miércoles, 29 de octubre de 2014

Miedo

La política, como toda actividad humana, tiene de pasión y tiene de razón. Contra lo que suelen decir los academicistas, pasión y razón se usan para argumentar, para convencer y para disuadir. No está mal el uso de la pasión (o lo pasional) en la política, pues de lo contrario pasa a ser un oficio restringido a una raza de seres que no sufren ni se alegran con la vida propia y de los demás. Es más, es MUY valioso lo pasional en la política, pues ¿qué sería de ella si un político no se indigna al ver a una familia indigente, si un político no nos regala un discurso emocionante que nos envalentona a trabajar o si no existiese la sed de justicia en base a una historia personal? Seguramente una actividad desligada de la realidad humana.

El problema, sin embargo, se encuentra cuando hay quienes desean pasar la pasión por razón, las decisiones propias como ley general y los traumas del pasado como fundamento para el futuro.

1. No deseo explayarme demasiado en las columnas de los días miércoles de El Mercurio (léase Gonzalo Rojas). Quien lee dicho diario sabe la posición conservadora del profesor universitario, que suele justificar lo más aberrante de la dictadura y que considera que la sociedad se encuentra en decadencia desde hace 50 años. Lo que a veces yo me pregunto respecto de él y de muchos que piensan como él es si los comunistas efectivamente se tomaron sus hogares, se llevaron todo lo que podían, se violaron a sus madres y hermanas y los dejaron sólo con lo puesto y un crucifijo. Me pregunto porque entendería su miedo patológico al comunismo y al socialismo en dicho contexto que no se lo deseo ni al peor de mis enemigos. Pareciera que Gonzalo Rojas u otros personajes de apellidos castellano-vascos sobrevivieron la hambruna de Holodomor o las purgas stalinistas. No, nada de eso. Han tenido de las vidas más plenas, seguras y tranquilas que cualquier ser humano pudiese esperar.

La verdad es que Chile ha sido un país bien pacífico en su historia. Incluso el experimento socialista que vivimos fue tranquilo y no puede siquiera ser comparado con Cuba, la Unión Soviética y China. ¿Pudo ser peor? Eso es política-ficción, pero la historia puede dar fe que los partidos que se han sometido a elecciones han respetado la democracia, que hoy las armas se encuentran fuera de la política y que la izquierda en Chile ni siquiera comulga con doctrinas socialdemócratas, lo que la hace bien moderada y amistosa con un sistema neoliberal en lo económico y de democracia indirecta en lo político.

Por esto, posiciones extremas como las de Gonzalo Rojas y de la derecha pinochetista son injustificables, porque hablan desde el miedo a ver algo distinto.

2. No todos son paranoicos en una democracia neoliberal. Hay quienes en realidad vivieron en carne propia la barbarie, ya sea en Chile, como el ex-mirista y hoy político liberal en Suecia Mauricio Rojas, o fuera de Chile, como el escritor Roberto Ampuero. Sí, puedo entender que una persona que decidió armarse en busca de un mundo mejor se sienta aterrado de dicha decisión, arrepentido y hoy quiera exponer su visión distinta a otros para que no cometan su mismo error. Sí, puedo entender que los sueños de juventud son poderosos y en un contexto de calor político uno decida más con el corazón o con el estómago que con la cabeza. Habla muy bien de la humanidad de una persona que, al ver el extremo al que puede llegar la lucha por la igualdad, decida renunciar a las armas y a una militancia irreflexiva a un partido para buscar eso mismo apelando al diálogo y a las libertades de las personas.

Pero no me cuadra lo vivido por Rojas, por Ampuero, por Jorge Edwards o por tantos otros exiliados. ¿Puede ser el trauma de la persecución política tan fuerte como para aliarse a quienes eran antes tus enemigos? La verdad es que RN y la UDI no son muy diferentes al Partido Nacional al que se enfrentaban antes. Siguen defendiendo un modelo de sociedad individualista basado en una moral católica y ven los problemas sociales casi como predestinación divina. ¿Por qué apoyarlos? ¿Sólo porque la otrora Concertación pactó con el PC? ¿Con un PC que, aunque respete las elecciones y no pida la cabeza de nadie, sigue defendiendo al régimen cubano?

Creo que los izquierdistas arrepentidos no hablan desde lo razonable de su nueva posición ni desde lo aberrante de sus oponentes, sino desde el miedo a un pasado siniestro.

