisamente proteger la debida inversión de los dineros estatales y la continuidad de los colegios en caso de malas administraciones o políticas educacionales.

Quiero creer que estas organizaciones como la CONFEPA no son representativas de los padres y apoderados. Quiero creer que incluso dentro de los padres que educan a sus hijos en instituciones subvencionadas hay gente que busca que tanto el Estado como el privado cumplan con su deber de brindar un servicio público de calidad y que habilite al estudiante a decidir su destino en sociedad. Me gustaría ver más organizaciones de padres, porque tienen mucho que decir, pero por su conservadurismo biológico y una jornada laboral que les impide pensar, no han sacado la voz por el futuro de Chile.

Y se supone que ellos sí vivieron en dictadura...

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 21 de agosto de 2014

Idea loca Nº 3: Feriados regionales

Chile es un país sumamente diverso. No es novedad para ustedes, pero en Chile vivimos caucásicos, mestizos, indígenas, afrodescendientes e inmigrantes asiáticos. Vivimos en lugares donde no cae una sola gota de agua y en zonas donde ver el sol es un milagro. Si bien el folclor es esencialmente relacionado con el campo y la agricultura, la forma en que ella inspira a su gente en el Norte Grande, en el Norte Chico, en el Valle Central o en los bosques y canales del sur no es la misma. En algunos lugares tenemos cosas más en común con nuestros hermanos argentinos, bolivianos o peruanos que con el chileno de (por decir un lugar típico chileno) Pomaire. También debemos reconocer, no como señal de decadencia, sino como consecuencia del desarrollo humano, que hay una cultura urbana particular.

Si sostener la diversidad cultural chilena es difícil, imagínense lo difícil que es reconocer distintas historias dentro de nuestra historia nacional.

El centralismo de nuestro país nos ha llevado a sostener una historia única que va esencialmente definida a partir de la acción del Estado dirigido desde Santiago. En este sentido, las regiones aparecen únicamente cuando hay que poblarlas (como en el caso de la Araucanía o Magallanes), cuando hay que sofocar rivalidades (como en Atacama o en Concepción) o cuando hubo que incorporar ciertas regiones por tal o cual guerra o tratado (el Norte Grande).

Hay casos extraños. Por ejemplo, la Región de Coquimbo. Chile nunca tuvo que iniciar una guerra para conquistar la actual IV Región, porque siempre fue parte de Chile. Tampoco hubo mayor resistencia indígena, como sí la hubo al sur del Biobío. Si uno pudiera hacer el catastro de la importancia de Coquimbo en la historia de Chile, piensa en los piratas, las minas de plata y cobre y en 1859 fue parte de una revolución. Nada más. Una historia más basada en la gente y en los procesos y no tanto en la acción estatal centralista nos recordaría aspectos importantes como lo vital que fue La Serena como único punto intermedio entre Lima y Santiago durante la colonia, el desarrollo agropecuario en un terreno no fácil y sin la tecnología de hoy, el servir de punto de partida (y uno de los principales puntos de abastecimiento) en la conquista del Norte Grande y la existencia de una sociedad autosuficiente por las minas de hierro que servían de base para el desarrollo industrial (en La Serena y Coquimbo hubo tren, teléfono, alcantarillado, electricidad, vehículos y vuelos aéreos casi en forma simultánea a Santiago o Valparaíso). Sin embargo, llegamos al punto triste de reconocer que pocos conocen y valoran esta historia, ni siquiera los propios coquimbanos/serenenses.

(Y estoy seguro que esto mismo se replica en muchas otras regiones de Chile)

¿Por qué es importante reconocer la diversidad histórica de nuestro país? Porque nos sirve para saber cómo el hombre se ha enfrentado a la geografía de su zona y cómo ha dado solución a temas como el clima, la falta o exceso de recursos, la falta de comunicación, etc. Porque nos sirve para valorar los aportes reales que cada zona le ha dado al país y entender que Chile no sería lo que es sin el salitre o el cobre del norte, la agricultura del Valle Central, el comercio de los puertos o la ganadería del sur. Porque nos muestra que en todo nuestro país siempre han habido oportunidades para desarrollar la actividad que deseemos y que siempre han habido personas que han alcanzado sus metas haciendo buen uso de lo que existe y haciendo esfuerzos importantes para traer lo que no hay. Porque también han existido desastres naturales y humanos propios de dichas zonas, que no queremos replicar o que debemos recordar como ejemplo para el futuro. Porque en las huelgas del norte, las haciendas del centro, las reducciones indígenas del centro sur y en las embarcaciones de los canales se manifiesta la realidad de nuestro país.

Ya... mucho bla bla del que les fascina. Vayámonos a los feriados regionales.

Pese a que existen algunos feriados regionales, como la conmemoración de la Toma del Morro de Arica en la XV Región o el 20 de Septiembre en la IV Región (Día en que llegaron las noticias de la Primera Junta de Gobierno a La Serena y Coquimbo), debería instituirse un día feriado por cada región en el que se celebre o recuerde un evento importante en su historia; día que debe ir acompañado de un programa educacional que genere conciencia sobre la cultura e historia propias y la realización de actividades.

