jueves, 20 de agosto de 2015

Descontaminación política

¿Se han detenido alguna vez a leer los comentarios en las noticias de cualquier medio electrónico? Si no lo han hecho, no lo hagan por sanidad mental. Si lo han hecho, seguramente compartirán conmigo en que se trata de un flujo constante de odio de un lado hacia el otro y del otro hacia un lado, como si la existencia del otro que no piensa como yo fuera un cáncer que hay que extirpar. Por eso, hay que dar gracias que en Chile no tenemos un discurso a favor de la tenencia de armas... aún.

Lo peor de este flujo constante de odio son dos cosas. Por un lado, que por lo general la gente que está cargada de odio es la gente más motivada en participar en política, por lo que los pocos espacios ciudadanos, los pocos encuentros entre políticos y ciudadanos y las campañas electorales se encuentran cargadas de mucha negatividad y confrontación exacerbada. Por otro, que muchos políticos saben que la negatividad es un discurso que vende muy bien y lo explotan a más no poder, siendo Camilo Escalona y Osvaldo Andrade los adalides de "X cosa o persona es mala porque es de dereshhha", evitándose cualquier elaboración mental sobre su apoyo o crítica.

Hoy, en tiempos en que sectores importantes de la sociedad quieren mayores espacios para debatir y mejores espacios para decidir, puede darse que, con un proceso constituyente, con una asamblea o con distintos métodos de participación ciudadana, terminemos destapando una gran olla a presión de sentimientos negativos hacia el que no piensa como uno. No creo que lleguemos al extremo de proscribir ideas o personas como en el pasado, pero sí que a partir de una visión negativa de la sociedad, en donde todos los empresarios son avaros, todos los curas son pedófilos y todos los jóvenes de polerón y zapatillas son terroristas, terminemos legislando muy alejados de la realidad, con menos soluciones y más fuentes viscerales de división.

Por esto es que, quienes tienen responsabilidades y quienes creemos en lo noble de la política como actividad que nos atañe a todos como ciudadanos, debemos ayudar a descontaminarla.

Ya, shuper hippie y zoofílico, pero hablemos en concreto.

Descontaminar la política implica criticar y proponer con fundamento, deslegitimando las críticas y propuestas -no a las personas que las hacen- que no tienen intención de aportar en la búsqueda de una mejor sociedad. Si apoyo la despenalización del aborto en público, debo tener la responsabilidad de explicar por qué, aunque sea con el mantra básico del derecho de las mujeres sobre su propio cuerpo. Si no estoy de acuerdo con quien postula la prohibición absoluta del aborto y el derecho a la vida desde la concepción, debo criticar la idea y no a la persona que la sostiene, procurando defender, aunque sea de una manera básica, que mi idea le hace bien a la sociedad o a una parte de ella.

Descontaminar la política implica dejar abierta la puerta a que puedo estar de acuerdo EN ALGO con el que piensa diferente, incluso ideológicamente. Sí, no porque alguien sea de izquierda o de derecha -o de centro, con quienes yo tengo verdaderos problemas- significa que sea nefasto, incluso teniendo una forma de ver la sociedad diametralmente opuesta a la mía. Quizá no estaremos de acuerdo en los grandes temas como la moral, la economía y el rol del Estado, pero podremos estar de acuerdo que las instituciones públicas tienen trámites innecesarios o que hay aspectos de la vida chilena que son un patrimonio digno de protección. No lo sé, hay casos y casos, pero no podemos cerrarnos de antemano a la etiqueta que le colocamos a una persona porque piensa diferente y tenemos que indagar, por el amor a la humanidad y al hogar común, en qué podemos coincidir. Ese esfuerzo vale la pena.

Descontaminar la política requiere que la entendamos como un juego, y como en todo juego, a veces se gana y a veces se pierde, pero siempre con la posibilidad que en alguna partida yo pueda ganar mientras no busque eliminar a nadie de la participación del juego. No es posible que los grupos que detentan el poder sean soberbios en el ejercicio y sientan que pueden hacer lo que quieran -incluso ser corruptos- en base a discursos tan básicos como "los otros estuvieron con Pinochet". Tampoco es posible que el empresariado sea propenso a pataletas porque le varían reglas muy favorables y se le adaptan a estándares socialmente recomendables, como en materia tributaria o laboral. Por otro lado, no es posible que hayan amplios sectores de la sociedad que en cada juego de la política deban perder, como ocurre con los jubilados, los inmigrantes y las personas con discapacidad. Ayudando a entender que se gana y se pierde, pero que siempre se puede ganar, podemos descomprimir las grandes frustraciones sociales que estallan en manifestaciones de violencia y odio.

Todo muy bonito hasta ahora, pero no por bonito vamos a caer en una política teletubbie. No.

Como premisa a la descontaminación, es necesario que todos podamos expresarnos libremente, que digamos lo que nos gusta y no nos gusta, que existan los espacios para manifestarlo, que podamos interpelar a la autoridad y que ésta se encuentre obligada a responder, que podamos disentir de nuestra facción y tengamos la libertad de votar contra ella,que quienes entregan la información sean objetivos pero transparentes en su pensamiento, etc. En definitiva, que exista plena libertad de ser lo que somos y no nos sintamos restringidos por el miedo a la diferencia o a la posibilidad de confrontación, porque de la diferencia armónica y la confrontación pacífica se dan los frutos de la buena política, mientras que de la violencia de lo políticamente correcto y del consenso permanente logramos una sociedad estática, falsa y reprimida.

Descontaminación política. Me gustó el concepto... ¿y a ustedes?

Te lo dice,

R.F.S.K.
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