martes, 12 de mayo de 2015

Sobre el cambio de gabinete

1. Estrategia inteligente

Frente a la pugna interna de la Nueva Mayoría, Michelle Bachelet buscó una solución intermedia y de más bajo perfil para designar a su equipo político. A la Vieja Guardia y a quienes conservan una idea señorial de la política, se les concedió el cambio de todos los ministros del área política, principalmente la salida de Rodrigo Peñailillo, cuya influencia y confianza era cada vez menor. Sin embargo, la Presidenta no recurrió a los cuarteles de invierno de la vieja Concertación para tener a un hombre de peso en Interior o un negociador experto en Presidencia, ni tampoco buscó dejar contentos a los viejos líderes que aún tienen poder de veto en la política de gobierno, sino que nombró a políticos con experiencia previa, sin agenda propia y, en el caso de ambas secretarías generales, con menor edad a la usual en dichos cargos.

Sin estar necesariamente de acuerdo con su nombramiento en Interior -creo que se debe insistir en figuras jóvenes, apostando a la renovación de liderazgos-, Jorge Burgos representa una señal tranquilizadora para todos quienes estaban exaltados, pero sin causar un temor justificado en los sectores reformistas, porque se trata de un político responsable que no va a buscar competir u oponerse a las directrices presidenciales. Da la impresión que, en lugar de decir "esto se hace o no se hace", va a ser quien diga "qué podemos hacer para lograr tal o cual objetivo", lo que se agradece en cualquier gobierno.

Mi duda dice relación con la misma que tengo desde que asumió Bachelet: siendo su programa de gobierno algo muy laxo, ¿qué postura tendrán los ministros políticos frente a la actividad de los reformistas en el Congreso? ¿Van a decir "esto no estaba en el programa, por lo que no se hace" o van a analizar si es un complemento real a la iniciativa de gobierno? El perfil de ambos negociadores -Burgos e Insunza- pareciera ser de la primera línea.


2. No todos pueden ser ministro

Cuando se designó a Peñailillo en Interior, muchos valoraron el hecho de haber elegido a un político joven en lugar de un pánzer experimentado. Además, se trataba de un político de región, hijo de la educación pública de dictadura y cuyos orígenes son más comunes a los de la mayoría de los chilenos. Algo parecido ocurría con Alberto Arenas en Hacienda. Con esto, Bachelet, deliberadamente, buscaba abrir el poder hacia quienes hicieron mérito en el pasado, más que a personas ungidas por los partidos políticos.

No es casual que ambos ministros hayan sido los más buscados desde un comienzo y cuya cabeza puesta en la plaza pública sea motivo de jolgorio en la Bolsa de Comercio. Más allá de los problemas de facturas de Peñailillo y de los gravísimos problemas comunicacionales de Arenas, ambos representaban una forma distinta, más confrontacional y comprometida con las reformas estructurales. Sin que lo hayan dicho, eran la antítesis de la política de los acuerdos, pues les bastaba el apoyo presidencial y la mayoría en ambas cámaras para poder realizar su gestión. No hacían política desde la cocina, lo que se valora mucho; pero pudiendo hacer política más ciudadana, se enfocaron en sus despachos y en la cercanía con la Presidenta. Al final, ambos políticos, los más relevantes en la elaboración del programa, se fueron quedando solos con la Presidenta... y al afectarla, debieron irse.

Independiente de los errores (a veces grotescos) que ambos ex-ministros cometieron, hoy pareciera que para ser ministro no basta el esfuerzo y la confianza presidencial. Hay que pertenecer al círculo del poder, contando con la anuencia de todo el oficialismo (con lo disgregado que es), de toda la oposición y de los poderes fácticos (empresariado, medios de comunicación, etc.). Es correcto, entonces, hablar de clase política.


3. Vuelve la aristocracia económica

Excepcionalmente me voy a auto-citar. Hace varios meses escribí sobre la existencia de una aristocracia económica, en virtud de la cual los Ministros de Hacienda deben ser personas de buena situación social, educación en ciertas universidades estadounidenses, compromiso con la economía social de mercado, nula opinión política, labor esencialmente técnica e interlocutores del gobierno con el sector privado. Alberto Arenas era el primer Ministro de Hacienda que no pertenecía a dicha aristocracia, lo que me parecía importante. Si bien era lógico que tuviese un perfil más confrontacional por su apoyo a reformas muy resistidas por el sector privado, su pésima comunicación con todos los actores políticos terminó haciéndolo caer en desgracia.

