domingo, 12 de julio de 2015

Los 90, la serie

¿Cómo uno se explica que un gobierno electo con 46% en primera vuelta y 60% en segunda, que cuenta con mayoría en ambas cámaras y que aspira a realizar un programa muy estandarizado de reformas sociales deba, en razón de un bajo apoyo en las encuestas, hacer un mea culpa y decir que responderá a las demandas sociales en función de capacidades económicas?

Quienes piensan con la mano con la que escribe la mayoría, sostienen que en 2013 la mayoría de los votantes eligió a la persona de Michelle Bachelet, pero no apoyó el programa ni menos a sus colaboradores, ambos factores que serían la causa de la impopularidad del gobierno. Quienes piensan con el lado del que está el corazón, se debaten entre dos posibilidades: una crisis completa del sistema político por los casos de corrupción o -dicho de la manera más académica y menos conspirativa posible- una reacción de quienes se ven directamente afectados por las 4 reformas estructurales, sumada a los desaciertos objetivos del gobierno.

Todos tienen bastante de razón. En la impopularidad del gobierno -y de todo lo que busca encarnar-, hay una decadencia de la cariñocracia por la pésima capacidad de decisión de la Presidenta, una molestia hacia la poca seriedad en las reformas (y no hacia las reformas en sí), poca credibilidad hacia las personas responsables de ellas, un soberano hastío de la gente hacia todos y cada uno de los políticos y un discurso mántrico desde el empresariado y sus aliados acerca de lo negativo de cualquier cosa que les implique no crecer sostenidamente en utilidades. Súmenle que el panorama económico relacionado con el precio del cobre no acompaña al gobierno ni a ninguna de sus reformas, que requieren de un valor que permita una buena recaudación para el Fisco.

Si los problemas son éstos, ¿por qué volver a los 90' de la política en la medida de lo posible, la democracia de los acuerdos, las teleseries con Pancho Reyes y Claudia di Girolamo y los periodistas sin opinión?

Más allá que algunos les convenga decir lo contrario, creo que el chileno promedio no es tan jetón como para saber que al votar por Michelle Bachelet y por senadores y diputados de la Nueva Mayoría, votaba por un proyecto de país: uno bien vago en el que educación gratuita y de calidad para todos puede significar cualquier cosa, pero que sin duda se contrapone a proyectos individualistas de educación que confunden libertad de enseñanza con mercantilización de la educación. La ciudadanía le dio un gran espaldarazo a una idea moderada de cambio social, frente a propuestas más radicales o a mantener las cosas tal como están... Y LA NUEVA MAYORÍA ESTÁ MORALMENTE OBLIGADA A RESPETAR ESTE MANDATO. Sí, así con mayúsculas.

Lo digo porque hoy la Nueva Mayoría se encuentra completamente legitimada para continuar el camino propuesto. Cambiar este camino es aceptable y lógico sólo cuando hay un cambio de escenario sustancial, como existiría si la NM se hubiese quebrado o si existiese una crisis económica severa como la de 1982 o de 1998. Hoy, la coalición de gobierno sigue contando con la presidencia y ambas cámaras, y pese a ralentizarse la economía, no hay algo que amerite sacrificios políticos más allá de tener personas aptas para cada cargo. Lamentablemente, el sistema político no contempla mecanismos para que el gobierno obtenga un voto de confianza frente a lo que se muestra como caos, por lo que basta que Adimark, el CEP y otras encuestadoras digan que el gobierno está mal para que el gobierno se sienta mal, no pudiendo invocar la mayoría que lo llevó al poder.

Pero ya, hagamos de cuenta que en verdad está la tendalada, que nadie puede salir a la calle y que estamos comiendo chancho chino...

Lo que El Buen Gobierno debería plantear no es haremos reformas en función de la capacidad económica, sino realizaremos los cambios económicos que permitan realizar las reformas. Lo primero da la señal que el gobierno es reactivo a los vaivenes de un juego que le es ajeno y en el cual es visto como obstáculo, quedando aspectos importantes para la dignidad de las personas a merced de este juego. Lo segundo, en cambio, significa proactividad del Estado, especialmente para dialogar con los actores de la economía en el sentido de compatibilizar mayor recaudación con crecimiento económico, y prevalencia de los programas sociales -que benefician a todos directamente- por sobre el juego de una economía placenteramente desregulada -que benefician a la mayoría indirectamente-. Lo primero busca dejar contento a la oposición y al empresariado -que nunca apoyarán de verdad al gobierno-, de modo de evitar problemas; mientras que lo segundo busca reafirmar el compromiso con la gente que apoyó al gobierno, sin que el proceso de reformas sea efectivamente un problema para la sociedad.

Dicho esto, si el gobierno desea recuperar el apoyo y, con ello, la legitimidad de lo que hace en el debate público -a un gobierno con 60% de aprobación no le niegan la sal y el agua como hoy ocurre-, más que volver a los años 90', debe buscar en sus filas a los mejores liderazgos políticos y económicos que puedan explicar y ejecutar bien los proyectos en materias sociales. Ninguna persona se opone razonablemente a un gobierno que tiene personas responsables, con liderazgo intelectual pero con humildad ciudadana. A su vez, de nada sirve ofrecer solución a problemas históricos si no existe gente capacitada para cumplir. Lamentablemente, el gobierno no ha contado con dichas personas, cundiendo la improvisación, la soberbia y la indecisión, partiendo desde la propia Presidenta.

Pensemos mejor en 2017, creo yo.

Te lo dice,

R.F.S.K.
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