3. El miedo no es monopolio de la derecha. También lo hay en el centro y en la izquierda. Es cosa de verlo en el proceso de reformas y de quienes particularmente se oponen. Por un lado, existe un grupo de políticos de los orígenes de la Concertación (Genaro Arriagada, Gutenberg Martínez, Jorge Correa Sutil, por mencionar algunos) que se han empeñado a poner la alerta sobre el "gobernar desde la calle", a defender en una sana democracia la "democracia de los acuerdos" y a criticar aspectos de las reformas desde el consenso económico que se logró en la transición. Por otro, políticos como Camilo Escalona y José Miguel Insulza se han opuesto a las reformas de corte político, particularmente que se redacte una nueva Constitución generada en una asamblea constituyente, no porque esto sea una aberración de las masas o porque confían plenamente en la democracia representativa, sino porque una decisión así puede servir de pretexto para la reacción violenta de la derecha.

Si se fijan, quienes se plantean como críticos o escépticos ante las reformas, son políticos que sufrieron persecuciones por pensar distintos, que su objetivo primordial era lograr la paz más que la justicia y que vieron cómo se cayó el Muro de Berlín y cómo llegamos al fin de la historia de acuerdo a Francis Fukuyama. En su lectura del proceso, hay críticas razonables y válidas, pero debajo del aporte que se quiere mostrar como objetivo y fundado, hay historias personales y dolores del pasado que no necesariamente compartimos todos los que deberíamos recoger sus observaciones. Hay un temor a dichos cambios, como si la reforma educacional fuese la ENU (y el único pecado de ella era el apellido socialista de la reforma), como si la reforma tributaria fuese la reforma agraria y como si la nueva Constitución fuese la consagración del socialismo. En base a este temor, hay un rechazo a priori de ciertas reformas, como si con ellas se abriera la Caja de Pandora, en lugar de exponer qué reformas serían positivas para lograr un Estado Social y Democrático de Derecho.

Si bien Chile sigue viviendo de los traumas, el Chile de hoy no es el de Gonzalo Rojas, tampoco es la RDA de Ampuero y por cierto que dejó de ser el país de la Concertación. Hoy la gente quiere expresarse, quiere vivir una vida plena de acuerdo a sus proyectos y le indigna más que ayer el que existan ciudadanos de segunda clase. Es verdad que comunicacionalmente las cosas no se han hecho bien, pero sin duda que se requieren las 4 reformas que el gobierno de la Nueva Mayoría se ha empeñado en realizar. A quienes creemos en la política nos corresponde buscar cómo hacerlas realidad basadas en criterios de justicia y no negarnos a ellas por el temor a un déjà vu, temor que lamentablemente se encuentra presente y se va traspasando en forma de verdad.

Te lo dice,

R.F.S.K.

martes, 21 de octubre de 2014

Aristocracia económica

Si hay una institución que encarna esa idea de la Concertación/Nueva Mayoría como buena administradora del modelo económico impuesto en dictadura es el Ministerio de Hacienda. Mientras en los ministerios políticos han sido designados moderados leales a la democracia de los acuerdos y los proclives al activismo han sido dejados en los ministerios sociales, el Ministro de Hacienda es la persona que debe contar con la aprobación política de todos los sectores, más allá que sea de exclusiva confianza presidencial. Esto porque, dentro del misterioso mundo de las señales económicas, los índices son buenos si el ministro designado es de gusto de empresarios (nacionales y extranjeros), políticos (de éste y del otro lado) y de los trabajadores (que supuestamente lo aceptarán como parte del gobierno de la gente). Así, el encargado de las finanzas se ha convertido implícitamente en el representante de derecha en los gobiernos de centroizquierda.

Desde 1990, el perfil del Ministro de Hacienda es bien similar: una persona de nulo activismo político, sin previa experiencia en cargo de elección pública o ministerio, enfocado únicamente en aspectos técnicos (pasando a lo político sólo si influye en su tarea), con posgrado en alguna universidad estadounidense y adherido plenamente a la economía social de mercado. Como los Ministros de Hacienda tienen la venia de todos los actores económicos y su labor es poco comprendida en términos de opinión ciudadana, generalmente duran todo el período del presidente que los designó. Por más que su labor se ha inscrito en gobiernos que buscan generar crecimiento económico con acento social, la agenda de los Ministros de Hacienda se relaciona más con la inversión extranjera, la banca, el empresariado y las instituciones financieras mundiales, siendo Andrés Velasco el único que fue a dialogar con la CUT en su propia sede. Foxley fue así, Aninat fue así, Eyzaguirre fue así (y aún teniendo pasado comunista), Velasco fue así y Felipe Larraín fue así.

