miércoles, 19 de noviembre de 2014

Iglesia Católica, DC y reforma educacional

El día de ayer apareció en La Segunda un informe sobre las distintas reuniones que ha sostenido la Iglesia Católica, particularmente el Cardenal Ricardo Ezzati y el obispo Héctor Vargas (Presidente del Área Educacional de la Conferencia Episcopal), con políticos de la Democracia Cristiana. El objetivo ha sido principalmente el de obtener la reposición en el Senado de la indicación que les permite a los colegios particulares subvencionados arrendar los inmuebles en que funcionan, en el contexto de la reforma educacional, pero también el de actuar en forma conjunta y coordinada frente a distintos aspectos de ésta. En este sentido, las autoridades eclesiásticas han sido enfáticamente críticas de la reforma educacional emprendida por el gobierno de Michelle Bachelet, y teniendo en cuenta que requieren de votos pertenecientes a la Nueva Mayoría para poder revertir algunos puntos ya aprobados en la Cámara de Diputados, se ha acercado al partido que se ha manifestado menos conforme respecto de la reforma.

Si bien la Democracia Cristiana no se concibe a sí misma como un partido confesional, sino como un partido de inspiración socialcristiana, escenarios como éste muestran que la relación entre la Iglesia Católica y la DC es más que de inspiración valórica, sino que de representación corporativa. A su vez, esta negociación nos recuerda que la Iglesia no es sólo madre y maestra para aproximadamente el 70% de los chilenos, sino además un actor político.

La DC, como sucesora de la Falange Nacional y representante de la sensibilidad social que existió en el Partido Conservador del cual ésta se escindió, siempre ha tenido una estrecha relación con la Iglesia Católica. De la mano de los cambios que hubo en la Iglesia con Juan XXIII y Pablo VI, la DC asumió un rol de articuladora de cambios sociales que ya no eran sinónimo de revolución armada, sino que de justicia social, los que incluso sectores conservadores aceptaron con cierta renuencia mientras fuesen con moderación. Con la Unidad Popular, la DC fue quien representó el espíritu de Raúl Silva Henríquez de no manifestar abierta oposición conservadora frente a un gobierno socialista, sino de encauzarlo en la institucionalidad democrática. Con la dictadura, fueron los militantes de la suspendida DC los que recogieron el llamado de la Iglesia de recuperar la democracia y el respeto a los derechos humanos, luego que los excesos del régimen militar eran evidentes incluso para un partido que apoyó el golpe de estado. En democracia, la DC ha buscado verbalizar políticamente la doctrina social de la Iglesia en un contexto de consenso politico-económico, ejerciendo un veto en las fuerzas progresistas de la Concertación / Nueva Mayoría en lo que respecta a moral sexual y rara vez contradiciendo la posición inequívoca de la Iglesia, como ocurrió con la inclusión del divorcio en la nueva Ley de Matrimonio Civil. Por todo esto, el rol de la Iglesia Católica y de las direcciones de la Conferencia Episcopal de Chile son muy fuertes para decir que en la DC hay sólo inspiración valórica: la DC traduce las enseñanzas de la Iglesia a un idioma político contingente, como no lo hace ni la UDI ni RN, que se dicen más católicos en esencia.

Mi confirmación de esta representación corporativa se basa en dos puntos: (1) una suerte de unanimidad de parte de distintos sectores de la DC, como los representados por Ignacio Walker, Gutenberg Martínez y Jorge Pizarro, para acoger los planteamientos de la Iglesia y representarlos en el Senado y en la opinión pública; y (2) que lo expresado por la Iglesia Católica no versa sobre lo moral, sino sobre su rol como administradora de colegios, punto en el que, de acuerdo a lo expuesto antes, podría aceptar disyuntivas por parte de la DC.

Sobre el carácter de actor político de la Iglesia Católica, es una constante histórica que existe una confusión entre el poder espiritual de la Iglesia y el poder temporal que en la práctica ésta ejerce. En materia de reforma educacional, lo espiritual no está siquiera en discusión, siendo su labor educativa un aporte a la sociedad chilena que no se puede perder. El problema existe porque la Iglesia asume un rol militante respecto de temas temporales, que escapan a su infalibilidad moral para sus creyentes y a su labor evangélica, y mediáticamente confunde este discurso con la tarea pastoral. En este sentido, si se le critica a la Iglesia, se le critica como a un poder político paralelo y no como una institución religiosa. Cuando se suscita esta confusión, a veces desde el mismo clero, a veces desde los políticos que representan a la Iglesia, se genera un ambiente de anticlericalismo como reacción al incuestionable poder sobre las conciencias que ella tiene, cuyos extremos se encuentran en el México de los años 20 y en la España de la Guerra Civil. Por esto, tanto desde la Iglesia, como desde los católicos y también desde los no-católicos, debe existir la necesaria diferenciación de cuándo podemos escuchar a la Iglesia como guía espiritual de millones de chilenos y cuándo la Iglesia es una institución política que puede ser valorada o criticada.

La reforma educacional hoy es tema para la Iglesia Católica en su calidad de sostenedora escolar, más que en su rol de propender a la salvación de las almas, pues hoy se encuentran en discusión aspectos netamente administrativos y muy poco curriculares del sistema educacional chileno. Sin duda que a la Iglesia Católica le interesa que se permita el arriendo de inmuebles porque la alternativa de compra de éstos le puede resultar sumamente onerosa para una institución que no recibe los aportes de antaño, y como sostenedora escolar le es legítimo criticar la propuesta y buscar apoyos políticos. Lo que resulta cuestionable es que la Iglesia Católica haga uso de la espada espiritual para domar a quienes tienen la espada temporal, como también es cuestionable la poca transparencia de un partido político frente al uso de la espada de la Iglesia.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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