Hoy tenemos un día en el que (se supone que) pensamos en nuestro país, en el que celebramos nuestra unidad, pero no tenemos un día en el que celebremos nuestra diversidad regional, nuestras historias, nuestra cultura propia de Visviri o de Puerto Williams, pasando por Putaendo o Carahue. No organizamos algo ni esperamos un momento para recordar a la tierra que nos vio nacer, tierra que es tan chilena como el Palacio de La Moneda o el puesto del Rey del Mote con Huesillos. Cierto que existen los aniversarios de las ciudades, pero, a no ser que haya que desfilar con cara de asco o ser citado en calidad de autoridad, se trata de efemérides que no generan conciencia real.

Dicho esto, recojo la eterna crítica sobre el exceso de feriados. Como es un feriado válido en cada región, es sólo un día más en el calendario. No debería afectar. pudiendo reemplazar a algún otro feriado que haya quedado un tanto en desuso, o derechamente asumirnos un Estado laico y pacífico y reducir las festividades religiosas y militares. Si alguien quisiera incentivar el turismo y el comercio en una región en particular, podría hacerse válido que si una persona de Santiago está en Arica para el 7 de junio, pueda justificar su ausencia laboral.

Si estamos hablando entre personas razonables, celebrar a nuestras regiones es más un beneficio social que una pérdida económica. Más que un orgullo chauvinista, desarrollamos un verdadero sentido de pertenencia a lo largo de nuestro país, generando la conciencia que podemos realizar nuestra idea de felicidad en el lugar que nos vio nacer o crecer.

Te lo dice,

R.F.S.K.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Comercio justo, a partir de un Super 8

Hace un par de años fui a un seminario sobre consumo responsable. En él, unos jóvenes bienintencionados (unos chascones de barba y parka parecidos a los del Tetso para Tsile) expusieron sobre el comercio justo y sus formas en Chile. Más que la difusión de los productos obtenidos por trabajadores bien pagados o plantear el empoderamiento de comunidades existentes en torno a un cultivo o producción, la cosa era publicitar productos orgánicos de gente hippie que, por un mísero pote de mermelada, cobra como empresario que va a ENADE. Me fui absolutamente decepcionado, sentí que perdí mi tiempo en vez de jugar Candy Crush Saga...

No soy (ni quiero ser) economista, pero si a mí me dicen comercio justo, es la idea de justicia como aspiración ética en el intercambio de bienes y servicios. Va más allá de lo conmutativo que se produce cuando yo le pago $ 300 al señor del almacén por un Super 8, porque puede que el valor de la producción, distribución y venta de una deliciosa oblea rellena bañada en chocolate sea exactamente $ 300. Tiene que ver con que los trabajadores de Nestlé tengan un salario decente, que reciban un buen trato de sus empleadores, que puedan organizarse en sindicato y negociar colectivamente, que su lugar de trabajo sea seguro, que el cacao, azúcar y demás insumos necesarios para el Super 8 vengan de productores a los que se les haya pagado bien y que a su vez empleen trabajadores en forma decente, que el cacao y el trigo hayan sido obtenido de campos donde se cuide la tierra y que la leche haya sido obtenido de vacas que son bien alimentadas y bien tratadas, que no hayan sido usados químicos perjudiciales para la salud, que Nestlé cumpla con el Derecho del Consumidor y que tenga un servicio al cliente que dé respuestas o retribuciones satisfactorias, que Nestlé pague los impuestos que le corresponde pagar en los países que corresponde, que las políticas de Nestlé ayuden a que los pequeños y medianos empresarios puedan surgir proveyéndoles productos... y si esto fuera poco, que Nestlé no financie golpes de estado ni compre a políticos para su beneficio propio.

Si el Super 8 no fuera de Nestlé, podríamos sentirnos tranquilos...

¿Por qué no se da el comercio justo?

Un amigo de los índices de crecimiento económico diría que pensar en las 13 líneas que escribí al momento de comprar haría difícil la decisión y que cumplir con todos esos aspectos mencionados haría inaccesible el Super 8 al cabro de 4º Básico, por su precio.

Sobre lo primero, sí, es difícil la decisión porque uno compra un Super 8 por hambre, no para salvar a las familias de Costa de Marfil que cosechan cacao (partiendo de la base que el Super 8 contiene cacao... a todo esto, sería interesante saber el porcentaje de cacao que hay en su cobertura de chocolate), ¿pero no tenemos que, de una vez por todas, pensar que cada acto nuestro tiene consecuencias hacia el futuro y hacia los demás? ¿Que pensar únicamente en el beneficio propio resulta perjudicial, incluso para uno mismo? Además, en realidad no deberíamos pensar en todos aquellos aspectos descritos previamente si se encontraran bien regulados y debidamente fiscalizados, pues supondríamos que todo producto que llega a nuestras manos cumple con estándares socialmente justos.