Hasta que llegamos a la excepción a la regla: Alberto Arenas.

Creo que fue Carlos Peña quien escribió una columna haciendo presente que quien es hoy Ministro de Hacienda es el primer político que ejerce el cargo en democracia. Si bien se doctoró en una universidad estadounidense, fue anteriormente funcionario de gobiernos de la Concertación, tanto como Director de la Empresa de Ferrocarriles del Estado (con todo lo que eso significa) y como Director de Presupuestos en la Primera Administración Bachelet. No fue activista, claramente, pero los años en el aparato estatal lo hacen más un militante más de la Nueva Mayoría en Hacienda que un economista tecnócrata en Hacienda. Si le suman que fue jefe programático de la campaña de la reelección de Michelle Bachelet, cosa que ninguno de los Ex-Ministros de Hacienda hizo antes de ser designado, no podemos desconocer que Arenas no es el representante de los intereses de la derecha en la Nueva Mayoría, sino que es el administrador de la billetera para el programa de ésta.

No quiero hacer una defensa de la gestión de Arenas en Hacienda. Al igual que muchos, considero que comunicacionalmente lo ha hecho mal, que actúa con severa obstinación y que, tratando de quedar bien con todos, no queda bien con nadie. Sin embargo, su designación ha significado una ruptura positiva con la aristocracia económica.

La aristocracia económica es la clase de economistas apolíticos egresados exclusivamente de universidades con escuelas fuertemente liberales, que se relacionan con los actores económicos dueños del capital y que ejercen una suerte de veto en políticas sociales que pudieran llegar a afectar la relación armónica entre la política económica y el mundo privado. Son una nobleza sobre los cuales han recaído las virtudes del buen gobierno durante los últimos cuarenta años. Como esas virtudes del buen gobierno son el modelo, resulta comprensible que no se recurriera a ellos para responder a las necesidades sociales de reforma, pero como cualquier clase que se siente herida o excluida, ha hecho saber su molestia en las distintas tribunas económicas. No sabría decir si ha sido esta reacción la responsable, pero sí ha sido factor para el clima de desconfianza económica del último tiempo.

Ante esto, 3 ideas:

  • No creo que sea bueno acostumbrarnos a la idea de Ministros de Hacienda supuestamente apolíticos, porque precisamente la administración de recursos no es neutra al uso que se le pueda dar a ellos, como tampoco es neutra la forma en la cual se recaude, la cual en un Estado Social y Democrático de Derecho debe ser proporcional a los ingresos que se obtengan.
  • El gobierno debería mejorar la comunicación sobre las reformas, explicando que las reformas a realizar son hechos normales del primer mundo en el que también se invierte y se hace negocios. Por esto, para quienes somos más políticos que técnicos y más plebeyos que patricios, la incertidumbre de la que es parte la aristocracia económica no se justifica.
  • Si el funcionario Arenas resulta tan gravitante en la confianza de la economía, ¿existe un perfil de Ministro de Hacienda político que sí pueda efectivamente conjugar confianza en los mercados con la realización de reformas?


Te lo dice,

R.F.S.K.

domingo, 19 de octubre de 2014

No queremos dinero

El Caso Penta ha generado diversos efectos mientras aún se investiga: se evidencian los grandes aportes empresariales que recibe la derecha política, se cuestiona la forma en la que buena parte de los partidos se financia (porque no digamos que la Nueva Mayoría se financia a punta de rifas y bingos), se produce una guerra de dimes y diretes entre oficialismo y oposición y pareciera ser que, como el 99% de los problemas políticos que involucran a ambos sectores, todo se resolverá con un acuerdo transversal. Además, como efecto colateral, se consolida el divorcio entre la Nueva Mayoría y Andrés Velasco, al considerarse éste como víctima de una persecución política por haber criticado el proceso de reformas (en verdad, nunca fue de centroizquierda el caballero, pero bueh...).

¿Pero cuál es el problema? ¿Que el Grupo Penta haga donaciones a políticos? No, porque de una u otra manera una empresa siempre va a aportar. ¿Que en un contexto de aportes a políticos el Grupo Penta haya cometido fraude al FUT, o sea, un delito tributario? Aunque debe investigarse y sancionarse, es algo que va más allá. ¿Que los partidos políticos reciben aportes reservados? No. ¿Que el mecanismo de financiamiento público no sirve? Tampoco. ¿La falta de fiscalización en la materia? Menos. ¿La falta de honestidad de los protagonistas? Cuéntense una de vaqueros.

