domingo, 8 de febrero de 2015

Sí, OTRO post sobre el aborto

El aborto es de esos temas que no debe dejar indiferente a nadie: su discusión es de los pocos espacios democráticos en el cual podemos expresar lo que entendemos por vida, por libertad y por humanidad. Tomar una posición en este debate es importante para que tengamos una regulación que refleje a nuestra sociedad; mientras que abstraerse de él denota necedad ciudadana.

Confieso que mi posición sobre el aborto no es clara. Partiendo de la base que la vida es un proceso cuyo inicio y fin es gradual y no de instantes, creo que existen ciertas hipótesis en las cuales es excesivo castigar penalmente a la madre que desea interrumpir su embarazo y al médico que la auxilia en ello, porque la situación en la que ella se encuentra ya es suficiente castigo y como sociedad debemos propender a la reparación y la reinserción de las personas en su búsqueda de la felicidad. Sin embargo, cada vez me convenzo menos de concebir el aborto como un derecho de la madre emanado de la libertad de decidir sobre su propio cuerpo; libertad cuya extensión ilimitada en causales y tiempo me parece absolutamente aberrante y equiparable al homicidio.

Dentro del debate actual, algo más avanzado y menos visceral que en años anteriores, quiero llamar la atención en los siguientes puntos:

1. Intenciones sinceras

En el contexto de la discusión, hay personas muy interesadas en que este proyecto se apruebe, auspiciando el dolor de las madres embarazadas de un ser anencefálico o víctimas de violación con un fanatismo muy sospechoso, porque más que la solución de problemas reales como los anteriores, lo que realmente desean es la consagración futura del derecho de la madre a abortar en forma libre y segura. Así se dio con la píldora del día después y así se va a dar con cualquier norma que propenda a una visión liberal de los derechos reproductivos.

Segundas intenciones como éstas sólo generan rechazo a la iniciativa, pues cambian la finalidad y disminuyen la posibilidad de consenso democrático. En dicho sentido, sería más preferible dentro de ciertos sectores progresistas que sinceraran su posición y que circunscriban su aporte al problema que se busca resolver.

2. Evitemos el fascismo

Fuera de ciertas declaraciones patéticas como la de Pablo Lorenzini, lo más negativo ha sido la pugna entre la Universidad Católica y los furibundos defensores del proyecto. Tal y como está concebido el proyecto, nada le obliga a los facultativos de la Red de Salud UC a efectuar abortos y una Constitución abierta a la libertad de conciencia le garantiza a los médicos la posibilidad de abstenerse de asistir la interrupción, como a su vez le permite a la institución católica establecer como regla básica a sus profesionales la prohibición de efectuar abortos en sus dependencias (y fuera de broma, hay que ser muy estúpido como para atenderse en la UC y solicitar un aborto).

Está claro que hay personas que desean provocar a toda costa al conservadurismo impopular de la UC, pero declaraciones deschavetadas como las de Marcelo Schilling pidiendo la expropiación de su Red de Salud o de otros políticos pidiendo que no haya más aportes fiscales a instituciones de salud que no deseen cumplir con la nueva ley sólo se desvían del verdadero propósito del proyecto, el cual claramente apunta al sistema público y a aquellos médicos que no tienen problemas éticos para proceder a una interrupción justificada del embarazo.

(Tampoco deben existir amenazas de expulsión o de castigo a quienes piensan diferente, como existen hoy en los partidos conservadores)

3. Seguridad jurídica

Uno de los argumentos que han planteado los detractores del proyecto ha sido que la legislación actual ya resuelve satisfactoriamente la interrupción en caso de riesgo vital de la madre, siendo la reforma en la materia un resquicio a favor del aborto por solicitud.

Sí, tanto la protección de la lex artis de los médicos como la interpretación del artículo 119 del Código Sanitario (“No podrá ejecutarse ninguna acción cuyo fin sea provocar un aborto”) permiten que el médico tratante pueda ejecutar acciones cuyo fin directo y primero sea la salud de la madre. El problema pasa porque esto queda a interpretación de los jueces y no de los médicos, cuando al establecer una norma explícita y descriptiva se deja libre de toda duda la situación, teniendo los facultativos la tranquilidad de actuar conforme a ley. Si bien no existe una fila de médicos declarando en Tribunales, sí es una inquietud que ellos mismos han planteado y que desean aclararla para su mejor proceder.

4. Sobre la vida

Una vez le escuché a un profesor decir que, de existir jerarquía entre los derechos, la libertad de conciencia era el primero, porque gracias a ella podíamos concebir qué es la vida y cómo debemos vivirla. Existiendo libertad de conciencia en Chile y un Estado libre de compromisos con una cosmovisión en particular, existen distintas formas legítimas de entender la vida, las que deben verse reflejadas en la legislación en la medida que sean compatibles con una sociedad humanista.

Como sociedad, debemos sincerarnos y reconocer que no todos tenemos la misma idea de vida o de muerte. En la conciencia de un sector de la población, el interrumpir un embarazo ectópico o de un ser anencefálico es una situación que plantea mucho dolor, pero no ofrece un dilema equivalente al homicidio, porque fundadamente se considera no haber vida embrionaria/fetal que proteger. Si la madre desea interrumpir dicho embarazo por razones sanitarias o mentales y hay un médico cuya conciencia es acorde al deseo de ella, el Estado, que acepta la idea de vida razonable y que no impone la suya, deberá aceptar.

(Y de paso, las personas con discapacidad física o mental tienen proyección de vida y deben nacer. Quien desee interrumpir su embarazo porque se diagnosticó tempranamente un Síndrome de Down comete eugenesia)

5. Sobre la inocencia

Como último punto, me llama poderosamente la atención de la protección absoluta del que está por nacer por tratarse de un ser inocente. Esta aseveración desliza la idea que quien pierde dicha inocencia, integrándose al mundo de quienes piensan, hablan y actúan, podría ameritar una menor protección e incluso la muerte. Quienes justifican o aceptan como excesos inevitables las persecuciones políticas o religiosas del pasado son quienes fehacientemente creen en esto (Carlos Larraín, por ejemplo, dijo que Michelle Bachelet no podía compararse a Anne Frank porque ésta última había sido una niña y Bachelet era militante de izquierda). Esto me demuestra que los grupos pro-vida son, en realidad, pro-nacimiento y, una vez ya nacidas, las personas son parte de la selva darwinista, debiendo rascarse en adelante con sus propias uñas o las de su familia.

Creyendo que no todos los detractores del aborto piensan igual, sería bueno que en aras del derecho que predican, promuevan una efectiva protección de la vida de quienes ya han nacido y con la misma fuerza que para aquellos que aún no nacen. No basta con proteger a quienes piensan como uno, porque ellos no corren riesgos: son quienes no piensan como uno los que en situaciones críticas requieren del esfuerzo pro-vida. En este sentido, la verdadera protección de la vida es permitirnos a todos poder pensar y realizar su idea de felicidad, liberándonos de temores materiales y espirituales.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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