jueves, 9 de octubre de 2014

Tengo un problema con el arte, Parte II

La semana pasada les planteaba mi complicación con admirar, apreciar o conmoverme con ciertas formas artísticas, preguntándome qué puede haber en una pintura o en una novela que las haga tan valoradas por personas tan distintas, evitando el lugar común de decir "es bueno porque la gente dice que es bueno".

Dentro de las respuestas recibidas, las cuales agradezco, Emil Ibarra me recordó mi subyugación emocional a la música y que quizá esa era mi vara para medir a otras formas artísticas. La verdad es que sí, soy un ser enfermantemente musical: escucho al menos 50 canciones diarias, soy de buscar letras y partituras de las canciones que me gustan y a veces comparo los significados que los autores quieren darle a sus canciones con el sentido que me llega. Alguna vez toqué piano, pero esa es otra historia...

Este fin de semana viví un momento musical bien intenso... y creo que corrobora un poco lo expuesto por Emil.

Luego de algunos días de pocas satisfacciones y muchos estímulos negativos, el sábado pasado llegué a un punto de sensibilidad poco habitual. Me sentía muy raro, con impotencia, con un fuego líquido que conectaba ojos, garganta y estómago. Estaba bloqueado para poder expresar cualquier idea o decidir hacer algo que me sacara de ese estado, como haber salido por su pilsen con algún amigo. Tenía un grito contenido, o algo por el estilo.

En momentos turbios como éstos, la música tiene ese efecto de producir la catársis que buscaban los dramaturgos griegos con sus representaciones teatrales. Hay canciones que van asociadas a momentos del pasado, sonidos que evocan algún sentimiento perdido entre la cabeza y el corazón y letras que aluden directamente al estado que uno no logra entender o administrar del todo.

En mi caso particular, escuchar el álbum Blue de Joni Mitchell genera esos 3 efectos: recuerdos del pasado, representación de sentimientos y apelación directa al momento. Irónicamente, conocí el disco hace no más de 5 años porque es de esos discos de cabecera para quienes gustan del pop-rock en inglés, pero no me gusta porque sea un disco de cabecera (de hecho no me gustó la primera vez que lo escuché), sino porque con la hermosa voz de la cantante, las letras personales y las armonías mezcla folk-jazz genera un efecto de tranquilidad cuando uno anda volando bajo.

Y así, escuchando la canción "Little Green", que Mitchell escribió disimuladamente para dirigirse hacia su hija que dio en adopción cuando ella era una joven incapaz de hacerse cargo de un bebé, me limpié de ese fuego desagradable.

Saliéndome del culebrón y yéndome a lo estético, me cuesta encontrar esa conexión fuerte que tengo con la música en otras formas artísticas. Podría hacer el experimento de quitarle el audio y leer sólo poesía o narración en las canciones, para ver si sólo la letra puede alterarme en favor o en contra. Las imágenes pueden darle pausa al ajetreo de la vida común, incluso generar reflexión si uno percibe el contexto histórico-cultural de la pintura o la fotografía, pero no encuentro que puedan darme un giro emocional o espiritual como sí lo logra la música. Salvaría eso sí al cine, que en mi caso sí puede condicionar mi estado de ánimo y generarme incluso un cambio de perspectiva frente a episodios personales e históricos, pero no me explico mucho cómo lo logra frente a otros tipos de representación y más allá de la apelación personal.

El arte no es sólo representación de la realidad sino también la impresión del artista. No sólo me veo yo y mi alrededor en el libro o la pintura, sino también la mente más o menos torcida del creador, pero a no ser que me falte ácido, las imágenes más irreales o derechamente imposibles de interpretar (una pintura de Jackson Pollock, por ejemplo) escapan a la posibilidad de generar una emoción. No logro apreciar la torsión de la mente del artista, a no ser que tenga colores llamativos en el caso de una representación visual o, en el caso de la literatura, que haya alguna empatía hacia esa creación imaginaria.

¿Es posible pedirle la emoción, las ganas de reír o llorar, el sentirse animado y con ganas de hacer y deshacerlo todo, a una pintura o a un libro, como a mí me lo genera la música? Y si lo es, ¿dónde está?

No quiero creer que las cosas me entran sólo por las orejas.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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