El problema está en la relación entre el dinero y la política. Mejor dicho, en cómo un grupo económico de importancia tiene una relación tan directa con un partido político.

Es cosa de ver la reacción uniforme que tuvo la UDI al hacerse público este caso: que ellos no han recibido ningún dinero irregular, que el SERVEL visó todos estos aportes (sí, el SERVEL denunciando fraude al FUT), que los señores Délano y Lavín son unas tremendas personas y que todo esto es una operación para desviar la atención de lo mal que lo está haciendo este gobierno. Nunca había visto una defensa de un partido hacia una empresa tan descarada como ésta, pero se entiende dentro de un contexto en el que Penta le aporta cientos de millones de pesos al partido gremialista.

Si bien los políticos son seres humanos como todos nosotros, al ser electos en un cargo representativo, ellos deben tratar de tomar decisiones a partir de sus convicciones pero sin mayor influencia sobre ellos que la de un ciudadano común en su vida normal. Por ello, existen una serie de normas para evitar los conflictos de intereses, para regular el lobby y, en lo particular, para evitar que empresas nacionales y extranjeras incidan en su trabajo de manera gravitante mediante el financiamiento de sus campañas y demás actividades. Sin embargo, seguimos teniendo serios conflictos de interés en nuestro Congreso, sobre todo cuando se trata de leyes que versan sobre recursos naturales; tenemos una Ley del Lobby a entrar en vigencia en Noviembre, que esperemos cumpla con evitar que las decisiones políticas sean fruto de negociaciones oscuras e intereses ajenos al bien común; y sobre el financiamiento... bueno, tenemos una empresa subsidiaria de Penta en ambas cámaras.

Es éste el contexto que se requiere reformar profundamente, más que el simple aporte de privados en la política, pues ¿de qué nos sirve limitar los aportes que Penta pueda hacer a la UDI si luego Penta me informa que creará 1.000 nuevos empleos bajo la condición que voten tal o cual ley? ¿De qué nos sirve cambiar las formas en las que Penta pueda aportar dinero si tenemos a 5, 10 o 20 diputados que han trabajado para Penta en el pasado y podrían volver si dejan de ejercer? Por esto, cualquier acuerdo sobre financiamiento se hace inútil si no se analiza también los conflictos de interés existentes en los poderes públicos y no se fiscaliza debida y públicamente el lobby.

Mi seria duda pasa por los que se hacen los buenos en esta pasada. La Nueva Mayoría, otrora Concertación, al verse limitada por los aportes privados, siempre ha buscado un aumento del aporte público. Con la reforma en la que el SERVEL reembolsa los créditos obtenidos por políticos según sus votaciones, se mejoró en la materia pero sólo supeditado al éxito electoral, lo que limita el ingreso de partidos minoritarios, regionales o independientes. Existiendo ahora la oportunidad de reformar, no tengo claro si la coalición de centroizquierda buscará realmente una actividad política más responsable y abierta a la ciudadanía o si buscará beneficiar su situación en desmedro de la Alianza.

Para terminar, algunas ideas que me parecen positivas para limitar la relación entre el dinero y la política y que se aplican en Canadá: las personas jurídicas y los extranjeros tienen prohibido hacer aportes a partidos y a candidatos; sólo las personas naturales pueden aportar hasta un máximo anual de CAD 1.200 (unos $ 620.000, aproximadamente) a un partido político, a un precandidato, a un candidato o a asociaciones relacionadas con dicho partido, teniendo una deducción de impuestos a la renta proporcional a dicho aporte; todos los aportes que un partido, candidato u organización reciba sobre los CAD 200 (unos $ 100.000), deberán ser informados anualmente al servicio electoral federal, montos que se harán públicos; cada candidato o partido podrá gastar hasta un máximo del 120% de una cifra calculada sobre la multiplicación de un factor por el número de personas habilitadas para votar en la circunscripción en la que se compite, perdiendo la mitad del subsidio electoral (que funciona similar a Chile) si sobrepasa dicho límite.

Seamos serios. De una vez por todas, impidamos que el dinero determine la naturaleza de nuestra democracia.

