miércoles, 12 de noviembre de 2014

Tropezar con la misma piedra

El cargo de Ministro de Educación es, probablemente, el más político de todos. Esto ocurre porque debe hacerse cargo de una realidad social ideológicamente muy cargada, buscando conciliar las distintas concepciones de la sociedad que tienen las personas, el rol del Estado frente a las libertades personales y los intereses de dos de los grupos de presión más incidentes de la sociedad chilena: los estudiantes y los profesores. Como las concepciones de sociedad entran en colisión al ser discutidas, las posiciones en materia de libertades son dogmáticas al hablar sobre educación y la posición de los grupos de presión suele buscar el interés propio más que el general, el escenario político que se presenta ante cualquier Ministro de Educación es de los más delicados, por cierto de los más desafiantes, pero también de los más fracasados, al menos desde 1990.

Si los Ministros de Hacienda son raramente removidos porque representan el consenso de oficialismo y oposición en el gobierno, los Ministros de Educación son siempre reemplazados porque ese consenso no existe respecto de su propia gestión. Incluso en la propia coalición de gobierno existen serias diferencias sobre cómo debe ser el rol del Estado en la economía, en la educación y en el conflicto social subyacente. Además, ante cualquier brote de conflicto con estudiantes y/o profesores, existe una mediatización que exige el cambio de ministro. Todo esto se refleja en que, desde 1990, casi todos los presidentes han cambiado a su Ministro de Educación en dos ocasiones, aunque desde el gobierno de Ricardo Lagos se produce el fenómeno de los reemplazos en un contexto de descontento de los actores educativos.

En Educación, generalmente el Presidente de turno designa al comienzo de su gobierno a una persona con experiencia política o técnica que genera expectativas de poder hacer una diferencia en las políticas educativas, las que no se ven cumplidas. Aylwin designó a Ricardo Lagos, quien dejó el cargo por aspiraciones políticas; Frei designó a Ernesto Schiefelbein, experto en la materia pero que por su poca habilidad política resultó sustituido en 6 meses; Lagos designó a Mariana Aylwin, mujer con experiencia en educación y política, pero que fue reemplazada por su mala relación con los grupos de presión; Bachelet designó a Martín Zilic, de experiencia universitaria, pero que no pudo controlar la crisis de 2006; Piñera designó a Joaquín Lavín, cuyo capital político en la derecha es indudable, pero quien tampoco pudo controlar las protestas de 2011. Todos los casos anteriores motivaron el nombramiento de personas con un perfil más cargado hacia la parte más débil de su antecesor (si era un ministro político, se designa a un técnico), con distintos resultados, pero generalmente privilegiando a políticos de más bajo perfil y que no entrasen necesariamente en conflicto con la oposición o con los movimientos sociales. Así, ningún gobierno desde 1990 ha logrado mejorar el escenario político en la materia, traspasándole al gobierno siguiente la responsabilidad cada vez más creciente de la reforma.

Hoy, Nicolás Eyzaguirre se encuentra en un escenario similar al de la mayoría de los primeros Ministros de Educación. Seguramente fue designado porque su gestión en Hacienda es aún valorada transversalmente, por lo que su capital político podía colaborar en una reforma difícil de lograr, más aún si requiere de una considerable inversión pública. Él mismo se ha encargado de señalar que no sabe mucho de educación, pero que con el esfuerzo de su equipo y del gobierno va a tratar de lograr un buen resultado. Lo real hoy día es que ninguno de los sectores que participan de sus decisiones se encuentra siquiera conforme con lo realizado por él: fuera de la opinión de quienes se oponen a la reforma educacional, él no ha participado activa y decisivamente ni en la redacción, ni en la negociación, ni en la aprobación parcial de la reforma; tampoco se ha relacionado inteligentemente con los estudiantes ni los profesores, siendo pasivo con los primeros e inexistente con los segundos. Además, su decisión de comenzar la reforma eliminando el copago, la selección y el lucro en lugar de generar primero un sistema público confiable que sustituya la demanda por colegios particulares subvencionados ha sido impopular en un sector de los padres y de la propia Nueva Mayoría. Por esto, y particularmente desde la semana pasada, es que transversalmente se está insinuando la necesidad de su reemplazo; y es altamente seguro que Eyzaguirre sea trasladado a otro ministerio, porque destituirlo sería un sonado fracaso para él, para la reforma y para Bachelet.

Sin embargo, la pregunta es, ¿qué tan incidente puede ser la persona del Ministro de Educación?

Mi opinión es que, en un gobierno cuya presidenta delega todo en sus ministros, es imperativo que el Ministro de Educación sea una persona que tenga capacidad política, tanto para proponer, negociar y sobre todo para tomar decisiones políticamente incorrectas en el corto plazo, pero que pueden resultar positivas. En este sentido, se requiere de alguien que pueda reordenar las propuestas de la reforma, enfocándose primero en fortalecer la educación pública para luego disminuir las injusticias en la particular subvencionada; de alguien que asuma seriamente el tema de la gratuidad, de alguien que sepa recoger las ideas del estudiantado sin ser guiado por el peso mediático que éste tiene; de alguien que pueda privar al Colegio de Profesores de su veto en materias de evaluación y carrera docente; de alguien que argumente tanto en el Congreso como en los colegios y universidades sobre la educación como un derecho y no como un bien de mercado; de alguien que entienda que con la reforma educacional estamos buscando una nueva forma de relacionarnos entre las personas, sin segregación social, sin privilegiar el tener sobre el ser, sin asociar el éxito con la universidad y en la que todos podamos realizar responsablemente nuestra idea de felicidad. Cierto es que un ministro que tenga estas características no estará libre de las protestas o de la falta de consensos en el Congreso, pero lo anterior refleja un liderazgo que genera apoyo ciudadano y disciplina partidaria.

En conclusión, todas las personas que han ejercido este cargo con anterioridad han carecido de la comprensión de su labor como del poder para decidir con fuerza sobre el tema. Por esto, y ante un eventual cambio en la conducción, el ministerio socialmente más complejo de todos requiere de un político brillante, si no de un dictador a la usanza romana, que pueda por fin generar una reforma educacional a largo plazo y que sirva de piedra angular para la construcción de un nuevo Chile.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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