jueves, 2 de octubre de 2014

Tengo un problema con el arte

Tengo un problema con el arte...

Sí, ya, bueno... tener un problema con el arte es como complicarse con que el agua sea líquida. "Todo es arte", "todo es cultura", "todo es político", "el lenguaje construye realidades" y todas esas cosas posmodernas que aún no me compro...

El tema es el siguiente:

1. He sido siempre bueno para leer. Creo que no hay día que no lea. Todo se lo debo a mi viejo que me generó un condicionamiento pavloviano al siempre darme un premio cada vez que leía un libro (tuve hartos Lego y Playmobil). Además, en mi casa nunca faltaron libros y si alguno quería uno, se compraba. Comencé con cosas infantiles como todos, pero no me llegaban (salvo la saga de Papelucho). Después, cosas de adolescentes que en verdad me daban lata (no voy a despotrincar contra la obra de José Luis Rosasco, pero "Francisca, yo te amo"... guácala). De ahí vinieron los clásicos... y creo que me mataron un poco el hábito de leer ficción: no sentía lo que la gente decía sentir leyendo "Crimen y Castigo" o "Rayuela". Eso es fuerte, porque hay algo en esos libros que los hace universales, y el no percibirlo lo hace a uno un poco más extraño que lo normal. ¿Para qué sentir eso, en realidad? Mejor buscar cosas que me integren y no que me alienen.

Por eso prefiero cosas que derechamente me hagan reír, como libros de humoristas, o relatos de injusticias evidentes, las que no pertenecen a la ficción. Últimamente he estado leyendo algunos libros escritos por Groucho Marx (por quien me considero marxista), con el que sí siento un poco de conexión: ¿qué más humanamente universal que cagarse de la risa con las pellejerías propias y las reglas absurdas de la sociedad? Llega a ser hasta una máxima moral recomendable.

2. Con las artes visuales me pasa otra cosa. Hace un par de años, fui con mi padre al Museo Reina Sofía de Madrid, el cual es principalmente famoso por tener el Guernica de Picasso. Ahí estuvimos los 2 frente a la obra cumbre del pintor español, aproximadamente unos 2 o 3 minutos. De ahí, él se fue a buscar los detalles en las esquinas, al centro y más arriba. Parecía como si buscara a Wally en el enorme cuadro. Después de unos 10 minutos en la sala donde se exhibe la pintura, nos pasamos a la siguiente y él estaba extasiado, como si fruto de esa imagen le hubiese dado un giro a una idea que tenía perdida por ahí. Me para y me dice "¿No te das cuenta?". "Sí, el Guernica", le dije. "Las bombas, los toros muertos, la gente quemándose...". Suena súper frío lo que dije, pero es verdad: ¿qué es lo que tiene dicha pintura que no tienen otras pinturas que reflejan la barbarie humana o fotografías que la muestran en forma más evidente?

Al día siguiente fui, solo, al Museo del Prado. Fuera de haber visto pinturas emblemáticas, me quedé con una pintura de Joaquín Sorolla (no recuerdo cuál). No era una historia, no eran reyes ni reinas, no eran los ángeles llevándose a un santo. Era un paisaje costero. Y me volé ahí, viendo las ondas del agua y los colores de las casas. ¿Qué tenía esa pintura que me detuvo y me cautivó y que no tenía el Guernica?

3. Con la poesía es mi tercer problema. Creo que, descontando lo que todos hemos leído por el hecho de ser chilenos, no tengo la más prostituta idea del género lírico. Podría aventurarme por los nombres de los autores más conocidos e ir así descartando hasta llegar a decir que Jorge Teillier es lo más grande que ha nacido en la faz de la tierra, pero la poesía no es como la música: uno escucha de la radio, de la nube o de su propia colección... y si no pega en los primeros 10 o 20 segundos, uno la cambia y se va a un lugar más seguro. La poesía no es tan desechable, y no puede serlo porque es complejo entenderla y llegar a disfrutarla, lo que exige más de una lectura.

Además, seamos honestos con nosotros mismos: la poesía formal es un producto de élite que unos pocos leen, entienden, disfrutan y divulgan. En esto recuerdo a Gonzalo Rojas el Bueno, quien hasta el último de sus días se quejaba que en España lo leían de grandes a chicos y que en Chile era sólo leído por círculos artísticos, aunque todos se la dieron de conocedores de su arte cuando ganó el Premio Cervantes y después cuando falleció. Si pocos leen, entienden, disfrutan y divulgan esta forma literaria, ¿cómo un gil que trabaja de 8 a 8 va a tener acceso a comprender "los sonidos áureos de las praderas fragantes que vacilaban sin control con el zambullir de las nutrias impertérritas"?

Espero comprensión del lector. También algunas recomendaciones para resolver mis problemas. Sobre todo, compartir experiencias.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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