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 9 de octubre de 2014

Tengo un problema con el arte, Parte II

La semana pasada les planteaba mi complicación con admirar, apreciar o conmoverme con ciertas formas artísticas, preguntándome qué puede haber en una pintura o en una novela que las haga tan valoradas por personas tan distintas, evitando el lugar común de decir "es bueno porque la gente dice que es bueno".

Dentro de las respuestas recibidas, las cuales agradezco, Emil Ibarra me recordó mi subyugación emocional a la música y que quizá esa era mi vara para medir a otras formas artísticas. La verdad es que sí, soy un ser enfermantemente musical: escucho al menos 50 canciones diarias, soy de buscar letras y partituras de las canciones que me gustan y a veces comparo los significados que los autores quieren darle a sus canciones con el sentido que me llega. Alguna vez toqué piano, pero esa es otra historia...

Este fin de semana viví un momento musical bien intenso... y creo que corrobora un poco lo expuesto por Emil.

Luego de algunos días de pocas satisfacciones y muchos estímulos negativos, el sábado pasado llegué a un punto de sensibilidad poco habitual. Me sentía muy raro, con impotencia, con un fuego líquido que conectaba ojos, garganta y estómago. Estaba bloqueado para poder expresar cualquier idea o decidir hacer algo que me sacara de ese estado, como haber salido por su pilsen con algún amigo. Tenía un grito contenido, o algo por el estilo.

En momentos turbios como éstos, la música tiene ese efecto de producir la catársis que buscaban los dramaturgos griegos con sus representaciones teatrales. Hay canciones que van asociadas a momentos del pasado, sonidos que evocan algún sentimiento perdido entre la cabeza y el corazón y letras que aluden directamente al estado que uno no logra entender o administrar del todo.

En mi caso particular, escuchar el álbum Blue de Joni Mitchell genera esos 3 efectos: recuerdos del pasado, representación de sentimientos y apelación directa al momento. Irónicamente, conocí el disco hace no más de 5 años porque es de esos discos de cabecera para quienes gustan del pop-rock en inglés, pero no me gusta porque sea un disco de cabecera (de hecho no me gustó la primera vez que lo escuché), sino porque con la hermosa voz de la cantante, las letras personales y las armonías mezcla folk-jazz genera un efecto de tranquilidad cuando uno anda volando bajo.

Y así, escuchando la canción "Little Green", que Mitchell escribió disimuladamente para dirigirse hacia su hija que dio en adopción cuando ella era una joven incapaz de hacerse cargo de un bebé, me limpié de ese fuego desagradable.

Saliéndome del culebrón y yéndome a lo estético, me cuesta encontrar esa conexión fuerte que tengo con la música en otras formas artísticas. Podría hacer el experimento de quitarle el audio y leer sólo poesía o narración en las canciones, para ver si sólo la letra puede alterarme en favor o en contra. Las imágenes pueden darle pausa al ajetreo de la vida común, incluso generar reflexión si uno percibe el contexto histórico-cultural de la pintura o la fotografía, pero no encuentro que puedan darme un giro emocional o espiritual como sí lo logra la música. Salvaría eso sí al cine, que en mi caso sí puede condicionar mi estado de ánimo y generarme incluso un cambio de perspectiva frente a episodios personales e históricos, pero no me explico mucho cómo lo logra frente a otros tipos de representación y más allá de la apelación personal.

El arte no es sólo representación de la realidad sino también la impresión del artista. No sólo me veo yo y mi alrededor en el libro o la pintura, sino también la mente más o menos torcida del creador, pero a no ser que me falte ácido, las imágenes más irreales o derechamente imposibles de interpretar (una pintura de Jackson Pollock, por ejemplo) escapan a la posibilidad de generar una emoción. No logro apreciar la torsión de la mente del artista, a no ser que tenga colores llamativos en el caso de una representación visual o, en el caso de la literatura, que haya alguna empatía hacia esa creación imaginaria.

¿Es posible pedirle la emoción, las ganas de reír o llorar, el sentirse animado y con ganas de hacer y deshacerlo todo, a una pintura o a un libro, como a mí me lo genera la música? Y si lo es, ¿dónde está?

No quiero creer que las cosas me entran sólo por las orejas.

Te lo dice,

R.F.S.K.

jueves, 2 de octubre de 2014

Tengo un problema con el arte

Tengo un problema con el arte...

Sí, ya, bueno... tener un problema con el arte es como complicarse con que el agua sea líquida. "Todo es arte", "todo es cultura", "todo es político", "el lenguaje construye realidades" y todas esas cosas posmodernas que aún no me compro...