Sobre lo segundo, eso supone que cumplir con los derechos laborales, ambientales, de libre competencia, del consumidor y con el respeto a las personas que va más allá de lo que la ley diga, tiene un costo adicional (que no debería nunca justificar un aumento de precio para mantener el crecimiento exponencial de las utilidades netas de la empresa). Lo tiene, pero es inferior al beneficio que se obtiene con una sociedad con trabajadores bien remunerados, un medio ambiente protegido, empresas con igual posibilidad de participar en el mercado, personas que adquieran bienes que satisfagan sus necesidades y, sobre todo, con la existencia armónica de un mundo en el que todos puedan cumplir su idea de felicidad en base a una deliciosa oblea rellena bañada en chocolate, desde el CEO de Nestlé que recibe su suculento cheque hasta el agricultor de cacao o azúcar que tiene cómo vivir dignamente.

Ojo que en este escenario no estoy sugiriendo que sólo le compremos a productores pequeños en países pobres que trabajan con procedimientos artesanales y venden en forma directa, que más que ser comercio justo es un comercio onírico o prehistórico. No. No hay que caer en la negación absoluta de las ventajas que tiene la globalización, la producción en cadena y la distribución masiva. Para nada. Lo que sí debemos hacer es que las empresas respeten a los intervinientes del proceso de producción, distribución y consumo y educar a las personas para que elijan los productos y servicios de aquellas empresas que sí respetan.

Les planteo este tema como reflexión para sus decisiones económicas y para que hagan correr la voz sobre una buena idea, la que me parece que no se está realizando por ese lado oscuro y egoísta que tenemos los seres humanos y porque no podemos decirle que no a un rico Super 8.

Te lo dice,

R.F.S.K.

sábado, 9 de agosto de 2014

Amar al otro

Rara vez leo la sección de opinología de El Mercurio, esa de las cartas y las editoriales, por razones de sanidad mental (menos leo las respuestas amables que hacen ancianos en casas de retiro o militares presos en Punta Peuco). Sin embargo, me ha parecido interesante la discusión suscitada por una columna de Agustín Squella sobre su orgullo de ser ateo, sobre la cual han ido y venido cartas de ateos militantes y católicos de la línea dura. Las he leído porque, pese a creer en D's, coincido bastante con la visión humanista que predomina entre ateos y agnósticos.

Ayer viernes, fue publicada la siguiente carta del escritor Isidoro Loi:
Aquellos que hacen el bien se ganan el cielo. Toda buena acción queda registrada y detrás de ella está la esperanza del creyente de una justa recompensa: sabe que está siendo observado y juzgado. El no creyente, por otra parte, hace el bien sin esperar retribución alguna. Simplemente porque sí.

De buenas a primeras, lo que señala Loi me parece representativo de los cristianos: que quien cree en D's busca ser justo, ayuda a los pobres, consuela a los que sufren y colabora con los demás en su felicidad por una razón externa al destinatario de sus actos; porque ve en el otro a D's, buscando agradarlo y alcanzarlo en el otro.

Esa visión siempre me ha complicado.

Yo creo que el ser humano es bueno, como buenos son los demás animales y seres con los que convivimos (díganme que no es bueno el acto vital de la polinización que hacen las abejas o el de las bacterias que ayudan a hacer queso), pero a los humanos los amo particularmente porque somos de la misma especie y compartimos la misma fragilidad, la misma capacidad y esencialmente el mismo sueño de ser felices. Al amarlos por el solo hecho de ser humanos, creo que hay que ser justo (todos sufrimos alguna injusticia), ayudar a los pobres (nadie está libre de la pobreza), consolar a los que sufren (nadie está libre del sufrimiento) y colaborar en el proyecto de felicidad que cada uno tiene (todos queremos y debemos ser felices).

¿Veo a D's en los demás? No se me cae la kipá si digo que sí. Sin embargo, no creo amar de verdad al otro si le digo que lo amo porque, al amarlo, amo, busco y alcanzo a D's. Por un lado, porque condiciono ese amor a algo distinto de su mera existencia frágil y capaz de ser feliz, a un ser en el que yo creo y yo le impongo de manera previa, pero en el que el otro no necesariamente cree y bien puede no significarle nada o algo negativo. Por otro lado, porque instrumentalizo al prójimo: lo transformo en un objeto de mi plan para salvarme, vivir eternamente o alcanzar la plenitud, en circunstancias que él es tan sujeto como yo en este mundo.

Ahora bien, todo esto lo digo desde la búsqueda de una respuesta, no desde una afirmación con la que busque convencer a otros. Por esto, les planteo mi duda a quienes se consideran creyentes sobre cuál es su razón para hacer el bien. También a los no creyentes, para entender si hay algo más allá de una sonrisa propia o ajena por la cual busquen el bien.

Aún así, más allá de lo que cada uno de nosotros piense y por más que uno crea en un D's bueno y para todos, lo que sí me convence es que entender al que piensa distinto desde una óptica común y sin imposiciones es vital para vivir en paz.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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