martes, 26 de mayo de 2015

Salud mental

Desde hace algún tiempo que estoy pasando por un cuadro depresivo. No es primera vez que me ocurre y espero que, de repetirse en el futuro, sepa sobrellevarlo mejor. Se trata de una enfermedad muy difícil de entender, porque uno se repite en esos momentos de angustia, "¿Qué hice para tener esto? Porque no es un virus, no es un cáncer, no es un órgano deteriorado o una arteria obstruída". Si uno que pasa por esto no entiende, menos va a entender el entorno o la sociedad sobre cómo relacionarse con una persona con depresión.

Fuera de las discusiones desgastantes que tengo cuando hablo del tema, doy gracias a que tengo una familia que me ayuda en la medida que quiere verme mejor, vivo en un entorno humano que tiene un grado de comprensión del tema y puedo acudir a un psiquiatra y a un psicólogo para poder tratar mi enfermedad. Puedo ver las cosas con un poco de perspectiva gracias a que los aspectos clínicos y sociales que implica la depresión están siendo abordados.

Lo que debería ser un estándar frente a la depresión y otras enfermedades mentales es, en realidad, un privilegio de algunos. No debería serlo.

De acuerdo al Informe Anual de Derechos Humanos de la Universidad Diego Portales, los problemas existentes en Chile en relación a la salud mental son los siguientes:

  • La brecha persistente entre la demanda de y el acceso a atención en salud mental;
  • La falta de disponibilidad de atención primaria en salud mental: en 2011 existían 21 comunas y 486 establecimientos en los que el programa no tenía cobertura;
  • Las importantes brechas en las horas de atención en salud mental disponibles en algunos territorios del país que coinciden con comunas socioeconómicamente vulnerables;
  • Un mayor rechazo de las licencias médicas derivadas de problemas de salud mental al comparárseles con otros problemas de salud; y
  • Ausencia de planes y/o estrategias específicas para atender la necesidades de niñas y niños reconocidos como grupos vulnerables.


Lo que aquí se expresa es fuerte. En lo social, existe un sistema público mínimo de salud mental y que ni siquiera se encuentra dirigido a los grupos que más requieren de protección, con lo que el acudir a terapias es más propio de un sistema privado, no siendo siquiera eficaz la inclusión de la depresión en el Plan AUGE. En lo laboral, nuestros empleadores y sus asociados no tienen idea de lo que implica el estrés, la depresión o los desórdenes alimenticios; y como no es un bicho ni se refleja en una radiografía, tenemos gente que no puede darse la pausa necesaria que les permita tratar su enfermedad. Lo que es más grave en mi opinión es que el Estado cae en la desidia o apela a la baja rentabilidad electoral del tema cuando desconoce lo importante que es la educación sobre la salud mental, pues con un programa bien ejecutado en la infancia/adolescencia se puede concientizar a la sociedad sobre cómo podemos prevenir ambientes emocionalmente contaminados y sobre cómo podemos relacionarnos mejor con personas que sufren trastornos o desórdenes mentales, lo cual es positivo no sólo para los enfermos, sino para sus familias y para la sociedad entera que gana personas activas.

Podríamos seguir mucho tiempo con los ejemplos de abandono en la salud mental, que van desde recintos hospitalarios que no tienen la higiene necesaria para que sus médicos puedan darle un trato digno a sus pacientes, hasta personas que se destruyen a sí y a sus familias porque no tienen idea que sufren de una enfermedad que puede ser tratada. Sin embargo, quienes hemos sufrido alguna enfermedad o quienes vivimos con un ser querido que ha pasado por ello debemos entender que en Chile todo problema que resulta políticamente residual debe ser expresado como de costumbre: en la calle y frente a la ciudadanía.

Yo me pregunto, ¿qué tenemos que hacer para que el Ejecutivo y el Congreso no sólo aprueben un presupuesto digno (del presupuesto total de salud, Chile destina el 3% a salud mental, cuando el estándar recomendado es el 10%), sino que además establezcan un programa serio, para todas las edades y todas las clases sociales? ¿Cómo podemos nosotros, independiente de lo que haga el Estado pero sin descuidar su rol primordial, ayudar a que la salud mental sea un tema en los lugares con mayor grado de interacción social (establecimientos educacionales, lugares de trabajo)? ¿Cómo generar conciencia y hacer que otros se muevan para crear ambientes libres de contaminación emocional, donde valoremos a las personas y las ayudemos a tener respeto por sí mismas?

No peco de sinceridad si digo que me gustaría, una vez que termine lo que debo terminar, trabajar comprometidamente por el derecho humano de la salud mental.


Te lo dice,

R.F.S.K.
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