El tema es el siguiente:

1. He sido siempre bueno para leer. Creo que no hay día que no lea. Todo se lo debo a mi viejo que me generó un condicionamiento pavloviano al siempre darme un premio cada vez que leía un libro (tuve hartos Lego y Playmobil). Además, en mi casa nunca faltaron libros y si alguno quería uno, se compraba. Comencé con cosas infantiles como todos, pero no me llegaban (salvo la saga de Papelucho). Después, cosas de adolescentes que en verdad me daban lata (no voy a despotrincar contra la obra de José Luis Rosasco, pero "Francisca, yo te amo"... guácala). De ahí vinieron los clásicos... y creo que me mataron un poco el hábito de leer ficción: no sentía lo que la gente decía sentir leyendo "Crimen y Castigo" o "Rayuela". Eso es fuerte, porque hay algo en esos libros que los hace universales, y el no percibirlo lo hace a uno un poco más extraño que lo normal. ¿Para qué sentir eso, en realidad? Mejor buscar cosas que me integren y no que me alienen.

Por eso prefiero cosas que derechamente me hagan reír, como libros de humoristas, o relatos de injusticias evidentes, las que no pertenecen a la ficción. Últimamente he estado leyendo algunos libros escritos por Groucho Marx (por quien me considero marxista), con el que sí siento un poco de conexión: ¿qué más humanamente universal que cagarse de la risa con las pellejerías propias y las reglas absurdas de la sociedad? Llega a ser hasta una máxima moral recomendable.

2. Con las artes visuales me pasa otra cosa. Hace un par de años, fui con mi padre al Museo Reina Sofía de Madrid, el cual es principalmente famoso por tener el Guernica de Picasso. Ahí estuvimos los 2 frente a la obra cumbre del pintor español, aproximadamente unos 2 o 3 minutos. De ahí, él se fue a buscar los detalles en las esquinas, al centro y más arriba. Parecía como si buscara a Wally en el enorme cuadro. Después de unos 10 minutos en la sala donde se exhibe la pintura, nos pasamos a la siguiente y él estaba extasiado, como si fruto de esa imagen le hubiese dado un giro a una idea que tenía perdida por ahí. Me para y me dice "¿No te das cuenta?". "Sí, el Guernica", le dije. "Las bombas, los toros muertos, la gente quemándose...". Suena súper frío lo que dije, pero es verdad: ¿qué es lo que tiene dicha pintura que no tienen otras pinturas que reflejan la barbarie humana o fotografías que la muestran en forma más evidente?

Al día siguiente fui, solo, al Museo del Prado. Fuera de haber visto pinturas emblemáticas, me quedé con una pintura de Joaquín Sorolla (no recuerdo cuál). No era una historia, no eran reyes ni reinas, no eran los ángeles llevándose a un santo. Era un paisaje costero. Y me volé ahí, viendo las ondas del agua y los colores de las casas. ¿Qué tenía esa pintura que me detuvo y me cautivó y que no tenía el Guernica?

3. Con la poesía es mi tercer problema. Creo que, descontando lo que todos hemos leído por el hecho de ser chilenos, no tengo la más prostituta idea del género lírico. Podría aventurarme por los nombres de los autores más conocidos e ir así descartando hasta llegar a decir que Jorge Teillier es lo más grande que ha nacido en la faz de la tierra, pero la poesía no es como la música: uno escucha de la radio, de la nube o de su propia colección... y si no pega en los primeros 10 o 20 segundos, uno la cambia y se va a un lugar más seguro. La poesía no es tan desechable, y no puede serlo porque es complejo entenderla y llegar a disfrutarla, lo que exige más de una lectura.

Además, seamos honestos con nosotros mismos: la poesía formal es un producto de élite que unos pocos leen, entienden, disfrutan y divulgan. En esto recuerdo a Gonzalo Rojas el Bueno, quien hasta el último de sus días se quejaba que en España lo leían de grandes a chicos y que en Chile era sólo leído por círculos artísticos, aunque todos se la dieron de conocedores de su arte cuando ganó el Premio Cervantes y después cuando falleció. Si pocos leen, entienden, disfrutan y divulgan esta forma literaria, ¿cómo un gil que trabaja de 8 a 8 va a tener acceso a comprender "los sonidos áureos de las praderas fragantes que vacilaban sin control con el zambullir de las nutrias impertérritas"?

Espero comprensión del lector. También algunas recomendaciones para resolver mis problemas. Sobre todo, compartir experiencias.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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