miércoles, 3 de diciembre de 2014

¿Qué culpa tiene Fatmagül?

Hoy apareció el Estudio Nacional de Opinión Pública del Centro de Estudios Públicos correspondiente al mes de noviembre. Dentro de los diversos datos duros en términos políticos, sin duda el que llama más la atención es el 43% de desaprobación que tiene Michelle Bachelet en la conducción de su gobierno, frente al 38% de su aprobación. Tan potente resultó la señal que la propia Presidenta suspendió sus actividades en la Región de Biobío para citar a una reunión de emergencia de su gabinete en La Moneda; algo que sólo se da en circunstancias de catástrofe natural.

Quienes simpatizan con la Alianza consideran lógica esta ostensible baja, y francamente no creo que sea necesario analizar por qué ellos lo consideran lógico. La verdad es que basta con leer los principales diarios de Chile, la prensa económica extranjera y todas las declaraciones que los políticos de derecha hacen en televisión sobre el gobierno para entender su descontento frente a la sola idea de reformas y a la conducción presidencial. También la DC debería considerar lógica esta disminución, considerando que ellos han sido bastante críticos de las reformas dentro del mismo gobierno.

Lo que me pregunto, al igual que los televidentes encandilados con las teleseries turcas, es... ¿qué culpa tiene Fatmagül?

Un poco de ironía para la posición de víctima en la que generalmente se ha colocado Michelle Bachelet a la hora de las críticas. Cuando en su primer gobierno ella tenía una baja aprobación debido a las protestas estudiantiles y a la crisis del Transantiago, ante la ofensiva de la Alianza, ella declaró ser víctima de un "femicidio político", lo que mediáticamente colocó a sus detractores como personas desalmadas. Hace no mucho, cuando la Presidenta se encontraba en España, declaró que existía una "campaña del terror" en contra de sus reformas, particularmente la educacional.

A diferencia del personaje de teleserie, en la disminuida aprobación de la conducción presidencial, claramente hay culpa de Bachelet.

1. Presidencialismo despresidencializado: Al igual que en su primer gobierno, Michelle Bachelet ha apelado a una figura presidencial muy humana y empática que sabe rodearse de buenos políticos para tomar las decisiones que le permitan realizar su programa de gobierno. Dista lejos de Ricardo Lagos, quien estaba sobre sus asesores y ministros, pero tampoco parece ser como el promedio de los presidentes chilenos, que en general siempre se han guardado la última decisión en temas que inciden en la vida de las personas. La diferencia está en que en su primer gobierno, Bachelet recurrió a la vieja guardia de la Concertación a la hora de la conducción política; mientras que en este segundo gobierno, designó a personas que a la hora de negociar internamente en la Nueva Mayoría, de dialogar con la Alianza y de comunicar a la ciudadanía, no tienen autoridad. Al no haber autoridad a la hora de plantear decisiones importantes, se generan propuestas que no agradan, peleas que no aportan y sobre todo un clima de debate sin pies ni cabeza. ¿Conclusión? Una reforma tributaria distinta, una reforma educacional desorientada, una reforma constitucional impopular y una reforma laboral en momentos en que el empresariado se encuentra políticamente más contrario que nunca.

Distinto sería si el gobierno (la Presidenta o alguien nombrado por ella) dijera expresamente qué se busca concretamente. ¿Por qué? Porque los chilenos somos presidencialistas y nos gusta que nos hablen golpeado, sea de nuestro color político o no. Hoy, tenemos un gobierno poco claro, que posiciona frases de buena crianza, frente a críticas férreas que ganan adeptos. Eso es (falta de) determinación presidencial.

2. Coalición desperdigada: El gobierno ha promovido 4 reformas con fuerte carga ideológica a una coalición demasiado amplia para impulsarlas, pero en realidad no es culpa del ala moderada de la Nueva Mayoría, pues me parece esperable que la DC, desde sus principios fundamentales, critique la actual reforma educacional. Tampoco es culpa del PC que renueve las diferencias que existían en 1973 entre los actuales socios. No creo que sea un error que Jaime Quintana quiera una retroexcavadora, ni que doblen las campanas de la democracia de los acuerdos. Todo eso es esperable en una coalición así de grande. La responsabilidad le cabe a quienes planificaron el programa e instalaron el gobierno, que no previeron el escenario obvio frente a temas que suscitan diferencias entre los propios socios y que no supieron articular las posiciones de sectores más individualistas y sectores más colectivistas en cada reforma.

Veamos el ejemplo de educación. En campaña, Bachelet reiteró la idea de trabajar por una educación gratuita y de calidad en todos los niveles. Seguro que desde la DC hasta el PC están de acuerdo en ello. El problema que hoy existe no tiene que ver (aún) con la amplitud de la gratuidad y del aseguramiento de la calidad, sino con la administración escolar, tema que principalmente le toca a la DC y al PC, en posiciones contrapuestas. Si estas posiciones eran sabidas, ¿por qué no se contemplaron con una fórmula negociada en el programa, de modo de acudir con los votos seguros al Congreso y evitarse estas discusiones que sirven de pretexto para la idea de desgobierno? Es verdad que no todo está en el programa, pero en un buen programa y con un buen liderazgo, se precaven los focos de conflicto que le den razón a los críticos.

3. Señales confusas: Comunicacionalmente, el actual gobierno ha sido bastante malo. Teniendo varias ideas fuerza en torno a las reformas, no ha habido mayor elaboración en torno a ellas ni se ha informado con cierta claridad cómo se van a cumplir las ideas de "educación gratuita y de calidad en todos los niveles", "trabajo digno con sindicatos fuertes" y "una constitución democrática". El más claro ejemplo es el fortalecimiento de la educación pública, tema en el que todos los partidos de la Nueva Mayoría están de acuerdo, pero que ha sido postergado por las reformas sobre la administración educacional; en circunstancias que habrían muchos menos temores frente a la eliminación del copago y la selección si tuviésemos una educación pública fortalecida con recursos, profesores buenos y un currículo que le permita al egresado de Cuarto Medio pensar en sí mismo dentro de la comunidad.

Precisamente éste era un aspecto que Bachelet, en su anterior gobierno, tenía mejor desempeño. Al ser una persona que genera confianza y al hacer suyas las reformas previsional y de protección al menor, la gente tenía una idea de cómo tal o cual medida le iba a beneficiar en el corto o mediano plazo. Hoy, Bachelet se encuentra más ausente de estos procesos de cambio, dejándoselos por completo a sus ministros y a los presidentes de partido, siendo ella más una presidenta de corte de cinta. Ante políticos de poca credibilidad y discusiones que confunden en lugar de aclarar, hoy el votante a pie de la Presidenta no sabe bien para dónde va su gobierno...

... y eso es lo peor que le puede ocurrir, pues en el votante a pie está el capital que tiene Bachelet para continuar con éxito sus reformas.


Te lo dice,

R.F.S.K.
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