Pudiendo ser interesante que la Presidenta designara a otro político en Hacienda, perseverando en la idea de una economía democrática, designó a Rodrigo Valdés, que posee el perfil clásico de un Ministro de Hacienda. Como recién ha asumido, habrá que darle su oportunidad, pero su perfil de investigador y funcionario de instituciones económicas internacionales indica que no va a tener un rol protagónico en las reformas aún no aprobadas, sobre todo la reforma laboral. Esperemos que comunicacionalmente haga lo que no hizo Arenas, pero sería positivo que rompiera con la idea de la aristocracia económica y se comprometiera inteligentemente con reformas rechazadas por una visión bananera de la sociedad.


4. La vaca sagrada

A muchos nos sorprendió que no destituyeran a Nicolás Eyzaguirre de Educación. Ha sido uno de los ministros que más mal ha liderado su labor, pese a que obtuvo la aprobación de una primera fase de la reforma educacional. Si entendemos este cambio como un segundo tiempo de la Administración Bachelet, Educación se merece un segundo tiempo, sobre todo estando pendientes la gratuidad en la educación superior y las reformas propiamente curriculares, pues no se percibe en la ciudadanía que Eyzaguirre tenga la capacidad para liderar con tranquilidad el esfuerzo.

Comentándolo en la mañana con una amiga, ella me señaló una opinión que parece asentada: a Eyzaguirre no lo van a sacar porque si lo sacan es sinónimo de fracaso. Eso mismo decían con Joaquín Lavín en la Administración Piñera... y él sí que era una vaca sagrada, al punto que si lo echaban, era creíble una retirada de la UDI del gobierno... pero se ocultó el fracaso en la forma de un enroque ministerial. ¿Por qué no asumir la necesidad de un segundo aire y sacar a Eyzaguirre, cuyo cambio no significaría la retirada del PPD? Si Bachelet asumió que hubo errores en Interior y en Hacienda, que son ministerios sumamente mediáticos, ¿por qué no asumir los errores en Educación? ¿Miedo a una insurrección estudiantil? ¿Déjà vu de 2006?


5. ¿Democracia? ¡Las pelotas!

Luego del cambio de gabinete, las palabras que más se repetían entre los nuevos ministros políticos, los presidentes de partidos y el empresariado eran "acuerdo", "consenso", "diálogo". Sin duda que las 3 palabras son importantes en todo gobierno, pues tiene que existir siempre un entendimiento de muchas personas para poder ejercer el poder en forma pacífica y razonable. El tema es que también entendemos que no es posible lograr unanimidad en el ejercicio del poder, ni acercarnos siquiera a ella. Por eso es que hemos desarrollado procedimientos de toma de decisión democrática, por los cuales una decisión general requiere de un quórum, con tal que esa decisión no implique pérdida de derechos esenciales de los disidentes. Si existe dicho quórum, un gobierno es sustentable de por sí. Si no existe, se requieren acuerdos mayores con quienes piensan distinto.

La Nueva Mayoría urgió a todos los chilenos a votar por ellos para alcanzar un quórum que le permitiera gobernar y cumplir con su programa. Salvo reformas constitucionales mayores, hoy el oficialismo tiene los votos para desarrollar buena parte de su programa, sin necesidad de entrar en un diálogo desgastante y mentiroso con sectores que no desean las reformas programáticas, como la UDI y buena parte de RN. Sin embargo, como si aún viviéramos en los 90' con el miedo a un golpe de Estado, la NM aspira a los acuerdos con ambos sectores opositores. En otras palabras, la NM no hace uso de la legitimidad democrática para gobiernar y cumplirle a sus electores.

Es verdad que hay que dar señales a la gente que no comulga con el gobierno, pero no por ello se les puede conceder un poder que democráticamente no tienen. No pueden tener un veto en decisiones presidenciales ni afectar decisiones legítimas de un gobierno mayoritario. En este sentido, los nombramientos ministeriales de Burgos en Interior, de Valdés en Hacienda y sobre todo el de Ximena Rincón en Trabajo van en desmedro de las reformas que convencieron a la ciudadanía a votar por Michelle Bachelet.


Como dice mi abuela, ojalá les vaya bonito.

Te lo dice,

R.F.S.K.
Si te gustó, gracias por compartir. Si no te gustó, gracias por comentar.