martes, 7 de julio de 2015

Deuda imprescriptible

En pleno siglo XXI, luego de décadas de discusión sobre nuestra sociedad chilena y en la que hemos llegado avanzado en algunos consensos sobre el respeto al que piensa, reza y ama diferente, aún existen voces de la academia que niegan la existencia de un conflicto cultural entre los pueblos indígenas –particularmente el mapuche– y el Estado chileno como representante de la sociedad mayoritaria. Generalmente, el autor de estas opiniones con aroma a naftalina es Sergio Villalobos; hace no mucho Roberto Ampuero –en otra demostración que nunca fue de izquierda– deslizó una idea afín; pero hoy fue el caso del historiador Joaquín Fermandois en El Mercurio (http://www.elmercurio.com/blogs/2015/07/07/33279/De-que-deuda-nos-hablan.aspx).

A modo de síntesis, Fermandois declara que la idea de deuda pendiente con los pueblos originarios que expresó la Presidenta Bachelet es absurda, pues implicaría que cada sociedad tendría que reabrir viejas heridas, lo cual en términos de paz social podría ser catastrófico. También señala que las reivindicaciones indígenas son una idea del siglo XX instigada por ideologías extranjeras y posmodernas, que resaltan una diferencia que no es tal pues la amplia mayoría de los chilenos somos mestizos, incluyendo la gran mayoría de quienes se consideran a sí mismos como mapuche. A modo de propuesta, expresa: “A largo plazo no diviso otra estrategia convincente para el conflicto que no sea una fusión mayor con todo el criollaje, en lo personal y en lo cultural.”

Primero, me indigno.

Sí, me indigna que personas con pergaminos y vastas tribunas, que se dirigen hacia personas con educación superior, casa propia y vehículo del año, hagan un esfuerzo intelectual dirigido a quitarle legitimidad a un conflicto social. Por más que no estemos de acuerdo con las formas ni con el fondo de las reivindicaciones efectuadas por un grupo, en general éstas siempre elevan hacia la esfera pública una solicitud que es válida y que merece ser razonablemente atendida. Nunca ha existido una reivindicación arraigada en la sociedad que sea un mero invento de quienes la instigan y en puro beneficio de ellos. No fue así en ninguna de las revoluciones de la era contemporánea, no fue así en las luchas por derechos sociales y no ha sido así en ninguno de los procesos que promueve la debida incorporación en la sociedad de las mujeres, LGBT y personas con discapacidad. Es más, la totalidad de las luchas sociales cuyo resultado es patrimonio de la humanidad ha partido en la clandestinidad y en la minoría, siendo negados por sus propios pares que sufren la misma exclusión o postergación. Un historiador debe saber esto y no puede soslayarlo, incluso uno de tendencia conservadora.

Luego, respiro hondo y elaboro.

Existe un consenso académico en la virtual inexistencia de Estados-naciones con una composición etnocultural pura. Casi todos los países, incluido Chile, poseen más de un grupo omnicomprensivo, es decir, grupos cuya pertenencia involuntaria define la identidad social de una persona, generalmente basados en cualidades subjetivas como la raza, la lengua o la religión. Por más útil que le resulte a la autoridad crear la idea de un Estado, un pueblo, la verdad es que las políticas de negación de la diferencia y de asimilacionismo hacia la cultura mayoritaria han sido infructuosas en la mayoría de los países, al punto que tras cuatro siglos de presencia occidental, aún hay aproximadamente un 5% de la población chilena que se identifica como indígena. No se trata de un tema de pureza ni de conservación de la lengua o religión, sino de autoidentificación basada en la ascendencia.

Siendo un hecho la existencia de pueblos indígenas, que se consideran a sí mismos como diferentes del mestizaje hispano-indígena y que practican una forma de vida tradicional, ¿qué hacemos con ellos? Las alternativas son dos: (1) darle un tratamiento igualitario o (2) reconocer su diferencia sin que esto implique exclusión o segregación.

Desde que Chile es independiente que se ha planteado el tratamiento igualitario: la indigenidad es algo privado, como un aspecto de la libertad de conciencia o de expresión, porque a toda persona en Chile se le aseguran libertades y derechos. El problema es que esta aspiración legítima se basa en la visión y la forma de vida de la sociedad mayoritaria, que incluso no se reconoce a sí misma en Chile porque su situación no se encuentra en riesgo. Al negar que existen culturas diferentes, la educación, salud, vivienda, sistema de justicia, régimen de propiedad y protección del medio ambiente se basan en un paradigma chileno, el que supuestamente cree comprender las visiones de los pueblos indígenas, pero como niega la existencia de estos en la esfera pública, no se produce ni existen incentivos para el diálogo entre chilenos e indígenas que genere como resultado una cultura común. Visto de manera bien gráfica, se cree que la opinión del 95% incluye la del 5%, cuando este 5% no tiene ninguna forma de hacerse presente.

Debemos cambiar esta forma de ver las cosas. Nunca ha existido una cultura común chilena que no pase a llevar las cosmovisiones indígenas. Por esto es que, como sociedad multicultural chilena, debemos plantear las bases de un acuerdo en el que el 5% de personas que se identifican como indígenas pueda mantener sus formas de vida en libertad y sin que la dictadura de la mayoría las obvie o la elimine. Por esto es que el reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas, el cumplimiento de las normas de consulta previa del Convenio 169 de la OIT y la creación de espacios de diálogo entre chilenos e indígenas, como un sistema educacional intercultural o cupos de representación indígena en instituciones políticas, son buenas medidas que en la mayoría de los países americanos han ayudado a encauzar la natural tensión entre sociedades que se reconocen como diferentes entre sí, en lugar de mantener la violencia que se genera a raíz del asimilacionismo y la negación del otro.

La deuda existe y es imprescriptible, por todos los años en que hemos negado su identidad y perjudicado su forma de vida, pero para quienes tienen miedo a reconocerlas, ésta tiene una ventaja: no se requiere dinero para pagarla.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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